Una vez en el tercer piso Odonoju quedó asombrado ante las maravillas allí vistas, su mente lo preparó para ver cosas impensadas, mas ni su vívida imaginación pudo hallar cosas tan retorcidas capaces de amenazar la cordura misma.
El techo estaba adornado por ocho arañas de cristal preciosamente diseñados, a sus pies el suelo alfombrado por una extensa alfombra purpúrea, las paredes tapizadas con bellos, decorosos y antiguos tapices que representaban batallas gloriosas ejecutadas por criaturas de frentes enormes y protuberantes, que poseían cuernos, carecían de nariz y las mandíbulas de estos eran sin duda alguna de caimán.
Pero lo más asombroso estaba colgado en las paredes siendo retratos u obras mejor dicho que representaban criptas, bosques o cementerios, y arrecifes marinos en donde aparecían cuerpos humanos toscamente tupidos con tendencia a inclinarse hacia adelante de forma canina, estos seres estaban saltando en plena noche desde ventanas abiertas o se situaban agazapados sobre el pecho de algún durmiente.
Odonoju con su boca abierta, no podía evitar permanecer atónito, y sin palabras ante todo aquello que sus ojos presenciaban, en ningún momento notó la mirada divertida que le ejecutaba en su persona John Howard Brown.
Caminó hipnotizado, con paso firme hacia los retratos que adornaban la entrada del museo; el primer cuadro que pudo -obviando algunos- ver carecía de título y representaba un grupo de criaturas aullantes alrededor de una bruja ahorcada en Gallows Hill, logrando notar que las facciones de la bruja asemejaban a dichas criaturas contemplantes.
El siguiente se situaba justo al lado del primero, el título al pie de la obra dictaba “Holmes, Lowell y Longfellow yacen enterrados en Mount Auburn" representando a Beacon Hill con ejércitos de mefíticos monstruos surgiendo de escondrijos en el suelo, una de las escenas en una ignota cripta, en donde multitud de fieras se apelotonaban en torno a una de ellas que sostenía entre sus manos una guía de Boston, todos apuntaban a un paisaje con risas epilépticas en sus rostros. Permaneció casi 10 minutos observando la enigmática obra, luego giró sobre sus talones como si respondiera a un llamado inaudible, mirando la obra colgada de la pared contraria, a paso lento avanzó hasta este fijando su mirada en el mismo, la placa dictaminaba “Accidente en el Metro", donde un tropel de seres abominables salían de una ignorada catacumba abierta en el suelo de la estación del metro de Boylston Street y se lanzaban sobre la multitud que esperaba en el Andén. Consiguiente a este se hallaba el siguiente retrato, cuyo título dictaba “La Lección", en este se veía a los seres “caninos" enseñando a un niño normal a comer según las viejas costumbres de su usanza en un cementerio. Este cuadro representaba el viejo mito del intercambio realizado por estos seres, lo cuales dejaban a sus crías ocupando el lugar del bebé humano que raptaban.
A continuación, inmediatamente a su lado aguardaba el retrato que funcionaba en una especie de continuación, el mismo carecía de título alguno pero su imagen hablaba por sí sola, en ella se mostraba a una familia del siglo XVII, en el cual el padre leía unas escrituras y su hijo adolescente era un ser producto de una suplantación, evidentemente esta pintura reflejaba los acontecimientos futuros de “La Lección".
Por último quedaban dos retratos uno titulado “El Demonio Necrófago Alimentándose", cuyo título reflejaba a la perfección lo que representaba, el demonio sin duda alguna para Miguel aquel ser representado ahí era un Gul, un ser Devorador de Cadáveres, cuya contextura estaba provista de rostro pálido, fuerza prodigiosa, cuerpos blancos en extremo, quienes corrían en cuatro patas aunque sus miembros son humanos, lampiños de pies a cabeza y provistos de grandes colmillos, uñas de hiena y olor pútrido, al igual que los demás seres allí representados; por fin llegó al último cuadro el cual no disponía de nombre, en este estaba representada una colosal e indescriptible criatura de centelleantes ojos rojos y entre sus huesudas garras sostenía los restos de un hombre y le roía la cabeza.
Miguel estaba sin palabras, había descubierto sentimientos muy profundos dentro de su ser, la presencia de dichas obras lo hacían sentirse insultado, pero admirado al mismo tiempo, resultaban magníficas e impresenciables unánimemente. Al cabo de unos segundos pudo articular unas breves palabras diciendo solamente: “¿Qué mente perturbada ha creado tan magníficas obras?". John quien lo seguía de cerca proporcionó la respuesta, nombrando al infame pintor Richard Upton Pickman. Sin salir de su sorpresa aún, Miguel sólo pudo reconocer que jamás en toda su vida oyó hablar de tal nombre, John como todo un caballero lejos de juzgar el desconocimiento diría: “Me vería sorprendido si lo hubieras oído, ya que desde su extraña desaparición en 1926, las sociedades artísticas, escuelas de bellas artes, museos, y clubes de artistas prohibieron acérrimamente la exposición de alguna de las mismas, ya que el puritanismo y conservacionismo de la época dictó que estas obras dañaban la psique de los espectadores e insultaban la sensibilidad y la moral de los mismos".
«Entonces ¿Cómo....»
«¿Cómo he adquirido las mismas? -adelantándose a la pregunta de su invitado- Sus obras eran un secreto a voces y no fue muy difícil dar con el dato que dictaminaba tales obras tras la misteriosa desaparición de Pickman fueron entregadas a su padre quien residía en Salem, éste las conservó y las generaciones venideras las fueron vendiendo y subastando, así fue como llegaron a mi poder. Sabes, sólo un verdadero artista conoce la anatomía de lo terrible y la fisiología del miedo, Pickman fue un científico del arte realista al menos esa es mi impresión»
John escoltaría a su joven amigo a un dispensador de agua sirviéndole un vaso que lo ayudó sobremanera devolviéndole el alma a su cuerpo, Brown como todo un caballero reiteró su pregunta realizada en la entrada, mas nuevamente el joven permaneció firme en su decisión original, por lo cual continuaron avanzando.
Mientras caminaban a paso lento, Brown realizó una pregunta que sonó extraña para Odonoju, la pregunta hacía referencia directa acerca de si alguna vez más allá de los rumores había tenido la posibilidad de leer uno de los libros denomidos por la sociedad moderna como “Prohibidos o Indecentes", a pesar de su sorpresa respondió que aunque había oído hablar en voz baja de algunos de ellos tales como el infame Necronomicón, jamás pudo leer o siquiera ver alguno de ellos.
Al fin comprendió el por qué de esa pregunta, ya que frente a ellos aguardaban unos espléndidos pilares de un metro de altura distribuidos como círculos en torno a uno mayor que superaba en altura a los demás por veinte centímetros, todos ellos exhibían unas vitrinas de cristal transparente, dentro de estas habían libros, cuyos forros estaban hechos de piel, en algunos sus tapas parecían fabricadas en metal y madera de inmemorial procedencia.
El joven invitado miró con inseguridad a Brown quien con una sonrisa en sus labios y una mano extendida le indicó su permiso para acercarse y verlos con libertad, mas antes John buscó en su bolsillo un llavero de llaves pequeñas estas como indicó abrían las vitrinas, y se las entregó a su invitado. La emoción lo invadió, Odonoju sabía que por primera vez estaba en libertad de no solo ver sino también tocar y hasta leer aquellos libros tan prohibidos como negados, así sin más se lanzó a la vitrina más cercana abriendo la misma, colocó la llave en la pequeña cerradura y tras girarla deslizó el cristal hacia arriba, luego con el cuidado digno de quien toma una criatura frágil y recién nacida él tomó entre sus manos aquel libro cuyo nombre dictaba Unavssprechlichen kulten, la obra del autor Von Junzt. Luego caminó con éste hasta una mesa del siglo XV con un mantel de terciopelo rojo situada en la pared izquierda, allí apoyó el libro por indicación de John, y abrió la tapa.
El libro estaba escrito enteramente en alemán, lengua natal de su autor, pero ello no le impidió recorrer cada página con lentitud suprema apreciando cada infinita e inaudita palabra que allí narraba sobre diversos seres considerados divinidades por cultos sin nombre ya muertos y perdidos en la inmensidad del tiempo, pero no había llegado a la mitad cuando decidió devolver el libro a su respectiva vitrina cerrándola con cuidado. Luego paseó por las mismas leyendo los títulos de cada uno de ellos, allí estaba el “Cultes des Goules" del Conde D'Erlette, los fragmentos del enigmático libro de “Eibon", los textos de los “Manuscritos Pnakóticos", el “Necronomicón" del árabe loco Abdul Alhazred, “De Vermis Mysteriis" de Ludwig Prinn, y estuvo a punto de abrir esta vitrina, cuando decidió mirar la vitrina central observando el título que allí se resguardaba era un libro o mejor dicho una copia original en su lengua natal, que según se creía estaba extinta desde los tiempos de Wormius, aunque según vagas divagaciones existió una copia secreta en San Francisco la cual desapareció durante el gran incendio. Aun así ante sus ojos sobre un pilar de metro veinte, resguardado por una vitrina de cristal transparente se hallaba el aunténtico Al-Azif escrito por el árabe loco Abdul Alhazred. Sin más dudas sintió el llamado de ese libro hacia su persona, pero dudó en abrir la vitrina, y miró a John quien ejecutó con su cabeza un asentimiento permitiéndole abrirlo.
Miguel tomó el infame libro entre sus manos, transportándolo con cuidado hacia la mesa donde reposaría, allí mismo lo examinó minuciosamente notando su grosor, aunado en valor lo abrio. Recorrer cada página resultaba una experiencia excitante que permitía jugar con lo prohibido, coqueteando con todo aquello que la mente impide. Aunque la emoción era fuerte cuasi extrema, mayor sería su decepción al notar que sus textos resultaban inentendibles para él, ante sus ojos estaba el libro de mayores conocimientos jamás adquiridos por humano alguno más allá de Alhazred pero no podía leer ni una palabra ahí manifiesta. Su tristeza se vio turbada por las manos de su amigo presente que se apoyaron sobre sus hombros en señal de comprensión, para luego decir: “Comprendo tu decepción, pero hay algo que logrará alegrarte". Mientras llevaban a paso lento el Al-Azif hacia la vitrina, John comenzó a narrar cómo llegó ese libro a sus manos, en el pasado había oído hablar del Necronomicón, e incluso llegó a leer la versión que residía en Miskatonic University, pero terminó por centrarse en la historia que envolvía a su creador, y el destino que llevó su trágico final permitiéndole rastrear ciertos hechos caóticos en base a su obra, descubriendo que Al-Azif sólo era alcanzable por los sabios de Arabia, extendiéndose rápidamente sus conocimientos y las copias llegando cerca del 843 a manos de filósofos de la europa continental, mas no sería hasta el año 950 cuando Theodorus Philetas de Constantinopla tradujo al griego la obra rebautizándola como Necronomicón las copias fueron mucho más codiciadas dado la considerable facilidad de lectura de la lengua.
Al resultar más fácil de leer, el libro comenzó a ser adquirido por grandes filósofos y pensadores de la época, pero la afición que provocó llevó a nobles y caballeros de millonaria procedencia a desear estos textos, fue entonces cuando el dinero comenzó a pesar más que la sabiduría, varias copias del Necronomicón llegaron a manos de ignorantes quienes sin conocimientos de sus peligrosos saberes creyeron lograr dominar sus fuerzas sin medir el poder de sus palabras, esto desencadenó una serie de hechos atroces, las fuerzas que fueron liberadas provocaron la aversión de la sociedad europea de la época, llevando a una sola solución posible quemar todas las copias existentes y por orden del patriarca Michael fue prohibida. Sin embargo y pese a ello varios sabios concientes de su infinito poder consideraron un crimen aun mayor el destruirlas por lo cual rescataron para sí un número considerable de copias, mas sabiendo que la vida no es eterna intentaron remediar la posible ignorancia de las generaciones venideras, fue entonces que seleccionaron ciertas páginas, las más peligrosas según ellos y las destruyeron provocando que las reediciones posteriores fueran acorde a la mentalidad del vulgo, y mientras más se extendían en los años menos páginas poseían hasta llegar a la versión traducida al latín que algunos neófitos atribuyen a Olaus Wormis quien solamente la halló en 1228 pero no existen referencias de que él fuera su traductor original. En el año 1232 el papa Gregorio IX prohibió ambas versiones tanto en griego como en latín.