Zeke y yo estábamos mirándonos fijamente cuando dio un paso adelante e intentó darme la bandeja de comida. Que, nuevamente, parecía mejor que la que le daban a los otros prisioneros. —Come —exigió. Así que miré la comida, sin tocar la bandeja. —No, gracias —dije. —¿Cuánto crees que puedes estar sin comida? —preguntó. —Mi récord ha sido de cuatro días —dije. —¿Tienes un récord de cuánto tiempo has estado sin comer? —preguntó, confundido. —Sí —dije, despreocupada. —¿Por qué? —preguntó. Pero solo encogí los hombros. Así que intentó darme la bandeja nuevamente, pero no la acepté. —No voy a dejarte morir de hambre —dijo. —Entonces no deberías haberme metido aquí abajo —dije. —Sabes por qué lo hice —dijo. —Porque eres un imbécil —dije. —Solo come la maldita comida —gruñó, y escuché a

