La brisa marina nos envolvía, el océano reflejaba la luz de la luna, y la cosa estaba densa, ¿viste? Después de un silencio que ni te cuento, Diego se decide y tira la posta que había estado guardando.
"A ver, Isabel, entiendo si esto revoluciona todo entre nosotros, pero te tengo que contar la posta. Soy Diego Montoya, dueño de la mitad de esta isla, con toda la movida de responsabilidades y expectativas encima."
Isabel, con cara de "¿me estás jodiendo?", se la bancó y lo miró a los ojos. "Diego, el nombre no cambia nada de lo que vivimos. ¿Por qué carajo lo quisiste esconder?"
Diego soltó un suspiro, sacándose un peso de encima. "Viví toda mi vida bajo la sombra de la guita y el poder. Quería probar algo distinto, algo real. Cuando caí en esta isla, conocí a una persona increíble: vos. Quería ser solo Diego, nada de hombre de negocios, nada de dueño de propiedades. Solo yo."
Isabel asimiló todo, con esa mezcla de sorpresa y compasión. "Diego, no importa de dónde venís. Lo que tenemos es de verdad, y eso es lo que cuenta."
Diego, agradecido, le tiró un "jajaja", contento de que Isabel entendiera. "Me alegra que captes la movida. Pero sé que esta revelación puede cambiar todo, y estoy listo para bancármela."
Esa noche, se largaron a contar historias de sus vidas, todo lo que los había marcado hasta que se cruzaron. Diego, sacándose la careta, le dejó ver a Isabel más allá de las capas de su identidad.
Con los días, la pareja se enfrentó al desafío de mezclar la vida diaria con las expectativas de un mundo diferente. Las visitas de Diego al restaurant ahora eran tema de chisme en la isla, y las miradas curiosas seguían cada uno de sus movimientos.
Diego e Isabel se la jugaron por mantener su relación en secreto, queriendo cuidar lo genuino de lo que tenían. Los encuentros medio clandestinos en el restaurant y los paseos por la playa eran su escape del mundo exterior.
Pero claro, mantener el secreto se ponía cada vez más complicado. Los rumores corrían como reguero de pólvora, y la prensa local empezaba a olfatear una historia jugosa. Diego tenía que tomar la decisión brava de contar quién era en realidad y arriesgarse a que Isabel lo mande al carajo, o seguir guardando su verdad y lidiar con las consecuencias.
Las noches se volvían más picantes, llenas de pasión y complicidad, pero también con esa duda en el aire sobre qué iba a pasar con su amor bajo el sol de San Rafael. La historia de Diego e Isabel se iba deslizando entre las sombras de la isla, tejiendo un romance que desafiaba todas las reglas y exploraba los límites del amor posta. ¡Esto se está poniendo re jugado, che!