Estaba sentada en el suelo del dormitorio, doblando ropa con cuidado mientras organizaba mi maleta. Unos jeans, blusas, el blazer azul que me hacía ver más ejecutiva de lo que me sentía a veces. El viaje no duraría más de dos días, pero conociéndome, seguro empacaría como si fuera a una expedición de un mes. Mateo estaba sentado sobre la alfombra, con su peluche preferido entre las piernas y una ceja levantada, observándome con ese juicio silencioso que solo los niños saben hacer. —¿Te vas? —preguntó de repente, rompiendo el silencio. Le sonreí y asentí suavemente. —Sí, amor. Mamá tiene que hacer un viajecito corto. Solo serán dos días, estarás con la nana, como cuando trabajo tarde. Frunció los labios y abrazó con más fuerza a su peluche. —¿Te vas con el quita mamás? Tuve que cubrirm

