Odiaba este tipo de reuniones. Inversionistas, formalidades, egos inflados. Lo único que me interesaba hoy era que todo saliera bien delante de mi padre, Elliot, y no dar pie a que Federico se burlara si algo salía mal. Fede estaba a mi izquierda, con ese aire relajado que siempre lo hacía parecer que nada lo tocaba. A mi derecha, Agustina, cruzada de brazos, revisaba su móvil con cara de aburrimiento y los labios apretados. —¿Te importa fingir que esto te interesa? —le susurré. Ella ni levantó la vista. —Estoy aquí, ¿no? No se puede decir lo mismo de tu precioso Harrison, que ya va diez minutos tarde —replicó con desdén. Rodé los ojos. Antes de que pudiera contestarle, la puerta de la sala de juntas se abrió. —Disculpen la demora —dijo una voz masculina, firme pero con un toque de ir

