Aarón

1464 Words
La oficina olía a café recién hecho y a marcadores permanentes. Patrick estaba apoyado de forma completamente inútil sobre el respaldo de su silla, jugando con una pelota antiestrés que claramente no usaba para desestresarse. Yo, por el contrario, estaba sumergida en una hoja de cálculo que parecía burlarse de mí con cada número que no cuadraba. —Estás frunciendo el ceño otra vez —me dijo sin mirar—. Eso significa que algo no te gusta o que estás a punto de resolver un problema como una superheroína. —Significa que el proveedor nos volvió a enviar mal las cifras del último envío y que voy a gritar en tres, dos… —¡Azul, por favor! ¡Piénsalo en tonos pasteles! —interrumpió dramáticamente, lanzando la pelota al aire—. Grita como una princesa de cuento, con glitter y todo. Solté una risa. A veces olvidaba cuánto me salvaba Patrick de mis propios pensamientos. Y hoy estaba especialmente dispersa. No por los números. No por los correos. Ni siquiera por el evento del viernes que aún no teníamos cerrado. Mi cabeza estaba en otra parte. Faltaba un mes exacto para el cumpleaños de Mateo. No era solo una fiesta. Era su mundo. Y el mío. Estaba empeñada en que fuera perfecto. Ya había visto ideas de decoración, el tema elegido (según Mateo: dinosaurios, pero que también vuelan y tienen poderes, así que una mezcla entre Jurassic Park y superhéroes). La lista de invitados era corta pero selecta. Y aunque sabía que él sería feliz con cualquier cosa, yo quería darle todo. Como siempre. —Estás frunciendo otra vez —repetía Pato, rodando su silla hasta quedar a mi lado. —Estoy pensando en Mateo —admití, dejando caer la cabeza sobre el escritorio—. Falta un mes, Pato. Un mes y quiero que sea especial. —Ya es especial porque tú lo haces así, Azul. Eres una madre absurda. —¿Eso es un cumplido? —Del más alto nivel. —Me guiñó un ojo—. Pero si necesitas ayuda, ya sabes que “Tío Pato” también tiene buenas ideas. ¿Qué tal un castillo inflable con forma de dinosaurio que canta reguetón? —Voy a fingir que no dijiste eso. Estábamos a punto de entrar en una discusión sobre la logística del show musical jurásico cuando se abrió la puerta de la oficina. No hizo falta mirar. El aire cambió. Pato se enderezó. Yo sonreí sin querer. Aaron había llegado. —Hola —dijo con esa voz que siempre parecía un susurro, como si nunca necesitara levantarla del todo—. Te traje esto. Me giré y lo vi allí, de pie, con su cabello dorado despeinado, como si el viento fuera cómplice de su estilo. Ojos celestes, esa sonrisa algo torpe que solo mostraba cuando me veía… y un ramo de rosas. —¿En serio? —pregunté con una risa, levantándome para recibirlas—. ¿En pleno martes? —Hoy te ves bonita. Bueno, siempre, pero hoy… no sé. Me dieron ganas. Se acercó y me besó con suavidad en los labios. Yo cerré los ojos por un segundo, recordando otros tiempos. Cuando él era el chico con el que soñaba en silencio en la secundaria, pero que prefería a Bianca. Cuando creía que el amor no era para mí. Cuando pensaba que él jamás miraría en mi dirección con otros ojos. Y ahora estaba allí. Con rosas. Conmigo. —Ajá… —intervino Pato, levantándose de su silla—. Escena romántica detectada. Hora de desaparecer. —Hola, Patrick —dijo Aaron, con una sonrisa incómoda. —Adiós, Aaron —respondió Pato, con su tono sarcástico habitual mientras salía por la puerta. Cuando se cerró, Aaron suspiró y me miró. —Tu amigo me sigue odiando. Solté una carcajada. —No seas dramático. No te odia. —¿Ah, no? —Solamente no te soporta. Aaron fingió ofenderse, llevándose una mano al pecho como si lo hubiera herido de muerte. —Bueno, eso me deja mucho más tranquilo. —Aunque… —agregué, dándole un sorbo a mi café con una sonrisa traviesa— hay alguien más a quien tampoco le agradas. Aaron se acercó a mi escritorio, apoyando las manos y mirándome divertido. —No me digas que inventó otro apodo. —Mmm… sí. Hoy tienes nombre nuevo. —A ver… sorpréndeme. —El quita mamás. Aaron soltó una carcajada sonora. —¿Qué? —“El quita mamás”. Así te llama Mateo. Porque según él, cuando tú estás cerca, yo ya no le hago caso. Lo dijo con toda la seriedad del mundo. Aaron se echó hacia atrás, cruzado de brazos, entre divertido y orgulloso. —Me ha declarado la guerra. —Celos puros y duros. Dice que lo abrazas mucho, que me das besos, y que te sientas a mi lado todo el tiempo. Y claro, eso para él es traición absoluta. —¿Y qué tengo que hacer para mejorar mi reputación ante su majestad? —Jugar a los dinosaurios con superpoderes y dejarte ganar en las carreras de cochecitos. Aaron asintió como si estuviera recibiendo una misión secreta del FBI. —Acepto el desafío. Me acerqué y apoyé la cabeza en su pecho por un segundo. —Gracias por entender todo. Por seguir mis reglas, por ir lento. Sé que no era fácil. —Azul —me dijo, acariciándome el cabello—. No quería cualquier cosa. Te quería a ti. Y a Mateo. Y si eso significaba ganarme poco a poco el corazón de los dos… entonces valía la pena. Sonreí. Aún recuerdo la primera vez que lo volví a ver. Fue en el peor lugar posible: un supermercado, con las luces frías, el carrito medio vacío y un bebé llorando en mis brazos. Mateo tenía fiebre, yo estaba agotada, y la cajera me estaba mirando como si hubiera cometido un crimen por traer a mi hijo conmigo. Y entonces lo vi. Aaron. Estaba en la fila de al lado, con el mismo cabello despeinado de siempre y esa expresión entre sorpresa y ternura. Me acerqué a él con el corazón en la garganta, temiendo que fuera directo a contarle a él. A Alex. A cualquiera. Pero no lo hizo. A partir de ahí, empezó a pasar. No de golpe, sino poco a poco. Volvió a cruzarse conmigo. En la oficina. En el edificio. En la puerta de mi trabajo. Descubrí que su empresa tenía tratos con la mía. Que no podía evitarlo del todo. Que siempre encontraba una excusa para pasar por allí. Y después ya no eran excusas. Eran cafés. Pequeños saludos. A veces subía con comida cuando sabía que Mateo estaba con fiebre o que yo no había tenido tiempo de almorzar. No hablábamos del pasado. No hablábamos de él. Solo del presente. De Mateo. Del clima. De cosas simples. Se volvió una constante. Un refugio amable. Me acostumbré a su voz. A sus mensajes. A sus visitas en la oficina. A sus tonterías en mi departamento cuando Mateo dormía y yo fingía que no me moría de vergüenza por tener la cocina hecha un caos. Por años me pidió salir. Lo hacía con paciencia. Como quien planta una semilla y espera sin exigir. Y tenía razón. Porque decirle que no me gustaba sería mentir. Siempre me había gustado. Desde adolescentes. Pero después se puso de novio con Bianca y yo desaparecí de su radar. O eso creí. Acepté salir con él el año pasado. Me temblaban las manos cuando se lo dije. Recuerdo que estaba en la oficina, con un vaso de café en la mano, y él me miró sin entender. Sonrió como un niño. Uno que había esperado demasiado. Desde entonces, ha sido tan dulce. Tan paciente. Tan respetuoso con Mateo, con mis tiempos, con mis miedos. No hemos hecho nada deprisa. Nada por impulso. Ni siquiera dormimos juntos cuando Mateo está en casa. Y si salimos cuando yo puedo. Aaron entendió todas mis reglas. Incluso las absurdas. Incluso las difíciles. Pero si hay alguien que aún no lo acepta del todo, ese es Pato. Mi socio. Mi mejor amigo. El hermano que la vida me dio. Patrick desconfía. No lo ha dicho abiertamente, pero lo siento. Lo noto en sus ojos cada vez que Aaron entra por la puerta. En su tono de voz. En los silencios cuando me habla de él. Le preocupa que me lastimen. Que alguien me haga daño. Que Mateo sufra. Lo entiendo. Y no le juzgo. Pero a veces me dan ganas de decirle: ya no soy esa chica rota que recogiste del suelo, Pato. Ahora tengo otra fuerza. Otra esperanza. Y Aaron ha sido parte de eso, aunque él no lo sepa del todo.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD