Azul
—¡Mami, mami, mami! ¡Abrazooooo de koala!
Mateo venía corriendo por el pasillo con los brazos abiertos y una sonrisa que le ocupaba media cara. Me lancé en cuclillas justo a tiempo para atraparlo en pleno vuelo. Se aferró a mi cuello como un monito y empezó a llenar mi cara de besos ruidosos.
—¡Ay, mis cachetes, Mateo! —reí entre sus besos, fingiendo que me dolían—. ¡Me vas a dejar sin cara!
—¡Nunca sin cara! ¡Siempre con mamá! —respondió él riéndose con esa risa que parecía un cascabel feliz.
Nos quedamos en el suelo, en una montaña de cojines que él mismo había tirado del sofá para armar “el fuerte especial de mamá e hijo”. Jugamos un rato con unos muñecos sin sentido (él había decidido que un dinosaurio era ahora un peluquero) y luego, mientras le acomodaba el flequillo rebelde, me lanzó una de esas preguntas que siempre llegan como misil directo al corazón.
—Mami… ¿por qué yo no conozco a mis abuelitos?
Tragué saliva con una sonrisa, intentando mantener la calma. Ya habíamos hablado del tema, pero sabía que la curiosidad en los niños no se apaga con una sola respuesta.
—Bueno, cielo, es porque viven muy, muy lejos. Y tú sabes que no es tan fácil viajar hasta allá, pero ellos te quieren un montón.
Mateo se quedó pensativo unos segundos.
—¿Tienen mi foto?
—Claro que sí —le acaricié la mejilla—. Y la miran todo el tiempo. Dicen que eres el niño más guapo del universo.
No pude evitar mentir. Quisiera que conozca a Elliot, pero no quiero arriesgarme a ver nuevamente a Alex.
Mateo sonrió, pero enseguida me miró con esos ojazos azules brillando de picardía.
—Entonces... ¿pueden venir para mi cumple?
—Lo vamos a intentar, amor. De verdad. Haré todo lo que esté en mis manos para que puedas conocerlos.
Me abrazó con fuerza, metiendo su carita en mi cuello, y lo balanceé suavemente de un lado a otro. Creí que ya había pasado el momento intenso, pero Mateo siempre tiene un as bajo la manga.
—Mami…
—¿Sí?
—¿Él va a venir también?
—¿Él quién? —pregunté distraída, acomodándole la camiseta.
Mateo levantó la cabeza, frunció el ceño, y me miró como si yo fuera la persona más lenta del planeta.
—¡El quita mamás!
Tuve que taparme la boca para no soltar una carcajada. Llevaba semanas oyendo el apodo cada tanto, pero hoy lo soltó con más indignación que nunca.
—Mateo… ¿tú le dices así?
—¡Sí! Porque cuando él viene, tú ya no eres sólo mía. Te roba.
Me senté bien, fingiendo estar muy seria.
—A ver, explícame cómo te roba.
—Pues… te abraza y se ríe contigo, y tú no me haces caso. Y además se sienta a tu lado todo el tiempo. ¡Todo el tiempo, mami!
—Pero si tú también te sientas a mi lado todo el tiempo.
—¡Pero yo soy tu hijo! Él no. Él es... ¡el intruso!
Esta vez no pude evitar reír. Mateo se cruzó de brazos con una mueca que parecía una mezcla entre enfado y orgullo. Como si tuviera todo el derecho del mundo de establecer normas de propiedad maternal.
—¿Y si te dijera que él quiere ser tu amigo?
Mateo me miró como si hubiera dicho que los perros ahora cocinaban espaguetis.
—Mmm... ¿amigo de verdad o amigo para quitarme la mami?
—De verdad. Pero también quiere que seamos novios, tú sabes… pareja. Como en las películas.
Mateo soltó un suspiro dramático, tipo “no puedo creer lo que me estás contando”.
—No me gusta. Hace voces raras cuando te habla por teléfono. Y a veces me guiña un ojo. ¡A mí no me gusta que me guiñen los ojos!
—¿Y si te digo que él me hace feliz?
Se quedó callado. Se acercó y me tocó la cara con sus dos manitas.
—Mami, tú ya eres feliz conmigo. No necesitas al quita mamás.
Tuve que morderme el labio. Porque sí, Mateo era el dueño absoluto de mi corazón. Pero también sabía que amar a alguien nuevo no era restarle a él, sino sumar.
—Lo sé, mi amor. Pero tener a alguien que nos quiera a los dos también es bonito. No tienes que competir con él, ni con nadie. Siempre serás mi niño.
—¿Y él lo sabe? —me preguntó con la ceja levantada, mini detective.
—Claro que lo sabe. Por eso me pidió permiso para darte un regalo de cumpleaños.
Mateo ladeó la cabeza.
—¿Es un coche con luces?
—Casi. Pero no puedo contarte más —sonreí.
Mateo se quedó pensativo unos segundos y luego dijo, muy serio:
—Bueno... entonces que venga. Pero solo si juega conmigo a los dinosaurios. Y si no me quita a mami más de cinco minutos seguidos.
—¿Cinco minutos?
—Sí. Después suena mi alarma y lo echo.
Reí, abrazándolo con fuerza, sintiendo cómo me llenaba el alma con cada palabra, cada gesto, cada arruguita en la frente cuando se enfadaba de mentira.
Mateo se acomodó en mi regazo y, después de un rato de silencio, murmuró:
—Pero no le digas que me cae tan mal… Porque si juega bien conmigo, quizás le cambio el apodo por "el cara de papa" porque es muy serio.
—Trato hecho —le respondí entre risas.
Y así, entre apodos absurdos, celos dulces y abrazos de koala, volví a recordar que no hay amor más honesto que el de un niño que sólo quiere que lo abracen un poquito más fuerte.