Alex
Me desperté con la cabeza algo pesada, aunque no por resaca, sino por agotamiento. La noche anterior había sido intensa, sudorosa y salvaje… Agustina, a pesar de los años, sigue siendo igual de fogosa que cuando comenzamos. Ya llevamos más de tres años juntos. No hay amor, ni promesas, solo conveniencia y sexo sin compromiso. A veces incluso ella me consigue a otras… no hay celos, no hay dramas. Me funciona.
Y eso… eso ya es mucho decir.
La paz mental me ha costado años de terapia. Todavía veo a Paula cada semana. Me ayuda a no desbordarme, a controlar esos pensamientos oscuros que antes me arrastraban. Ya no soy el hombre impulsivo que alguna vez destrozó todo a su paso. O eso me gusta creer.
En la empresa, las cosas marchan bien. Papá finalmente me ascendió a CEO hace poco más de un año. Apenas pisa la oficina: se ha dedicado a viajar por el mundo con mamá, disfrutando de esa calma tardía que nunca tuvo en sus años más salvajes. Viene una vez al mes para que le dé un reporte y luego se esfuma.
Ellie terminó la universidad y comenzó a trabajar conmigo. Nada importante, un puesto pequeño, pero Fede, mi mejor amigo, está dándole una mano. Me cuesta verla como adulta. Para mí siempre será esa niña que gritaba demasiado y se colgaba de mis brazos con confianza ciega.
¿De Azul?
Nada. Años sin verla. Años sin una sola palabra. Se esfumó como un fantasma, y lo agradezco. Me destrozó, me manipuló, me hizo sentir como un monstruo... y luego se fue, como si yo no hubiese sido nada. Como si los años de amor, de obsesión, de dolor, no valieran ni un adiós.
Papá sigue enviando dinero a su madre, eso lo sé, aunque nunca he preguntado por qué. Supongo que le quedó ese sentimiento de culpa que ni todo su dinero puede lavar.
Bianca, según escuché, está con un tipo mayor. Dicen que quieren casarse. Nunca me cayó bien ese idiota, pero si ella es feliz, que haga lo que quiera. Ya no es mi problema.
Me encontraba perdido en mis pensamientos cuando escuché pasos descalzos y el sonido de la cafetera. Agustina entró en la habitación con una bandeja. Café, tostadas, huevos. Se sentó en el borde de la cama y me miró como si el mundo girara solo por mí.
—Alessandro… —dijo, con esa voz empalagosa que pone cuando quiere algo—. He estado pensando… quizás ya va siendo hora de casarnos. Llevamos años juntos. O podríamos tener un bebé, ¿no crees? Tu padre estaría feliz, siempre dice que quiere un nieto para jugar.
Reí. No pude evitarlo. Un carcajada seca, como si acabara de escuchar el mejor chiste del mes.
—Claro, lo que tú quieres es asegurarte tu parte de la herencia, ¿no? —dije, sin siquiera mirarla.
Ella se hizo la ofendida, frunciendo el ceño, girando los ojos, como si de verdad le doliera lo que acababa de insinuar. Agustina puede mentir muy bien, pero yo la conozco demasiado. Sé quién es. Y sé perfectamente lo que busca.
Lo que no sabe es que, por más que insista, por más que se vista de promesas y ternura fingida… jamás tendrá un hijo mío. Porque hace años me hice una vasectomía. Nadie lo sabe. Ni mi padre, ni ella, ni siquiera Paula. Fue mi decisión más silenciosa. Y quizás la única sabia.
No quiero hijos. No por ahora. No por nunca.
No los aguanto. No los entiendo. Y, sobre todo, no quiero que crezca alguien con mis genes, con mi carga emocional, con mis impulsos, con mi oscuridad.
No le deseo eso a nadie.
Tampoco sé si todavía soy capaz de amar. Tal vez lo fui una vez. Tal vez creí amar a Azul. Tal vez fui capaz de darlo todo por ella. Pero al final, me destruyó. Y yo, en respuesta, me aseguré de matar cualquier parte buena que quedara dentro de mí.
Eso también se lo agradezco.
Porque al menos ahora, nadie puede lastimarme otra vez.
Me duché, me vestí con uno de mis trajes italianos favoritos y me dirigí a la empresa. Apenas crucé las puertas de vidrio, el frío del aire acondicionado y el olor a café caro me hicieron sentir en mi territorio. Aquí todo me pertenece. El silencio, el poder, el respeto… el legado.
Al llegar al piso ejecutivo, vi a Fede ya instalado junto a su portátil. Me acerqué y lo saludé con un abrazo.
—Hermano… ¿Cómo estás?
—Sobreviviendo, como siempre —respondió con una media sonrisa.
Fede ya no era el mismo de antes. La quiebra de su familia y el suicidio de su padre lo habían marcado. Lo apoyamos, claro. Mi familia no iba a dejarlo solo. Desde entonces se mantiene con su propio departamento y con los ingresos de un proyecto tech que hicimos juntos hace años. No tiene lujos excesivos, pero vive bien. A Agustina la mantengo yo. Ella sigue en su papel decorativo, apareciendo por la empresa con vestidos caros y sin aportar gran cosa.
Mientras caminábamos hacia mi oficina, no pude evitar notar algo: unos chupones en el cuello de Fede. Me eché a reír.
—¿Te peleaste con un pulpo o te topaste con una vampiresa?
Él se subió el cuello rápidamente, algo incómodo.
—No empieces, Alex…
—Venga, dime quién fue. Si está buena, igual me la prestas —bromeé, con tono burlón.
Fede me miró serio por un momento, luego bajó la vista.
—No. Ella es distinta.
Fruncí el ceño, sorprendido. Me encogí de hombros, soltando una carcajada forzada.
—Qué sensible estás últimamente. ¿Te volviste romántico?
—Tal vez. O tal vez aprendí a no compartir lo que vale la pena —respondió sin más.
Llegamos a mi oficina y nos servimos un par de vasos mientras revisábamos los informes del día. Fede pasó algunas páginas y se detuvo en una carpeta gris.
—Mira esto —dijo, señalando con el dedo—. La empresa Harrison. Hace años que despegó en Londres y parece que está creciendo rápido en toda Europa. Tienen contactos interesantes en el sector tecnológico y están invirtiendo como locos en nuevas patentes.
Leí los datos por encima, sin mucho interés, hasta que vi las cifras de capital.
—No están jugando en ligas menores… —murmuré, levantando una ceja.
—Para nada. —Fede asintió—. Podríamos considerarlos para una alianza. Tal vez una colaboración, una compra parcial, algo. Nos conviene tener presencia más fuerte en Europa y ellos ya están dentro.
—¿Quién está detrás?
—Todavía no hay muchos datos claros.