Capítulo 13

4588 Words
A mí que me haga lo que quiera, pero que a ella no la toque. —Maldito bastardo— escupo. Evan se detiene con expresión ida y contempla mi labio. Niega con la cabeza, aturdida. —Me empujó escaleras abajo, supongo... No consigo recordar eso ya. —Sí... No sé cómo, todo fue tan rápido que yo no... Justo entonces entró Jillian que no había conseguido salir a tiempo del ascensor antes de que se cerraran las puertas... Entro por la puerta del primer piso y te vio abajo...— murmura Evan— Creo que incluso su cara demostró más horror que la mía— se encoge con un escalofrío. —Menudo retraso mental estás hecho... Idiota— oigo tenuemente la voz de Jill. Apenas pronuncia las palabras, le cuesta, aunque lo hace con un profundo desdén. No puedo... No puedo abrir los ojos... Oigo a alguien acercarse. Debe de ser ella. Yo... mi cabeza... —Sí... creo recordar algo de eso, pero luego— cierro los parpados con fuerza. Me duele mucho la cabeza. Supongo que entonces me desmayé. —Bueno— continuo— ¿Entonces la prisa...? —Te tuvimos que arrastrar por el pasillo... Unas chicas lo vieron, entre ellas la novia de Scythe. Han dicho que iban a avisar a la directora, para que te expulsaran. ¿Sabes? Ninguno de esos chicos se chivó de lo del pasillo ni nada. Nadie sabe lo de que salí en sujetador. Axel les pidió que no dijeran nada al parecer. No sé por qué, pero lo hizo. Así que no te van a expulsar... A menos que te pillen ahora... Empieza a guardar las cosas. Parece que mi sesión de maquillaje ha terminado. —La directora viene para aquí. —¿En serio? — alzo las cejas— Es raro que salga de su despacho... —Sí, no me preguntes, pero Jillian le ha pedido a una amiga que las siguiera y nos llamara si pasaba algo y sí, viene para aquí. Tienes que mostrarte bien. Dime que puedes... Me alzo del retrete y me miro en el espejo. La herida de la cabeza, mientras no me gire, no me la verá... Está bien, sólo tengo que intentar sonreír sin que me salga ninguna mueca por el dolor. —¿Y qué se supone que...? —Tú improvisa, pero bajo ningún concepto tiene que sospechar que las acusaciones de tu pelea son ciertas. Si yo testifico que has estado con nosotras y no te ve extraño ni ninguna herida, colará. Miro a Evan mientras guarda el agua oxigenada en el armario y lo cierra. La voz de Jillian, nos llega desde el pasillo, y suena apurada pero segura de sí misma. Tragamos saliva, ya fuera del baño y los dos mirando la puerta entreabierta de la habitación con recelo. —Evan...— la llamo. Ella, nerviosa, me observa— Está bien, no pasará nada— sonrío. Sé con toda certeza que esa no es mi sonrisa, esa es la sonrisa de mi antiguo yo que creía muerto pero que Evan ha despertado. Parpadea, pero sus músculos se han destensado un poco, resguardada por mi seguridad. Se me ve tan tranquilo que parece contagiársele. —Gracias— susurro, y me permito el inclinarme y robarle un beso antes de que la puerta se abra. La directora, con el ceño fruncido me ojea de arriba a abajo. —Buenos días, ¿qué la trae por aquí? — digo cordial. —Creo que eso lo sabe muy bien señor Andrew. Hanna se ha quedado congelada en el sitio, parece que no va a poder intervenir mucho. Jillian la mira confusa, sin saber qué narices debo de haber hecho para que se haya quedado parada, de espaldas a la puerta, pero da igual, si Hanna no va a ayudarme, lo hará ella en su nombre. —Sí, lamentablemente sí...— asiento, y la directora parece tomarse eso como una confirmación de los hechos, así que añado rápidamente— La verdad que no sé de dónde sacan esas historias... Yo he estado toda la mañana aquí. Hanna insistió en darme más clases ahora que había acabado sus exámenes, para que yo aprobara los míos... Y lo cierto es que no estoy mintiendo del todo. Sólo que eso fue ayer, o más bien dicho, esta madrugada, pero ella no tiene por qué saberlo. —Ya le dije que no hacía falta que viniera...— añade Jill. —Es cierto— interrumpo— ¿Cómo es que me honra con su presencia? — me permito bromear. Jillian me tira una mirada horrorizada. Se equivoca, igual que todos. Todos tienen una opinión muy mala sobre la directora, piensan que es una vieja bruja amargada, pero en mis múltiples visitas al despacho he aprendido que no: Si la situación es seria, no se está por bromas, pero cuando no pasa nada, le encanta, y el hecho de que lo haga ahora sé que le infundirá la sensación de normalidad. Frunce el ceño ligeramente, recelosa, y Jillian empieza a sudar y, seguramente, a maldecirme en su interior. Sin embargo, yo estoy tranquilo, a pesar de que el continuo pinchazo en mi cabeza empieza a ser insoportable. —La mayoría de los profesores están de fin de semana, y he mandado a Marie a descansar porque no se encontraba bien, así que he decidido venir yo personalmente, más cuando se trata de usted, señor Andrew— añade con gracia, picándome igual que yo he hecho— Pero esa no es la cuestión, la pregunta es ¿por qué está en los dormitorios femeninos, ¿eh? Jillian se revuelve incómoda. —Ah, eso... Sé que su mente está pensando a toda velocidad, pero no debe de ocurrírsele nada, o al menos no antes de que yo ya tenga la respuesta. —Los chicos— la ayudo— Ya sabe... Hanna atrae la atención y bueno, se sentía incómoda yendo a los masculinos, así que, en fin, a Jillian no le molestaba mi presencia y al parecer a las otras chicas tampoco... Bueno, no— corrijo— No a todas. No sé por qué habrán dicho eso sobre mí. ¿Por qué iba a pegarme con ese chico...? Además, habiendo estado aquí estudiando toda la mañana, es un poco difícil. Recuerdo el codazo en la espalda que me dio y como le retorcí la pierna y siento ganas de hacerle una nueva cara otra vez. —Aun así— sigue molesta— No creo que haya estado bien salir de los dormitorios sin permiso. Estás expulsado chico, parece que se te olvida. Que te haya permitido hacer esos exámenes no significa que no debas de estar confinado en tu habitación. —Sí, es cierto. En eso me declaro culpable. Lo siento. Debería de haber pedido permiso antes, pero es que fue una decisión repentina y... Hay un momento de silencio y entonces, la directora al fin parece notar la presencia de Evan y alza una ceja inquietante. —Señorita Hanna— la llama— ¿Es todo eso cierto? Evan no se mueve. ¿Qué hace? Lo echará todo a perder. Si lo llego a saber no la beso... Sólo ha sido un pico sin mucho miramiento, pero... ¿No le ha gustado que lo haya hecho? Maldita sea, que me abofetee si quiere, pero si no confirma los hechos ahora mismo, esta tarde estaré en la calle. —¿Señorita Hanna? Jillian tiene agarrado el dobladillo de la cazadora con fuerza mientras taladra la espalda de su compañera de cuarto con sus profundos grises. —Sí, perdón— se gira al fin. La morena parpadea; yo me quedo inmóvil; la directora relaja la expresión. —Es que estaba enfrascada pensando en algo que estaba hablando con Andrew esta mañana. Se le da bien la filosofía, más de lo que cree— me observa, y me pregunto si no tendrá algún otro significado— Siento no haber avisado de que veníamos, ha sido culpa mía, no suya; pero los chicos... bueno, ya sabe. No me sentía bien. Jill, ahora ya más calmada, me ojea para buscar una explicación al comportamiento y al actual rostro de Hanna, pero no puedo responderle, no lo sé, y no puedo apartar mis ojos de encima de la encandiladora sonrisa de Hanna. Eso no puede ser fingido, eso es real. ¿Sonríe así porque la he besado? O sea... no creo que... quiero decir... La directora suspira, han estado hablando un poco más, pero no me he percatado de nada, ni siquiera era consciente del dolor de cabeza. Ahora que mis pies vuelven a tocar la tierra, siento una punzada que contrarresto mordiéndome con fuerza la lengua. —Está bien. Tenga cuidado con lo que hace señor Andrew, no se le ocurra ir otra vez por ahí sin permiso, y si lo hace, procure que no me entere por dios— me dice exasperada. Intento sacar una sonrisa. ¿Ven cómo le encanta picarse y bromear? —Ah, pues... la verdad es que quiero pedirle permiso para ir a la habitación de Marie. Las tres mujeres me miran como si hubiera perdido el juicio. Si bien las dos compañeras se mueren por preguntarme algo más, la directora no. Calma su inquietud y asiente, comprendiéndome quizás. No es la primera vez que me ve hablar con Marie, y no creo que ella se haya quejado de mí, es más, me parece que le ha contado un poco a la directora de que hace un poco de mi psicóloga, y que por eso paso tiempo con ella más de una vez. Supongo que la directora, conociéndola, en el fondo le parece más que bien, ya que siendo como es, ella y yo nunca podríamos llegar a tener esa confianza, y sé que se preocupa de mí como lo haría de cualquier otro alumno, así que Marie podría ser un punto de comunicación y entendimiento entre nosotros. Le conviene dejarme a Marie para desfogarme, y lo sabe. Así pues, me gruñe que cuando haya acabado de hablar con ella vuelva a mis dormitorios para seguir con mi expulsión, o regrese aquí para estudiar con Hanna, pero que no tengo permiso para ningún otro sitio. Cuando ya está lo suficientemente lejos de nosotros, suspiramos interiormente. Al fin algo va bien. —Andrew— escucho que me llama Evan— ¿Por qué quieres...? ¡Cuida...! — se interrumpe sin llegar a acabar. Me agarra un brazo y yo me sujeto en el marco de la puerta como puedo para no caer al suelo. —¿Estás bien? —La cabeza...— grazno con los ojos apretados con mucha fuerza. Todavía me da vueltas la cabeza y no sé si voy a ser capaz de llegar si quiera a las escaleras para poder ir a buscar a Marie. —Está bien... Siéntate, ven. Jillian ayuda en silencio a llevarme hasta la cama donde me obligan a estirarme con cuidado para que mi herida no roce con nada y no me duela más de lo que lo está haciendo. Se podría decir que tengo esa zona de la cabeza medio en carne viva, y rozarlo con algo conllevaría la misma sensación que coger una lija y frotar... Sólo pensar en ello me recorre un ramalazo de dolor que me deja completamente inmóvil, casi sin respirar. —Vigila que no se mueva— le pide Evan a su amiga— Voy a buscarte una aspirina, ¿vale? Espera un poco. Toda la escena me recuerda a Ismael y a mi vómito. ¿Por qué fue que vomité? Ya no me acuerdo... Es igual, tampoco importa. Últimamente parece que no recuerdo nada, que no me encuentro bien, y que mi vida va de mal en peor. Jillian está ahí sentada a mi lado, observándome sin ninguna expresión notablemente sobresaliente en el rostro excepto la preocupación. Ojea mi herida y hace una mueca, como si fuera ella la del dolor. —Los tienes bien puestos...— comenta. Hanna gime desde el baño cuando se le caen unas cajas. Yo estoy tan aturdido que no siento el impulso protector de ir a ayudar, ni siquiera abro los ojos que acabo de cerrar por el dolor. —Primero Under Scythe, luego Axel...— continua Jill— menudo día. ¿Sueles hacer esto a menudo? —Te preocupa que mal eduque a tu amiga? — chillo con un tono que denota cierto toque de diversión. Jillian no responde, directamente, hace ver como que no me ha oído. —¿Qué ha pasado cuando yo no estaba? Entre abro los ojos a duras penas. Se ha puesto una máscara inexpresiva que me impide averiguar lo que está pensando. —La he besado— acoto sin miramientos. Ella no dice ni hace nada. Evan sale del baño apresurada. —No hay, maldita sea, ahora vuelvo. Voy a ver si Lucia tiene. Aguanta un poco Andrew. Dicho esto, sale al pasillo y la oímos llamar al dormitorio de al lado. —¿La de al lado es rusa? — pregunto a Jillian como si nada de nuestra anterior conversación hubiera existido. —Sí, ¿no la has visto nunca? Destaca mucho. Ojos azules, piel pálida, mejillas rojizas, y un cabello largo de un color dorado muy brillante. Es alta y delgada, y tiene las facciones de la cara muy definidas, aunque no presume de muchas curvas... —Me suena...— comunico con simplicidad. El dolor me tiene embotado. Me colapsa. No sé exactamente lo que digo, creo que dentro de poco empezaré a soltar frases o palabras inconexas y acabaré durmiéndome. No sé ni siquiera cómo he conseguido antes sonreír ante la directora como si nada ocurriera. A ver si Evan vuelve con la aspirina... Jillian ladea la cabeza, curiosa, y entonces hace lo único que nunca pensé que haría, así, porque sí, de golpes y porrazo, con expresión inmutable, me agarra las muñecas e, imitando a su compañera de cuarto, me las lleva a sus pechos. ¿Qué cojones...? Doy un respingo, y el movimiento genera un pinchazo de dolor de esos que te hacen parpadear, que te mareas y crees que te desmayarás. —¿Q, ¿Qué...? — titubeo. —No te hagas el santito ahora... – me regaña, sarcástica. —No me hago el puritano, sólo estoy conmocionado un poco. Ella ríe, soltándome las manos. —Era sólo una prueba, no te pongas nervioso Romeo— se burla— No me interesas, menos cuando Evan va detrás de ti. Ya se sabe: Novios, amantes, exs, o derivados de tu mejor amiga, son sagrados. Ni se miran, ni se tocan. —No has cumplido eso muy bien. Jillian chasquea la lengua como si yo fuera idiota mientras niega con la cabeza. —Has sido tú el que me ha tocado— detalla con una sonrisa pícara y juguetona. Se alza de la cama y, antes de que le pueda decir nada, Evan entra con unas aspirinas y un vaso de agua. Esta chica... está loca. Está como una jodida cabra. Es de las que, estoy seguro, llamas a su puerta cuando acaba de salir de la ducha, y te recibe desnuda, sin pudor alguno. Sonrío mientras trago dos sorbos de agua y siento la pastilla deslizarse por mi garganta. Me cae bien. Sí. Yo los tendré bien puestos, como dice, pero ella es una creída con estilo. La primera vez que la vi ya me di cuenta de que era chula, pero no hasta qué punto... Evan me arrebata el vaso, me apoya una mano en el pecho y me empuja suavemente hacía abajo, recostándome en el colchón. —Descansa— oigo que susurra. El cansancio, el dolor que va remitiendo, la tensión acumulada, y la voz de Evan, provocan un efecto somnífero en mí. Jillian está de pie más allá observándome todavía. Me quedo quieto con la mirada clavada en sus ojos. Grises... Son grises como... Como el cielo plomizo de un día lluvioso... Mientras se cierran mis ojos, oigo una lejana y calmada voz resonando en un fondo muy recóndito de mi cabeza “Nuestro amor trasciende el tiempo y el espacio, cariño...” de fondo, como el sonido propio del silencio, se oye un pasivo y controlado sollozo, al cual la voz responde con un “No llores”. Antes de poder si quiera plantearme si ya se me está yendo la sensatez, o es que estoy empezando a soñar y no tiene sentido, como todos los sueños, me duermo. *** Confianza. A veces odio esa palabra, pero no me ha quedado más remedio que acudir a ella. Últimamente la uso mucho, demasiado. Confié en Ismael, he confiado en Hanna, y he tenido cierto tipo de confianza con Jill. Quizás es mi yo interior que está volviendo. Evan lo ha traído de vuelta. —Está bien. Esto ya está. ¿Qué tal? ¿Mejor? Asiento. Marie me sonríe. He acabado contándole todo. Quería hablar con ella por lo de estudiar en serio, pero sabía que si me veía la herida de la cabeza no iba a poder mentirle, así que he ido directamente al tema en cuestión, sin rodeos. Si bien ha mostrado una cara enfadada y preocupada varias veces, no me ha regañado, todavía. Me ha prometido que no se lo contará a la directora, y me acaba de vendar mi herida. Suspira. ¿Quizá ya ha llegado el momento de la bronca? —Te metes en unos líos que... Me has de prometer que ya no habrá más, si no, le contaré la verdad a la directora. No puedes seguir así. Vuelvo a asentir apaciblemente. Ella sigue hablando. —En fin... Me inventaré algo si la directora pregunta por tu venda, ¿vale? No te preocupes. Tú di algo de que se te cayó algo encima. Yo mentiré por ti. No me gusta, pero...— deja la frase en el aire— De verdad que no entiendo cómo acabas en estos meollos. Río sin mucha gracia, sintiendo un pequeño quejido de dolor de parte de mi cabeza y otro de mis labios y mi nariz. Me he tomado otras aspirinas, y no sé si me siento embobado y adormilado por eso, o porque mi organismo está cansado. He dormido una horita en el dormitorio de Evan y Jill, pero luego, entre quejas de la primera, que me decía que siguiera descansando, he venido aquí. —Esa chica te está cambiando— sonríe, como si supiera lo que pienso. Le devuelvo el gesto, un poco irónico. Más que cambiarme, me está volviendo a la vida. Me pregunto si eso será bueno. Todavía padezco esta maldición... ¿Podré vivir una vida normal? ¿Se cansará Evan de mí enseguida? Todavía no he hablado con ella sobre mi verdadera identidad... Sobre el antiguo Andrew, ¿y si no le gusto...? Pero, retomando el hilo de pensamientos anterior: Por las noches no podré estar con ella, al menos no durante unas horas... ¿Noche? ¿Ya estoy pensando en noches? ¿Qué tan rápido está yendo mi mente? Gruño. —Creo que... creo que la quiero— admito en voz alta. Marie vuelve a sonreír, de forma calmada y relajada. —¿Ya se lo has dicho? —No. —Andrew...— recrimina. —¿Qué? —Recapitula un poco, ¿quieres? ¿Cómo es su relación ahora mismo? ¿Qué son? ¿Amigos, compañeros, amantes, pareja... qué? Es todo tan confuso... La has besado, sí ¿y eso qué quiere decir? Has estado continuamente pidiéndole que se aleje de ti sin miramientos y ella aun así ha ido tras de ti porque le importabas; sus sentimientos están bastante claros... Pero los tuyos... No creas que con un beso ya se arregla todo, ella debe de estar esperando a que le digas algo, no sabe descifrarte. Primero le dices que se vaya, luego te dejas besar por ella un ratito, pero a continuación le vuelves a decir que se vaya— frunce el ceño, irritada— Ahora te toca a ti arrastrarte un poquito si quieres estar con ella. —Pero... —Nada de peros— me corta rápidamente— Andrew, no te va a decir que no, será muy feliz si por una vez eres tú el que va a buscarla. Me encojo sobre mí mismo. Me siento como un niño regañado. Miro distraídamente por la ventana y ahí es cuando me percato: Todavía no soy yo, lo parezco, pero no. Mi antiguo yo no hubiera necesitado esta charla, lo hubiera hecho por sí mismo, porque sabe que tiene razón. Aún me falta algo. Aún tengo apatía y frialdad recorriéndome las venas. ¿Y si no vuelvo nunca a ser yo completamente, en personalidad? Quizá esto de volverme invisible ha vuelto a una parte de mí de una manera que ya no puede ser cambiada. Suspiro. Marie me ojea interrogativamente, alzando una ceja. No sabe qué pienso, y no quiero que se haga conjeturas raras como que creo que no tiene la razón, porque no lo hago. —Sí, tienes razón— me rasco la nuca, dubitativo. ¿Cómo lo hago? ¿Me planto en su puerta, le pido que salga...? —No dudes tonto— interrumpe mis pensamientos, leyéndome el rostro— Se natural, se tú. “Se tú”. Esa frase resuena en mi cabeza incontables veces mientras vuelvo a mi habitación. Me parece muy bonito y eso, pero... ¿Quién soy yo? Me he perdido a mí mismo. Al pasar por los dormitorios femeninos me detengo dos segundos. Dudo, ¿qué hago? El “yo” de ahora, o el que creo que soy yo, no quiere hacer nada, quiere que sea Evan la que le busque otra vez, quiere volver a la habitación y dormir hasta aburrirse, hasta que me deje de doler la cabeza, pero... Hay algo que me dice que no debo hacer eso, que no debo de desconectar. Suspiro. La directora me ha pedido que no hormigueara mucho por los pasillos, no debería de estar aquí parado, o alguien se quejará y entonces sí que no tendré excusa posible. Está bien... Mañana, mañana hablaré con ella. —Oye, perdona— detengo a una chica que se dirigía apresurada hacía los dormitorios. Me frunce el ceño. Para empezar, no debo de tener buen aspecto, seguidamente debe de reconocer quién soy y no le gusto ni un gramo, y finalmente no debe de apetecerle nada pararse cuando tiene prisa... ¿Y a quién sí? —¿Podrías decirle a Hanna algo de mi parte? Ella parpadea. —Está en la 189. Ella remuga algo ininteligible y mira hacía un lado, como si buscara a alguien que la pudiera ayudar, luego, con un suspiro molesto me ojea y alza una ceja a modo de reclamo. —Dile que mañana por la mañana se pase por mi habitación si puede, que quiero hablar con ella. Iría yo a la suya, pero... Bueno, ella lo entenderá. —¿Eso es todo? — gruñe. —Sí. —Adiós. Da media vuelta, sin siquiera esperar que le dé las gracias. Cuánto mal humor... Me pregunto si realmente le dará mi mensaje o se me pasará por el forro... En fin, si Evan no viene, entenderé que no le ha llegado el comunicado, porque sé que en caso de que le hubiera llegado y no pudiera venir, haría que alguien me lo dijera. —Gracias— murmuro, aunque sé que no puede oírme ya. Doy la vuelta sobre mis talones y marcho. Ahora que he hecho eso, me siento un poco mejor. Sólo un poco. Mientras llego, y también una vez he llegado, pienso en nuestra conversación de mañana. ¿Qué le digo? ¿Cómo se lo digo? ¿...Te... quiero? Hace mucho que de mi boca no salen tales palabras. Mucho. Para olvidarlo todo un poco, me siento en mi cama y leo. A penas me quedan unas 15 páginas o así, pero no hay problema. Antes de irme le he pedido a Marie que me acompañara a la biblioteca a buscar otro. Aún encontrarse mal, ha accedido. Sabe que si me pillan sólo estoy muerto, y si le decimos a la directora que he ido a pedir prestado un libro... Bueno, sabe que he decidido empezar a estudiar, no creo que sea ningún pecado, ¿no? Si bien la secretaria se ha sorprendido por mi elección, no ha comentado nada. Eso sí, la mirada que me ha tirado denotaba un “Eso me lo vas a tener que explicar tarde o temprano”. Cuando acabo el viejo, me abalanzo sobre mi nueva adquisición y lo abro con un nudo en la garganta. El otro era sólo información sobre los aviones, imágenes sobre los modelos, etc... Este es para aprender a manejar. Trago saliva y leo la introducción. Parece que no va a ser fácil... Bueno, tampoco me esperaba que fuera como ir en bici. Entre línea y línea decido coger mi libreta y tomar apuntes. Sí, eso será lo mejor. Ya que no puedo subrayar el libro porque no es mío, no está de más. Cuando alzo el bolígrafo del papel y miro la hora son las 8 de la noche. El tiempo pasa demasiado rápido, pero lo inquietante no es eso, sino el golpe en mi puerta. ¿Quién demonios... llamaría ahora a mi puerta? A penas hay gente, estamos en sábado. Sólo se me ocurren cuatro posibles personas: Under Scythe, que viene a cobrar venganza; Axel, más de lo mismo; Jillian, que se le ha ido la olla otra vez y viene a soltarme alguno de sus discursos; o Hanna, que ha... ¿decidido adelantarse? Por una parte, deseo que sea ella, porque quiero verla, pero por otra no, porque no tengo ni remotamente pensado lo que quiero decirle. “Se tú” vuelve a resonar en mi cabeza, ¿pero quién demonios soy yo? ¿Realmente soy alguien? ¿Existo? Esto de la maldición, me ha hecho plantearme muchas cosas... Durante la noche es como si no existiese, y un día desapareceré y, aunque sea sólo visualmente, en esencia, será como si no estuviera. Como si nunca hubiera existido. Sin dejar rastro... Dejo mis libros y mi libreta a un lado y me recoloco la camiseta. Al bajar de la cama me mareo un poco. Todavía no estoy para mucho trote, con el golpe en la cabeza, pero es aguantable, aunque supongo que eso es por los medicamentos. Plantándome frente a la puerta, inspiro. Vuelven a llamar, tímidamente, y de alguna manera, comprendo quién es. Al abrir, no me sorprende encontrar a Evan al otro lado del umbral, ligeramente cohibida. —Yo...— empieza— No tenía nada que hacer y... Sé que ha estado mal de mi parte venir sin avisar, más cuando me habías dicho que mañana, pero... Bueno, pensé que... —Evan— la corto, ella me mira expectante. Inspiro hondo— Está bien. Quiero decir algo más “No pasa nada, no te preocupes, no me molesta...” pero no me salen las palabras. Ella sigue mirándome, como si supiera que necesito decir algo más. Me rasco la mejilla. —Lo cierto es que... Bueno, es igual. Esto...— me echo a un lado, torpemente— Pasa. Ella asiente y entra con cierto recelo, como si fuera la primera vez que fuera allí en su vida cuando otras veces había entrado como Pedro por su casa sin inmutarse. Cierro tras ella. Otra vez, solos.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD