Capítulo 14

4869 Words
Siento una sensación abrumadora subirme desde el estómago, como el vómito otra vez, pero tan sólo me tambaleo. Últimamente parece que no ando nada fino. Evan, escuchando el ruido de mi mano estampándose en la pared para sujetarme, se gira alarmada. —¿Estás bien? — pregunta inclinándose para ayudar. —Sí... la cabeza todavía me juega malas pasadas. —¿Has descansado algo desde antes? —No... —¡Andrew! — se queja. —Estoy bien, maldición. —Ya lo veo— ironiza— Ven, siéntate. Me dejo conducir hasta la cama y me caigo, cuidando de no deshacer la colcha de Ismael. Cuando el mareo se me pasa, abro los ojos. Evan está inclinada delante de mí, esperando a que me recuperase. —¿Mejor? —Sí— murmuro. Ella asiente, satisfecha. Se endereza en el sitio y su vista encuentra algo encima de mi cama, estira la mano y veo que tiene mi libro de aviación agarrado. Me observa de reojo. Supongo que por fin empieza a entender que lo de los aviones iba en serio, quién sabe. Con cuidado vuelve a dejar el libro en donde lo ha encontrado y dirige su mirada fuera de la ventana. A penas entra la luz de la luna y de las luces de los pasillos y las habitaciones de los otros dormitorios cercanos. Su rostro está curiosamente iluminado de unos tonos anaranjados y blanquecinos de una manera tan suave y delicada que parece increíblemente inalcanzable para cualquier ser humano. El silencio de la habitación refuerza la distancia que siento entre nosotros, y eso hace que me quede sin respiración unos segundos. Se acerca y abre las ventanas sin decir nada. Una charla y unas risas se oyen un momento. Un lejano grito de protesta, y más silencio. Se ven a penas 4 estrellas contadas, pero Evan se las queda mirando hasta que las oscuras nubes las cubren. La luna también se va tras el manto oscuro, vergonzosa. —Siento haberte causado problemas— siseo. A penas me sale la voz. A penas estoy seguro de si lo he dicho en voz alta o no. Evan no se mueve. Ahora parece estar mirando en dirección al campo de futbol y a los pasillos. —Gracias por... gracias por lo de hoy. Y bueno... por todo en general. Trago saliva. ¿Por qué no me sale la voz? Al final Hanna ladea la cabeza y me observa por encima del hombro en absoluto silencio. No es eso todo lo que le quiero decir. Yo... Quería decirle otra cosa. ¿Por qué no puedo? ¿Por qué no puedo decírselo? Tengo las manos cruzadas con fuerza, como si rezara. Me inclino, apretando la mandíbula con rabia, hasta que mi frente toca mis manos. —Yo...— empiezo— Por favor... Ella gira medio cuerpo hacía mí, expectante, escuchando en calma todo lo que tengo que decir. —No me dejes sólo esta noche. No. No era eso lo que quería decir. Es muy egoísta, es demasiado egoísta. Sigue sin solucionar cómo es nuestra relación. Tengo que decirle que la quiero maldita sea, ¿por qué no me salen las palabras? Debe de estar odiándome ahora mismo. Al alzar la vista, sin embargo, encuentro una mirada llena de dolor y amor, y una sonrisa que desprende tanta ternura que casi me tumba. —Está bien— acepta en un susurro. Se acerca, se sienta a mí lado y, sin más, me abraza. Mi cabeza justo debajo de su barbilla. Una calidez recorre hasta el más alejado rincón de mi corazón. —¿No... no estás enfadada? — titubeo perplejo. —¿Por qué debería? Has confiado en mí. Me has pedido ayuda... Soy feliz con eso, y voy a hacer lo que pueda para que no te arrepientas de hacerlo. Entonces me doy cuenta: Ella no lo entiende. Ella no se ha percatado todavía de la verdad. Ella cree que estoy empezando a acercarme, pero es mentira. Hanna ya se ha hecho un hueco en mí, y hay algo en mí que a cada día que pasa le dedica un minuto más de pensamientos. Hanna ya ha conseguido enamorarme, pero ella no lo sabe. Ella cree que la tomo como una amiga, o algo así. Estoy tan cansado, que la sensación de sus brazos rodeándome, de su cercanía, y de saber que no voy a quedarme sólo hoy tampoco, hacen que me permita no decir nada y cierre los ojos. Ella me estrecha un poco más. ¿Es eso bueno? ¿Acostumbrarme a no estar sólo? La anterior noche la pasé con Evan, aunque no me atreví a acercarme a menos de cinco metros de ella, menos cuando la metí en la cama de Ismael, pero... Hoy ya sentía una especie de vacío al volver a saberme sólo en estas cuatro paredes, y, sin embargo, no lo estaré. —Andrew— susurra en mi oído. Trago saliva. ¿Cómo puede ser tan malditamente...? —¿Mm? —Ven, subamos a tu cama. A Ismael no le gustará que desmontemos la suya. No quiero separarme de ella, pero lo dice tan suavemente, con un tono de paz y calma, que no tengo miedo de alejarme porque sé que no se va a ir, que va a seguir ahí. Subo yo primero, a insistencia de ella, y luego me sigue. Mientras lo hace, me pide que me estire. No sé qué pretende, pero le hago caso. Se estira a mi lado y se palmea el pecho. Sin necesidad de más lo entiendo y, de alguna manera, no me incita ningún pensamiento más allá. Me doy la vuelta y me estiro encima de ella, apoyando mi cabeza donde me ha pedido. Ella me acaricia el cabello. —Duérmete— me pide. —Me despertaré a las 11— le recuerdo. A las 11 me dará el típico pinchazo, y a las 12 el definitivo. —Sólo un rato. Asiento. De todas formas, lo haría, aunque no me lo pidiera, y no porque yo quiera. Deseo estar despierto para recordar cada segundo que estoy con ella. Durmiendo, la noción del tiempo se pierde, los pequeños detalles se pierden. Sin embargo, estoy demasiado cansado como para aguantar sin dormirme, menos cuando estoy cómodo y relajado entre sus brazos. Ha dejado la ventana abierta, y escucho una ligera brisa fría de la primavera que, perezosa, hace rozar las cortinas entre sí durante unos segundos. A medida que pasan los minutos, los ruidos de conversaciones y pasos se producen en un intervalo de tiempo mayor, hasta que dejan de haber, y cuando eso ocurre al fin, mi respiración acompasada y silenciosa le da entender a Evan que me he dormido. *** El lápiz tiembla entre mis dedos mientras escribo las notas y las horas de desvanecimiento y aparición en el cuaderno, Evan está de pie a mi lado, con el ceño fruncido, preocupada. —Andrew vamos, deja eso, lo puedes escribir más tarde. Estás helado, vamos. Cuando acabo de escribir el último digito, me dejo arrastrar por ella hasta mi cama. Ella abre la colcha y se mete dentro conmigo. Me rodea con sus brazos y me frota la espalda. Estoy tiritando. —Sssshhhh— dice con suavidad— Ya está... Respiro entrecortadamente unos segundos. El frío, de alguna manera, se está yendo más rápido de lo que normalmente lo hace. —¿Siempre pasas tanto frío? — inquiere con cierta angustia. Muevo la cabeza arriba y abajo afirmativamente, consiguiendo que ella se pegue un poco más a mí a modo de respuesta. Se ha pasado las horas que yo estaba invisible, sentada en mi cama, despierta, esperándome. Y me ha hablado. Me ha contado cosas de su infancia, de su padre, de su tío, del propio Mendoza... Aunque no ha mencionado ni ha Axel ni a su ex, Samuel, en ningún momento, pero de alguna manera, el que me hablara ha conseguido que me olvidase del frío y del mal estar durante mucho rato y, ciertamente, me encanta averiguar cosas sobre ella, como que se calló y se arañó el cuello con el borde de una mesa a los 5 años y por eso tiene una pequeña cicatriz en el lado izquierdo, un poco debajo del lóbulo, y empezó a sangrar tanto que su madre se desmayó, pensándose que su hija había muerto; que su padre siempre había deseado un niño, y no una niña, y que por eso siempre le había enseñado a defenderse y a apreciar los deportes como lo hubiera hecho con un varón; que cuando tenía once años se escapó a la ciudad de al lado cuando el chico de su clase que le gustaba se mudó... Pequeñas cosas que han conseguido que me siente más cercano a ella. Intenta que vea que puedo confiar si necesito algo, lo que no sabe es que yo ya lo hago, porque ya sé que puedo, ya no me hace falta más para confirmarlo. Me despierto sobresaltado por un móvil. Evan se revuelve debajo de mí y lo alcanza en su bolsillo. —¿Papá? — inquiere extrañada— Ah... Buenos días. Sí... Cierro los ojos y suspiro. Se está bien entre sus brazos. No quiero que se mueva. No quiero que se vaya... *** No quiero que se vaya, pero... ¿Eso implicaba que yo tenía que seguirla? —No... no estoy seguro de esto— titubeo. —Oh, Andrew, no me seas gallina ahora. Trago saliva. El lunes es fiesta. Es un regalo de parte de la escuela después de la semana de exámenes, que yo no he hecho todavía; de hecho, mi semana de exámenes empieza el martes, pero la cuestión es: ¿Qué hago aquí, en vez de estar estudiando? Sólo recuerdo que cuando Evan colgó la llamada, le solté de golpe que la quería. De algún modo ya no podía sostener esas palabras en el pecho, se me resbalaron de los labios. Ella se quedó muy quieta y su mano tembló por unos segundos. Entonces le volví a pedir perdón, y le pedí salir. Como no respondía, alcé el rostro y la miré, y vi... Vi puro amor y lágrimas en sus ojos. Al principio estaba incrédula, la siguiente hora la pasamos abrazados y yo susurrándole lo siento y te quiero. Todo bien hasta que mencionó a su padre. —¿Tu padre tiene algún rifle o algo? — inquiero con recelo. —¿Eres idiota? — rezonga. Al parecer ese fin de semana su padre la había invitado, como siempre, pero ella se había negado al principio por mí, pero ahora que estaba todo arreglado, y todavía quedaba el lunes... ¿Por qué no? Y claro, ¿por qué no llevar a Andrew conmigo y presentárselo a mi padre? Oh, genial... Siento que esto es una espiral, una vorágine que me está arrastrando a un ritmo desalentador hacía al fondo. Inspirando hondo, veo cómo llama a la puerta. Un hombre con el rostro hirsuto nos recibe. —Hola cariño. Se inclina y ella se pone de puntillas para abrazarlo. Le saca dos cabezas a Evan. Trago saliva. A mí me saca una. Ni siquiera escucho lo que dicen, siento un nerviosismo justo debajo de los pulmones, que sube y me aprieta y no me deja respirar. ¿Por qué estoy tan nervioso? Evan me presenta educadamente y su padre estrecha los ojos y me mira de arriba abajo. Mi.… novia, dios mío, qué raro suena llamarla así: Alza una ceja y le advierte de algo con la mirada que sólo entiende él. Su padre suelta un bufido de protesta y me sonríe educadamente. Se hace a un lado y pasamos dentro de... su mansión, porque no la llamaría casa. Es gigante. ¿Prueba paternal superada? No lo creo; sólo de momento me libro. Me paso el rato mirando a todas partes menos a su padre, evitando quedarme a solas con él, siguiendo a Evan mientras saluda a todo el mundo, como un perrito faldero. Al poco, Evan se acerca. —La comida estará dentro de un rato... ¿Quieres que te enseñe la casa? Hago un largo sonido con la letra m. Una mujer que todavía no me han presentado como su madre y no estoy seguro de si lo será, se asoma por la cocina, apenas a unos centímetros de nosotros. —Hanna, acuérdate de lo que prometiste la última vez. La chica respinga, acordándose de algo y suspira con pesadumbre. Asiente, resignada y regañada, y me mira. —Lo siento...— se disculpa— Si quieres puedes esperar en el salón o, dar una vuelta tú sólo... Jo— gruñe molesta. —¿Qué tienes que hacer? —Lavar el coche... Le prometí a mí padre que si me dejaba usarlo lo lavaría. Ya sabes, le tiene mucho cariño al coche, pero es muy perezoso para lavarlo. Evan ha empezado a caminar hacia no sé dónde, pero yo la sigo. Llegados al piso de arriba, veo que entra en una habitación con su nombre y abre la boca para decir algo. Puedo ser muchas cosas, pero no idiota, así que doy media vuelta sobre mis talones y me planto a esperar sin que ella diga nada. Va a su habitación, presumiblemente a cambiarse, así que yo: Fuera. No cierra la puerta, sin embargo, la deja entra abierta por si quiero decirle algo, supongo. Aun así no hago el intento de decir nada. Sólo escucho apagadamente la ropa deslizándose por su cuerpo. Espero, paciente. —Está bien— dice saliendo— Tienes dos opciones, como he dicho antes: Quedarte en el salón con mi padre, o das una vuelta e inspeccionas la casa, sin vergüenza, como si fuera tuya. —¿No hay ninguna otra opción? — arqueo una ceja a modo de súplica. Se ha puesto una suelta camisa azul, unos ajustados y desgastados vaqueros de un color claro y unas viejas bambas deportivas de caña bajo y de tela negras, algo así como unas Converse o unas Victoria, de hecho, creo que son Converse, aunque no consigo apreciar la marca. —Como no quieras ir a la cocina y ayudar con la comida mientras escuchas cotilleos...— ríe. —No, gracias. Ella sonríe divertida, se disculpa un segundo y vuelve a entrar en su cuarto. Regresa a los pocos segundos con una goma de pelo y emprende la marcha por el pasillo mientras se ata el cabello en una cola mal hecha que le da un toque salvaje. Se la ve hogareña, atrevida... No sabría encontrar la palabra exacta, pero atractiva, desde luego. —Bueno...— comenta— Siempre puedes acompañarme, pero va a ser aburrido ver cómo lavo el coche. —Te podría ayudar— sugiero. Ella me ojea dos segundos con expresión grave y al momento gruñe que ni hablar, que lo tiene que hacer ella. Me mantengo a medio metro por detrás de ella en el camino al coche. Su cabello se balancea caprichosamente de lado a lado con cada paso que da. Siento el impulso de llevar mi mano y tocarlo, pero me muerdo la lengua y guardo silencio, conteniéndome. Durante una milésima, siento algo parecido a lo del pasillo, cuando nuestras pisadas se juntaron en una. Su cabello marca un segundo, otro. Y la sensación pasa. Siento que va a ser mía pero que nunca lo será a la vez, como si algo se escapara, algo que está delante de mí y no puedo ver. Suspiro, intentando dejar de dar vueltas a estos confusos sentimientos y presentimientos extraños y concentrarme en Evan, que ha llenado un cubo con agua y jabón y ya está limpiando el capó. Me siento un tonto observando sin hacer nada, pero ella ha insistido en que no haga nada. Durante un rato, echo un vistazo al cielo para entretenerme, pequeñas nubes aquí y allá y un sol radiante acariciándonos la piel con un cálido ambiente. No entiendo por qué narices he acabado aquí todavía, pero... Desvío mi mirada hacia Evan, ahora con las mangas de la camisa arremangadas y el dobladillo atado en un pequeño lazo justo debajo de sus pechos, enseñando el vientre. Ella mira el coche, cansada. Parece que ya ha acabado de enjabonar. ¿Cuánto rato he estado en las nubes, nunca más bien dicho? Con la esponja en mano y los brazos llenos de espuma, se intenta rascar con el dorso de la mano la nariz, dejando un montón de burbujas en su cara. La risa se me escapa al ver su expresión mosqueada. ¿Qué se esperaba? —A mí no me hace gracia— me gruñe enfurruñada. Por algún motivo río más fuerte. Me encanta cuando me mira así. Se irrita por tales tonterías... Ella frunce todavía más el ceño y se cruza de brazos, manchándose la camisa sin problemas. —Eres un...— empieza. —¿Qué? —Idiota. —Lo dice la de la nariz burbujeante— me burlo. Abre la boca entonces, incrédula. —¡Serás...! En un impulso, lanza en mi dirección la esponja. Rápidamente me cubro con las manos y sólo consigue salpicarme ligeramente el rostro y dejarme los brazos con un poco de jabón y burbujas. Mi risa es incontrolable. Ella, rabiosa, patalea. Es tan infantil... Una sincera carcajada sigue brotando de mi pecho. —¡¡Aagghh!!— grita exasperada. Entre risas, no soy consciente de lo que he provocado. Evan mira a su lado y empieza a ver con otros ojos la manguera. La agarra rápidamente y la abre al tope. Un gran chorro de agua me golpea y me empapa. Al haber estado al sol, el roce con el agua helada me provoca un estremecimiento. Dios mío. Un poco de líquido me entra por la boca y toso. Ahora es ella la que ríe, la que ríe en una sintonía perfecta. —¡Para! ¡Para! — pido, a pesar de todo, con una sonrisa. —¡No! Me intento cubrir tontamente con las manos el rostro mientras ella me sigue dando con la manguera, pero voy ganando terreno, hasta que al final, de un manotazo, le arrebato la manguera y ella hace el amago de huir. Mi mano alcanza a agarrar su antebrazo con fuerza. —Ah, no, tú no te vas. —¡Andrew, Andrew, Andrew, noooo! — chilla con un tono feliz. Le apunto en la cara con la manguera y ella cierra los ojos. Veo que exhala el aire por la boca, quizá intentando decir algo, pero sin conseguirlo. Intenta darme manotazos y huir, pero la sujeto férreamente. Se revuelve contra mí, balbuceando y escupiendo agua, pero los dos riendo, al fin y al cabo. Me gustaría detener este momento y vivirlo para siempre. Los dos, aquí, solos, jugando con el agua como niños de primaria. Llegados a este punto, ninguno de nosotros está seco por ninguna parte. La ropa se le ha pegado al cuerpo, y su camisa transparenta su ropa interior claramente, aunque ella ni se fija. Yo trato de no hacerlo, porque no ocasionará nada bueno, pero aun así esto hace que pierda mi agarre dos milésimas de segundo, y se libera de un tirón, consiguiendo que la manguera caiga al suelo al resbalarse por mi mano. Voy tras ella, decidido a que no escape. Todavía tengo sed de venganza. Todavía quiero tener una excusa para rozarla, supongo. Coge el cubo con agua y jabón antes de que la alcance y se gira. Nos quedamos frente a frente. —Ah, no... Evan deja eso. Ella chasquea la lengua mientras niega con la cabeza, apuntándome con el cubo. La manguera sigue echando agua, olvidada en el suelo, aunque parece que se ha quedado sin la presión inicial y apenas escupe. Silencio. —Evan...— advierto. Pero no hay manera de que pueda convencerla. Es su dulce recompensa. Me está mirando con tal chispa de diversión y picardía, que es obvio que no puedo hacer nada para que cambie de opinión. Por un momento la mirada se me desvía a su sujetador, pero la devuelvo a su rostro en seguida, dándome cuenta de que quiero que me lance el cubo, de que si es ella la que se ríe de mí me da igual, de que además me gusta su risa, con tal de verla así de feliz, puede tirarme todos los cubos que quiera. Y sí, entonces lo hace, me lo tira. Cierro la boca y los ojos fuertemente, encogiéndome de hombros; miles de burbujas encima de mí. No sólo era agua, si no con jabón, y sucia. Miro hacia abajo, y aspiro con sorpresa por la boca, sin atreverme a abrir los ojos todavía. Sacudo mis manos en el aire, y, frotándome los ojos antes de abrirlos, gruño. Cuando miro a Evan veo que se está conteniendo una risotada con las dos manos en los labios. —Ahora sí que la has hecho buena...— murmuro. Ella echa a correr de nuevo, como si eso la fuera a salvar. Salgo en su búsqueda y, tras unos metros, la alcanzo con facilidad, presa de mis brazos alrededor de su cintura. —¡No, Andrew! ¡Ah! — ríe. La agarro con determinación, dispuesto ahora sí a dejarla en su lugar. —Para, para, para, ¡bájame! — sigue riendo entre manotazos— ¡Lo siento! De nada sirve que suplique ahora. Ya es demasiado tarde. La dejo con estrépito en el capó del coche, boca arriba, y pongo cada mano a un lado de su cuerpo, a pesar de todo, de intentar parecer indignado, mi sonrisa divertida me delata. —Eres muy mal educada, ¿uh? Su risa se va apagando al, de repente, verse debajo de mí, pero su respiración sigue agitada y me mira con un brillo distinto en los ojos. —¿Y qué vas a hacer, ¿eh? Me está provocando. Esta chica no es nada tonta...Malditas mujeres. —Para empezar, voy a callarte esa boquita respondona... Y esto es lo que ella no se esperaba. Ella creía que me iba a provocar, como siempre, e iba a quedarme a atrás. No. Ya no. Así que ella se lo ha buscado; aunque no es justo que su castigo le guste, los castigos no deberían de gustar, son castigos. Sin embargo, si bien no sé si se sorprende por mi ataque, cuando mis labios se apoderan de los suyos, ella me rodea el cuello con los brazos y tira de mí hacía abajo, arqueando la espalada como si quisiera más, como si necesitara más. Esto me provoca tal estremecimiento que me quedo sin aire. Cuando nos separo para respirar desesperadamente, ya no hay diversión alguna por lo sucedido, sólo excitación latente en nuestro ritmo cardíaco y nuestras descompasadas respiraciones. Nadie dice nada. Bajo la mirada y observo otra vez la transparencia de su camisa. Maldita sea. Hanna sigue mis ojos y, tímidamente, al verlo, se cubre con un brazo y gira la cabeza con las mejillas coloradas, avergonzada. Su reacción hace clic en mi cabeza. Algo cambia. El Andrew brusco desaparece. Por muy pitcher que me vaya siempre, es todo lo contrario. No puedo ser brusco, no ahora. Tengo que ser suave, tengo que ser lento. Voy a hacer que sea ella la que me suplique; que sea ella la que acabe rogándome por más, la que se muera por más; no voy a pedirle, ella será quien me exija. No hoy, pero lo hará. Así pues, calmadamente poso mi mano en su brazo, dándole a entender que todo va bien. Ella me ojea largos segundos y, dócilmente, me permite que se lo aparte casi a cámara lenta. Me relamo los labios con inconsciencia. Su sujetador es de color blanco, bastante común, lo que resalta son unos pequeños lacitos negros justo entre el sujetador y los tirantes, los cuales tienen aspecto de ser frágiles y fáciles de bajar. Contengo la respiración. Evan observa detenidamente cómo la miro. ¿Le gusta que la mire? ¿La incómoda? No quiero preguntar... No ahora. Su respiración parece acelerarse un poco más. Sus pulmones se hinchan y se descinchan sin piedad. Quizá no la incómoda entonces... Cuando dirijo mi mirada dos segundos hacía ella, se muerde el labio inferior y desvía la suya, no pudiendo mantener el contacto visual. Me está... excitando más de lo que esperaba. Con una tortuosa parsimonia, resigo el contorno de las copas del sujetador y subo por los tirantes, por la clavícula, por su cuello, hasta llegar a sus labios. Ella los entre abre cuando mi dedo corazón los toca. Me observa. Esta vez soy yo el que corta el contacto visual. Esto me está matando. Vuelvo con su sujetador e, inesperadamente, rabioso, me inclino y apoyo mi cabeza justo ahí, igual que hizo ella la otra noche. Hanna inspira profundamente y de su garganta sale un sorprendido gemido, pero no se mueve. Sus manos, hasta ahora inertes en los costados, se alzan y me rodean, apretándome contra sí. Desde luego es una provocadora de cuidado. Inspiro su aroma, por encima del jabón se huele el dulce almizcle de su piel. Cierro los ojos y escucho cómo late su corazón. Va muy rápido, parece que le vaya a dar un infarto. De alguna manera me encanta. Me encanta que parezca que se le vaya salir del pecho sólo por mi cercanía. Late por mi culpa. Trago saliva, sacando mi autocontrol. Primero las mujeres. Me tengo que recordar a mí mismo que va a caer ella ante mí, paciencia y persuasión. Me deslizo hasta su cuello y la beso. Sin ningún tipo de piedad, succiono la piel brusca pero lentamente. Ella suelta un gemido ahogado, quejándose. —Andrew...— gruñe con la voz ronca. Se arquea ligeramente otra vez hacía mí, instintivamente pidiendo, aunque sabe que no podemos, y seguramente si la cosa fuera a más me detendría. Es demasiado temprano, pero su cuerpo no opina lo mismo. Succiono con más fuerza, descargando mi frustración. Dibujo sinuosos círculos con la lengua sobre su piel que hacen que ella jadee. —Andrew vas a.…— intenta formular algo coherente— va a dejar marca... —¿Y? — apenas me sale la voz— Será mi marca, así sabrán que eres mía. Ella se estremece visiblemente y se vuelve a morder el labio inferior de una manera irresistible. —Si lo ve mi padre...— gimotea. —Ssshhh— digo, y la beso para que calle. Por muy tímida que se ponga, cuando le abro la boca, me devuelve con pasión el beso. Dejando que maree a su lengua. Parece que me la vaya a comer, y es que quiero comerla, maldición. ¿Desde cuándo tengo este ardiente deseo? Bueno, hace tiempo que ni siquiera besaba a alguien. Es adictivo, y estoy bastante necesitado, triste pero cierto, y me da igual. Hanna es distinta, de alguna manera. Hanna me ha llegado al corazón cuando más inalcanzable estaba. Al despegarnos, nos miramos a los ojos y los dos nos calmamos, no sé cómo. Me alejo tiernamente. Evan se relame los labios, como si quisiera recordar mi sabor. De alguna manera los dos hemos comprendido que por hoy ya está. Mi novia se aclara la garganta mientras se pasa un mechón por detrás de la oreja, inconsciente de que tiene todo el cabello igual o peor, pero, aun así, es atractiva, no sé cómo hacérselo ver, tendré que decírselo porque me molesta que no se dé cuenta. —¿Me ayudas a acabar de limpiar esto? Una voz se oye desde lejos y, aunque nuestros hombros se mueven del sobresalto, escuchamos, quietos. —¡Hanna! ¡ya vayan a la mesa! Los dos nos miramos, aunque esta vez evaluativamente. —Estamos hechos un fiasco— obvio. —Sí— ríe. Con cuidado me aparto, siendo consciente de que todavía mi excitación no se ha calmado. Ella se baja del capó de un resbaladizo empellón y corre a por la manguera. Mientras Evan le quita el jabón al coche. Yo recojo el cubo y la esponja y los guardo en donde he visto que estaban. No nos lleva mucho tiempo. Al acabar, nos juntamos en la entrada lateral interior, las escaleras al segundo piso están justo ahí, y Evan va a ir a darse una ducha rápida, apuesto. Las imágenes que vienen a mí cabeza con esos pensamientos no ayudan mucho en disminuir mi erección, maldita sea. Acierto, en todo caso, porque subiendo escaleras me dice que puedo usar la ducha común del final del pasillo. Ella se duchará en su cuarto. —¿La ropa...? — intento decir. —No te preocupes, le pediré a Tefa que te traiga algo. No sé quién demonios es Tefa, pero asiento. Y entonces, hace lo increíble de nuevo: Me mira la entrepierna, niega divertida con la cabeza, habiéndose dado cuenta, se pone de puntillas y me da un beso rápido. —Que te lo pases bien— ríe, guiñándome un ojo y cerrándome la puerta de su habitación en las narices para que ni siquiera pueda responder. Sabe que estoy malditamente alterado por su culpa y ríe, esta mujer no sabe dónde se mete. Ya veremos quién ríe el último.
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