Seduciendo al peligro
Francia, 1942
Oradour-sur-Glane
Bruno
Dicen que las heridas con el tiempo sanan, pero las cicatrices quedan recordándonos el pasado, el dolor tatuado en nuestro pecho, no existe varita mágica para borrarlas, por más que las escondas en lo más recóndito de tu memoria, pues vuelven a ti en un rostro, en un gesto, en una palabra, lo que queda es continuar con tu vida, ponerte una armadura para no volver a sangrar.
Supongo que me puse una armadura el día que murió mi esposa, pero no metafóricamente como la gran mayoría de las personas, más bien obligado por las circunstancias ingresé al ejército creyendo que podía darle una nueva perspectiva a mi vida. No ha sido como esperaba, tengo que soportar cada orden en silencio, ni siquiera puedo cuestionar nada, es decir debo ser un buen soldado.
Lo más inquietante es percibir el aire cargado con el olor a pólvora y el estruendo de las explosiones resonar en mis oídos. Cada paso por los pueblos franceses es palpar el caos propio de la guerra, contemplar a tus compañeros caídos a tu alrededor, su sangre esparcida en el suelo, también escuchar los gritos de los heridos en combate, ya es una escena cotidiana que te endurece el corazón, pero a la vez te hace cuestionar si serás el próximo muerto en acción y lo que queda es tu instinto de supervivencia para sobrevivir, para apretar el gatillo sin vacilar, pues tu enemigo no tendrá contemplaciones contigo, es tu vida o la de él.
Quizá fue un deseo suicida, o simplemente obediencia ciega, lo que me llevó a aceptar esta misión absurda de adentrarme con un grupo reducido en territorio enemigo para conocer su próximo objetivo. Pero aquí estoy. No hay marcha atrás. Me deslizo entre los escombros del pueblo Oradour-sur-Glane con el fusil en mano, el dedo tenso sobre el gatillo. El eco de los bombardeos resuena a lo lejos, acompañado por el chasquido de escombros al caer. El aire está impregnado de humo y tierra quemada.
Frank avanza tras de mí, junto a otros dos soldados.
—Prepárense. Fuego si es necesario —susurro. Mis palabras son firmes, pero siento cómo mi corazón late descontrolado, golpeando contra mi pecho. Las manos me sudan, aunque el frío cala los huesos.
—Burlemos a esos cabrones —replica Frank con una sonrisa torcida, los ojos brillantes de locura. Hay algo en él que siempre me ha inquietado, algo que no puedo definir— ¿No somos soldados aliados? Adelante, separémonos —añade con un tono sardónico impregnado en sus palabras.
No respondo. Solo hago un gesto con la mano, indicándole que guarde silencio. Nos movemos entre las estructuras derruidas, sombras deslizándose en la oscuridad. Cada crujido bajo nuestras botas me parece un estruendo, un delator que atraerá al enemigo.
De repente, una explosión sacude el suelo. La onda expansiva me lanza al suelo y siento el impacto en todo el cuerpo. A lo lejos, los campos están envueltos en llamas. Intento incorporarme, pero un dolor punzante me atraviesa la pierna. Gimo entre dientes, arrastrándome por el lodo. La sangre corre caliente, mezclándose con la tierra empapada.
¡Maldita sea! El pitido en mis oídos no me deja escuchar nada. Mi respiración es errática, entrecortada, mientras intento avanzar hacia lo que parece ser un refugio. Cada movimiento es un tormento, como si me estuvieran desgarrando por dentro.
Quiero gritar, pero no puedo. El dolor es demasiado. Mis dedos se hunden en el lodo, intentando aferrarme a algo, cualquier cosa, mientras el mundo se oscurece a mi alrededor. Solo puedo cerrar los ojos, esperando… no sé qué. Tal vez el fin.
Tres días después
Un eco de voces se repite en mi mente mientras avanzo por un campo verde interminable. Busco a mi esposa, pero el horizonte se difumina en una luz cegadora. Apenas logro distinguir una silueta cerca de los árboles, su figura borrosa entre los rayos del sol que me impiden ver su rostro. Mi corazón late con fuerza, una mezcla de esperanza y desespero me arrastra hacia ella. Mis piernas parecen de plomo, pero sigo adelante, cada paso es una lucha contra el vacío que amenaza con tragarme.
Allí está, con un vestido blanco que ondea suavemente como si el viento quisiera alejarla de mí. Levanto mi voz, pero el sonido no sale, mi garganta seca apenas emite un murmullo. Extiendo la mano, desesperado por alcanzarla.
—¡Espera! —quiero gritar, pero solo escucho mi propio jadeo. Mis pulmones queman.
Ella se detiene un instante, suficiente para que mi pecho se llene de esperanza, pero luego sigue adelante. Siento un nudo en el estómago. Mis pasos se aceleran, la tierra bajo mis pies se vuelve inestable, como si el suelo se quebrara.
—Despierta... despierta... no te rindas...
Su voz, un susurro, me envuelve como una caricia. Su imagen se desvanece y una sacudida me arranca del sueño. Mis ojos se abren de golpe.
El techo blanco de una sala desconocida me recibe. Parpadeo varias veces, confuso, tratando de ubicarme. Un murmullo constante llena el aire. Miro a mi alrededor: soldados heridos ocupan camillas cercanas, mujeres con uniformes de la Cruz Roja se mueven entre ellos. El olor a desinfectante me llena las fosas nasales. Intento incorporarme, pero un dolor agudo en mi pierna me hace jadear. Instintivamente llevo la mano hacia la herida, pero otra mano detiene la mía con firmeza.
—Tranquilo —pronuncia una voz suave pero decidida. Miro hacia el origen y la veo.
Es una joven de cabello castaño recogido bajo un gorro blanco. Su rostro, sereno y angelical, tiene algo que me desarma. Sus ojos marrones me observan con una mezcla de alivio y preocupación. Sonríe, y el leve arco de sus labios parece iluminar el ambiente. La forma en que su uniforme se ajusta a su figura delgada, la blancura de su piel, el carmín de sus labios... todo en ella parece irreal.
—Hola, soldado. Me diste un gran susto, no despertabas —menciona con una sonrisa que intenta calmarme.
Intento moverme de nuevo, pero el dolor me arranca un gemido.
—¡Ah! —jadeo. Su mano se posa en mi pecho con delicadeza, pero con autoridad.
—No te muevas. Tuviste suerte de no perder la pierna. El corte era muy profundo, pero te encontraron a tiempo —su tono es tranquilizador, aunque firme. Sus palabras me golpean como una avalancha. Mi respiración se acelera, el miedo de ser descubierto por los franceses crece en mi pecho.
Miro rápidamente mi cuerpo. No llevo mi uniforme nazi. Mis ropas son simples, desgastadas, como las de cualquier soldado aliado. Respiro hondo, tratando de calmarme, pero mis ojos vuelven a ella. Me observa con curiosidad, ladeando la cabeza.
Esto no es suerte, ese jugar con el peligro, o más bien el destino se burló de mí con su manera retorcida de salvarme la vida.
—¿Estás bien? —pregunta con un ligero ceño. Luego parece darse cuenta de algo y su sonrisa se torna algo nerviosa.
¡Mierda! La misión era entrar y salir del territorio enemigo sin ser detectado con la información de su próximo objetivo, ¿Cómo lo conseguiré en este estado? ¿Cómo no me delato con mi acento? ¿Cuál es la maldita salida para no recibir una bala? ¿Por qué termine en este hospital?
—Tal vez no me entiendes... Mi inglés no es muy bueno. Hablaré más despacio. ¿Cómo te llamas? ¿A qué unidad de los soldados aliados perteneces? —su voz es calmada, pero hay un matiz de desconfianza en sus palabras.
Siento un sudor frío recorrer mi espalda. Debo responder, pero las palabras se quedan atrapadas en mi garganta. La observo, tratando de encontrar en su rostro alguna pista de lo que sabe o sospecha. Sus ojos marrones me escrutan, esperando una respuesta.