Más cerca de ti (1era. Parte)

2301 Words
Dos semanas después Francia, Oradour-sur-Glane Bruno Leer a las personas con un vistazo puede ser complicado, a veces no basta una mirada, un gesto, ni una palabra, más bien necesitamos de tiempo para poder descifrar lo que piensa, lo que cruza por su mente. Aunque la realidad dista mucho de la práctica, porque como si fuera un reflejo nos vemos obligados a analizar a una persona cuando recién la conocemos, no se limita a la desconfianza, sino a la necesidad de tener control absoluto de todo lo que nos rodea. Es como si se activará algún mecanismo de defensa interno para mantenernos a salvo. Sin embargo, no hay manera de tronar los dedos y conocer sus pensamientos, entonces nos aferramos a lo que palpamos a simple vista: un gesto amable, una sonrisa afable o una mueca de desagrado, una palabra acertada o errada, pero todas esas señales nos dan una pauta de que podemos confiar o no en alguien. Tal vez no sea suficiente, pero es lo que hay. Lo cierto es que no importa cuánto observes o cuánto analices, al final siempre hay un salto al vacío, una decisión que tomas basándote en migajas de información. Pero, aun así, sigues intentándolo, porque, aunque sea un esfuerzo inútil, prefieres aferrarte a algo, por pequeño que sea, antes que caminar a ciegas. En lo personal, la guerra misma me ha mantenido alerta, incapaz de confiar en alguien, tanto que dejo de haber cabida para un gesto amable, una sonrisa afable o una palabra correcta, por una simple razón, es una guerra donde el enemigo busca engañarte para eliminarte o tomar ventaja de ti, como consecuencia no existe la confianza, solo el instinto de supervivencia. No obstante, está joven enfermera de mirada dulce había estado a mi lado cuidando mis heridas con una devoción que me desconcertaba, entonces todos mis temores empezaron a desvanecerse, incluso mi mal genio, como tal no podía ser un imbécil después de haberme salvado la vida, debía responderle. Y tras un largo silencio lleno de mis intentos por mantener la calma y no cometer un error que pudiera delatarme. Finalmente, las palabras escaparon de mis labios antes de que pudiera detenerlas. Mi voz sonó áspera, casi rota, como si llevara demasiado tiempo atrapada dentro de mí. —Gracias por cuidarme… —murmuré, con los ojos clavados en su rostro mientras ella revisaba las vendas en mi pierna—. Me llamo… ¿Bruno? ¿David? No lo recuerdo bien. Todo me da vueltas… Solo puedo ver escombros, polvo, y escuchar gritos. Mis compañeros gritando: “¡Cuidado, agáchate!” Ella levantó la mirada hacia mí, sorprendida por mi repentina iniciativa de hablar. Sus ojos marrones, cálidos y serenos, me examinaron con una mezcla de curiosidad y ternura. Su sonrisa apareció de nuevo, leve, pero suficiente para transmitir calma. —No tienes cara de David —replicó, con un toque de humor en su voz suave—. Tal vez de Bruno. Sí, sí… Bruno. Y no te preocupes, lo que sientes es normal después de lo que sufriste. Poco a poco, irás recordando. Y tú pierna sanará… Aunque al principio necesitarás un bastón —explicó con su voz suave. Asentí despacio, procesando sus palabras. Había algo tranquilizador en su tono, en cómo pronunciaba cada sílaba con paciencia, como si intentara envolverme en su paz. —Entiendo… —musité, con un intento de sonrisa que apenas alcanzó a curvar mis labios. —Tu francés no es tan malo como mi inglés. —pronunció, ella sonrió más ampliamente esta vez, y por un instante, creí que su rostro iluminado era lo único que valía la pena mirar en ese hospital. —Por cierto, mi nombre es Zahara. —Su nombre salió como un susurro melódico, cargado de una especie de orgullo sereno. —Zaaa… ara —repetí, tropezando torpemente con las sílabas. Ella rió, una risa breve, pero llena de calidez. —No, son muchas a. Es Zahara. Pero está bien como lo digas. Había algo tan puro en su risa que no pude evitar sonreír con más convicción. Sin embargo, Zahara cambió rápidamente su expresión, recuperando esa seriedad amable de quien sabe que tiene un deber que cumplir. —Ahora fue suficiente charla —señaló, mientras se inclinaba ligeramente hacia mí, colocando una mano ligera sobre mi brazo—. No debes agitarte. Voy por el doctor para que revise tu pierna. Se giró para marcharse, pero antes de que pudiera alejarse, alcancé a sujetar su mano. Mi agarre era débil, torpe, pero lo suficientemente firme para detenerla. —Espera… —susurré, sintiendo cómo mi voz temblaba de una manera que no podía controlar—. Vuelve. Por favor. Ella me miró entonces, sus ojos reflejando una mezcla de sorpresa y algo más… ¿Compasión? ¿Duda? No lo sé, pero Zahara no retiró su mano. Por un instante, todo el ruido del hospital se desvaneció. Era solo ella y yo, atrapados en ese pequeño fragmento de tiempo que no quería que terminara. Lo cierto es que cada mañana despierto solo con un fin: verla, estar a su lado el tiempo que me sea permitido, pero es como querer detener lo imposible, en algún momento tendré que marcharme, dejar este lugar, también se suma que gracias a su ayuda ya puedo caminar, no significa que este del todo reestablecido, todavía me cuesta moverme por mis propios medios. Y aquí estoy como un idiota ansioso, mis pasos con las muletas resuenan torpes en el piso de baldosas. En verdad estoy nervioso, casi desesperado por verla, y justo cuando mis pensamientos empiezan a traicionarme con dudas, ahí está. Zahara aparece al final del pasillo, caminando con esa ligereza que parece desafiar la gravedad. Su uniforme está impecable, su cabello recogido en un moño desordenado, y sus ojos, siempre tan atentos, se posan en mí con una calidez que me desarma. —¡Hola, Bruno! —Su voz es un canto, suave y alegre, pero con la firmeza de quien sabe cómo manejar cualquier situación. Sus labios se curvan en una sonrisa al verme avanzar con las muletas—. Muy bien, te felicito por animarte a caminar. Si sigues así, pronto estarás listo para volver al frente… o tal vez a casa, donde digan tus superiores. La mención del frente o de casa hace que mi sonrisa vacile. Bajo la mirada, sintiendo el peso de sus palabras. Respiro hondo y, con algo de esfuerzo, levanto la vista para enfrentarla. —Hola, Zahara. —Mi voz suena más baja de lo que esperaba, casi temblorosa—. Es gracias a ti que estoy mejor. Pero, siendo sincero, no tengo motivos para volver a casa… y sí todos para quedarme aquí, contigo. Mis palabras quedan suspendidas en el aire, y su reacción es inmediata. Sus ojos se agrandan apenas un segundo, una chispa de sorpresa que rápidamente oculta tras un parpadeo, pero no aparta su mano cuando mis dedos apenas rozas los suyos. —Bruno… —Comienza, pero su tono ya no es tan firme. Hay una duda que se cuela entre sus palabras, un temblor apenas perceptible—. Solo estás confundido. —Tú me interesas. —Le interrumpo, con una voz más firme esta vez, aunque mi corazón late tan rápido que temo que pueda escucharlo—. Y mucho, para mi mala suerte. Mi mirada se aparta un instante para asegurarme de que estamos solos. Entonces, casi sin pensar, alargo la mano hacia una puerta cercana. La giro y la abro con cuidado. Es una pequeña bodega, apenas iluminada por una lámpara tenue que parpadea débilmente. —Ven. —Mi voz sale como un ruego disfrazado de petición. Hago un gesto con la cabeza hacia la puerta—. Solo un momento a solas, ¿sí? Ella duda. Sus labios se separan como si fuera a decir algo, pero finalmente cruza el umbral, con pasos lentos, mientras me observa por el rabillo del ojo. Cierro la puerta detrás de nosotros, el clic de la cerradura resonando como un grito en el silencio. —Bien, estamos solos. —Zahara cruza los brazos, en un gesto defensivo que contradice la suavidad en su rostro—. ¿Qué quieres decirme… o mostrarme? Me paso la mano por el cabello, nervioso, intentando ordenar mis pensamientos. Mis labios se mueven, pero las palabras no salen al principio. —Yo no hago esto… —digo finalmente, casi en un murmullo—. No ando por ahí conquistando chicas de pueblo en pueblo. Todo lo contrario. Soy un amargado, alguien que no se interesa por nadie. Pero tú… tú me haces cometer locuras. Levanto la vista, y mi mirada encuentra la suya. Su expresión es un caos: sus ojos brillan con algo que parece mezcla de incredulidad y curiosidad, y su labio inferior tiembla apenas un poco. —Cuando te veo, me sale esta sonrisa tonta. Me pongo nervioso, y lo más importante… haces que mi corazón lata a mil por hora. Tomo aire, sintiendo que me faltan las fuerzas para continuar, pero lo hago. —¿Tengo alguna oportunidad contigo? ¿O… tienes novio? ¿Esposo? —La pregunta sale atropellada, casi como un tropiezo—. Qué pregunta más tonta… Claro que debes tener a alguien en tu vida. Eres hermosa, inteligente, ingeniosa… Zahara parpadea, su rostro relajándose mientras un suspiro escapa de sus labios. Su sonrisa se curva lentamente, transformándose en algo más juguetón, algo que me desarma por completo. —En verdad… eres un novato en esto. —Su tono es suave, pero cargado de picardía, y sus ojos brillan con algo que no puedo descifrar del todo—. No sabes ni siquiera reconocer cuando una mujer te coquetea, cuando está interesada en ti. Mi corazón se detiene por un segundo, como si sus palabras hubieran cortado el flujo de sangre. —¿Eso significa que… me correspondes? —Mi voz es apenas un hilo, llena de incredulidad y esperanza. Ella no responde de inmediato. En cambio, da un paso hacia mí, eliminando la poca distancia que nos separa. Su mano se eleva hasta rozar mi mejilla, un gesto suave pero firme que me deja congelado. —Sí, tonto. —Susurra, y su sonrisa se amplía justo antes de que sus ojos se cierren—. Y ahora bésame antes de que me arrepienta. Mis manos encuentran su rostro con una mezcla de torpeza y urgencia, y cuando nuestros labios se encuentran, todo lo demás desaparece. Es un beso que incendia cada parte de mi cuerpo, despertando un huracán de emociones en mi piel, en mis sentidos y todo se agrava más cuando mi lengua se encuentra con la suya en un baile prohibido que me invita a perder la cabeza, pero muy despacio ella baja la intensidad del beso y termina separándose de mí mientras su mirada dulce me desarma. —¡Eh…! —digo, intentando no desviar la mirada de sus labios que apenas se curvan en una sonrisa—. Quisiera tener más tiempo para charlar… o, mejor dicho, tener una cita contigo, con todo lo que implica: flores, velas, un restaurante romántico... Me detengo un segundo, soltando un suspiro pesado, y miro alrededor de la bodega, como si el peso de la guerra se reflejara en las sombras que nos rodean. —Pero no podemos. Es absurdo soñar despierto con eso en medio de esta maldita guerra. —Mi voz tiembla al final, y mis manos, que descansan en su cintura, se tensan levemente al sentir su calor a través de la tela. Ella deja escapar una risa suave, y sus ojos brillan con un destello que derrite cualquier duda que pudiera tener. —No es absurdo. —Sus palabras son suaves, pero tienen un peso que cala hondo—. Es lindo que quieras ser especial conmigo. Zahara se aparta un poco, sus manos rozando las mías antes de cruzarse frente a su pecho. Mira alrededor, y la chispa de coquetería en su mirada se mezcla con una ternura inesperada. —Pero todavía puedes, con un poco de improvisación. —Declara, y señala un rincón de la bodega con la barbilla—. Una lámpara por aquí, unas sillas justo en el centro… Hace una pausa y deja que una sonrisa traviesa curve sus labios. —La cena no tiene que ser glamorosa. Basta con algo de pan de centeno, una porción de jamón y queso. Juro que me impresionarás. —Sus ojos se fijan en los míos de nuevo, y su voz adquiere un tono más bajo—. Eso sí, quisiera un baile… con mi ¿novio? Mi corazón da un vuelco, como si esa palabra encajara perfectamente en un espacio que no sabía que existía. —"Novio" suena bien. —respondo con una sonrisa tímida, sintiendo el calor subir a mis mejillas mientras la observo, mi pecho todavía latiendo con fuerza. —Ahora tengo una duda… —comienzo, inclinándome ligeramente hacia ella, mi voz bajando a un susurro—. Si convierto esta bodega en el lugar más romántico para cenar… ¿vendrías esta noche? Zahara arquea una ceja, y su sonrisa se amplía apenas, como si estuviera disfrutando de mi audaz propuesta, pero no tengo idea lo que cruza por su mente. Y tal vez me esté precipitando con esto que apenas empieza, aunque en mi defensa, la situación me obliga a dejar a un lado las etapas de una relación normal y en su lugar arrastrarme por lo que me dicta mi corazón. —¿Te fugarías unas horas con tu amante secreto? —Agrego, con mi voz llena de dudas—. ¿O te expongo a tener problemas con tu superior? —mis palabras provocan un silencio que me desconcierta y me dejan en un mar de incertidumbre.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD