Más cerca de ti (2da. Parte)

1629 Words
Unos días después Francia, Oradour-sur-Glane Zahara Aun siendo una niña ya soñaba con el bisturí, caminando con mi estetoscopio alrededor de mi cuello y mi maletín de doctora por los pasillos de algún hospital. Sobre todo, me encantaba usar mis habilidades para “curar a mi muñeca de trapo”, pero no era solo un juego como lo hacen la gran mayoría de los niños a esa edad. Para mí fue el inicio de mi sueño que con los años empezó a tomar forma cuando ingresé a la facultad de medicina. Sin embargo, cuando estalló la guerra fue como si todo se estancará, como si nada más importará, ya nada era lo mismo, París, mi hogar, se volvió un lugar de sombras, donde caminábamos con el corazón apretado, temiendo el próximo ataque aéreo. Enseguida mis padres y mis hermanos mayores insistieron en partir a Londres para salvaguardarnos, pero yo me negué rotundamente, no podía abandonar mi hogar, mi gente, no dejé Paris a pesar de la inminente ocupación nazi, en su lugar ingresé al cuerpo de la cruz roja para poner en práctica mis conocimientos de medicina, aun sabiendo el peligro al que me exponía. No fue estupidez, fue un deseo inexplicable por ayudar. Quizás mi decisión también estuvo marcada por otra razón: mis hermanos, Yosef y Ori, se enfundaron el uniforme y partieron al frente para luchar por sus ideales, pero no sobrevivieron ni un mes en el campo de batalla. Sus muertes me dejaron una herida que nunca sanará, aunque también me dieron una razón para quedarme. Huir habría sido traicionarlos, y mi conciencia no me lo habría permitido. Y ya de eso como dos años…dos años que solo les escribo a mis padres cartas cortas y frías, contándoles lo justo y preciso, como que sigo con vida y en algún momento me reuniré con ellos en Londres. Nunca les escribo de los horrores que cada día vivo, observando lo que la maldita guerra ha dejado con su ola de destrucción, ni el sufrimiento de nuestra gente. A todo esto, la Cruz Roja me llevó al pueblo de Oradour-sur-Glane. Al principio, el hospital era un lugar relativamente tranquilo, con apenas unos pocos heridos provenientes de pueblos vecinos. Pero hace semanas que eso cambió. Los bombardeos se han vuelto una rutina, llenando cada rincón con camillas improvisadas, mientras los recursos y el personal se vuelven escasos. No obstante, en medio de este caos, he mantenido mi profesionalismo. Siempre he sabido trazar límites con los pacientes, pero algo fue diferente cuando llegó Bruno. Herido e inconsciente, había algo en su rostro que me hizo querer quedarme a su lado. Y cuando despertó, sus ojos —de un azul intenso que desarma— me atraparon por completo. Bruno es un hombre marcado por el clima y la guerra. Su piel bronceada, su barba descuidada, y su expresión sombría lo envuelven en un aura de misterio que me atrae más de lo que quisiera admitir. Su cabello castaño corto y sus rasgos fuertes —frente alta, nariz recta, mandíbula cuadrada— lo hacen parecer una estatua esculpida por el tiempo y las batallas. Pero son sus ojos lo que más me intriga: proyectan una tristeza tan profunda que parece infinita. Lo cierto es que este galán con su torpeza y tristeza sea colado en mi vida sin que me dé cuenta. Tal vez es producto de querer encontrar un motivo para seguir en pie en este presente sombrío, simplemente me cuesta ponerle una etiqueta a lo que siento por Bruno o me da miedo terminar de lanzarme al vacío por un desconocido. Aunque a este punto no importa, porque contra todo pronóstico comencé soñar y cada encuentro en nuestro pequeño refugio me deja con el corazón acelerado, suspirando por algo que aun no comprendo, pero que ya no puedo ignorar. En fin, otra noche más. El silencio de los pasillos me envuelve, y mis pasos, casi imperceptibles, resuenan en mi mente como un tamborileo constante. No puedo evitar mirar hacia atrás, asegurándome de que no hay nadie siguiéndome. El aire está cargado de una tensión invisible, pero no importa. Sé a dónde voy. Sé con quién voy. Al llegar a la pequeña bodega, mi corazón acelera su ritmo. Respiro profundo, tratando de calmarme, y golpeo suavemente la puerta. Mi mano tiembla un poco, pero antes de que pueda pensar demasiado, se abre. Bruno está ahí, su rostro iluminado con una sonrisa tan cálida que parece derretir toda la frialdad que me rodea. —Hola, mi bella dama, bienvenida a su cita romántica —pronuncia con una voz grave, pero cargada de una alegría juguetona, mientras hace una reverencia exagerada, extendiéndome su mano como si fuera un príncipe. Me rio, incapaz de contenerme, mientras mis ojos recorren la pequeña bodega. La escena es sencilla, pero conmovedora: una lámpara de luz tenue ilumina una mesa vieja cubierta con una sábana blanca, que intenta disfrazarse de mantel. En el centro, una botella de vino medio llena y algo envuelto en un pañuelo completan el improvisado banquete. —Hola, galán. Sí que te esfuerzas por crear un ambiente especial —bromeo, dejando que una risa ligera escape de mis labios—. Me encanta cómo usaste las sábanas como mantel. Le da un toque… único a esta mesa que parece a punto de desmoronarse. Bruno pone los ojos en blanco, pero sus labios se curvan en una sonrisa traviesa. —No te burles de tu novio, Zahara. Hago lo que puedo con los recursos que tengo —responde, fingiendo indignación mientras su tono revela una mezcla de picardía y orgullo—. Hoy incluso soborné al cocinero. Cambié los cigarrillos que gané en una apuesta por un poco de vino y queso. ¿Ves lo que hago por ti? Antes de que pueda responder, se inclina hacia mí y me roba un beso. Sus labios son firmes, seguros, y por un instante el mundo se detiene. Pero cuando se separa, me lanza una mirada que mezcla ternura y preocupación. —Uno de estos días el cocinero te preguntará qué haces con todo lo que le sacas. Si no lo ha hecho ya —señalo, intentando mantener un tono ligero, aunque mi inquietud se filtra en cada palabra. Él suelta un suspiro, y por un momento, su expresión se ensombrece. —Él no me preocupa tanto como el doctor Lester. Pronto me dará el alta, ya camino sin el bastón, a pesar de cojear … —murmura, su voz baja, cargada de impotencia. Esa mirada… esa mezcla de miedo y frustración que se asoma en sus ojos me parte en dos. Sin pensarlo, entrelazo nuestras manos, tirando suavemente de él hacia el centro de la habitación. —Mejor bailemos. Tararea algo, o lo hago yo —propongo, tratando de romper la tensión que se ha instalado entre nosotros. Comienzo a cantar, suave al principio, pero con más fuerza cuando veo que él me observa con una ceja levantada. Ami, entends-tu le vol noir des corbeaux sur nos plaines… (amigo, escuchas el vuelo n***o de los cuervos en nuestras llanuras) Bruno suelta una carcajada corta, pero sus ojos brillan con algo más profundo. —Zahara, no hay nada romántico en la canción de un cuervo —dice, su tono cargado de diversión, pero sus palabras adquieren un matiz más serio cuando añade—. Aunque, debo admitir, suena hermoso cuando lo dices tú. Se acerca un poco más, sus manos firmes en mi cintura. Su aliento choca contra mi rostro, cálido y reconfortante, y sus ojos no se apartan de los míos. —¡Diablos! —suelta en un susurro áspero, como si las palabras le costaran salir—. ¿Cómo me has hecho adicto a ti? No pasa un día sin que te piense, sin que te desee… sin querer robarte un beso. Corrijo: muchos besos. Mis brazos se envuelven alrededor de su cuello, y siento que mis piernas flaquean. Su confesión es como una corriente que me arrastra, pero también me asusta. —No eres el único que se siente así, Bruno. Pero no quiero pensar en el futuro. Solo quiero concentrarme en el presente —responde, mi voz apenas un susurro, pero cargada de sinceridad. Él niega con la cabeza, sus dedos presionan ligeramente mi cintura mientras su mandíbula se tensa. —Eso no es suficiente para mí, Zahara. No puedo resignarme a perderte. No quiero alejarme de ti. No puedo vivir sin ti. Te amo. Y no es por la situación que vivimos. Es porque te amo aquí, en mi corazón. Tú eres mi dueña. Mis labios tiemblan, y mi pecho se siente como si estuviera a punto de explotar. —Bruno… yo también te amo, pero… todo es tan complicado. No sé qué pasará mañana. Solo quiero refugiarme en tus brazos hasta que amanezca. Él se separa ligeramente, solo lo suficiente para mirarme con una intensidad que quema. —Eso no es suficiente para mí —repite, su voz quebrándose ligeramente antes de recuperar fuerza—. No quiero solo un momento contigo, sino una vida, despertar cada mañana y saber que estás allí, enloqueciéndome con tus miradas, atrapándome con tus besos, viciándome de ti, todo lo quiero contigo. Hace una pausa, su pecho subiendo y bajando rápidamente, como si las palabras lo dejaran sin aire. —Salgamos de aquí. Olvidemos al resto del mundo. Seamos solo tú y yo. Mi voz apenas sale cuando pregunto: —¿Qué estás sugiriendo exactamente? —Abandonaré el ejército. Desertaré si eso significa estar contigo. Vámonos lejos, Zahara. Donde podamos ser felices. Huye conmigo. ¿Aceptas? —sus palabras se deslizan con desesperación, pero también con sinceridad. Una sinceridad que me asusta por lo que propone y me deja sumergida en mis pensamientos.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD