¿Cabeza o corazón?(1era. Parte)

2357 Words
La misma noche Francia, Oradour-sur-Glane Bruno Dicen que la mayor locura es enamorarse. Es cierto. El amor nos arrastra como un río indomable, arrancándonos de cualquier ancla de sensatez. Nos transforma, nos deja vulnerables, indefensos, a merced de un latido que parece gobernar cada decisión. Nos convertimos en esclavos de algo tan intangible como poderoso, incapaces de escapar de las redes que nos envuelven. Nos volvemos adictos a su veneno, como una droga que no puedes dejar porque la necesitas para recordar que sigues vivo. Sin embargo, no todos los amores son iguales. Algunos llegan como una chispa, encendiendo una llama breve que ilumina, pero se extingue antes de dejar huella. Otros son como bocanadas de aire fresco en medio del sofoco, necesarios, pero pasajeros. Están también los que duelen, los que te desgarran en cada suspiro, tatuándose en las cicatrices que llevas incluso cuando intentas olvidar. Pero hay uno, el más cruel y a la vez el más sublime: el amor imposible. Ese es el amor que te persigue, que anida en cada rincón de tu ser, aunque todo a su alrededor parezca condenado al fracaso. Es el amor por el que luchas aun cuando la batalla parece perdida. Porque el corazón, ese terco y obstinado compañero, no entiende de razones ni de límites. Se aferra con la fuerza de quien sabe que ha encontrado algo único, algo que, aunque efímero o inalcanzable, hace que la vida tenga sentido. Porque encontrar el amor es un verdadero milagro sin importar lo que vendrá, o lo que debas soportar para estar junto a la persona que amas. El amor es algo que conocí siendo un adolescente, me casé con mi novia creyendo que sería para siempre, que podríamos tener una vida juntos, pero en poco tiempo una enfermedad extraña me arranco a Greta de mi lado, y en esa época me encerré en mi dolor, nunca pensé que volvería a vibrar mi corazón por alguien, menos que podría enamorarme. Lo hice, me enamoré de un ángel como lo es Zahara, sin darme cuenta se coló en mi mente y se ancló en mi corazón. Un amor tan diferente e imposible por culpa de la maldita guerra. Aun así, olvidé la razón y me dejé arrastrar por mis sentimientos para vivirlo, porque era inútil arrancarla de mi ser entero, ¿Cómo podría apartarme de ella? ¿Cómo pelearme con mi corazón? ¿Cómo no perderme en la oscuridad de sus ojos? Lo sé, no he sido honesto sobre mi identidad, tampoco una relación se pude construir con mentiras, no es bueno, porque a la larga solo causa dolor, pero ¿Cómo le digo a la mujer que amo que debe odiarme? ¿Cómo le digo que soy el enemigo? ¿Cómo romperle el corazón? No puedo, lo ideal sería marcharme, alejarme de ella para no lastimarla, pero ya es tarde, sueño con lo imposible. Al punto de estar como un tonto queriendo una cita como una pareja normal para tener esos momentos mágicos y sublimes que disfrutas en los primeros días de una relación. Sí, era un poco peculiar dada las circunstancias que nos envolvían. Estábamos en un hospital con el miedo constante de no morir por los bombardeos de la propia guerra. De todas formas, estaba dispuesto a crear el ambiente en esa vieja bodega, a tener esos momentos especiales con mi novia, pero dependía de ella. Tras un breve silencio donde estaba nervioso, ansioso y lleno de dudas por mi audaz propuesta, por fin escuché su voz al ambiente. —Fugarme contigo no lo haré, es demasiado apresurado —exclamó Zahara, cruzándose de brazos. Sus ojos brillaban con una chispa traviesa que me desarmaba por completo—. Tampoco tengo intenciones de hacerte las cosas fáciles, pero sí me interesa tener una cita con mi novio, no momentos intensos con mi amante secreto. Tragué saliva y levanté la mirada hacia ella, sorprendido por su respuesta directa. —¡Eh… Zahara! —Mi voz tembló apenas, intentando mantenerme firme, aunque mi corazón retumbaba con fuerza—. No es lo que piensas... o tal vez sí. —Esbocé una sonrisa nerviosa mientras intentaba contener los latidos de mi corazón. Zahara arqueó una ceja, cruzándose de brazos, su expresión una mezcla de curiosidad y escepticismo. —Quiero conocerte de verdad, a la chica que me tiene como un tonto. —Mis palabras salieron más rápido de lo que pensaba, como si hubiera roto un dique que llevaba tiempo conteniendo. La miré fijamente, esperando una reacción, y continué—: Charlas banales, profundas, besos robados, miradas cómplices, sonrisas compartidas. Es lo que quiero por ahora. Ella dejó escapar una leve risa, ese sonido que siempre lograba calmar mis nervios y a la vez encender algo dentro de mí. —¿Es mucho, no? —indagué, inclinándome ligeramente hacia ella, intentando descifrar la oscuridad de sus ojos. Zahara me observó en silencio durante unos segundos que se sintieron como una eternidad. Finalmente, ladeó la cabeza y dejó escapar un suspiro que desarmó mis defensas. —No lo sé… —continué, sintiendo el impulso de aclararlo todo antes de que decidiera rechazarme—. Solo quiero vivir esto que nació por ti, a tu ritmo, sin presiones, sin pensar demasiado. —Mi voz bajó un poco, casi en un susurro—. Y, sí, quiero ser egoísta para tenerte solo para mí. Por primera vez, Zahara sonrió con calidez, esa sonrisa que era como un rayo de sol en medio de la tormenta. —¿Nos vemos en la noche, aquí? —insistí, mi voz cargada de una esperanza que apenas lograba disimular. Zahara dejó caer los brazos, relajando su postura, mientras su mirada adquiría un brillo travieso. —Veré cómo me saco de encima a la jefa de las enfermeras… —respondió con un tono divertido, llevándose un mechón de cabello tras la oreja. Sus labios se curvaron en una sonrisa cómplice—. Y estaré aquí. Sorpréndeme, Bruno. Ese fue el inicio de nuestras citas, momentos de luz en medio de las sombras de la guerra, donde Zahara y yo conseguimos robarle instantes de felicidad al caos. Aquella vieja bodega se convirtió en nuestro refugio, un rincón secreto donde el amor parecía más fuerte que la guerra. Pero cada día que pasaba, la ilusión de esos encuentros se veía empañada por una sensación punzante, como si estuviera esquivando balas incluso fuera del campo de batalla. No era una metáfora. Era mi realidad. Cada palabra que salía de mi boca cargaba un riesgo, cada conversación con un médico o enfermera sentía como si anduviera por un campo minado. Mi acento, aunque cuidadosamente moderado, parecía un hilo delgado que en cualquier momento alguien podría tirar para descubrir mi verdad. Pero quien más parecía decidido a desenmascararme era el doctor Charles Lester, el jefe del hospital. Hoy temprano, mientras recorríamos los pasillos, sus palabras cayeron como una advertencia velada, aunque disfrazadas de profesionalismo. —Bruno, es bueno verte casi totalmente recuperado. —Su tono era afable, pero había algo en la manera en que sus ojos se estrechaban, como si me estudiara—. Lo que me desconcierta es que todavía no puedas recordar tu pasado. Sentí un escalofrío, pero mantuve una sonrisa amable. —Es cierto que la mente a veces bloquea los malos recuerdos como un mecanismo de defensa —continuó, con un tono que parecía más dirigido a sí mismo que a mí—. Pero a pesar de eso, solemos hacer cosas involuntarias: gestos, recordar fragmentos sin sentido, algo… Y tú no. Pareces una hoja en blanco, sin pasado. Tragué saliva y respondí, cuidando que mi voz sonara llena de una preocupación genuina. —Le aseguro, doctor, que quiero recordar si tengo familia en algún lugar… para volver a casa. O al frente para combatir. Sus ojos brillaron con una mezcla de interés y sospecha. —Ese es el problema. —Hizo una pausa y dejó escapar un suspiro—. Todos los días llegan listas de soldados desaparecidos en acción. Las comparo con los heridos, pero nunca hay coincidencia contigo. Hubo un silencio tenso antes de que continuara. —Por eso me tomé la libertad de enviar una carta al comandante general de las tropas aliadas, para que me ayude a encontrar a tu familia o a tu unidad. Mi pecho se tensó. Una alarma silenciosa comenzó a sonar en mi interior, pero mantuve la calma. —Le agradezco, doctor, que se tome tantas molestias por mí. Pero no debería. Eso no es su responsabilidad. Él soltó una risa seca, sin humor. —Sí lo es, de manera indirecta. Además, Bruno, por más que lo pienso, no pareces británico. —Sus ojos me escrutaron con más intensidad—. Viví muchos años en Londres y no logro ubicar tu acento. O quizás ya estoy demasiado viejo. Hizo una pausa que pareció extenderse por un siglo antes de añadir: —No importa. Lo resolveré pronto. Sigue con tu caminata diaria. Solo asentí, esforzándome por mantener la compostura mientras dibujaba una sonrisa forzada en mis labios. Sin embargo, antes de que se alejara, su voz me alcanzó de nuevo como un dardo bien dirigido. —Antes de que me olvide, Bruno… No es bueno crear vínculos con las jóvenes enfermeras. —Su tono cambió, adquiriendo un aire paternalista, pero sus ojos eran cortantes—. Ellas a veces confunden el agradecimiento de los soldados por algo más. ¿Lo entiendes? Tragué saliva, esta vez más fuerte, y asentí una vez más sin decir palabra. Sus advertencias no necesitaban más explicaciones. Eran claras, incluso para alguien en mi posición. El doctor no solo sospechaba de mi origen, sino que ya había conectado mi cercanía con Zahara a algo que no podía permitirse en su hospital. A medida que me alejaba por los pasillos, mi mente se llenó de pensamientos oscuros. Era cuestión de días, quizás horas, antes de que alguien descubriera que el hombre que Zahara veía como un amante y que el hospital acogía como paciente no era otro que un soldado nazi. Tal vez por eso entendí que la única salida era proponerle a Zahara que escapemos, que nos marchemos lejos, sin importar los peligros que habrá en el camino. No es un plan descabellado, sino la única opción que veo. No puedo seguir sosteniendo esta mentira, menos seguir tentando a mi suerte. Y quizás sea egoísta por pensar solo en mí, por no ser sincero, pero no quiero perderla. No puedo renunciar a ella. Y aquí estoy, en nuestro refugio, con el corazón en un puño, deseando lo imposible. El silencio es sepulcral, pesa en el aire, quema en mis pensamientos. Trato de descifrar lo que ocultan sus ojos, pero ella es un enigma que me desarma. Y entonces, lo que parece una eternidad se rompe con su voz. —Bruno, parece fácil como lo dices, pero marcharnos lejos no es la solución. Te buscarán por desertor, por deshonrar a tu ejército, hasta matarte. Y eso sería solo el comienzo de vivir con el corazón en vilo. Además, ¿de verdad crees que hay un lugar donde podamos escondernos de los malditos nazis? Su voz es firme, llena de razón, pero yo no puedo aceptarlo. —Prefiero desertar a vivir sin ti. No quiero alejarme de ti, no quiero renunciar a lo nuestro. Solo tienes que confiar en mí. —No ves con claridad lo que sucede a nuestro alrededor. Estamos en medio de una maldita guerra, y si aún estamos vivos, es un milagro. Además —replica, con una mezcla de frustración y tristeza—, mi conciencia no me permite abandonar mi puesto en el hospital. No puedo. La impotencia me consume, las palabras se me atragantan antes de salir. —¿Pero si prefieres abandonarme a mí? —respondo, dejando que mi rabia y miedo se mezclen en mi tono—. ¿Prefieres seguir en tu labor altruista para sentirte bien, como tantas muchachas que se ponen el uniforme de enfermera? ¡Perfecto! Su expresión cambia de inmediato, y veo el fuego en sus ojos antes de escuchar su respuesta. —¡No hables de lo que no conoces! —gruñe, acercándose a mí con una rabia contenida que electriza el aire entre nosotros—. Mis hermanos murieron defendiendo sus ideales, combatiendo a los nazis, y yo no puedo simplemente renunciar. No puedo manchar su memoria. Hace una pausa, y por un momento pienso que va a marcharse, pero en lugar de eso, respira hondo y continúa. —Y tampoco soy una enfermera con un ataque de altruismo, como lo repites. Llevo años estudiando medicina para convertirme en doctora. Para servir a los demás, sí, pero no porque sea fácil, sino porque creo en lo que hago. Me quedo callado, procesando sus palabras. Una parte de mí quiere gritar, otra quiere suplicar, pero al final solo dejo escapar una risa amarga. —¡Wow! Me enamoré de una doctora. —El sarcasmo en mi voz es evidente, pero me esfuerzo por controlarlo y respiro hondo antes de continuar—. Entonces, sana mi corazón, Zahara. Dale alivio a mi alma dolida. Elígeme y confía en mí. Mis ojos buscan los suyos, y siento su aliento en mi rostro, cálido, pero tan lejano como si un abismo nos separara. —¿Bruno, elegirte…? —exclama con su voz amargada y envuelta en dudas. —Deja de pensar tanto en las consecuencias —la interrumpo, mi voz casi un susurro, cargada de desesperación—. Solo sigue lo que te dicta el corazón. Huye conmigo. Podemos lograrlo. Llegar hasta España y, desde allí, a Casablanca. Después podríamos establecernos en Estados Unidos. Hago una pausa, dejando que mis palabras floten en el aire, como una súplica. —O, si no, dime que me marche al frente. ¿Puedes hacerlo? ¿Puedes responderme, Zahara? La miro fijamente, esperando, deseando que su respuesta sea todo lo que necesito para aferrarme a la esperanza. Pero lo único que siento es el peso de mi propia incertidumbre, mientras el silencio vuelve a instalarse entre nosotros, dejándome sumergido en mis pensamientos.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD