La siguiente noche
Francia, Oradour-sur-Glane
Zahara
Supongo que la mayoría de las decisiones importantes en la vida las tomamos dejándonos llevar por el corazón, dejamos que él dictamine nuestro camino, a veces en un susurro, otras con la fuerza de un mar enfurecido. Pero eso no significa que ignoremos la razón. Al contrario, siempre está ahí, al acecho, murmurándonos al oído lo correcto y buscando enderezar nuestro rumbo cuando nos dejamos llevar demasiado lejos.
Aunque vivimos sumergidos en una batalla interna entre el corazón y la cabeza, entre el deseo y la lógica. Muchas veces no es la razón lo que nos detiene; es el miedo. Miedo al fracaso, a equivocarnos, a caer y no encontrar fuerzas para levantarnos. Porque lanzarse al vacío no es un acto sencillo. No basta con un chasquido de dedos para sentirnos de acero. No podemos fingir valentía cuando sabemos que esa única decisión podría cambiarlo todo, para bien o para mal.
La realidad es que arriesgarse por lo incierto es como saltar desde un precipicio sin saber si hay agua abajo o rocas afiladas esperándonos. Es guardar todos nuestros miedos, dudas y cicatrices en un baúl con tantos candados como podamos encontrar, y aun así sentir su peso mientras avanzamos. Es cierto, cuesta ser valientes. Cuesta caminar hacia lo desconocido con la esperanza de que, del otro lado, esté la felicidad que buscamos. Al final solo nosotros conocemos la respuesta. Solo nosotros sabemos lo que nos llena el alma, lo que nos hace vibrar, lo que estamos dispuestos a dar, a perder, a sacrificar y por eso vivimos en una batalla interna casi todo el tiempo.
Mi padre decía que pensaba demasiado con el corazón y eso en algún momento me pondría en una encrucijada, pero hasta el momento lo había hecho sin tantos conflictos, incluso al negarme a acompañarlos a Londres. Sin embargo, fue una elección difícil y necesaria, aunque no imaginaba que volvería a sentirme confundida y perdida al enamorarme, es que ni siquiera lo creí posible, estoy en medio de una guerra donde es un milagro que florezca amor, pero sucedió.
Allí estaba delante de Bruno escuchando su pedido de huir lejos como si fuera tronar los dedos y repetir sí, olvidando las consecuencias. Como un resorte mi mente empezó a barajar algunos escenarios posibles si nos atrapaban: él encarcelado por desertor, otro más aterrador: él fusilado por su propio ejército y uno más escalofriante caer en las manos de los malditos nazi. No, gracias, no podría llevar su muerte en mi consciencia, también se sumaba que me sentía en la obligación de cumplir con mi labor en el hospital, una forma de honrar la memoria de Yosef y Ori y al mismo tiempo no quería renunciar a su amor, es decir me sentía dividida entre la razón y el corazón.
Y tuvimos nuestra primera pelea. Sentí su rabia arremeter contra mí, sus palabras hirientes intentando desgarrar las capas que había construido para protegerme. No entendía, no podía entender lo que significaba para mí permanecer en el hospital, lo que significaba mirar más allá del miedo y del egoísmo. No se trataba de altruismo vacío ni de valentía forzada; era mi lucha, mi deber, mi forma de plantarle cara a la guerra.
Pero verlo así, roto y vulnerable, me partía el alma. Cada vez que me miraba con esos ojos llenos de súplica, sentía que apuñalaba a mi corazón. Era una decisión con un peso que me consumía, no quería perderlo y al mismo tiempo tampoco traicionar en lo que creía, en la vida al servicio de los demás.
Lo peor vino después, con sus palabras que me dejaron entre la espada y la pared: ¿Elígeme? Pero como si mi expresión dijera todo lo que no ponía en palabras él lo hacía. Describía las consecuencias de esa decisión y él muy terco ya tenía un plan trazado para ser libres de vivir nuestro amor. Sus palabras tenían pasión, sí, pero también un tinte de irrealidad que me mantenía atrapada en mi escepticismo: ¿Podríamos vivir en paz? ¿Podríamos escapar de la guerra?
Entonces vino su sentencia, las palabras que me arrancaron el aliento y dejaron mi mente en blanco. “Dime que me marche al frente”. Mi corazón se detuvo un instante. No necesitaba explicar lo que esas palabras significaban. Era como si me gritara entre líneas: “No me amas, entonces iré a quitarme la vida.” Porque eso era marcharse a combatir. Una condena a una muerte segura.
El silencio que siguió fue sepulcral. La bodega, tan pequeña y oscura, parecía aún más asfixiante en ese momento. Mis ojos comenzaron a cristalizarse, mientras un nudo se formaba en mi garganta, subiendo lentamente, amenazando con ahogarme. Mi corazón latía desbocado, desgarrado por el peso de sus palabras. Pero antes de que pudiera responderle, su voz volvió a resonar, rasgando el aire como un cuchillo.
—¡Perdóname, Zahara! Perdóname por amarte, por pedirte que me elijas… y dejes todo lo que amas —su voz se quebró, llenando la habitación con una mezcla de desesperación y culpa. Dio un paso hacia mí, y sus ojos azules, ahora llenos de lágrimas contenidas, se clavaron en los míos—. No tengo derecho a hacerlo. Ni siquiera debes estar convencida de lo que siento por ti —hizo una pausa, su respiración agitada, como si luchara por mantener el control—. Has de creer que juego contigo, como la mayoría de soldados lo hacen con chicas como tú.
No podía soportarlo.
—Bruno, no me pidas perdón, no lo hagas… —murmuré, aunque mi voz apenas salió como un susurro ahogado.
Él no me escuchó, o no quiso hacerlo.
—Te amo, Zahara —declaro con una intensidad que me atravesó—. Te amo y quiero una vida contigo, hacerte mi esposa. Casarnos, tener una casa donde puedan correr nuestros hijos. Pero el amor no se pide, no daña, ni lastima, y lo estoy haciendo al pedirte que huyas conmigo. Lo siento.
Sus palabras me golpearon como una tormenta, rompiendo cada barrera que había construido para protegerme. Pero no pude decir nada. Estaba congelada, atrapada en un caos de emociones que no podía controlar.
Él esperó. Un segundo, tal vez dos. Luego, como si la decisión ya estuviera tomada, dejó caer los hombros con una resignación que me partió el alma.
—Te dejaré en paz —informó, con una voz apagada, casi inaudible—. Hablaré con el doctor Lester para que me dé alta médica y poderme marchar. Cuídate, mi ángel. Gracias por todo lo que me diste, por sacarme de mi oscuridad y de mi tristeza.
Antes de que pudiera reaccionar, se inclinó hacia mí y plantó un beso en mi mejilla, un toque tan delicado que sentí como si fuera a romperse al contacto. Mi piel ardía donde sus labios me rozaron, y mis ojos lo buscaron, pero él ya estaba alejándose.
Se quedó un instante, observándome con esos ojos llenos de desolación, tristeza y amor. Luego agachó la cabeza, y sin decir una palabra más, salió de la bodega.
El silencio que dejó tras de sí fue ensordecedor. Y yo, rota, me quedé allí, incapaz de moverme, con su ausencia pesando como una losa sobre mi pecho.
En fin, el resto de la madrugada estuve como una tonta, llorando y maldiciéndome por renunciar al hombre que amo. Por anteponer mis ideales a mis sentimientos. Mi mente no encontraba descanso, y fue imposible no recordar los últimos días, esos momentos felices donde nada más importaba, solo nosotros. Pensé en sus miradas profundas que me dejaban sin aliento. Recordé su voz ronca, que acariciaba mis miedos, y esas charlas esperanzadoras sobre el futuro, sobre un final para la guerra, como si con solo soñarlo fuera posible hacerlo realidad.
Sin embargo, los recuerdos no me daban consuelo. Cada imagen que se formaba en mi mente era como una daga que giraba en mi pecho. Las lágrimas caían sin control, y mi almohada terminó empapada por el peso de mi arrepentimiento.
A todo esto, pasé un día de mierda intentando concentrarme en mis labores, en lo único que todavía podía hacer para mantenerme de pie. Pero fue inútil, mucho más después de escuchar una charla de los labios de Ivonne, la jefa de enfermeras, sobre lo que estaba sucediendo en el campo de batalla.
—Chicas, necesito que redoblen esfuerzos. La situación no es alentadora —exclamó Ivonne, con su habitual pose profesional, pero sus ojos reflejaban una preocupación que no podía ocultar—. El doctor Lester me informó que los nazis siguen avanzando hacia territorio francés. Hay miles de soldados caídos en acción, y si esto sigue así, vamos a tener que desplazarnos a un lugar seguro para mantener el hospital en pie.
Su voz resonaba como un eco lúgubre en el pabellón. Céline, siempre tan expresiva, no pudo evitar intervenir.
—Pensé que el gobierno había negociado con los nazis, y que ya no habría más bombardeos ni tropas movilizándose a los pueblos —arguyó Céline, con una voz inquieta, mientras su mirada, cargada de incertidumbre, buscaba una respuesta en Ivonne.
Ivonne apretó los labios, y por un instante, su compostura se tambaleó.
—Ya la tragedia cayó sobre nuestra nación con esa maldita negociación. Los nazis se consideran nuestros dueños. Invaden nuestras viviendas, matan a nuestros hombres… y a las mujeres las violan. Entonces, lo único que queda es pedir que los aliados puedan detenerlos… o esperar un milagro —replicó Ivonne, con una dureza en su tono que me heló la sangre.
No podía callar. Sentí las palabras subiendo a mi garganta, pero salieron como un susurro quebrado, casi inaudible.
—Significa que pronto el hospital dejará de funcionar… o que nos matarán los nazis antes…
Ivonne me miró, pero no dijo nada. Su silencio fue una confirmación. Céline desvió la mirada, sus manos temblando mientras ajustaba el delantal. Y yo, aún con el corazón encogido, sentí como si el peso de la guerra se hiciera más insoportable con cada palabra.
Me esforcé por mantenerme en pie, por no dejar que las lágrimas volviesen a traicionarme. Pero, en mi interior, solo podía pensar en Bruno, en su sonrisa apagada, en su despedida… y en la posibilidad de que ya fuera demasiado tarde para todo.
Tal vez fue una señal, un anuncio de que no podía seguir empecinada en permanecer en el hospital, menos cometer la estupidez de renunciar al amor por Bruno. Con mis pensamientos enredados, deambulaba por los pasillos observando a los soldados con sus muletas, otros en sillas de ruedas, y no podían faltar las camillas de heridos graves, con sus cuerpos mutilados y sus ropas empapadas de sangre.
Así mis pasos, como si tuvieran voluntad propia, me llevaron a la bodega, ese lugar que parecía guardar todas las respuestas que yo misma era incapaz de tomar. Como tal en este instante, vuelvo a mirar cada rincón, y las imágenes saltan a mi mente. De pronto, la puerta se abre de golpe, y allí esta él. Bruno.
—Lo siento, no quiero molestarte, pero anoche perdí el pañuelo que me regalaste. Creo que lo dejé en la mesita. Reviso un segundo y me marcho —indica, con su voz grave que siempre consigue estremecerme.
Bruno da unos pasos lentos por el lugar, hasta que ve el pañuelo en el suelo, cerca de la mesa. Lo levanta con cuidado y, al incorporarse, esboza una sonrisa forzada. Sus ojos se desvían de los míos, como si evitara mirarme demasiado tiempo, y continúa en dirección a la puerta.
—Espera, Bruno. No te marches —lo detengo con mi voz, apenas un susurro que se quiebra al final. Él se detiene justo frente a la puerta—. Quiero hablar contigo o solo pedirte que me beses, que calmes este miedo que siento.
Se gira despacio, confuso. Me mira por encima del hombro, pero solo necesita un segundo para cerrar la poca distancia que nos separa. El azul de su mirada se clava en mí con una intensidad que me deja sin aire.
—Te amo, Zahara. Pero no quiero solo unos besos ni un momento de placer —afirma mientras se acerca aún más—. Quiero una vida contigo, si te atreves a confiar en mí.
Mis palabras salen sin pensar, casi desesperadas, como si fueran una súplica:
—Yo… ahora necesito refugiarme en tus brazos. Sentir que, no importa lo que suceda mañana, estaremos juntos, porque nuestro amor es más fuerte que cualquier cosa.
Sus manos se deslizan por mi cintura, y puedo ver cómo sus ojos se empañan. Se inclina un poco, lo justo para juntar nuestras frentes, y deja escapar un susurro que me estremece.
—No quiero arrepentimientos, Zahara… ni que creas que te estoy obligando a estar conmigo.
Su voz es baja, cargada de emoción, mientras me mira hechizados los labios. Poco a poco, anula la distancia entre nosotros. Roza mis labios con una delicadeza que me hace temblar. Siento el calor subiendo por mi pecho, mis latidos disparados al infinito, mis piernas temblando como gelatina.
Percibo su aliento rozando mi rostro, su mirada intensa derritiendo cualquier duda. Cada segundo parece eterno, y entonces su mano se alarga, sujetando mi rostro con ternura mientras inclina la cabeza para besarme. Pero se detiene un instante.
—¿Estás segura de esto? —pregunta con una voz llena de dudas. Su mirada busca la verdad en mis ojos—. ¿Quieres ser mi mujer y huir conmigo?
El tiempo parece congelarse en ese segundo, y mi corazón se detiene con él mientras su mirada se clava en la mía buscando una respuesta.