Efectos del Amor (1era. Parte)

2215 Words
La misma noche Francia, Oradour-sur-Glane Zahara Según la medicina cuando estamos enamorados se activan varias neuronas que estimulan al cerebro y al cuerpo dándonos esa sensación de placer y gratificación. Pero más allá de lo que diga la ciencia, el amor tiene un poder sanador, de darnos seguridad, de sentirnos libres y amados. Nos llena la vida de una manera única con su presencia, como si pudiera coser heridas, borrar lo malo. Y, sobre todo, nos envuelve en una claridad que despeja la penumbra, convirtiendo nuestras noches más oscuras en amaneceres cálidos y llenos de promesas, es decir la felicidad. Una mirada profunda, una sonrisa correspondida, un roce, un susurro al oído, un beso sincero, pueden cambiar nuestros ánimos y sentirnos en la gloria absoluta, porque existe la conexión, la magia o la chispa con la otra persona, en otras palabras, es estar bajo los efectos del amor. Y en el momento que lo asumimos olvidamos la sensatez, esa escapa por la ventana y toma las riendas el corazón, ese órgano que nos guía en el camino de la vida. Porque, al final, el amor no se trata de entenderlo, sino de sentirlo, de dejarse llevar por esa corriente que nos atraviesa, nos transforma y nos recuerda que, incluso en un mundo lleno de caos, todavía hay un rincón donde todo es posible. Admito que me costaba terminar de lanzarme por lo que siento por Bruno, me asustaba no tener el control mientras él parecía estar mil pasos adelante de mí hablando de una vida juntos, como si fuera lo más normal. Y debería ser así cuando encuentras a esa persona que te acelera el corazón, pero pienso que el propio caos que vivo en el hospital, mis ideales, las consecuencias de una cruel guerra y el miedo de ser responsable de su muerte me hicieron dudar de seguirlo, de escapar con él. Sin embargo, abrí los ojos o simplemente entendí que no quiero renunciar a él, no quiero una vida sin Bruno, porque amo a este hombre, aunque estoy consciente que no será fácil lo que vendrá. Pero por ahora quiero refugiarme en sus brazos, sentir sus huellas en mi piel y ser suya como él mío. A pesar de ello, él fue directo preguntándome sobre el paso de ser su mujer, también de marcharnos lejos, así el silencio se apoderó del lugar. Aquí estamos en nuestro refugio donde el tiempo parece haberse detenido mientras percibo su aliento en mi rostro, sus manos en mi cintura, sus labios rozando los míos de una manera que eriza mi piel, dispara mis latidos, mi cuerpo entero tiembla. Pero es hora de responderle, de acabar con tanta tensión, como tal, mi voz rompe el silencio asfixiante que nos envuelve. —Bruno entendí que no quiero renunciar a lo nuestro… —murmuro, mi voz apenas un hilo que parece escaparse con cada palabra. Bruno me observa, sus ojos clavándose en los míos con una intensidad que casi me hace apartar la mirada. Pero no lo hago, porque en esa mirada veo todo: amor, esperanza, y una pizca de miedo. Sus labios, que hace un momento apenas rozaban los míos, se curvan en una sonrisa que ilumina su rostro entero, cálida y sincera. —¿Eso significa que vendrás conmigo? —pregunta, su voz un susurro que apenas rompe la quietud, pero cada palabra cargada de emoción. —Sí, galán… —respondo al fin, y mi voz tiembla, pero no importa, porque mis palabras son todo lo que él necesita escuchar. Antes de que pueda decir algo más. Su boca busca la mía en un beso que me roba el aliento. Es un beso húmedo que desata la pasión, pero él no se conforma con eso. Desliza sus manos por mis muslos, aumentando el calor del momento. Se separa por un momento, arrodillándose frente a mí sin perder el contacto visual, dejando un rastro de besos por mi silueta. Sus labios trepan por mi cuello, arrancándome gemidos involuntarios. Sus manos inquietas rozan el contorno de mis senos y va por más. Retira el delantal con rapidez y empieza a desabotonar mi blusa observando mi reacción como si buscará mi permiso. —¿Continúo? —murmura con un tono lleno de dudas, mientras mis sentidos se nublan y me dejo llevar por las sensaciones que desata en mí. —¡Sí! —respondo en un susurro a su oído, y con habilidad se retira la camisa descubriendo su torso trabajado. Nuevamente, sus labios se funden con los míos, pero esta vez con una urgencia palpable. Sus brazos me rodean mientras los míos se aferran a su espalda, sintiendo el roce de su cuerpo contra el mío. De repente, me sorprende al levantarme entre sus brazos y caminar conmigo a cuestas sin dejar de besarme. Entrelazo mis brazos alrededor de su cuello, dejándome llevar por él hasta llegar a esa vieja mesa. Con cuidado, deposita mi cuerpo sobre la mesa, y me enfrento de nuevo al azul de su mirada. Se inclina hacia mí, acomodándose entre mis piernas, y como por instinto, deslizo mi mano sobre su pecho hasta llegar más abajo. Un gruñido escapa de sus labios mientras retrocedo, pero él atrapa mi mano y la coloca sobre su entrepierna. Siento por encima de su pantalón su dureza, su calor, su pulso, y me siento como un volcán a punto de estallar con su contacto, mis mejillas arden de vergüenza, me muerdo el labio inferior. Sin embargo, vuelve a prenderse de mis labios para aplacar mis nervios y cierro los ojos para disfrutar de la sensación de sus besos. Sin percatarme sus dedos recorren mis brazos con un roce que me eriza la piel, pero sigue hacia mi intimidad. El cosquilleo es una sensación nueva, acompañada de gemidos involuntarios que él intenta sofocar con sus besos, aunque es una batalla perdida. Él detiene sus caricias por un instante, dejando de besarme. Cuando abro los ojos, lo veo frente a mí, con el pantalón ligeramente bajado, su erección evidente y su mirada encendida de deseo. Siento que el rubor cubre mi rostro por completo, pero no hay tiempo para avergonzarse. Bruno se inclina hacia mí, aparta mi lencería a un lado con cuidado, y comienza a entrar en mí lentamente. Al principio, siento un dolor agudo que me hace tensarme y retorcerme, obligándolo a detenerse. Sus labios encuentran los míos de nuevo, su beso suave tratando de calmarme. —¿Estás bien? —susurra con ternura, su frente rozando la mía. Asiento, mis palabras atrapadas en mi garganta. Lo intenta de nuevo, esta vez con más delicadeza, y el dolor comienza a desvanecerse, dando paso a un placer que jamás había conocido. Sus movimientos son lentos, estudiando cada reacción en mi rostro, buscando un ritmo que nos conecte. El placer crece con cada embestida, desenredando capas de mi ser que nunca imaginé. No reconozco los sonidos que salen de mis labios; son nuevos, desconocidos, pero auténticos. Él también gruñe cerca de mi oído, su respiración errática, su mandíbula tensa mientras se acerca al clímax. Una última embestida nos lleva al éxtasis compartido. Mi cuerpo tiembla bajo el suyo, mientras busca mis labios para un beso breve, pero lleno de significado. Su frente se queda pegada a la mía, sus ojos buscan los míos. —Mi ángel, ¿estás bien? ¿No fui muy brusco? —pregunta con preocupación, el sudor cubriendo su frente. —Amor… lograste calmar mis nervios y mi vergüenza. Estoy bien. Fue un despertar lleno de sensaciones nuevas… —respondo, recuperando el aliento. —Pero no fue como en tus sueños, no fue romántico… —añade con un dejo de arrepentimiento, pero una chispa de entusiasmo cruza su mirada—. Déjame mejorarlo. La noche no tiene que acabar aquí. —¡No, Bruno! No puedo quedarme el resto de la noche contigo… —replico con firmeza, aunque mis palabras no coinciden con lo que mi cuerpo desea. Él niega suavemente con la cabeza, acercándose aún más. —Te amo, Zahara, y quiero robarle tiempo al tiempo. Haré de esta noche algo inolvidable. Pondré manteles en el suelo, encenderé esas viejas lámparas para crear el ambiente perfecto… —murmura, dejando besos en mi cuello, desarmándome poco a poco. Mi voluntad flaquea bajo sus palabras y sus caricias. Sigue con su pequeña tortura depositando besos por mi cuerpo cuando se detiene en mis senos para enloquecerme al colocar uno de ellos en su boca. Mis gemidos son incontrolables mientras se las ingenia para sacarme la blusa. Unas horas más tarde Perdí la noción del tiempo entre caricias prohibidas, besos ardientes y húmedos, embestidas lentas, precisas y salvajes, miradas cómplices, sonrisas genuinas. Ahora, en este instante, sigo abrazada a su pecho, ambos desnudos, mientras los manteles que alguna vez cubrieron la mesa se han transformado en sábanas improvisadas, silenciosos testigos de nuestro amor. Bruno desliza la yema de sus dedos por mis brazos, con una suavidad que me hace estremecer. Su respiración es lenta, pausada, y cuando su voz irrumpe en el silencio, tiene un dejo de melancolía, como si cada palabra llevara el peso de un anhelo imposible. —Ojalá pudiéramos quedarnos así toda la eternidad —murmura, soltando un suspiro profundo mientras sus dedos siguen trazando caminos en mi piel—. Que nada más importe, solo tú y yo, Zahara… pero sé que eso es un sueño. Sus palabras golpean algo dentro de mí, una mezcla de tristeza y resignación que compartimos en silencio. Me incorporo apenas, apoyando mi barbilla en su pecho para mirarlo. Sus ojos azules, esos que tantas veces me han dado fuerza, ahora están nublados por una mezcla de determinación y dolor. —Amor —susurro, intentando aplacar sus inquietudes— algún día estaremos en ese paraíso que sueñas para nosotros, lejos de todo esto… lejos de la guerra, del miedo constante a morir. Pero, ahora… ahora lo que debe preocuparnos es planear bien a dónde iremos. Esos malditos nazis son como una plaga, invaden cada rincón de Europa, destruyendo todo a su paso. Bruno entrecierra los ojos, su mandíbula se tensa. Puedo sentir cómo su mente ya está pensando en cada detalle. Entonces, me toma de las manos, su agarre firme pero lleno de protección. —Zahara —comienza, su voz baja, pero cargada de una firmeza que me envuelve—, ya tengo planeado cómo y cuándo nos marcharemos del hospital. Porque lo que menos deseo es exponernos, que nos atrapen… Pero será una larga y complicada travesía hasta llegar a un lugar seguro. Cada palabra cala en mi pecho como un eco que me recuerda la gravedad de nuestra situación. Mi respiración se vuelve irregular, pero no aparto la mirada. No puedo. —Lo sé, Bruno —respondo, y mi voz tiembla levemente, aunque intento mantenerla firme. Aprieto sus manos con fuerza, buscando transmitirle una seguridad que ni yo siento—. Sé que el camino será peligroso. Cada paso que demos será una apuesta contra el tiempo, temiendo ser atrapados… ya sea por los nazis o por tu ejército. Pero quiero confiar en que podemos lograrlo. Quiero creer que podremos estar juntos. Su suspiro es profundo, un sonido que parece arrastrar consigo parte de su alma. Sus ojos se suavizan, y por un instante, toda la dureza que lo envuelve se desvanece. —No te fallaré, Zahara —asegura con una intensidad que electriza el aire a nuestro alrededor—. Escucha mi plan: todos los miércoles, alrededor de las ocho de la noche, llega un camión de la Cruz Roja. Traen provisiones, medicinas, incluso armamento. Vienen custodiados por dos o tres jeeps con soldados que se quedan a descansar hasta el día siguiente. Voy a aprovechar ese momento. Robaré uno de los jeeps, cargaré lo que pueda y nos marcharemos a medianoche. Mis latidos se disparan, un tamborileo frenético que retumba en mis oídos. Siento cómo la adrenalina me invade, como una ola que me despierta y me aterroriza al mismo tiempo. Mis ojos buscan los suyos con desesperación, queriendo hallar una grieta en su plan, algo que podamos cambiar para hacerlo menos arriesgado. Pero todo lo que encuentro en su mirada es determinación. —Eso es en dos días… el miércoles —susurro en un hilo de voz. Mis palabras apenas logran salir mientras mi mente intenta asimilar la cercanía de la fecha. Bruno asiente despacio, sus manos suben hasta mi rostro, sus dedos acariciando mis mejillas mientras su mirada busca la mía. —Sí, mi ángel. Pero escucha —su tono se vuelve más grave, casi una orden disfrazada de preocupación—, mientras tanto, tienes que seguir con tu rutina como cualquier otro día. No puedes levantar sospechas, en especial del doctor Lester. Él es demasiado observador, y no dudará en informar cualquier irregularidad a sus superiores y eso puede costarme la vida. Trago saliva, sintiendo el peso de sus palabras. Mis manos tiemblan, pero Bruno las sostiene con fuerza, como si quisiera transferirme su valentía. —Y, Zahara… —agrega, inclinándose hacia mí, su frente rozando la mía— no puedes decir nada, ni una sola palabra, a ninguna de tus compañeras. Ni a las más cercanas. ¿Puedes hacer todo lo que te pedí? —sus palabras me dejan sumergida en mis pensamientos.
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