—Recuerden regar las plantas y alimentar al gato de la vecina, por favor —nos dice mi madre una vez más antes de irse.
—Si, mamá. Regaremos a los gatos y alimentaremos a las plantas.
—Maddie —dice mi padre en advertencia.
Ella ríe y asiente. —No tienen de que preocuparse. Me aseguraré de mantener a todos con vida.
Mi padre suspira antes de mirarme.
—Bien. Evie, ya sabes tu trabajo —dice.
—Si. Mantener a todos con vida. Y, sobre todo, asegurarme de que Maddie no desviva a Vincenzo.
—Esa es mi pequeña —responde con una sonrisa. Maddie rueda los ojos, pero no dice nada.
Ella sabe cosas.
Nos dan un beso en la frente a cada una antes de salir de la casa.
Las camionetas ya los esperan.
De lejos saludamos a los Giordano y a los Davis.
Cerramos la puerta y Maddie suelta un grito de alegría.
—Me dejarás sorda —cubro mis oídos y la miro mal.
—¿Es que no te das cuenta? —me sacude por los hombros sin ser brusca del todo. Su sonrisa me asusta más que otra cosa.
—Nuestros padres y tíos, por respeto, se han ido por... ¡dos meses! ¿Entiendes? ¡Seremos libres de hacer lo que queramos!
Me suelta y corre escaleras arriba. Seguro va a llamar a los chicos.
Me quedo en el sofá de la sala.
Y le marco a Gianna un segundo después.
—Supongo que me hablas para confirmar mi asistencia a la fiesta que ha organizado Maddie.
—¿Qué? ¿Una fiesta? —cuestiono, asombrada.
¿Cómo es que Maddie organizó una fiesta en menos de dos minutos?
Suelta una risa divertida. —Acaba de mandar un mensaje al grupo. Y agregó a los gemelos unos segundos antes.
Me quedo sin habla.
'No debí silenciar el grupo'
—Bueno, supongo que ahora debo ir por bocadillos y alcohol —bromeo.
—Si. Mucho alcohol.
Reímos. Nos despedimos y colgamos.
Subo hasta la habitación de Maddie y la veo acostada en su cama con el celular pegado a su oreja y riendo.
—Si. También invítalos. Entre más seamos, mejor.
Me enfoca.
—Debo colgar, Pía. Ya llegó la comandante.
Me acerco cuando deja el celular en la cama.
—Maddie. No puedes organizar una fiesta. Mis padres...
—No están, Evie —interrumpe—. Por primera vez podemos hacer una fiesta a nuestro estilo —se acerca y me toma de las manos—. Por favor, hermanita. Prometo que yo limpiaré después de la fiesta y nada se va a salir de control —pone su cara de cachorro.
Es increíble que ella sea la mayor.
—Bien. Pero no invites a tantas personas.
—Lo prometo —responde con una brillante sonrisa que no se la compro.
Suspiro. Mi hermana no tiene remedio.
Pues, lo que pasa a continuación es que, al llegar a casa con las botellas de alcohol y los bocadillos, veo un mundo de gente en la entrada de mi sala y otro poco en el interior.
La música se escucha desde dos cuadras antes y ya veo los jarrones rotos al amanecer.
—Maddie—digo con pesar.
—Bueno. Al menos prometió limpiar ella —menciona Gianna al pararse a mi lado.
La miro y suspiro.
Eso claramente tampoco es verdad.
Dejo las cosas en la cocina y en un descuido de Gianna, me escapo.
Subo hasta la terraza de mi casa.
Tomo asiento en el columpio muestras observo la gran vista.
No me gustan las grandes fiestas y Maddie lo sabe.
Cuando éramos pequeños, aquí hacíamos nuestras fiestas. Solo nosotros.
Nos reunimos y con nuestros sacos de dormir hacíamos un círculo. Al medio quedaban todas las golosinas que nuestros padres nos permitan comer y, aunque siempre habían dos adultos con nosotros, nos sentíamos libres.
Ahora cada quien tiene sus asuntos personales y nos vemos poco. Y ahora nuestros padres quieren que llevemos la empresa. Cómo familia. Y no sé cómo vaya a salir eso.
Giro al escuchar unos pasos detrás de mí.
—Creí que estaría vacío —comenta Massimo.
Trago en seco.
Desde la fiesta, que fue hace tres semanas atrás, no lo había visto a pesar de que hemos tenido reuniones familiares.
—Em... no. Pero si quieres privacidad, me voy.
Estoy por ponerme de pie cuando su voz me detiene.
—Quédate.
Lo observo por un momento.
Se aclara la garganta y mira al frente.
—No fui el más amable durante la fiesta de bienvenida —dice al acercarse y sentarse en el otro columpio.
—Bueno. Fueron muchos años lejos sin vernos. Las personas cambian, supongo —trato de minimizar su fría actitud. Con todos.
Porque no fue solo conmigo que fue cortante.
—Pero tú sigues igual —menciona. Lo miro de nuevo y está vez, él me observa.
No decimos nada luego de eso. Solo permanecemos en silencio. Y está vez no es incómodo.
Bueno, solo un poco ya que mi corazón decidió bombear demasiado rápido.
—Mañana iniciamos en la empresa. Cada quien tiene un puesto que asumir —rompe el silencio.
—No creo estar preparada para algo así —confieso y muerdo mi labio inferior.
—Nadie lo está, Evie. Sin embargo, tenemos responsabilidades que cumplir.
Asiento. Su voz gruesa y calmada me relaja.
Es el efecto Giordano.
Decido alejarme antes de sufrir un paro cardíaco.
Me pongo de pie y arreglo mi vestido.
—Debo irme. Tengo que asegurarme de que Maddie no toque un encendedor.
—Claro. No queremos que inicie un fuego que no esté dispuesta a apagar —dice y sus palabras pueden sonar ambiguas tomando en cuenta su mirada.
Junto mis manos por detrás de mi cuerpo.
—Si, no queremos eso —respondo antes de girar y caminar hacia las escaleras.
Inhalo profundamente al tomar la perilla de la puerta.
Me marcho sin mirar atrás, aunque sienta su mirada taladrar mi espalda.
—Evie —Pía se acerca—. Te estábamos buscando. Roger a preparado sus famosas bebidas y debes probarlas —menciona. Me toma de la mano y me lleva a la cocina. Donde veo a Roger junto a otros dos chicos, que no conozco, bailando mientras preparan las bebidas.
—¿Estás bien? —cuestiona Lara al verme.
—S-si, ¿Por qué? —trato de sonar casual.
Mis manos tiemblan y mi pecho todavía va rápido.
—Pareces nerviosa —responde.
—No. Para nada —río, nerviosa.
—Claaaro —entrecierra los ojos junto a una sonrisa maliciosa.
Si. Necesito un trago. Eso es definitivo.