—¿Qué es? —la rubia preguntó con gran interés.
—Tengo miedo
—¿De qué?
—Creo que mis padres me quieren casar con el señor Tessier.
—¿El señor Tessier? Pero si ese tipo es más viejo que Matusalén, ¡Podría ser tu abuelo!
—Lo sé, pero el comportamiento de mi madre es muy extraño. Hoy en el baile me obligó a bailar con él.
—¡Qué horrible!
—Sí, lo fue —Genevieve no se limito a contarle el bochorno que había pasado en el baile, sino también lo que había ocurrido en el jardín.
—¡No puedes casarte con ese hombre, tu vida será un martirio!
—Lo sé, pero es lo mínimo que puedo hacer para regresar todo el bien de los Dubois por mí.
—Lo favores no se devuelven, porque entonces ya no son favores, serían negocios.
—Lo sé, pero en algún momento me tocará casarme, al menos quiero hacer felices a mis padres.
—Y qué hay del sujeto que te salvó, ¿No te puedes casar con él?
—Ni siquiera lo conozco, no inventes.
—Sí, es cierto. Pero debe haber otra alternativa.
—No lo sé…
—Puedes aceptar casarte con él, como está viejo nadie te culpará si muere
—¡Agnes! No lo mataré.
—Entonces, ¿Qué harás?
—Convenceré a mis padres de no casarme nunca, ni con él ni nadie.
—Estás loca —rio por lo bajo.
—Puedo trabajar —argumentó haciendo reír aún más a su amiga.
—Vamos, Genevieve. ¿De qué vas a trabajar? ¿Cuidando de tus lechones? —dijo con ironía.
—No lo sé, algo se me ocurrirá… Pero, ¿Cómo te fue a ti?
—Me fue de maravilla, porque bailé con el conde de Coventry —chilló emocionada—. Ese hombre es un magnífico bailarín, no hay nadie como él.
Genevieve y Agnes miraron por largo rato la luna que se asomaba por la ventana. La luz de aquel cuerpo las enamoró con su belleza.
—Sabes que mi sueño desde niña fue casarme con un príncipe azul, pero ahora creo que mis padres también me casarán con alguien que ni siquiera conozco —Agnes dijo con la mirada fija en la luna.
—Has sido muy soñadora, no permitas que nadie te quite eso.
Agnes sonrió levemente mientras se cobijaba aún más en las sábanas.
—Este fue el baile de los gatos y los ratones; ellos nos cazan y no tenemos opción.
[…]
—Madre, tengo que hablar con usted
Genevieve ingresó a la habitación de su madre con cara de pocos amigos y con pasos apresurados la llevó hasta su habitación.
—¿Qué pasa? ¿Por qué esa cara?
—No me casaré con el señor Tessier.
—¿Tessier?
—Ni siquiera lo pienses, es tan viejo como Matusalén.
—No te casarás con el señor Tessier, ¿De dónde sacaste esa idea?
—Estabas tan alegre al verme bailar con ese hombre que muchas ideas empezaron a surgir en mi cabeza.
—Genevieve, te casarás con la persona que escojas, eso te lo aseguro. Además, lo de anoche fue puro formalismo, pues ni siquiera teníamos la excusa de que tú cartón de baile estaba lleno...
—Mi dote no es mucha… Nadie querrá casarse conmigo.
—No te desesperes, el indicado vendrá.
Genevieve seguía sin creer las palabras de su madre y seguía interrogándola con la mirada.
—Si el señor Tessier le pide mi mano, ¿Lo negaría? El es muy adinerado, sería la unión perfecta para tener más dinero.
—Si no quieres casarte con él, no lo harás.
Annia contestó con desinterés mientras se movilizaba por toda la habitación.
—Ponte este vestido, irás conmigo a la salita del té con las demás invitadas —indicó un vestido color verde crema.
…
La salita de té estaba decorada con papel de color azul y franjas doradas; aquel lugar tan pulcramente arreglado sirvió de reunión para las mujeres mientras los hombres tomaban whisky o algunos fumaban en la sala contigua.
—El conde de Coventry está en la ciudad, lastima que no haya asistido hoy… Mi criada dijo que había salido muy temprano de la mansión cargando una pequeña maleta.
—¡El conde es el mejor partido de esta temporada! —exclamó otra de las invitadas
Pronto las presentes se agregaron una a una a dicha conversación de cotilleo sin sentido, pero que demandaba el interés de todas. Incluso Genevieve escuchaba con atención. Su cabeza trataba de asimilar toda la información; sobretodo pensaba en los ingresos del conde… Sesenta mil libras.
Era muchísimo dinero.
Por otro lado, Agnes sonreía alegre mientras escuchaba todo el cotilleo sobre Coventry, Genevieve estaba segura que ella también seguía pensando en sus ingresos.
—Tengo una idea; juguemos un rato —la señora Richmond propuso—. Salgamos al jardín, yo llamaré a los caballeros para que no se queden atrás.
Agnes corrió hasta Genevieve y la agarró por el brazo mientras sonreía alegre a la señora Dubois en saludo
—Estoy muy emocionada, ojalá nos toque juntas —susurró
—¿Nos darán premios?
—No lo sé, pero debe ser así, de lo contrario no tendría sentido.
Mientras ellas todavía hablaban, la matrona de la casa Richmond hizo presencia en el jardín escoltada por su esposo.
—Vamos, el jardín ya está listo —avisó con una sonrisa en el rostro —. En los pasillos del laberinto hay diez cintas escondidas, deben encontrarlas y una vez lo hagan, salir lo más rápido posible para que reclamen un premio —Finalizó emocionada.
Luego de eso, la mujer sorteó las parejas; un total de quince.
A Genevieve le tocó con un joven larguirucho de cabellos rubios, ella lo había visto algunas veces, y sabía que era el hijo menor de un socio de su padre.
Emocionados entraron al laberinto con ganas de encontrar las cintas, ellos debían encontrar las de color verde. Llevaban varios minutos divagando por una sección del jardín, pero hasta ese momento no habían encontrado nada.
—Debemos separarnos, ¿Qué dices? —Genevieve ofreció.
—No me parece, nos podemos perder… Si no salimos juntos no podremos reclamar el premio.
—Ni siquiera sé si lo ganaremos, llevamos mucho tiempo buscando, solo intentemos.
—Está bien, pero ten cuidado.
Genevieve asintió y caminó en sentido opuesto de su pareja. El jardín se le hacía infinito y confuso, dio vueltas por todo el laberinto, pero siempre llegaba al mismo punto, y ni siquiera podía avistar el mirador.
Ya el sol se estaba ocultando y poco a poco el ambiente se iba poniendo más frío y lúgubre, pero al fin pudo ver uno de los lazos verdes cerca de una estatua.
—¡Por fin! —exclamó emocionada.
—Digo lo mismo al verla, señorita
Genevieve se sobresaltó al escuchar aquella voz. Y asustada dio la vuelta.
—Señor Tessier, ¿Qué hace aquí?
—Veo que estamos destinados a encontrarnos.
Genevieve miró por encima del hombro tratando de encontrar una salida.
—No huya más, Genevieve.
—No tiene derecho a llamarme por mi nombre —reprochó enojada
[…]
El relincho de un caballo se escuchó claramente en el establo de la casa de los Richmond. La criada que pasaba por allí alcanzó a ver al hombre que había regresado, y se sorprendió al ver al conde de Coventry.
—Milord, ¿Qué hace aquí? Su tía está en el jardín jugando con los invitados, vaya que ella la está esperando.
—¿Dijiste todos los invitados?
—Sí, milord. Todos están en el jardín.
—Está bien, iré para allá.
—Milord, si gusta lo puedo acompañar.
—No, gracias, se llegar solo
Coventry término de amarrar su caballo en el establo y se dirigió al jardín. Él tenía una sola idea en la cabeza, y era encontrar a la hija de los Dubois.
Apretó los puños cuando recordó al viejo de Tessier agarrar la cintura de ella… Nadie podía meterse en su camino, nadie iba a arruinar su plan.
Con eso en mente, Coventry se internó en el jardín y la buscó por todos lados.
Él se sabía de memoria el laberinto desde que se había perdido en él estando pequeño. Desde momento, en cada visita que le hacía a su tía, recorría de arriba abajo todo el laberinto hasta aprenderlo de memoria y no perderse.
Después de buscar por casi todos los callejones escuchó un murmullo cerca. A través de los arbustos pudo ver la figura de Genevieve junto con el señor Tessier.
De inmediato la furia se apoderó de él, pues otra vez ese hombre estaba rondando alrededor de la muchacha, y eso podía dañar todo su plan.
—No tiene derecho a llamarme por mi nombre —la escuchó reprochar
Tessier sonrió levemente
—¿No la escuchó? Ella le ha rechazado —Coventry interrumpió la conversación captando la atención de ambos —Váyase, no la moleste más
—Usted..
—No le importa saber quién soy, solo váyase y evite un problema, señor Tessier —demandó perdiendo la paciencia.
—Esto no se quedará así —susurró antes de irse.
El hombre se marchó enojado con Coventry, pero a él poco le importaba eso.
—Es usted. Al parecer estamos unidos cuando se trata de problemas. Me pregunto si en verdad es así —dijo antes de despedirse, pero Coventry le agarró el brazo. Ella sintió el contacto tibio que se colaba a través del guante.
—Mademoiselle, no se vaya
—Monsieur, ni siquiera nos han presentado formalmente. Las veces que me ha salvado se lo agradezco mucho, pero no creo que esto sea coincidencia. —Sentencio—. ¿Por qué me está siguiendo?
Coventry le dedicó una sonrisa mediana. Después de todo, ella no era nada tonta.
—Señorita, usted es muy audaz. Y yo soy practico y no me gusta andarme por las ramas, no lo ocultaré más; quiero casarme con usted.