Jane regresó a su departamento nuevamente, se dio cuenta de que había dejado la ventana que da al balcón abierta y al acercarse para cerrarla su lavadora le avisa que el proceso de secado de la ropa se encuentra terminado. Coge la camisa de Mike, posee la insignia de su instituto y le recuerda que probablemente no pueda ir a estudiar sin uniforme y aunque sus acciones fueron un fallo total le preocupa lo que pueda estar sintiendo en estos momentos.
Él caminaba bajo la lluvia que comenzaba a cesar, los caminos estaban algo despejados y pensaba que lo más probable era que los trenes estuviesen funcionando. Era la única forma de llegar rápido a casa, y descansar del cansancio del día.
"¿Por qué tuvo que ser así? —se preguntaba constantemente mientras estaba en el tren esperando llegar a su destino".
Para eso de las cuatro de la tarde ya estaba en casa, sus padres seguían trabajando por lo que se encontraba solo como de costumbre. Sin ánimos de nada se encerró en su habitación para desahogar su sentir escribiendo. Y que mejor para hacerlo que con la historia que su editor le ha pedido que realice. Así estuvo varias horas intentando al menos sedimentar un buen inicio, y antes de lo esperado ya estaba en cama preparado para dormir.
Ocurrió lo que temía, al día siguiente despertó con un ligero resfriado nada grave pero que podía empeorar. Sentía su nariz gotear y una fañosidad desagradable. Debía vestirse rápido e ir a su instituto, pero al abrir su clóset no había más que el uniforme de educación física y su ropa particular. Abrió la mochila y tampoco estaba ahí, recordando que había dejado todo en casa de Jane. No tuvo más remedio que utilizar el uniforme de deportes y de esa forma coger el metro, caminar un par de calles y llegar hasta su instituto.
Camino hasta su casa de estudio se topó frente a frente con Jane, esta le esperaba casi justo al lado del portón de entrada. Aunque se detuvo unos momentos sabía que tarde o temprano debía entrar a la preparatoria y nada lograba con intentar evitarla.
—Buenos días —le comentó ella cuando él se acercó.
—Buen día —responde Mike algo cohibido pero amable.
—Lo lavé para ti —le entrega una bolsa con el uniforme dentro—, creí que ibas a necesitarlo.
—Te lo agradezco —eran un problema menos del cual preocuparse sabiendo que no tendría que regresar a ese departamento—. También traje algo —saca de la mochila las prendas que ella le había prestado—, aunque no tuve tiempo de lavar nada.
—Ya lo haré yo, gracias —ella mete todo en una bolsa ecológica que lleva consigo—. Hoy también deberíamos trabajar —aunque desea disculparse las palabras correctas para hacerlo no salen de su boca.
—Ya he adelantado algo —pensaba llevarlo a la editorial al salir de clases con la finalidad de no tener que verla—. ¿Cómo me encontraste? —añade después.
—Por tu insignia —señala su camisa de deportes, ya que lleva una igual que en su uniforme formal.
—Ajá —frunce un poco el ceño ya que no es una respuesta que le deje muy satisfecho.
—Y tu editor —agrega Jane, había llamado a Johnny temprano y este le había dado la dirección.
—Tiene sentido —dijo Mike.
—Bien —la conversación estaba a punto de morir—. Supongo que nos veremos más tarde.
—En la editorial —lo que menos quería era estar a solas con ella nuevamente.
—Bueno —Jane no tenía problemas con ello, de igual manera debía rendirle cuentas al editor y jefe.
—Ten un buen día —su amabilidad es neutra, no le sonríe, pero Jane tampoco siente que él la trate mal.
—Igual —replica Jane.
Luego de asentir con la cabeza Mike ingresa al instituto, lo primero de todo era cambiarse en los baños y de esa forma no llegaría a clases vistiendo el uniforme incorrecto.
—Huele a lavanda y limón —dice al sacar de la bolsa sus vestimentas—. Seguro también está todo planchado —efectivamente al ponerse la ropa se notaba la suavidad y lo bien acomodada que estaba.
No pensó más en ello y se dirigió hasta su aula de clases correspondiente, no tiene muchos amigos por lo que su grupo se reduce a solo dos personas con quienes suele tratar, aunque no en gran medida.
—¿Qué? —le pregunta Mike a ambos compañeros de clases cuando se le quedan viendo.
—¿Desde cuándo tu ropa huele así? —dijo Jack, uno de sus amigos. Es el más bajo de estatura de los tres y también el más obeso.
—Limón —agrega Omar, el único de los tres que se interesa en el deporte y lo hace notar con su contextura atlética.
—Se preocupan por tonterías —coloca su morral encima del pupitre—, es mi madre quien decide a lo que debe oler la ropa.
—Supongo —dice Jack encogido de hombros.
—Buen día —se acerca una chica de cabello n***o y corto por los hombros, sonrisa agradable y hoyuelos en las mejillas.
—Buenos días —Omar es el primero en contestar como si esperase algo de ella, aunque la chica lo ignora.
—Buen día Jess —responde Mike y es cuando la chica presta atención.
—Has tenido mucho tiempo libre —le bufonea refiriéndose a que ha estado muy ocupado recientemente.
—Lamento decirte que olvidé traer mis manuscritos —aun así, se digna a revisar en su mochila, pero sólo lleva la pequeña historia a medio comenzar que debe entregar a su editor.
—Y yo que quería leer algo interesante —con frecuencia Mike le da copias de algunos de sus manuscritos rechazados y ella los lee con emoción.
—Tengo algo que puede servir —Omar saca una historieta de su morral, pero Jess le observa con algo de vergüenza.
—No leo cómics —lo rechaza—. ¿Puedo ir a tu casa al salir y traer conmigo algunas historias? —regresa a ver a Mike.
—Al salir estaré algo ocupado —no podía comprometerse a nada cuando su editor es un tipo tan impredecible.
—No hay problema —ella le mira con deseo—. Esperaré por ti.
La mañana seguía avanzando, el día venía con presagios de trabajo excesivo por salario mínimo y un seguro que apenas y sirve para ir al odontólogo. Jane estaría ocupada intentando superar sus últimos diseños, ahora debía trabajar en una nueva marca de jugos que entraba al mercado en competencia de las mejores marcas actuales. Su diseño debía ser fresco, innovador, sencillo y nada extravagante, pero por mucho que lo pensara era complicado saber lo que la etiqueta debía expresar al consumidor para parecer un producto apetitoso. El asiento de su escritorio no le aportaba nada de comodidad al trabajar, y debía inclinarse para poder observar su trabajo en la computadora.
—Vas a quedar ciega.
—Lisa —medio levanta la mirada para saber quién le había hablado, y es una de sus compañeras de trabajo—. Perdón, es que no puedo observar los pequeños detalles.
—Amplia la imagen —se acerca para mostrarle cómo se hace.
—Estupendo —ahora podía observar sin esfuerzo alguno.
—Sencillo y práctico, mejor que una operación de la vista —Lisa se sienta a su lado en la silla de uno de los empleados que probablemente se encontraba en una reunión.
—Aún no me acostumbro a este nuevo software —su jefa le exigía utilizar métodos más actuales para los diseños, dejando de lado los programas de siempre.
—Necesitas relajarte más —Lisa observa como todos están trabajando menos ella y le preocupa que la Jefa la vea holgazaneando.
—¿Algo en mente? —interroga Jane sin despegar la mirada del intento de diseño que realiza.
—Una cita —sabía que ella estaba soltera.
—No quiero a nadie en mi vida —ya no le parecía interesante.
—Usa una aplicación de citas —corrige Lisa.
—¿Cómo así? —sonaba extraño para ella, pero deja su trabajo de lado y se propone a prestarle atención a Lisa.
—Hay páginas por internet dónde puedes conocer personas sin necesidad de salir —se acerca hasta el teclado de Jane y escribe en el navegador web la dirección URL de una página de citas famosa.
—Sería como chatear con gente desconocida sin presión a salir —le parecía mejor salir a tomar algo sola para liberar estrés, pero lo de los mensajes en línea no sonaba tan mal.
—Solo pruébalo —Lisa se coloca de pie, es hora de regresar a su puesto de trabajo—, ya verás si prefieres comprar un consolador.
—No digas esas cosas —se asegura de que nadie las haya escuchado—. Además, ya tengo uno en casa.
—Pillina —le guiña el ojo con una sonrisa.
—Bueno —mueve la cabeza con orgullo—, de alguna manera debo permanecer joven.
—Avísame si consigues algo de interés —añade antes de partir al departamento de finanzas.
—Claro —le dijo Jane. Regresa la vista a la computadora y se graba el nombre de la página para luego buscarla en casa.
Al pasar de la hora de almuerzo decide irse encaminando a la editorial, de ese modo estaría a tiempo para cuando Mike se apareciera. Esperó un rato en la sala de descanso, pero no soportaba tanto silencio. Se justificaba por ser una editorial donde todos trabajan en silencio, pero es casi desesperante para ella cuando parece ser la única que quiere hablar.
El editor Johnny la invitó a su oficina abierta, de ese modo ambos encontrarían algo que hacer para poder entretener sus mentes mientras esperan por Mike.
—¿Siempre es así? —pregunta Jane.
—¿De silencioso? —devuelve el editor—. Pues peor que un cementerio —añade como respuesta.
—Siento que si hablo con un tono alto alguien saldrá a callarme la boca como las bibliotecarias —tiene recuerdos de cuando iba en secundaria y siempre se metía en líos por no saber mantener la boca cerrada en las bibliotecas.
—Nadie lo hará —contesta Johnny sonriendo—, aunque por aquí tenemos la creencia de que el silencio trae concentración. Muchos trabajamos leyendo manuscrito o editando, es por eso que el silencio nos viene excelente.
—Ya veo —voltea la vista a su alrededor y todos parecen inmersos en la lectura.
—¿Te gusta leer? —el editor abre uno de los cajones de su escritorio.
—Me encanta —afirma asintiendo con la cabeza.
—Perfecto —coloca sobre el escritorio varios manuscritos uno encima de otro—. Escoge alguno —le invita con amabilidad.
—¿Puedo? —ella se sorprende, pensaba que era ilegal que los editores cedieran manuscritos a personas ajenas de la editorial, pero Johnny asiente dándole la confianza suficiente para que ella coja alguno—. Será difícil escoger —va leyendo los nombres de cada uno hasta encontrar alguno que le interese.
—Si no terminas de leerlo puedes llevártelo a casa —Johnny necesitaba entregar una edición al editor y jefe—. Regreso en diez.
Ella le asiente con la cabeza, prosigue buscando hasta que consigue un título interesante para leer. Mira su reloj y aún tiene tiempo de sobra para leer un poco antes de la llegada de Mike y en seguida se recuesta en el asiento para tomar una posición cómoda.
Dos párrafos de esa historia fantasiosa bastaron para dejarla enganchada, jamás había leído con tal emoción un libro y era tan llamativo que con cada acción realizada en la historia su corazón saltaba de distintas emociones.
—¿Enganchada? —al regresar, Johnny le observa leyendo con pasión la historia corta que había escogido.
—Es... —voltea a verlo—, magnífico.
—Es un buen título —asiente el editor—. Algo que seguramente dejaría enganchados a los amantes de los libros fantasiosos.
—Jamás había leído esta forma de narración —vuelve a darle un vistazo al manuscrito para ver en cuál página ha quedado.
—Difícilmente se encuentran libros así —el editor toma asiento.
—¿Quién es el autor? —por supuesto que ella pensaba comprar todos los libros físicos del escritor para sumergirse en sus maravillosas narraciones.
—¿No leíste el título? —al escucharlo ella regresa a la página principal y al rebuscar encuentra en la esquina inferior derecha escrito con letra chica el nombre del autor.
—Mike... Hosseberg. ¿En serio? —regresó la mirada a Johnny.
—Todos son suyos —señala los manuscritos de la mesa—. Obras escritas por él, y rechazadas por la editorial.
—¿Por qué rechazan trabajos como este? —para ella eran libros completamente increíbles.
—Si leyeses los finales... —coge uno de los manuscritos—, lo entenderías.
—¿Qué tienen de malo? —Mike le parecía ser alguien que daba un buen desarrollo a sus libros.
—Sus finales son predecibles, o los personajes mueren o simplemente dejan la historia inconclusa. Y añadiendo a eso —abre el manuscrito que había tomado y señala algunos párrafos—, su narración, aunque buena e interesante es ortodoxa. No juzgamos lo que nuestros escritores hacen con sus libros, pero, aunque sus primeros libros vendan los otros dejarán de vender cuando sus lectores se den cuenta de lo predecible y poco trabajados que son los finales.
—¿Lo han hablado con él? —Jane pensaba que no lo habían hecho considerando que sus libros siguen siendo predecibles.
—Su filosofía —expresa el editor—, es que sus libros no pueden tener finales felices porque la felicidad es algo relativo. Pequeños fragmentos momentáneos que desaparecen en la nada.
—Un chico de su edad no debería pensar de esa manera —niega con la cabeza—. Desperdicia su talento solo por pequeños errores como este.
—Si continúa de la misma forma no llegará lejos —Johnny sabe que el mundo literario perdería a un gran autor si simplemente Mike se niega a cambiar.
—Es difícil pensar que escriba esto cuando trabaja tan duro por su sueño de publicar un libro —ella vuelve a dejar el manuscrito sobre el escritorio.
—Nadie escribe algo que no sienta —Johnny se coloca sus gafas para leer y coge el manuscrito de otro autor para revisarlo.
—¿Puedo llevármelos todos? —pensaba leer y comprobar por cuenta propia lo que Mike sentía al escribir.
—Todo tuyos —le señala con la mano derecha.
—Veré si puedo hacer algo, después de todo estoy a cargo de él —los recoge para meterlos todos en la bolsa ecológica que siempre lleva consigo.
—Por favor... —el editor vuelve a quitarse las gafas y las deja sobre la mesa del escritorio para verla fijamente—, no permitas que deje de escribir.