—¿Escandalosa? —preguntó Abril con la voz firme, los puños cerrados y el rostro rojo de indignación.
Alaric no se inmutó.
—Sí. Bastante. Y un tanto ordinaria —dijo mientras masajeaba sus sienes con gesto de molestia—. Tanto, que me irritas.
Kiara abrió los ojos, alarmada. ¿Qué les pasaba? ¿Parecían que se conocían de toda la vida y que además se odiaban?
—Abril, por favor… —susurró, tratando de tocarle el brazo para que se calmara.
Pero Abril no la escuchó. Sus ojos verdes seguían fijos en Alaric, tensos, desafiantes, sin retroceder un centímetro. No sabía qué le pasaba, ni porque estaba actuando así, pero ese hombre de ojos azules la encendía con sólo respirar.
—Y usted es un presumido —escupió, manteniendo el mentón alzado—. Y ¿sabe qué? Sí, voy a dejar que pague la cuenta. Es lo mínimo que merezco después de haberme corrido de mi mesa solo porque se le dio la gana.
Alaric rodó los ojos con un poco de sorpresa en su expresión. ¿Ahora era su mesa? Esa mujer estaba muy loca.
—¿Ahora es su mesa? —resopló—. Está bien. Te voy a pagar la cuenta para que te desaparezcas de mi vista y así no tenga que volver a verte nunca más.
Ese tono fue la gota que terminó de encenderla.
Abril tomó su bolso con un movimiento brusco y firme.
Apretó la mano de Kiara, lista para irse.
—No se preocupe —dijo, manteniendo la vista fija en él—. Yo tampoco quiero volver a ver a un hombre tan arrogante como usted.
Dicho eso, dio media vuelta sin esperar respuesta.
Caminó hacia la salida sin mirar atrás, moviendo las caderas con seguridad, sin permitir que nada en su expresión mostrara que estaba temblando por dentro.
Alaric la observó de hecho, lo hizo más de lo que debería.
La siguió con la mirada desde el momento en que se giró hasta que cruzó la puerta del restaurante. No parpadeó. No respiró hondo. Solo la miró alejarse, serio, con los ojos tensos y oscuros.
Cuando la perdió de vista, acomodó su saco con un gesto seco.
Ethan apareció detrás de él, sin contener una sonrisa en su rostro.
—Qué espectáculo —comentó en voz baja, divertido.
Alaric no sonrió.
Ethan lo conocía demasiado bien. Ese silencio decía más que cualquier frase.
Caminaron hacia la salida del restaurante. Afuera, el frío de la noche golpeó a ambos. Ethan todavía tenía una sonrisa en los labios. Alaric, en cambio, mantenía la expresión dura.
Bajaron los escalones del restaurante cuando Alaric se detuvo.
No se giró hacia su amigo, pero habló con claridad.
—Averigua quién es.
Ethan dejó de sonreír.
—¿La mexicana a la que le acabas de decir que no quieres verla nunca más?
Alaric tensó la mandíbula.
—Sí.
—¿Para qué?
—Solo hazlo.
Ethan levantó las manos en señal de rendición.
—Como digas.
…
El auto n***o dejó a Ethan primero. Alaric siguió su camino solo, mirando la ciudad por la ventana. Manhattan brillaba, pero él no pensaba en eso. Su mente estaba saturada de preocupación por la empresa, por el escándalo, por su abuelo… y, de manera incómoda, por la mujer que lo había insultado sin saber quién era.
El chofer se detuvo frente al edificio donde vivía. Uno de los más exclusivos de la ciudad. Un rascacielos con seguridad privada, porteros impecables y un vestíbulo hecho para impresionar.
Alaric subió al penthouse en silencio.
Entró al departamento sin encender todas las luces. La propiedad estaba en penumbra, silenciosa, con esa calma que él solía considerar necesaria… pero que esa noche solo le resultaba fría.
Era un espacio amplio: sala moderna, colores sobrios, muebles caros, ventanales enormes que daban a Manhattan. Todo ordenado. Todo limpio. Todo perfecto. Y todo demasiado silencioso.
Dejó el saco en el sofá.
Debajo llevaba una camisa blanca que marcaba con claridad su torso trabajado. El movimiento al desabotonar el primer botón dejó a la vista la línea de sus músculos abdominales y esa hendidura profunda que se formaba a los costados de su pelvis. Su cuerpo era consecuencia de disciplina y horarios estrictos.
Se dirigió al minibar y se sirvió whisky. Sin hielo.
Lo llevó a los labios y dejó que el sabor fuerte le calentara la garganta.
Respiró hondo.
Caminó hacia el walk-in closet.
Encendió la luz.
El orden lo recibió: trajes alineados por color, camisas planchadas, zapatos impecables. Pero había una sección diferente. Un espacio que él no había tocado desde hacía días.
Ropa de mujer.
Su exnovia nunca recogió todas sus cosas antes de desaparecer de su vida. Había vestidos, un par de blusas, una chaqueta ligera.
Todo seguía ahí.
Alaric se acercó y tomó un vestido blanco. Un vestido sencillo, elegante. Ella lo había usado en una cena importante hacía unos meses. Él lo recordaba con exactitud. Lo recordaba todo.
Levantó el vestido y lo acercó al rostro.
Aún tenía un olor tenue, casi imperceptible, pero presente.
Cerró los ojos un instante.
—¿Por qué me hiciste eso? —dijo en voz baja—. ¿Por qué?
Se llevó el vaso de whisky a la boca y dio un trago más, esta vez más largo.
Lo bajó del rostro, regresó el vestido a su lugar y salió del closet.
Volvió a la sala, dejó el vaso sobre la mesa baja y se dejó caer en el sillón. Apoyó los codos sobre las rodillas y frotó su rostro con ambas manos. Sentía el cansancio en cada parte del cuerpo. No había dormido bien desde la boda fallida. No había tenido un solo minuto de calma.
Suspiró.
Pensó en su ex.
En la vergüenza.
En las cámaras.
En su abuelo.
En la empresa.
En los inversionistas.
Todo era un caos.
Apoyó la espalda contra el sillón, mirando el ventanal.
La ciudad seguía moviéndose a pesar de todo. Él, en cambio, se sentía detenido.
Hasta que una imagen apareció sin aviso en su mente.
Cabello rubio.
Ojos verdes.
Una mujer que le gritó sin miedo en un restaurante caro.
Una mujer que lo llamó arrogante.
Una mujer que no sabía quién era él.
Una mujer que no lo trató como si fuera el hombre más poderoso de la ciudad… sino como un idiota que le había arruinado la cena.
Ese recuerdo le molestó.
Le intrigó.
Le recorrió la cabeza de manera incómoda, pero también lo encendió por completo. Se descubrió recordando cómo se veía ella al caminar hacia la puerta.
La seguridad en su paso.
La manera en que levantó el mentón.
La fuerza con la que lo enfrentó sin conocerlo y en ese tintineo de sus caderas.
Era mexicana.
Y era peligrosa para su paz mental.
Exhaló un poco más fuerte de lo normal.
Ethan no estaba tan equivocado con su idea de la esposa.
Había sido un disparate cuando lo escuchó… pero ahora, sentado en ese sillón, con su vida hecha un desastre y la empresa al borde del escándalo, la idea adquiría un matiz distinto.
Él no quería casarse.
No quería involucrarse emocionalmente.
No quería una relación real.
Pero sí necesitaba una solución.
Y entonces, sin planearlo, sin quererlo, sin entender por qué… pensó en ella.
En Abril y la idea, absurda y fuera de lugar, apareció con claridad en su mente.
—Tal vez sí debería conseguir una esposa…