Entré a la casa y dejé mi mochila en la banca junto a la puerta principal. Se escuchaban ruidos en la cocina —mamá cocinando— y empecé a subir las escaleras.
Dos voces venían desde la puerta abierta de la habitación de Aiden. Su novia era ya parte fija de nuestra casa desde hacía dos años, y aunque odiaba pedir ayuda a alguien menor que yo, necesitaba su consejo.
Asomé la cabeza por la puerta abierta y los vi acostados sobre las cobijas, con las cabezas juntas mientras la música sonaba suavemente en los parlantes.
A veces hacían eso. Simplemente se sentaban en silencio, como si ya no quedaran palabras por decir. Como si ya se hubieran dicho todas.
—Hola —saludé.
—Hola —respondió Casey, incorporándose.
Aiden también se enderezó, recargándose en el cabecero gris.
—¿Qué pasa, hermanita?
Me puse a jugar con mis uñas.
—Necesito… un consejo. Sobre relaciones.
Su media sonrisa me ganó una mirada fulminante, que ignoró.
—Pasa a mi oficina —dijo, señalando el enorme puff cerca de su escritorio.
—Ajá —murmuré, sacando la silla giratoria del escritorio para sentarme ahí en su lugar.
La picardía seguía brillando en sus ojos, pero Casey tenía una sonrisa amable. Aunque iba a la preparatoria pública de Seaton, la conocía mejor que a muchos de mis propios compañeros. Pero antes que amiga, ella era la novia de Aiden.
—¿Qué ocurre? —preguntó.
—Hay un chico, y no sé cómo llamar su atención —escupí las palabras, odiando cada segundo. Yo era la hermana mayor. ¿No debería ser yo la que le diera consejos a él?
—Fácil —dijo Aiden—. No lo hagas.
Fruncí el ceño.
—¿Qué?
—Si no está ya interesado, no vale tu tiempo. —Me dedicó una sonrisa auténtica, no de las burlonas que solía darme—. Solo sé tú misma.
—Eso no está funcionando precisamente —dije, conteniendo las lágrimas—. Es importante.
Casey le dio un codazo en las costillas.
Debió doler, porque se apartó.
—¡Está bien, está bien! Te daré un consejo. Y si no se enamora de inmediato, le doy un revolcón en el baño.
Puse los ojos en blanco.
—¿Trato o no trato?
Últimamente había demasiados “tratos” para mi gusto. Aun así, asentí. A falta de pan…
—Ayuda —supliqué.
—Está bien, esto fue lo que hizo Casey —dijo, mirándola con una ternura que me obligó a apartar la vista—. Tienes que hacer que trabaje por ello. Hazle saber, sin lugar a dudas, que tú eres el premio y que tendría una suerte enorme si siquiera se digna a estar en tu presencia.
Hice un gesto de arcadas mientras Casey reía.
—¿Quién es? —preguntó Aiden.
—¿Qué importa quién sea?
—Aunque no lo creas, no todos los chicos son iguales.
Para mí podían serlo, con lo poco que sabía. Y aun así, no fui capaz de decir el nombre de Ryder.
—Vamos —insistió Aiden—. No se lo diré a nadie.
—¿Lo prometes?
Se dibujó una cruz fingida en el pecho.
Tosí y luego murmuré:
—Ryder.
—¿Quién?
—Ryder —repetí.
—¿Qué? No te entiendo cuando hablas entre dientes.
—¡Por Dios! —exclamé—. Ryder. ¡Ryder Williams!
Los ojos de Aiden se abrieron de par en par, y en ellos no vi humor, sino algo peor: preocupación. Lástima.
—Hermana… —dijo—. ¿Estás…? —Se mordió el labio—. ¿Estás segura?
Sintiendo toda la sangre acumulada en mis oídos, me puse de pie.
—Olvida que lo pregunté. —Sabía reconocer cuándo era hora de irme. Ni siquiera me había sentido tan humillada cuando alguien me mugió en el pasillo. Mi propio hermano no creía que Ryder pudiera interesarse en una chica como yo.
—No. —Se levantó de la cama y me tomó de la mano—. Solo no quiero que salgas herida.
Levanté una comisura de la boca.
—Demasiado tarde.
Caminé por el pasillo, oyendo cómo él y Casey susurraban con furia entre sí, hasta que me llamó:
—¡Leah!
Me giré y volví sobre mis pasos, con una chispa de esperanza encendiéndose en el pecho.
—¿Sí?
—Un consejo —dijo.
Me lancé a sus brazos y lo abracé con fuerza.
—Gracias.
—No me agradezcas todavía —replicó, lanzándole una mirada severa a Casey, que asintió con ánimo—. Mira, con Ryder pasa esto: es el tipo de chico al que siempre le han dado todo. Fútbol, dinero, popularidad… todo le vino fácil. Sabes cuántas chicas están detrás de él. No quieres ser una más.
—Pero lo soy —dije sin inflexión. Estaba muy interesada, y por razones que iban más allá de la apuesta.
Aiden negó con la cabeza.
—Él se va a rendir si es demasiado fácil.
—Entonces… —dije, sin entender.
—Hazle la vida imposible —respondió—. Y en serio, Ryder sería afortunado de tener a una chica como tú. Eres mil veces mejor para él que Alba.
Sonreí.
—Gracias, Aiden.
Al salir de su habitación, mi corazón se sentía pesado. Por buenas que fueran sus intenciones, Aiden me veía como todos los demás, y esa imagen no encajaba con la perfecta que yo tenía de Ryder Williams.
Caminando por el pasillo alfombrado, pasé de largo mi cuarto y entré al estudio que mamá y papá habían redecorado para mí en mi cumpleaños número diecisiete. Antes había sido una habitación de invitados, pero ahora era todo mío para crear y pensar. La estancia tenía una vista amplia del cinturón verde detrás de la casa, y la luz del atardecer se colaba por las ventanas que daban al oeste.
Tomé un lienzo y lo puse en mi caballete principal. No había estado ahí mucho desde que comenzó el curso, absorbida por las tareas y las solicitudes para la universidad. Harrington Academy no era nada si no rigurosa. No preparaban estudiantes para ser promedio. Formaban “ganadores” como mi papá, que llevaba juicios de importancia nacional. Como el papá de Audrey, dueño de una empresa productora multimillonaria, o el papá de Ryder, agente de jugadores de la NFL campeones del Super Bowl.
En otra escuela quizá habría destacado, pero aquí yo era un pez diminuto en un estanque del tamaño del Pacífico.
Suspiré y saqué mis pinceles y la paleta de acuarelas. Me gustaba trabajar con tonos suaves. Eran como yo: difuminados en los bordes, desvaneciéndose en el lienzo, sin destacar ni hacer declaraciones fuertes.
Mis primeras pinceladas fueron en azul claro, una versión atenuada de los colores de Harrington. Mientras mezclaba pinturas para crear una imagen, me perdí como siempre que creaba. Ahí podía pintar cualquier realidad que quisiera y escapar de la molesta sensación de no encajar del todo. De no ser suficiente.
Para cuando mamá me llamó a cenar, el lienzo mostraba a una pareja. Una chica con curvas, piernas gruesas y cabello ondulado, y un chico apuesto que la miraba desde arriba, con el brazo alrededor de ella.
¿Tenía razón Alba? ¿Mi pintura era el único lugar donde una pareja como Ryder y yo podía existir?
Suspiré y salí del cuarto. Lo descubriría muy pronto.