Xanthia estaba tendida sobre su cama. Tenía el cabello suelto, una camiseta grande que quizá pertenece a Zane como vestimenta y montones de platos casi del todo vacíos con papas fritas, trozos de pizza y pan tostado alrededor. Sobre la mesita de noche reposa un envase plástico de helado parcialmente derretido.
Con la vista fija en el techo, su usual palidez y la expresión ensombrecida y rígida que portaba parecía un c*****r.
Me oyó llegar pero no se inmutó. De fondo, en la TV y a un volumen bastante bajo, se reproducía Star Shopping en modo repetición. Tal vez ha escuchado la misma canción desde que se despertó.
—Hola.
Me quedé de pie cerca de la cama, sorprendida por el verdadero desastre que era esa habitación. Xanthia no es ordenada, pero yo intentaba serlo, y la acumulación innecesaria de objetos que no deberían estar allí me estaba causando una punzada de ansiedad. No obstante, fue fácil olvidarse de esto cuando la pelinegra giró la cabeza en mi dirección, mirándome con tanta indiferencia que por un instante me preocupé. ¿Y si el hecho de casi haberse ahogado realmente le afectó?
—Es curioso.
Di otro paso al frente, depositando mi bolso en la silla más próxima, sobre una pila desprolija de libros.
—¿Qué es curioso?
El ambiente olía a una mezcla extraña de frituras y fresas.
—He pasado todo el día deseando estar sola, pero, ahora que estás aquí, creo que me siento mejor.
Movía los labios despacio. Parecía un poco decaída, pero dudaba que fuera sólo producto del accidente que casi le cuesta la vida.
Tomé asiento en el borde del colchón, admirando su rostro desde una perspectiva más cercana. Me partió el corazón verla en ese estado, de nuevo.
Zane está acabando con su salud mental. Pero la peor parte es que ella cree que debe permitírselo.
—¿Cómo te sientes?
Se encogió de hombros, desviando la mirada de vuelta al techo.
—Como de costumbre, supongo.
—¿Algún síntoma que no debería estar ahí?
—No.
—Bien—suspiré. Había estado sintiéndome bastante inquieta. Teresa no especificó qué clase de peligros seguía corriendo la pelinegra—. Xanthia, ¿Cómo terminaste adentro de la piscina?
He pensado en ello. Todavía no termina de cuadrarme la escena, claramente llegué a la mitad de la peor parte, pero no comprendo qué tuvo que suceder para que ella se viese envuelta en una situación así de dramática.
—Bueno... Apareció este tipo, Rudd, a defender a su hermano... Creo que eso ya te la había contado, todo el asunto de que Zane golpeó a un chico...
Asentí, lentamente.
—Bien. El sujeto parecía bastante dispuesto a vengarse, pero yo no podía permitirlo. Es decir, físicamente Zane lucía diminuto en comparación y...
—Te metiste en medio—completé, frunciendo el ceño. Una frase comenzó a punzar en la punta de mi lengua, queriendo salir.
Me frustró demasiado el saber que sigue involucrándose en las disputas de Zane como si en verdad fuese su responsabilidad velar por su bienestar.
—Sí. Es decir, intenté hacer que Zane entrara en razón, pero a Rudd no le gustó la intervención y simplemente me empujó hacia la piscina. No lo esperaba, me tomó por sorpresa, así que no me preparé ni para la caída ni para el impacto. Y sabes que nunca aprendí a nadar...
Me levanté de la cama como un resorte, sintiendo cómo la indignación comenzaba a filtrarse en mis venas.
—¿Y la respuesta más inteligente que se le ocurrió a tu novio fue abalanzarse sobre el tal Rudd?
Xanthia se irguió. Mi voz había sido un chillido agudo. Ambas pudimos intuir parte de lo que vendría, especial y obviamente yo, que ya no tengo ánimos de seguir tolerando la actitud de Zane.
—Supongo que le molestó el hecho de que me hubiesen agredido.
Solté una risa sarcástica, en verdad furiosa.
—Por supuesto, y se dijo a sí mismo «Oh, vamos a enseñarle a este tipo lo que pasa si molestan a mi novia mientras, casualmente, ella está ahogándose junto a mí».
—Todo ocurrió muy rápido, no tuvo oportunidad de pensar con claridad.
—No me importa con qué velocidad se dieron los hechos, Xanthia, me da completamente igual. El punto aquí es que su primer impulso no fue protegerte.
—Estás siendo injusta con él.
—¡No!—alcé los brazos al techo. Hoy amanecí irritada como pocas veces. Confundida, preocupada y un tanto enfadada. Ahora mismo no entiendo cómo fui capaz de soportar y aceptar esta situación por tanto tiempo. Odio a Zane. De repente lo sentí así—. He sido increíblemente benevolente con él, tragándome siempre la sucesión de excusas absurdas con las que tú pretendes encubrir su comportamiento. Pero es suficiente. ¡Casi mueres! ¿Cómo es posible que sigas detrás de ese idiota?
Su ceño se frunció. La actitud pasiva que mostraba pasó a un segundo plano, pronto ella también estuvo sobre sus pies.
—Yo no te doy excusas.
—Defiendes a Zane de todos, y absolutamente nunca merece que lo hagas. Xanthia, por Dios, en ningún momento hizo el amago de rescatarte, ¿Eres consciente de ello? Tu vida estaba en juego y él prefirió ocuparse de ese chico antes que de ti.
Bajé el tono, respirando hondo. Quizá me había alterado con demasiada rapidez. Tenía la extraña necesidad de dar gritos. No comprendía por qué ella no podía enfocarlo desde mi punto de vista.
—No fue así.
—¡¿Y entonces cómo fue?!—me exalté, manoteando el aire.
—De acuerdo, él no accionó como debía pero ¿De verdad crees que habría querido verme morir?
—No le importa, Xanthia, creo firmemente que no le importa en lo más mínimo cualquier cosa en lo que a ti concierne—siseé—. Es un imbécil que no se preocupa por alguien aparte de sí mismo. Sigue siendo tu novio porque ya eres parte de su rutina, porque eres la única persona en este mundo que lo mantiene en un pedestal incluso después de sus rabietas, sus peleas carentes de sentido y de ver su horrible personalidad. Tú no eres estúpida, sé que has pensado en ello.
Podía notar que comenzaba a alterarse.
—¿Crees que sólo soy su consuelo? ¿Es lo que insinúas?, ¿Que viene a mí porque ninguna otra persona querría recibirlo?
—Sí, exactamente. Es evidente que si te amara tanto como asegura, o como aseguraba, se preocuparía muchísimo más por ti. No tienes por qué soportar nada de esto. No hay necesidad de que pases un día entero encerrada en tu habitación, atiborrándote de comida como la distracción perfecta para no llorar, porque el chico que supuestamente te quiere te puso en peligro. Debes entender que lo que ocurrió fue su culpa. Y sencillamente no es posible que noche tras noche lo persigas alrededor de la ciudad porque al parecer no tiene la madurez suficiente para no explotar ante cualquier roce.
—En ocasiones él no medita demasiado lo que va a hacer antes de actuar, eso es todo.
Esa bendita capacidad de evadir adrede la parte trascendental de la conversación…
—Eso es todo—dije, incrédula—. Eso es todo... Eso es todo, ¡Eso es todo!—elevé la mirada al techo—. Por supuesto, un pequeño defecto suyo, sin importancia.
—Él también salió herido ¿Sabes?, Rudd y sus amigos lo siguieron. No lograron lastimarlo como probablemente querían, pero sí alcanzaron a cortarlo.
—¿Él te contó eso?
Se removió en el lugar, incómoda, pero sin perder la postura defensiva tras la cual ocultaba sus emociones.
—No. No ha respondido mis llamadas, me lo dijo uno de sus amigos.
—¿Ves? Casi son las dos de la tarde y él no ha tratado de comunicarse contigo, por el contrario, te ignora. Y francamente tú eres la principal afectada.
—Debe estar ocupado con...
—Cállate.
Entreabrió los labios, sorprendida. Yo no podría haber sonado más autoritaria. Sentía el ferviente deseo de reprogramar su manera de pensar, porque más allá del hecho de que está siendo bastante estúpida, me mortifica su integridad física y mental.
—¿Cómo?
—No quiero oírte. De verdad que no. Ya escuché demasiado. Y no me interesa nada de lo que vayas a agregar o debatir con respecto a Zane; no cambiarás lo que opino sobre él. Aunque te cueste creerlo, es imposible que tú consigas enmascarar y embellecer la clase de chico que él es.
—¡Tú sabes qué clase de chico es! Trenzaba mi cabello, hacíamos picnis cada sábado, me escuchó llorar por horas cada vez que tenía alguna crisis existencial...
—En el pasado—enfaticé. Podía ver que ella estaba realmente sufriendo, sólo que en esta ocasión la empatía no me haría retroceder. Tenía que decirle la verdad como ella había hecho con Ansel—. Te aferras a un recuerdo. A un espejismo de algo que ya no es real. El Zane actual no es el mismo que tú conociste, y no sólo porque perdió a su padre, sino también porque así lo decide él cada vez que despierta por la mañana.
—Eres muy insensible, no entiendo que precisamente tú…
—¿Insensible? ¿Yo? ¡Estoy siendo honesta! Somos las decisiones que tomamos, Xanthia, en el sentido más literal posible. Y él a diario adopta la actitud incorrecta. Mis padres también fallecieron.
—Pero es que tú no intentas ponerte en su lugar. La situación para Zane es muy distinta a como lo fue la tuya.
—Termínale. Eso es lo único que te diré.
—No voy a...
—Entonces no hablaremos más.
—¿Qué?
Atónita, repasé mentalmente lo que yo misma había dicho, sin saber de dónde salió.
—No hablaremos hasta que tu relación con él se termine—sentencié, manteniéndome firme.
Xanthia parpadeó. Su rostro, de por sí pálido, perdió la única gota de color que tenía sobre sus mejillas. Yo nunca me imaginé la cara que ella pondría en el caso hipotético que yo le pidiera poner en pausa nuestra amistad, pero creo que habría sido lógico suponer que se molestaría, que alegaría no necesitarme y que se marcharía indignada. No obstante, el sentimiento de furia que mostraba hace minutos se evaporó para ceder su lugar al más profundo desconcierto.
A pesar de nuestras diferencias y de nuestra escasa compatibilidad jamás había tenido la necesidad de alejarla de mí. No creí que llegaría un punto en el que sentiría que la distancia entre ambas es la única alternativa, y no por mí, sino por ella. Con desesperación deseo hacerla recapacitar, literalmente podría morir en cualquier momento.
—¿Estás obligándome a decidir entre Zane y tú?
—Quiero que pienses, al menos durante un par de días, en las personas de tu vida que en serio te hacen bien; en las que te inspiran, en las que te motivan, en las que te apoyan, en las que te acompañan, en las que tratan de entenderte aunque posean ideales distintos, en las que son incondicionales... Haz una lista, crea una gráfica, saca estadísticas, usa el método que mejor te parezca, pero por lo que más quieras siéntate a evaluar a quiénes necesitas y a quiénes no. Ya no sé cómo ayudarte, ni qué hacer por ti. A fin de cuentas es tu vida, y siempre me tendrás impulsándote a ser feliz y fuerte, muy fuerte, pero en este instante debes tomar las riendas tú sola. Analiza qué es lo que aspiras, con quién vale la pena compartir tu tiempo y experiencias. No intento competir contra Zane.
—¿Por qué tú...?
Luchaba por no lucir afectada, sin embargo estaba fracasando. A mí, por otro lado, no me iba tan mal. Tengo el corazón desbocado, unas ganas inmensas de echarme a llorar y las manos temblorosas, pero hago lo posible por disimularlo.
¿De verdad estoy diciéndole a mi mejor amiga que no podemos relacionarnos más hasta que ponga en una balanza la situación con su novio?
Siempre he creído que la manera correcta de ayudarla a entender quiénes son los que la tienen en su lista de prioridades es estando incondicionalmente a su lado, sin importar su actitud, sus errores o su manera de pensar. No me he atrevido a soltar su mano por miedo a que se pierda totalmente en un sitio del que jamás hallaría una salida. Me he dicho en múltiples ocasiones que soy del tipo de persona que si ve que alguien la precisa estará allí, pero me doy cuenta de que en realidad no sé cómo comportarme de esa manera sin terminar saliendo afectada. Los problemas de Xanthia me angustian como si fueran propios, todo de ella me importa tanto que es casi una tortura no conseguir la manera apropiada de lidiar con su situación.
Tengo miedo de estarme equivocando, quizá a ella no le favorecería en lo absoluto el espacio y la soledad. Ya tiene mucho de ambas cosas. Pero tal vez yo también necesito un respiro de unos días para refrescar la mente, analizar cada evento desde otro ángulo y volver con la energía renovada.
—Xanthia, te amo. Eres mi mejor amiga, no imagino una vida sin ti. Lo digo en serio. Eres tan relevante para mí que es absurdo ¿Comprendes?
Comenzó a llorar. En cuanto visualicé el camino que trazó la primera lágrima mi rostro se frunció, inevitablemente. Sentí el súbito impulso de lanzarme a sus brazos.
—Pero—proseguí—, no puedo permitir que sigas haciéndote daño por medio de una experiencia que no debe doler tanto. El amor no es sólo sufrimiento. De hecho, el amor no tiene nada que ver con el sufrimiento. No tolero verte así. Por favor, de verdad, piensa en cómo estás manejando tu vida.
Tomé mi bolso y salí de esa habitación.
No pensé que acabaría así, sólo quería averiguar cómo se encontraba el día de hoy. Y terminé cortando nuestra relación.
~.~.~.~
—j***r, me duele la cabeza—Ansel dejó caer el rostro sobre sus brazos, soltando un quejido lastimero. Hoy amaneció con el cabello excesivamente revuelto—. Odio las resacas.
Mordí la punta del resaltador. Se supone que debo resumir en tres párrafos de diez líneas los aspectos más importantes del tema visto en clase para poder armar un cuestionario de estudios puntual y eficiente, no obstante, me da la impresión de que cada palabra allí expuesta es importante.
—Te las evitarías si bebieras con responsabilidad—murmuré, un poco perdida en la lectura. He repasado la misma página al menos cuatro veces seguidas y aún no sé en dónde iniciar y en dónde culminar.
Mi nivel de concentración no es el mejor.
Lo oí resoplar.
—Hubiera sido imposible soportar a la familia de Helena estando sobrio. Nunca había conocido a un grupo de seres tan prejuiciosos y banales. Todos se parecen a mi padre, pero por lo menos él es una sola persona con la que lidiar.
Ansel pasó todo el domingo inmerso en la creación y estrechamiento de lazos con los parientes más cercanos de la chica que sigue siendo el centro de su Universo. No ha comentado detalles explícitos sobre la experiencia, pero sí ha recalcado la personalidad pesada de quienes conoció.
—Lo único que les importó de mí es el hecho de que mi padre maneja una compañía importante—continuó—. No tuvieron nada positivo para acotar, pero sí una infinidad de pequeñas cosas criticables que extrajeron de mi aspecto físico y de cómo me expresaba. Lo peor del caso es que son tan políticamente correctos, tan elegantes y hospitalarios que no se atrevieron a insultarme directamente. Decían «Es raro que un chico como tú, bien parecido e inteligente en apariencia, no se haya tomado el trabajo de apuntarse a una clase negocios. No trato de ofenderte, sólo digo que tu opinión no parece basada en la bolsa de valores»; traducción: eres un imbécil que no sabe de números, no me puedo creer que tengas dinero y lo gastes en estupideces cuando podrías pagarle a un tipo estirado de voz gruesa para que te enseñe a sumar, o «Esa es una camisa muy bien confeccionada, O'Sullivan, ¿Quién es el diseñador? Oh... ¿No es de marca? Bien, perfecto, siempre es bueno tener un par de prendas que la gente común usaría»... Ugh, los odio.
Me fue inevitable reír.
—Bueno, lo importante es que le gustes a Helena ¿No?
Elevé la mirada hasta su rostro. Ansel formó un mohín antes de resoplar.
—Me presentó a un tipo; Charles Coleman, que se llevó todos los halagos habidos y por haber durante la reunión. Nunca han tenido una relación cercana, según Helena, pero él la miraba de una manera irritante. En una ocasión apoyó su mano sobre la espalda baja de ella, ¿Puedes creerlo? Y yo seguía ahí. Me pareció que estaba metido en una puta película de los años cincuenta donde la protagonista debe elegir entre el tipo pobre y sin gracia; yo, y el hombre bien preparado, apuesto, carismático y de cuenta bancaria infinita; él.
Ladeé la cabeza. Cualquier chica querría salir con Ansel, pese a que posiblemente no podría compararse remotamente con un hombre de negocios, o a que ocasionalmente su intensidad no conoce límites.
—¿Helena se fijó mucho en él?
—No. Ni de chiste, Charles es incapaz de mantener una conversación en la que no se te vayan veinte años de vida. No hay nada interesante en él, todos sus componentes los puedes hallar en un empresario promedio. Pero, de todas formas, me pareció que en cualquier instante el padre de Helena me diría que ese sujeto es el mejor postor, y que por consiguiente le ofrecería la mano de su hija. De verdad, Blom, todo fue muy… ¿Preparado? Tal vez me tendieron una emboscada para dejarme mal parado.
Por fin encontré una línea que sí o sí debía subrayar. Remarqué las palabras con una sonrisa triunfal. En cuanto busqué de nuevo el rostro de Ansel, con la intención de responderle, me encontré primero con el cuerpo en movimiento de alguien que durante dos días no ha salido de mi mente por más de diez minutos.
Cerré la boca de golpe, tragando saliva con dificultad.
Ella atravesó la cafetería con la usual confianza que emana de su caminar hasta detenerse frente a la barra de la comida. Pagó por una manzana y, sin darle siquiera un vistazo al resto del entorno, salió. No la había visto temprano, no se presentó a ninguna de las dos clases pasadas, por lo que salta a la vista el hecho de que acaba de llegar.
Ansel siguió el recorrido de mis ojos casi en el último segundo, captando apenas parte del batir de su cabello a sus espaldas. Se veía radiante, como siempre, poderosa, dominante y enérgica, pero con el simple hecho de que no haya querido comprar algo sustancioso para ingerir dentro del comedor me indicó que no podía estar pasando un buen rato.
Xanthia no tiene amigos, aparte de nosotros dos, sólo conocidos. Dentro de esta edificación las personas evitan hablarle debido a los bosquejos erróneos que se crearon en torno a ella desde el primer año sólo porque no era una chica convencional.
—Excelente, ahora me duele aún más la cabeza—bufó Ansel, cerrando los ojos con fuerza como si de esa manera pudiera disipar la sensación.
El viernes, luego de llegar a casa del trabajo, lo llamé para poder llorar al fin. Fue hasta mi casa y vimos juntos el maratón de Friends que había planificado disfrutar en compañía de Collin días atrás, antes de que todo se complicara aún más entre nosotros. Le conté detalladamente cada suceso ocurrido en casa de Xanthia sin parar de sollozar mientras él acariciaba mi cabello. También le dolió hacerlo, pero coincidió en que tendríamos que dejarla un par de días a su suerte para que pudiera aclararse el panorama oscuro que vivía con Zane.
La hemos ignorado hasta hoy, lunes, y no podríamos sentirnos peor al respecto. No dejo de pensar que tomé esta drástica decisión en el momento menos indicado. Constantemente hay en mi cabeza interrogantes dando vueltas que ya no sólo van dirigidas a Collin, sino también hacia Xanthia.
¿Estará bien?, ¿Habrá surgido de pronto algún inconveniente con respecto al tema de que casi se ahoga?, ¿Se sentirá triste?, ¿Podrá sobrellevar todo este peso por sí sola?
Perdí todo el interés en la tarea. Solté el marcador y me llevé las manos al cabello, frustrada.
—Vas a llamarme débil, y con toda razón, pero no puedo dejar a Xanthia a su suerte.
Ansel se irguió.
—Sé que está cegada, que le cuesta centrarse en la realidad, pero es parte de mi familia porque así lo decidí. Y Shelby me ha enseñado que la familia lo es todo, pese a que no estoy actuando de la manera correcta con Collin...—torcí los labios, interrumpiéndome de pronto.
—¿Con Collin?
—Te lo cuento después—sacudí la cabeza. Aún no encontraba la valentía necesaria para hablar de ello en voz alta—. El punto es que, en su lugar, lo último que querría sería quedarme a la deriva. No es nuestra pelea, ¿Pero de qué sirve hacerle la ley del hielo? No necesita que nosotros también seamos unos imbéciles con ella.
Sopesó lo que dije aproximadamente durante un minuto. Al final comenzó a asentir con lentitud.
—Tienes razón. A la mierda. Vayamos hoy mismo a su casa, antes de tu turno en la pastelería. Solucionaremos esto. No sé de qué forma, pero lograremos convencerla de acabar esa relación tóxica, porque grábate esto, Heaven; ni ella ni tú necesitan tener a un idiota al lado para brillar. Son las chicas más asombrosas que he conocido en la vida, nadie nunca tendrá el derecho de pasarles por encima.
Su determinación me hizo sonreír.
Ya teníamos el plan previsto, y nos apegaríamos a él todo cuanto fuera posible para que saliera con éxito.
A la hora de la salida me planté cerca de las puertas dobles para esperar a Ansel, que en último minuto corrió hacia el baño porque los nervios se desviaron hacia la incontinencia de su vejiga.
Impaciente, miraba hacia el exterior mientras formulaba varias combinaciones de frases con las cuales pudiese iniciar una conversación civilizada con Xanthia, cuando alguien se situó a mi lado. En primera instancia no le presté atención, hasta que carraspeó.
—Qué coincidencia, Blom.
—Es la salida. Hay una sola. Yo creo que esto era previsible—dije, viendo cómo se le borraba la sonrisa del rostro y la sustituía por una mueca de disgusto.
—Gracias por arruinar el momento.
—De nada.
—Bien, me estoy arrepintiendo de haberme acercado.
Curvé mis labios, presionando el dedo índice en el espacio ubicado entre sus dos cejas para disipar la arruga que existía allí. Al principio era intrigante verlo con el rostro fruncido, resultaba atrayente y le daba un aire de chico malo con problemas de personalidad. Sin embargo, ahora mismo prefiero verlo sonreír. Su rostro adquiere un brillo realmente hermoso.
Además, todos debemos aceptar que los chicos buenos son, de lejos, mejores.
Alzó las cejas, sorprendido por mi arranque de confianza excesiva. No me detuve a pensar en lo que haría antes de actuar, pero a estas alturas me da igual. Hemos compartido momentos más comprometedores.
—¿Estoy viendo una sonrisa, acaso? Esta mañana parecías decepcionada de la humanidad.
—¿Dónde me viste esta mañana?
—En los pasillos, duh.
—Bueno, bien, es que estaba decepcionada de la humanidad—confirmé.
—¿Por qué?
—Porque en ocasiones me gustaría que las emociones no lo enredaran todo.
—¿Quieres hablar de ello? No voy a darte consejos, pero podría escuchar.
Bajé el brazo. El calambre que empecé a sentir me recordó que aún lo tenía suspendido en el aire, tocando su piel.
—Ahora mismo, no. Iré a casa de Xanthia.
—¿Quieres que te acompañe?
—Ansel vendrá conmigo.
Cuadró los hombros, tensándose. La mención de mi amigo disminuyó su accesibilidad. Creí que se retractaría, pero me tomó desprevenida con su respuesta.
—Aun así... Puedo acompañarte.
—¿Quieres hacerlo?
Theo se encogió de hombros.
En ese instante Ansel volvió, secándose las manos en la tela de sus pantalones.
—¿Lista?
Su vista recayó sobre el castaño, no disimuló el desagrado.
—Theo irá con nosotros—me apresuré a decir, antes de que expulsara algún comentario afilado.
—¿Qué?
—Vendrá...
—Sí, ya te escuché, pero ¿Por qué?
—Porque sí.
—Sabes a lo que vamos, ¿Cierto? Esto es algo que...
—Yo confío en Theo. No me molesta incluirlo.
A Ansel no le gustó la idea en lo más mínimo, pero de igual manera acabó cediendo.
Yo sujeté a Theo por el brazo, de pronto parecía incómodo. Cuando nuestros ojos se conectaron me dio la impresión de que se relajaba.
Lentamente iba arrastrándolo a los aspectos más importantes y personales de mi vida, sin detenerme a analizar la gravedad de esto.
Tal vez un día podría arrepentirme de haberlo anexado a todo lo que yo ya quería y consideraba relevante antes de conocerlo, sólo que en esos escasos encuentros, como este, me sentía tan bien a su lado que parecía poco probable.
No me gustaba pensar en las posibles complicaciones, o en cómo todo podía empeorar de un día para otro, porque creía que terminaría atrayendo las desgracias. No obstante, quizá era sólo que me asustaba recaer en la realidad… Asimilar que los sentimientos juegan un papel más trascendental del que yo estaba dándoles.