Me temblaban las piernas. Estaba sentada sobre un banco de madera gastada, con las manos aferradas a la tela de mis shorts, y ni siquiera por ello mi cuerpo dejaba de sacudirse.
Hacía frío, por la madrugada la temperatura desciende considerablemente, pero era consciente de que tal reacción era producto de los nervios.
Frente a mí Ansel se pasea de un extremo a otro, cabizbajo. Cada vez que entra en mi campo visual tiene una postura distinta; las manos dentro de sus bolsillos, entre los mechones de su cabello, sobre sus caderas, encorvado, erguido, enfadado, preocupado... La ansiedad que emana de sus poros es palpable y contagiosa.
Llevamos alrededor de media hora aquí, a las afueras del primer hospital que conseguimos, aguardando por noticias de Xanthia.
Desde que salí de mi casa enfundada en un pijama poco apto para enfrentar situaciones difíciles y la brisa nocturna todo se volvió un caos. Incluso ahora, con tan sólo horas de diferencia entre el inicio y el fin, no consigo recordar bien cómo transcurrió la circunstancia.
Yo estaba preparándome para dormir mientras repasaba en una especie de bucle mi última conversación con Theo cuando la pelinegra llamó. Lo primero que escuché fueron sollozos entrecortados, ininteligibles, bajos y envueltos en jadeos que me pusieron alerta al instante. Xanthia lloraba, conseguí sacarle un poco de información en medio de su estado enajenado; Había ido a una fiesta con Zane, pero pronto él se molestó con ella porque un chico se había acercado en varias oportunidades a hablarle y Xanthia no terminaba de ser todo lo borde que Zane esperaba con él. De modo que la dejó sola en medio de una masa de cuerpos desconocidos, que ni a él mismo le eran familiares, y se perdió para continuar bebiendo. Naturalmente, el otro chico aprovechó la ocasión de verla sin compañía y siguió insistiendo en su plan de conquista, que no obtuvo ningún tipo de resultados; Xanthia no dejaba de pensar en Zane, quien, de repente, reapareció casi desde la nada para golpearle el rostro impulsivamente.
Por lo que entendí de la breve descripción que ella me brindó del agredido, es menor, delgado y no se sintió apto para defenderse a sí mismo. No obstante, tenía carácter, y prometió a Zane que cuando esa noche acabara estaría arrepintiéndose de incluso haber nacido. Airado, se marchó, pero a mi amiga le llegaron rumores de que sólo salió de la fiesta para buscar a su hermano, un tipo que sonaba peligroso en cada historia que contaban de él.
Xanthia acudió a mí porque estaba aterrada, Zane no veía más allá de su orgullo y ni siquiera hizo el intento por escucharla hablar cuando ella se le acercó. Es posible que haya sido cruel y grosero, pero esto lo omitió. La pelinegra estaba convencida de que el otro chico encontraría la forma de vengarse, pero Zane, terco, insufrible y detestable como es, se negaba a irse. Decía que, si ese fuera el caso, le daría una lección a quien sea que quisiera retarlo. Típico imbécil.
A mí no me importó él, siendo honesta. Xanthia sí. Necesitaba sacarla de ahí porque ya había ocurrido una vez en el pasado que un sujeto trató de herir a Zane a través de ella. Y, como la ubicación de la fiesta era cercana a mi casa, a seis cuadras, no dudé ni un segundo a la hora de salir corriendo hasta allá.
Como anteriormente ha pasado, fue un impulso estúpido. Soy consciente de ello, aunque en ese momento sentí que era lo más sensato. Collin no estaba en casa, Shelby llevaba toda la tarde, desde que volvió del trabajo, encerrada en su habitación donde cada tanto se le oía llorar y Ansel había comentado que pasaría la noche con Helena.
Desorientada, busqué avanzar entre las personas hasta que escuché un alboroto por encima de la música. Junto a la piscina alguien peleaba. Sólo cuando llegué casi al frente de la congregación de cuerpos en movimiento descubrí que los protagonistas eran Zane y un chico veinte centímetros más alto. Libraban una lucha cuerpo a cuerpo por la cual no me detuve a pensar, dado que en cuestión de segundos observé que Xanthia se hundía en el agua.
Absolutamente todos mis sentidos fallaron, el noventa por ciento de mis funciones corporales se estancaron, y sólo fui capaz de intentar alcanzar la orilla de la piscina, cosa que otro chico hizo antes que yo. Sujetó a la pelinegra, la sacó de allí con ayuda de tres amigos y se encargó de recurrir a los métodos de primeros auxilios pertinentes según ese tipo de situaciones. Xanthia no había llegado al punto en el que se pierde la consciencia, pero su estado tampoco era muy favorable. Yo me arrodillé junto a ella, temblando de pies a cabeza, mientras marcaba el número de Teresa para avisarle del pequeño percance que, a diferencia de los anteriores, había sido bastante serio. Alguien dijo que una ambulancia venía en camino, y entonces por fin la nube de furia se disipó para Zane. Poca atención le presté cuando gritó el nombre de mi mejor amiga un segundo antes de que su contrincante aprovechara su distracción para cortar superficialmente uno de sus brazos con un arma blanca que nadie le vio extraer u obtener. Literalmente Zane sólo tuvo un margen mínimo de tiempo para darle un vistazo a Xanthia, quien seguía fuera de sí, y correr, con cuatro sujetos pisándole los talones.
Después de eso las imágenes son aún más distorsionadas e inconexas. No estoy segura si alguien movió un dedo para inmiscuirse en la disputa de Zane, siendo que claramente podría terminar muy mal para él, ni tampoco si yo misma reaccioné al respecto. No recuerdo bien cuánto tiempo tardó Teresa en aparecer ni qué dijo, sólo que enseguida buscó la forma de trasladar a su hija a un sitio donde pudiese recibir atención médica, ya que la supuesta ambulancia jamás apareció. Tampoco soy consciente de lo que pasó en el entorno, ni siquiera recuerdo dónde rayos se metió el chico que literalmente salvó la vida de Xanthia cuando a nadie más le pareció importante hacerlo.
Sé que de camino al hospital le escribí a Ansel, explicando brevemente lo que mi cerebro almacenó. Y que, poco después, él apareció para hacerme compañía mientras a Xanthia le realizan algún chequeo en específico.
—Ahí vienen—Ansel se plantó por fin en un solo sitio, tenso. Seguí el recorrido de su mirada, viendo a lo lejos que dos cuerpos salían de la edificación.
Teresa caminaba con rigidez, unos pasos por delante de su hija. Xanthia parecía agotada, se movía con lentitud y mucha premeditación.
—Dios mío, voy a matarla... ¿Cómo es posible que se haya expuesto de esta manera? Ni siquiera comprendo cómo acabó dentro de la piscina.
Me levanté cautelosa, sospechando que si confiaba de pronto todo el peso de mi cuerpo a mis piernas éstas fallarían en la misión de sostenerme. Me situé junto a Ansel, apoyándome de inmediato contra su cuerpo porque todavía no lograba recuperarme de la impresión. Estuve a nada de ver en primera fila cómo se extinguía la vida de mi mejor amiga. Dudo poder superar esa escena con facilidad.
Ansel rodeó mis hombros, entendiendo que lo necesitaba. Noté entonces que él también se sacudía con ligereza, y que su corazón latía deprisa. En mayor medida se ha mostrado iracundo, pero es claro que como yo sólo se encuentra asustado; asustado e incrédulo.
Cuando ocurren cosas por el estilo vuelvo a recaer en la fragilidad de la existencia. En la delgada, casi invisible, línea que hay entre lo que imaginamos que podría pasar y lo que en verdad pasa. Ahora mismo ella podría no estar aquí, respirando, y esta mañana ninguno se lo hubiera esperado.
—Tengo tantas cosas para decirle... Siento que la odio, ¿Por qué siempre pone su bienestar en el último lugar? Debería ser su prioridad... Pero en verdad lo único que me apetece es abrazarla porque, demonios, por poco pierdo la oportunidad de hacerlo para siempre.
Cada tanto se le quebraba la voz. Intuí que pronto empezaría a llorar. Ansel no es tan sensible, pero cuando una situación lo conmueve realmente se permite experimentar y liberar las emociones que se le presenten.
Afiancé mi agarre sobre su brazo cuando Teresa y Xanthia se detuvieron frente a ambos.
—En general todo está en orden, unos pocos segundos hicieron la diferencia—empezó a relatar la única adulta presente. Era notable que continuaba mortificada—. Sin embargo debemos estar atentos a la aparición de ciertos síntomas por los que habría que preocuparse. Si nunca se manifiestan, perfecto. Pero aún existe cierto grado de riesgo.
Yo no podía despegar la atención y la mirada de la pelinegra. Su semblante es neutral, muy comedido, pero tiene las manos hechas puños a sus costados. Me encantaría saber qué piensa. En su lugar probablemente tendría la mente congestionada de ideas inconclusas, y estaría llorando.
Ansel me soltó, por fortuna me mantuve firme, y se abalanzó hacia Xanthia en un abrazo repentino que engulló su cuerpo. Vi el momento exacto en el que le cambió la expresión, apenas entró en contacto con nuestro mejor amigo. Su rostro se contorsionó en una mueca que denotó todo el sufrimiento contenido a la par que sus ojos se cristalizaban. Pronto lágrimas gruesas corrían con libertad por su rostro, trazando un camino en sus mejillas que culminaba sobre el mentón, donde caían al pavimento. Sus brazos rodearon la espalda del chico y entrelazó sus manos con tanta fuerza en torno a él que pareció estarse adhiriendo a su única posibilidad de salvación. La oí jadear y sollozar, llenando la camiseta de Ansel no sólo de agua salada, sino también de dolor, al tiempo que yo me rompía.
Me uní al abrazo porque sentí que necesitaba tocarlos para estar segura de que los dos seguían conmigo, a salvo, y me recibieron como solo ellos podrían. Abrieron un espacio para mí y en menos de un minuto los tres nos habíamos convertido en una unidad humana de lágrimas, preocupaciones, alivio, tristeza y felicidad. Éramos la representación de lo que un montón de sentimientos contradictorios arremolinados en un mismo sitio podían hacer. Y así permanecimos por lo que me pareció una eternidad, sin querer alejarnos.
Sabíamos que después de esta escena vendría la parte más complicada: enfrentar lo que había pasado. De modo que, por consiguiente, quizá no estuviésemos así de cercanos en mucho tiempo.
Aún llorosos fuimos separándonos, tras oír de fondo cómo Teresa también sollozaba.
—No es el momento, pero hablaremos de esto—aseveró Ansel, firme. Xanthia desvió la mirada hacia su madre, que se da golpecitos en la esquina del ojo con un pañuelo para evitar seguir derramando lágrimas.
—¿Me escuchaste, Xanthia?—dijo, dando el paso que retrocedió al frente.
—Ansel... Por favor no.
—De acuerdo, chicos, Xanthia necesita descansar y sé que ustedes también. No tengo palabras para agradecerles por lo que han hecho. Esta noche... Esta noche...—su tono se descompuso. Súbitamente todas sus barreras se derrumbaron, y comenzó a llorar con verdadero dolor. Nunca la vi tan preocupada o comprometida con Xanthia—. Lo siento... Ha sido muy difícil, todavía tengo miedo, y creo que... Bien, agradezco el hecho de haber traído compañía porque no me siento capaz de poder manejar. El punto es que les estaré agradecida eternamente por lo que hicieron hoy, nunca voy a olvidarlo ni a menospreciarlo. Sé que Xanthia no podría haber conseguido mejores amigos que ustedes.
—Por favor asegúrese de que esté bien—dijo Ansel, como única respuesta. Detecté algo de rudeza en su voz.
Una vez él se establece cierto juicio de alguna persona, o cosa, es difícil hacerlo cambiar de parecer. Ante sus ojos Teresa no es una buena madre, y no porque no haya cumplido con la cantidad absurda de estándares impuestos por la sociedad, sino porque jamás se esforzó demasiado por darle una crianza apropiada y afectiva a la pelinegra. No la veía ni como una mascota, a la que se le debe ceder cierto margen de espacio, sino, quizá, como un diminuto y adorable adorno al que se le podía dar de comer y hablar ocasionalmente; que tenía que inscribir en el colegio para que se defendiera como pudiera después.
—Lo haré.
A mí, personalmente, se me hacía imposible no conmoverme al verla así. Sé que ha cometido cientos de errores imperdonables, no intento justificarla, pero me pareció que en ese preciso momento estaba siendo genuina. Le dolía lo que Xanthia había pasado, y probablemente también el hecho de que por poco la pierde.
—¿Necesitan que los lleve a casa?—sorbió por la nariz, recuperando parte de la compostura perdida. Se pasó las palmas por el rostro, deshaciéndose de la humedad en la tela de sus pantalones.
—No, traje mi auto y puedo llevar a Heaven.
—Bien... De verdad, muchas gracias.
Ansel ladeó la cabeza, luciendo incómodo. Teresa se llevó una mano a la correa de su cartera e hizo un ademán de marcharse, mirando a Xanthia para que captara el mensaje.
—Xanthia...—volteó en cuanto me oyó, dubitativa—. Si necesitas algo no dudes en llamarme, ¿Vale?
Se limitó a asentir. Pronto la vimos perderse detrás de Teresa dentro de un auto n***o.
—El imbécil de Zane ni siquiera vino—gruñó Ansel, indicándome con un gesto que lo siguiera.
Era hora de irse. Mi teléfono tenía alrededor de veinte llamadas perdidas, supongo que desde que Shelby notó mi ausencia.
—Para ser honesta, él también podría estar necesitando un hospital.
No había pensado demasiado en ello, pero incluso aunque nuestra relación ahora mismo es terrible me preocupa la posibilidad de que esté herido. Esos chicos parecían dispuestos a hacerle la cantidad de daño que consideraran justa. Y a pesar de todo lo que ha hecho mal en los últimos tiempos no siento que lo merezca.
Xanthia conoció a Zane en una tienda de comestibles, cuando fue a comprar una botella de alcohol que se rehusaron a venderle por ser menor de edad. Él trabajaba allí por aquel tiempo y ella, fiel a su personalidad, armó una escena dramática llena de indignación y furia porque no estaban tomándola en cuenta como clienta. Al final no consiguió lo que quería, ya que era ilegal y moralmente incorrecto, pero sí captó la atención del chico que ordenaba el estante de las gomitas (quizá también la de medio país), quien la interceptó a las afueras, sentada en la acera de enfrente, para ofrecerle una bolsa de ositos esponjosos de distintos colores. Xanthia, según comentó después, no fue muy amable con él, que es su manera de reconocer que actuó como la chica más odiosa y antipática del continente, pero de todas formas Zane tomó asiento a su lado y abrió la bolsa plástica para compartirle su contenido. La pelinegra había estado teniendo un día horrible, había discutido con Teresa sobre el sujeto que se supone es su padre y no acabó bien.
Juntos se acabaron el paquete de gomitas, aunque Zane tendría que estar trabajando, en silencio. Él no realizó ninguna pregunta, buscó un par de latas de refresco, se sentó de nuevo y comenzó a platicarle sobre los clientes más irritantes con los que había interactuado, asegurándole que aunque fuera sorprendente había un par peores que ella. Xanthia me dijo que en cierto punto simplemente comenzó a reír. Zane fue amable y bromista, le explicó el significado de los tres primeros tatuajes que se hizo en el brazo y abdomen, ya que el resto los escogió sin ningún tipo de motivos de por medio, y, cuando anocheció, la llevó hasta su casa en su motocicleta. Ella dudó una semana entera en regresar a la tienda, que era la única forma que tenía para verlo o comunicarse con él. Pero finalmente lo hizo, y durante un tiempo pareció ser la mejor decisión de su vida.
Zane fue increíblemente receptivo y solidario en cada una de las veces que ella fue a comprar cosas que no necesitaba ni quería; Xanthia sospecha que él gastó más de la mitad de su salario en gomitas y refrescos, además de que definitivamente tuvo que hacer turnos extra para compensar el tiempo que perdía en cuestiones ajenas al trabajo. La relación entre ellos surgió de forma espontánea y poco esperada. Xanthia en serio se enamoró, por primera vez, del único chico que parecía plenamente dispuesto a corresponderla, excepto por Harold. Zane fue casi un sueño hecho realidad, incluso yo lo reconozco, hasta que un par de asaltantes asesinaron a su padre; su único familiar con el que compartía un vínculo cercano y honesto, su pilar, básicamente la persona por la que decidía mejorar a diario. Y todo se desplomó para él, literalmente.
Cayó en un estado depresivo del que aún no ha logrado salir por completo, perdió el empleo, porque su interés por la vida y la superación personal se evaporó, abandonó la carrera que comenzaba a cursar, se alejó de las personas y se sumergió en una faceta donde apenas veía más allá de sí mismo. Adelgazó, perdiendo parte de la forma atlética que tenía, obtuvo un par de ojeras bien marcadas y comenzó a caminar cabizbajo. Si de por sí le gustaba el color n***o, ahora parecía la representación humana de la oscuridad. Empezó a formar nuevas amistades con las personas equivocadas; el tipo de chicos que sólo buscan conflictos por diversión, y se perdió aún más a sí mismo. Ya no era Zane ni en esencia, su actitud cambió, olvidó sus modales, la cortesía y la empatía. Su trato hacia Xanthia, que siempre había sido intachable, se manchó.
Y a medida que él iba cayendo, Xanthia se adhirió con más fuerza. Su intención había sido levantarlo, pero ella comenzó a precipitarse también.
Ansel condujo en silencio, de igual manera él tenía bastantes asuntos por los que inquietarse.
Yo, en lo personal, no dejo de pensar que ya es momento de intervenir verdaderamente en la relación que Xanthia mantiene con Zane. Es casi absurdo que ella no haya recaído por sí misma, después de todo este tiempo, en lo enfermizo que se ha vuelto ese vínculo.
Los eventos pasados definitivamente marcan un punto de inflexión.
Muchas cosas deben cambiar. Tendría que decidir hasta qué punto involucrarme.
Cuando llegué a casa Shelby estaba enfadada. Me exigió todo tipo de explicaciones, pero no pronunció ni una sola palabra una vez terminé de relatarle lo que recordaba. Agotada, preferí darle su espacio y fui directo a la cama. Por la mañana me desperté gracias a la sinfonía de ruidos proveniente del exterior.
Me levanté, trastabillando, con los ojos a medio abrir y el cabello enmarañado en torno al rostro, para encontrarme con que mi tía y Collin discutían. Me costó agudizar el oído, pero el hecho de que estuviesen gritando ayudó bastante a que el sueño se disipara.
—Yo ya no tengo por qué importarte, pero Heaven sigue estando a tu cargo. Más te vale hacerlo bien con ella. Ya me has arrebatado demasiado.
Mi corazón se aceleró. Di un paso más en dirección a las escaleras cuando se estableció un denso silencio. Presentí que bajarían la voz.
—No voy a discutir contigo mi modo de cuidar de Heaven. Y tampoco permitiré que sigas lastimándome, Collin, ya me he disculpado contigo cientos de veces, yo jamás habría querido que perdieras a tus padres, ellos también significaron mucho para mí.
—Por supuesto que no lo vas a discutir, porque sabes que perderías. Con respecto a lo demás, no me interesa oírte. Ocúpate de Heaven como corresponde.
Escuché pasos pesados sobre la escalera, pronto Collin apareció en mi campo visual. Se detuvo a mi lado cuando me vio, ligeramente sorprendido. Yo tragué saliva, sin saber ni qué hacer con mis manos. El pasillo de pronto se sintió cargado de hostilidad.
—Creí que habías comprendido la lección.
Me aclaré la garganta antes de hablar.
—Sinceramente, Collin, no quiero hablar de ello.
Apretó los labios.
—¿Xanthia está bien?
—No lo sé, espero que sí.
—Estoy agotado, Heaven, pero demonios, esto no es algo que pueda dejar pasar.
—¿Cómo te enteraste?
Dudo que Shelby se lo haya comentado, no en la actualidad.
—Un amigo te vio en la fiesta.
Fruncí el ceño. No recuerdo haberme topado con alguien conocido allí. De hecho, son contados los amigos de Collin que se han fijado en mi existencia por más de cinco minutos. Muy pocos podrían recordarme.
—Bien.
—Heaven, debes parar.
Por primera vez en días Collin está manteniendo una conversación conmigo, si es que esto se puede considerar como una. Es una oportunidad invaluable para recomponer nuestra relación, y sin embargo no me sentí capaz. Su preocupación siempre me ha enternecido, me ha parecido un reflejo del amor que siente por mí. Hoy, por el contrario, me molesta.
Me da muchísima rabia que pretenda venir a decirme qué hacer y qué no cuando deliberadamente me ha apartado de su vida. Me hizo a un lado sin más, a pesar de que yo creía que nuestra hermandad valía tanto como para resistir cualquier problema. Prácticamente me soltó que lo dejara en paz para el resto de la vida, ¿Con qué moral se entromete ahora en mis asuntos?
Hice todo lo opuesto a lo que debía. Crucé los brazos sobre mi pecho, alcé el mentón y curvé mis labios en una sonrisa cínica.
—Disculpa, estoy confundida, ¿En qué momento te pedí que te involucraras en mis problemas?
—¿Cómo?
—Puedes ser mi hermano, pero si yo no tengo derecho a opinar sobre tu vida entonces no trates de decirme cómo debo manejar la mía.
—Te recuerdo que aún eres menor de edad—dijo, con los dientes apretados—. Por si lo olvidaste.
—Sí, pero eso no es cosa tuya. No eres mi papá. Literalmente mi bienestar no corre por tu cuenta.
Noté que se contenía para no estallar con una respuesta que podría dar pie a una acalorada discusión. A mí, más allá de la molestia y en el fondo, me dolía estarle diciendo todo aquello. No obstante no me retractaría.
—Perfecto, entonces haz lo que te dé la gana.
—Perfecto—coincidí.
Nos miramos a los ojos varios segundos, retándonos, hasta que él irguió la espalda y siguió su camino, entrado a su cuarto después de dar un fuerte portazo. Antes dejaba una estela agradable de perfume masculino a su paso, ahora queda flotando en el aire un caminillo de olor a cigarrillos y alcohol. Yo juraba que él no fumaba, ahora es difícil saberlo.
Shelby me esperaba en la cocina con el desayuno listo, no estaba sonriente pero tampoco parecía desecha. No lo hemos hablado, pese a eso me da la impresión de que con cada día que pasa se reafirma a sí misma lo importante y valiosa que es; lo consciente que lentamente se va haciendo de que su decisión, tomada por aquel entonces sin esperar mayores consecuencias, no es la causante de la muerte de su hermano. Ella nunca habría podido adivinarlo.
Conversamos un poco sobre lo que ocurrió, me prohibió todo tipo de futuras salidas recreativas hasta que lograra olvidarse de que me impuso un castigo y se ofreció a llevarme hasta el colegio. Siempre ha sido muy puntual y eficiente con su trabajo, pero Estela la ha notado tan distraída que volvió sus turnos más flexibles y escasos. Ya no va al taller todos los días.
Como era de suponer, Xanthia faltó a clases. Ansel también, por un motivo completamente diferente; Helena se había molestado porque la abandonó a mitad de la noche cuando habían planificado que estarían juntos. No comprendía que la razón tras su partida poseía un alto grado de relevancia. Estaba ensimismada en su idea de que Ansel debía mantener su palabra cuando la daba, y se negó a hablarle a menos que él le demostrara que ella estaba en la punta de su lista de prioridades.
Pasé todo el día sola porque no tenía ganas de relacionarme con nadie. Tropecé con Theo cuando salía de mi salón accidentalmente; Jennifer iba enganchada a su brazo y reía de manera estruendosa, pero el encuentro careció de relevancia. Me saludó de la forma más escueta posible y yo le respondí con el mismo entusiasmo, luego seguí mi camino. No había pensado en él hasta entonces, y luego se me hizo imposible dejar de rememorar la sonrisa en el rostro de Jennifer mientras se pegaba a él. Sólo salió de mi cabeza cuando me detuve frente a la casa de Xanthia, media hora antes de que mi turno en la pastelería diera inicio, porque evidentemente aparecieron preocupaciones mayores.
Teresa me abrió, tenía los ojos y los párpados hinchados. Se veía tensa, cansada y un tanto aturdida. Quizá triste.
—Hola—dijo, circunspecta.
—Hola... ¿Puedo pasar?
—Claro. Aunque no estoy segura de que Xanthia quiera visitas. Ha estado muy... Displicente.
Una forma elegante de aclarar que con su actitud sólo busca liderar discusiones en lo que manda a todos al demonio.
Mientras subía a su habitación tuve un subidón de nervios; un cosquilleo en el estómago, un presentimiento de que algo podría salir mal.