Capítulo 5

4924 Words
En la oscuridad de la habitación, la pantalla de mi teléfono se iluminó para indicar la llegada de un nuevo mensaje. Aparté la atención un instante de la serie que veía para sujetarlo. Era Xanthia, preguntando si podía quedarse a dormir en mi casa. Supuse que algo malo había ocurrido, y según su breve descripción no me equivoqué. Aseguró que me contaría al llegar. Cada vez es más común para ella convivir en cualquier ambiente que no sea aquel donde debe, aunque no quiera, toparse con su madre. Día a día la relación de ambas se enfría un poco más, como si eso fuese posible considerando que no conversan más allá de frases vacías y los buenos días. Yo he intentado entender qué pasa exactamente para que ellas sean tan distantes, pero no es cuestión de un solo problema, sino de la acumulación de muchos. Por lo que sé y he observado Teresa se comporta como si realmente la pelinegra no fuese para nada su responsabilidad; nunca se ha dedicado a cuidarla y tareas como asistir a sus exposiciones escolares de fin de curso se le han hecho demasiado difíciles de cumplir, de modo que, claro está, jamás asistió a una. De pequeña Xanthia solía tomarle mucha importancia a esto, porque a diferencia de Collin y de mí tampoco contó con la presencia de una tía amorosa que pretendiera suplir de alguna manera la ausencia de sus padres, pero al ir creciendo sencillamente decidió que no valía la pena sufrir por sus pequeños rechazos. Mientras pensaba al respecto Collin abrió mi puerta. Asomó la cabeza para comprobar que estuviese despierta, permitiendo que un halo de luz exterior entrara. Cuando descubrió que había girado la cabeza para mirarlo terminó por adentrarse completamente, tomándose el atrevimiento de accionar el interruptor. —¡No!—chillé demasiado tarde. Procuré cubrirme los ojos con una almohada, casi lanzando el teléfono al suelo. Tras acercarse, Collin me quitó el rectángulo acolchado de la cara, ignorando mis replicas. —¿Por qué estás acostada tan temprano? Le dirigí una mirada fulminante, que él ignoró. —¿Te duele algo? —No, sólo estoy cansada. —¿De qué? Opté por sentarme contra la cabecera, abandonando la cómoda posición en la que pensaba permanecer hasta mañana. —¿Se te olvida que ahora trabajo? —No, ¿pero qué tanto puedes hacer en una pastelería, si ni siquiera preparas tú las cosas? —No tienes ni idea. Fue mi segundo viernes en ese lugar, de lejos el día más ajetreado y estresante que he vivido ahí. Por algún motivo una grandísima cantidad de personas decidieron que querían comprar algo dulce, y no paraban de aglomerarse frente al mostrador. Me sentí profundamente aliviada cuando me entregaron mi ración de brownies porque eso significó que había terminado. —Piensa en que ahora tendrás dinero de sobra para comprarte más camisetas feas. Señaló con el índice mi armario, que con las puertas abiertas exhibe todo su contenido. Miré un instante las franelas estampadas y unicolores, para luego volver la mirada hacia Collin con el ceño fruncido. —Feo eres tú. Toda mi ropa es hermosa. —No te lo voy a discutir, para que tener la razón te ayude a dormir por las noches. Tomé una de mis almohadas para darle un pequeño golpe que no tuvo tiempo de esquivar. Estaba por devolverme el ataque cuando, de la nada, un grito ensordecedor nos obligó a desviar la atención hacia la pantalla. Por un instante había olvidado que veía una serie de suspenso, y que tarde o temprano alguien gritaría. Collin se llevó una mano al pecho, para después soltar varias carcajadas. —j***r, qué susto. Hubieras visto tu reacción, giraste el cuello tan rápido que pareció antinatural. Nos quedamos en silencio un rato, observando las escenas que se transmitían una tras tra hasta que los cuarenta y cinco minutos de mi nueva y reciente adicción concluyeron. Recordé que había dejado una taza de chocolate caliente a medio acabar sobre mi mesita de noche y extendí el brazo para alcanzarla, sopesando la idea de continuar viendo mi serie en un maratón que no pararé hasta que el Sol vuelva a salir. Mi hermano, por su parte, se sumió en sus propios pensamientos de tal forma que parecía haber olvidado mi presencia. —Oye, Collin, ¿qué harás mañana? Necesito que me lleves temprano a la pastelería. Le di un último sorbo al chocolate, apoyando la taza de vuelta en donde estaba anteriormente. Collin no me respondió, lo encontré con la vista perdida en un punto fijo, inusualmente encorvado y con una expresión que sugería frustración. Como no me escuchó ni siquiera cuando traté de llamar otra vez su atención, tuve que empujarlo levemente para hacerlo reaccionar. —¿Qué quieres? —Que me lleves mañana a la pastelería. Hizo una mueca, nada conforme con despertarse antes del mediodía un sábado. Sólo tiene el fin de semana completamente libre de actividades, pero por lo general se reúne con un amigo suyo los domingos para “ponerse al día”, aunque yo sospecho que lo único que en verdad hacen es salir con chicas dispuestas a convivir con ellos todo un día sin la necesidad de hablar de nuevo en la vida. —¿Puedo negarme? —No. —Entonces ya sabes qué responderé. —Desde luego, pero creí que debía preguntar. Collin rodó los ojos. —A ver, ¿Por qué estás tan callado? Otra mueca. —No sé qué hacer con esta chica, Martina, que parece haberse tomado demasiado en serio nuestra salida al cine. —¿Quién? —¿No te he hablado de ella?—negué con un ligero movimiento de cabeza—. Oh, creí que sí. Estuvimos juntos el domingo pasado, y nada más porque le permití que sujetara mi mano durante toda la película que vimos asumió que tiene el derecho de decirme qué hacer y qué no. Me prohibió entrenar chicas porque, según ella, eso me haría caer en la tentación cuando se supone que debo ser fiel. —¿Fiel a ella? —Sí, como si nos hubiésemos comprometido o algo. Yo le expliqué que entre ella y yo nunca existió nada, y que es ridículo y ofensivo suponer que voy detrás de todo lo que sea femenino, de modo que se indignó. Cada dos horas me enviaba mensajes con insultos que en esta ocasión no merecía, y cuando la bloqueé se atrevió a aparecerse al trabajo para gritarme. —¿En serio? —Dios, sí—Collin empezó a reírse, recordando la escena—. Fue terrible, todos se detuvieron a mirarnos, y creo que ahora piensan que soy el peor novio del planeta. Incluso me abofeteó. Cuando supuse que eso había sido suficiente para sacármela de encima, resulta ser que ayer me emboscó a las afueras del MacDonald’s que está en esa misma calle para suplicarme que la perdonara. —¿Y qué hiciste? —Me alejé sutilmente, diciéndole lo que quería oír hasta que pude subirme al auto. Está loca, Heaven, es imposible que se haya obsesionado en tan poco tiempo. Travis me comentó el otro día que ella y sus padres no se llevan bien, y que probablemente actúa de esa forma para llamar la atención. —Es probable, ¿tú qué crees? —Que está loca—repitió, estremeciéndome. —Eso te pasa por darle toda tu confianza a alguien que recién conoces. —Mira quién habla, la chica que hace “amigos” en menos de cinco minutos. Te he visto reír con desconocidos como si los conocieras de toda la vida en el autobús. Me ruboricé avergonzada porque, para qué negarlo, esa soy yo. —Eso es distinto. —¿Por qué habría de serlo? Tu vida es casi de dominio público. Iba a discutirle esto último cuando la puerta de mi habitación volvió a abrirse, esta vez para revelar el cuerpo semi descubierto de Xanthia. La pelinegra me miró, luego notó la presencia de Collin, quien se puso de pie al instante, y se tensó visiblemente. —Buenas noches, Heaven. Mi hermano salió de la habitación deprisa, evitando tocar o interactuar mínimamente con mi mejor amiga. Xanthia se ha negado a contarme exactamente de qué hablaron ellos el otro día porque alega que no necesito preocuparme por un problema que no me concierne, pero no ha sido difícil concluir que la charla no fluyó como debió. Entre ellos ha surgido un distanciamiento aún más pronunciado que antes, que Ansel delegó al hecho de que ambos se vieron envueltos en un escenario que preferirían olvidar. Repasé el atuendo de la pelinegra, que consta a simple vista de una solitaria camiseta cuyo largo llega hasta un poco más arriba de sus rodillas. —¿Vienes vestida así desde tu casa? Se lanzó sobre el colchón, casi golpeándose con mis piernas, de manera que la tela se subió y me permitió notar que además trae un diminuto short de pijama que varias veces ha usado para dormir aquí. Parecía agotada. —Sí, no me cambié, quería salir lo más pronto posible de ahí. —¿Tan grave fue lo que pasó? —Bueno, Zane estaba conmigo. Hablamos un rato, me duché para poder ponerme su camiseta y nos quedamos dormidos en mi cama. Yo no sabía que Teresa vendría a casa esta noche, se supone que estaría en una fiesta, y de pronto entra a mi cuarto ebria. Naturalmente, se enfureció cuando advirtió que Zane estaba abrazándome por la cintura. Se puso muchísimo más histérica de lo normal por el alcohol, me gritó cada cosa que su cerebro consiguió idear y echó a Zane tras haberle arrojado un florero, ¿puedes creerlo? Tuve que interponerme entre ambos para que no fuese peor, dado que ya conoces el carácter volátil de mi novio. Lo cierto es que, aun cuando se marchó, ella continuaba gritándome que Zane es una mala influencia y un montón de ridiculeces más, como si ella misma hubiera sido un maravilloso ejemplo a seguir. Xanthia bufó. Yo escuchaba atenta otra de sus incontables disputas domésticas, sin saber qué opinar. —¿Alguien salió herido? —Zane se cortó un poco con los trozos de porcelana, pero nada grave. Creo que está enfadado conmigo porque antes de venir le escribí y no me respondió. Asumo que irá a emborracharse. A una parte de mí le gustaría acompañarlo, pero yo también estoy molesta. No tengo la culpa de que mi adorada madre lo odie, todos sabemos que él era para ella como un hijo hasta que… Bueno, hasta que decidió comportarse como un imbécil con casi todo el mundo. Me perdí en la pantalla del televisor, donde ya había iniciado el siguiente capítulo en la cola. Mordí mi labio inferior con indecisión. Tenía muchas cosas que comentar, sólo temía que Xanthia no fuese a tomar ninguna de mis palabras en serio, o que creyera que estaba en su contra. —¿Por qué no le terminas?—dije al fin, sintiendo cómo su cuerpo se tensaba junto al mío. —Porque lo amo, Heaven. —¿Estás segura de eso? ¿A estas alturas?, ¿Después de todo? —Sí. Sé que nadie más puede entenderlo, pero es que no lo conocen como yo. Tras la muerte de su padre lo único que Zane hace día a día es luchar por encontrarse a sí mismo. No ha superado lo que ocurrió, ¿y quién podría reprochárselo? Fue un episodio traumático. Yo quiero ayudarlo a sobreponerse. —Ha pasado por algo duro, es verdad, pero eso no significa que puede dañar a quienes lo rodean para que se sientan tan miserables como él. —Yo lo comprendo, sé por qué actúa como lo hace. No es justo que lo juzgues, tú sabes mejor que nadie todo lo que ha hecho por mí, es mi turno de retribuírselo. Suspiré, cansada de que ella se niegue a aceptar la realidad. Que él esté transitando por su infierno personal no dictamina que ella debe sufrir por igual. Así no funcionan las relaciones, por lo menos no las sanas. —Sólo espero que vuelva a ser el chico de antes—concluí, dejándolo correr—. En fin, ¿hablaste con Tammy? —Sí. Mañana temprano iré a su casa. Si noto algo extraño o si intenta hablarme de cualquier cosa que no sea la obra de teatro me marcharé. Yo he tenido contacto con muchos estudiantes fuera de mi sección, pero ella no figura en la lista. Pocas veces la he visto acompañada. Honestamente, Tammy es uno de esos seres cuyos pensamientos son imposibles de descifrar. —Sé amable, por favor. Por otro lado, a Xanthia sí que la conozco bien. Es temperamental y alberga muy pocas esperanzas en la humanidad, por lo que no se esfuerza en mostrarse agradable con nadie. Siempre expresa sus opiniones aunque éstas sean demasiado hirientes e inapropiadas, suele conseguir un detalle criticable en todo y es difícil sacarle una sonrisa genuina; mantiene ese semblante distante que no te incita a entrar en confianza y su tono desinteresado es un fiel indicativo de que nada puedes hacer para impresionarla. No sé cómo logramos simpatizar, ni por qué me quiere en su vida si soy, a sus ojos, algo así como todo aquello que normalmente le molestaría. Lo cierto es que Ansel y yo, los únicos amigos que han podido lidiar con su comportamiento sin sentirnos atacados, intentamos ayudarla a alcanzar una versión de sí misma absolutamente mejorada, porque incluso ella es consciente de lo tóxica que es capaz de volverse cuando se pone a la defensiva. —Lo intentaré. Cuando nos quedamos en silencio otra vez a mi mente vino la conversación con Ansel acerca de por qué ella y mi hermano tenían asuntos privados pendientes. Aproveché la oportunidad para contárselo. Por un momento sólo me miró de la misma forma en la que Ansel lo había hecho; como si esperara que fuese una broma, pero al constatar la seriedad con la que le expuse mi intento de mentira se echó a reír. Dio vueltas por mi cama, forzándose a contenerse, no obstante, cuando parecía que por fin recuperaría la calma, clavaba la vista sobre una pared y estallaba de nuevo. —¿Qué? ¿Collin y yo? Eso es lo más ridículo que he oído. —Sí, pero Ansel me creyó, así que mantén el engaño todo lo posible. Por fin se serenó, llevándose las manos al estómago. —¿No se te pudo ocurrir otra cosa? —No me habría creído. Esto causó el impacto suficiente. —Para empezar, Collin piensa que soy una mala influencia. —Por supuesto que no. —Esa es la impresión que me da. —Él se preocupa por ti tanto como yo, eres parte de nuestra familia y no queremos verte mal. Nadie cree que seas una mala influencia, por el contrario, suponemos que eres demasiado buena como para entender y aceptar que Zane ya no te merece. Xanthia permaneció callada, como es usual en estos casos, no obstante, no lucía alterada o irritada, sino más bien extrañamente pensativa. Al cabo de un rato, en el que yo empezaba a quedarme dormida, se incorporó sobre el colchón para quedar a mi nivel. —Hagamos algo divertido. —¿Cómo qué? —No lo sé, ¿qué tal si nos vamos de fiesta? Darren envió un mensaje al grupo diciendo que daría una. Arrugué la cara. —No, quiero dormir. —No seas aburrida. —Lamento decepcionarte, pero así es justamente como soy. Me acosté de nuevo, como estaba antes de que Collin viniera a fastidiarme el plan de holgazanear en completa soledad, bajo el ceño fruncido y el disgusto de Xanthia. La pelinegra terminó por imitarme, acurrucándose a mi lado tras murmurar que sí o sí iremos a la próxima fiesta que alguien del instituto organice. No nos dormimos de inmediato, sino que optamos por ver una película de romance que, a pesar del carácter frío de Xanthia, a ambas nos gustó, oyendo de fondo las risas de Collin al otro lado del pasillo y a mi tía que ocasionalmente se paseaba por ahí. Por la mañana le presté ropa a Xanthia para que pudiera irse tranquilamente, aunque, en realidad, “tranquilamente” no es la palabra adecuada. Se quejó desde que escogió las prendas hasta que las tuvo bien colocadas sobre su cuerpo porque ella jamás hubiera elegido para sí nada que fuera mínimamente dulce o que tuviera algún color aparte del blanco, el n***o o el gris. Protestó tanto que me causó una ligera punzada en la cabeza. Acabé echándola sin ofrecerle el desayuno. Ni bien Xanthia se fue decidí enviarle un mensaje a Theo con la ubicación de mi casa. Había estado posponiendo ese momento porque al día siguiente existía la posibilidad de verlo en el instituto, pero ya que es sábado será imposible topármelo hasta el lunes. No quería enfrentarme a algún tipo de rechazo; no sabría qué cara poner. De modo que finalmente le escribí, sin obtener respuesta. Las horas pasaron y no había indicios de que fuera a presentarse. Intenté ser positiva, pensando que, viniera o no, seguramente podría hacer un afiche decente por mi cuenta. A las diez de la mañana, mientras desayunaba el trozo de pizza que nos sobró de la noche anterior, el timbre de la entrada sonó. Me levanté del taburete como un resorte. Ni siquiera me detuve a guardar lo que había dejado en el plato sin terminar. La parte superior de nuestra puerta está constituida por un mosaico elaborado a base de pequeños pedazos de vidrio, por lo que fue sencillo identificar la silueta de Theo a través del cristal. —Hola—hablé, procurando adoptar un tono de voz neutral. Allí estaba él, con los brazos cruzados sobre el pecho y una evidente indisposición a mostrarse mínimamente cordial. No me devolvió el saludo, y pronto la incomodidad se filtró en el ambiente. Mis dedos se crisparon sobre el dobladillo de mi falda al mismo tiempo que comenzaba a sentirme indignada. —No te cuesta nada ser amable. —No vine para entablar una bonita amistad. ¿Me dejas pasar? Realmente quisiera acabar con esto rápido. Me hice a un lado, por cómo estaban las cosas yo también quería y necesitaba que nuestra reunión fuese breve. A las cuatro de la tarde debía encontrarme en la pastelería, lista para recibir mi primera clase. Charlie envió un mensaje para notificarme que la hora acordada se había postergado, lo cual agradecí. Por lo menos no tendría que luchar con Collin para que pudiera levantarse de la cama. Theo entró, quedándose de pie en la primera habitación de la casa que suele cumplir la función de sala de estar, si bien es un espacio destinado más que nada al recibimiento de invitados. Yo dispuse todos los materiales que pudiéramos utilizar en el cuarto del fondo, donde Collin y yo jugábamos de pequeños, porque contábamos con más espacio que en cualquier otro lugar, de modo que conduje al castaño hasta allí en un silencio que continuaba inquietándome. Adentro había una mesa de madera de tamaño considerable, cuatro sillas de plástico y un armario. Me volví para encararlo. —¿No trajiste nada? —Asumí que tú tendrías lo necesario—tras darle un fugaz vistazo al grupo de cosas que recolecté, me miró—. No me equivoqué. Caminé directamente hacia la mesa, extrayendo de una carpeta dos bosquejos que había hecho hace un par de noches, cuando no podía dormir. —Dame tu opinión—se los extendí. No los evaluó demasiado antes de expresar su juicio. —Son horribles. —¿Horribles?—grazné. Tardé horas con cada uno, intentando ver qué podría faltarles y cómo sería apropiado incorporar ciertos detalles para que tuvieran un aspecto armonioso. No es posible que sean sencillamente horribles, estaba preparada para recibir, como mínimo, un «Pasables». —Se nota que tenías buenas ideas, pero no conseguiste plasmarlas aquí. Además, ¿por qué tanto empeño en estilizar la tipografía si las ilustraciones son tan deprimentes? —Es un bosquejo—puntualicé—. Cuando los traspasemos puedes agregarles tanto color como quieras. —No se trata del color. No hay nada en esos dibujos que sea emotivo o dramático; no transmiten nada, y la patética obra que nos obligaron a leer para orientarnos es jodidamente sentimental. Por no mencionar que nadie va a notarlos con ese tamaño—me devolvió las hojas, alargando el brazo. —Si eres tan experto en el asunto, ¿entonces por qué no trajiste un miserable boceto? —Porque encontré maneras más divertidas de perder el tiempo. Paciencia, Heaven, paciencia. —Bueno, dado que nada de lo que he hecho es suficiente para tus altos estándares en afiches… Acepto sugerencias. Me dejé caer sobre una de las sillas. Al rato Theo me imitó. Tomó las cuatro hojas que yo pegué con cinta adhesiva para elaborar el afiche completo y un lápiz, con el propósito de representar su idea. Estaba usando el mismo estilo en las letras que yo utilicé, pero redujo su tamaño y las convirtió en lo menos resaltante en cuanto inició los trazos que conformarían los rostros de los protagonistas. En la obra, de romance, ambos se amaban de una manera tan intensa que no veían más allá de ellos mismos, y eso se fue trasluciendo lentamente en el dibujo de Theo. Debo admitir que su talento me asombró, pero me negué a comunicárselo. Cuando acabó, después de dos horas en las que yo me entretuve admirándolo, observó durante un minuto el resultado, y luego frunció el ceño, inconforme. —Supongo que podría ser peor. —Yo no le veo ningún defecto. No me respondió. Seguía estudiando cada detalle de su trabajo. Calibraba cada línea, cada punto, las sombras, la saturación… En fin, parecía juzgar lo que había hecho con una atención vidriosa. Creo que nunca había visto a una persona tan crítica en acción. Iba a interrumpirlo, porque no podíamos pasarnos las horas decidiendo si el afiche era lo bastante bueno o no, cuando por fin elevó la mirada. —Tú harás el resto ¿no? —Claro. Sólo faltaba darle color. Theo se puso de pie, arrastrando la silla en el proceso. —Espera, faltan dos. —¿Dos qué? —Dos afiches, ¿recuerdas? —No. No hay ninguna posibilidad de que yo haga otro afiche. Mucho menos dos. Me levanté para poder situarme a su altura. —John no olvidará que… —Él no me importa. ¿Me acompañarás a la salida? Theo tiene la habilidad especial de quitarme las palabras de la boca cada vez que habla de esa forma tan cortante. Me hace sentir, incluso, como si mi única misión en este mundo fuera estorbar. Decidí guiarlo sin continuar con las objeciones, concluyendo que había sido la cantidad justa y necesaria de interacción entre ambos por el resto de la semana. Una vez en la puerta me detuve abruptamente, recordando que no le ofrecí ni siquiera un vaso de agua, independientemente de si por su comportamiento fuera merecedor de uno. Mi tía siempre ha poseído un instinto de hospitalidad bastante marcado, el cual ha tratado de traspasarnos. Giré en seco, casi chocando contra el pecho del castaño. —¿Quieres un brownie? —Uh… No, gracias. —Vale. Retrocedí y volví a enfrentar la puerta, para posteriormente abrirla. Theo salió al exterior, me miró un momento y luego inclinó ligeramente la cabeza a modo de despedida. Cuando desapareció por completo de mi campo visual cerré de un suave empujón. Al pasar de regreso a la habitación donde tendría que internarme hasta terminar el afiche hice una pausa inconsciente frente a la entrada de la cocina. Sin saber muy bien por qué, entré. Tomé el primer recipiente plástico que hallé cerca e introduje en él dos de los cinco brownies que me regalaron ayer en la pastelería, lo sellé con una tapa que apenas conseguía encajar y salí disparada de allí.  Una vez en la acera me costó divisar la figura de Theo porque no tenía ni idea de la dirección que había tomado. Finalmente, di con su cuerpo en la distancia, como tres o cuatro cuadras a la derecha. Y entonces empecé una caminata de maratonista improvisada. Tuve que trotar el último tramo para alcanzarlo. —¡Theo! Me detuve a pocos pasos de él. El hecho de oír su nombre en medio de la calle logró alertarlo lo suficiente como para que se girara parcialmente por instinto. En su rostro apareció el desconcierto, y mientras terminaba de acortar el espacio entre nosotros noté que centímetro a centímetro la confusión aumentaba. Jadeé un poco antes de hablar, preguntándome de dónde salió ese impulso repentino. —Estoy segura de que sí quieres un brownie—alcé la taza, que tardó bastante en sujetar. Creo que su cerebro no había procesado totalmente lo que ocurría cuando me sonrió ligeramente, de una forma tan espontánea y en apariencia inusual en él que me alegré de haber obedecido a la voz irracional dentro de mi cabeza. Theo carraspeó antes de endurecer sus facciones, probablemente dándose cuenta de que había mantenido demasiado tiempo un semblante animado. Hasta ahora yo sólo le he visto fruncir el ceño ante cada acontecimiento. O enarcar las cejas. Si no se ve enfadado entonces parece excesivamente engreído. Retrocedí un paso. La atmósfera de calidez que su sobrevino a su sonrisa ya se había evaporado. —Gracias. —No hay de qué. Nos miramos a los ojos con cierta incomodidad. Me alejé un poco más. —Nos vemos luego, supongo—sonreí. —No te atrevas a arruinar mi trabajo. —No prometo nada. Rodó los ojos, pero no alargó la discusión. Ya había puntualizado en repetidas ocasiones lo poco relevante que le es todo el asunto. Di media vuelta sobre mis talones y deshice el camino que con anterioridad tracé, de regreso a mi casa y al sentido común. Después de almorzar me dirigí directamente a la habitación de Collin, quien no se había enterado de nada desde el día anterior. En lo que ambos nos preparábamos para salir Shelby regresó de su sesión semanal de compras luciendo tan animada como de costumbre. A Collin le costaba comprender su entusiasmo cuando él seguía queriendo dormir. La clase de hoy no fue agobiante ni difícil de entender; Duncan me nombró los instrumentos básicos que a diario usan en la elaboración de dulces y explicó la función de cada uno, para luego pedirme que le expusiera lo que recordaba de su discurso. También puntualizó cómo se distribuirían ellos para darme las lecciones precisas. Al parecer sería por turnos, y yo tendría que adaptarme al método que cada quien empleara para dictar la clase. Al terminar Duncan me invitó un helado que no rechacé por cortesía y porque se ofreció a llevarme hasta la puerta de mi casa. A él ciertamente le he hablado más que al resto, con excepción de Charlie, pero de todas formas no hemos encontrado un tema con el que ambos nos sintamos cómodos. Dentro del auto nos mantuvimos en silencio la mayor parte del trayecto. En cierto momento no pude soportar otro segundo callada y decidí romper el mutismo. —Así que… ¿Hace mucho que trabajas en la pastelería? El chico se sorprendió un poco ante el sonido de mi voz —Casi desde que la abrieron. He sido el mejor amigo de Amelia por años; su padre consideró que cumplía con las aptitudes necesarias para el trabajo. Por poco me atraganté con mi propia saliva. —Espera… ¿El tan mencionado «Gran chef», el dueño, es el padre de Amelia? Duncan me miró de reojo un instante. —Oh, sí. Creí que ya lo sabías. Por lo general Charlie hace buenos resúmenes de «Todo lo que debes conocer» antes de otorgarle un puesto a alguien. ¿Acaso ellos no sabían que técnicamente yo no debería estar trabajando ahí? —No, no lo mencionó. —Es una suerte que no hayas tenido una mala actitud con ella. De todas formas, no parece que seas una de esas chicas intratables. No, no lo soy, pero en ocasiones pienso que a Amelia no le hace muy feliz tener que verme por allí, todavía entorpeciendo un poco el proceso que ellos ya habían establecido. —¿Crees que yo le agrado? Es decir, la conoces bien. Quizá mencionó algo al respecto. Duncan se encogió de hombros, localizando un espacio disponible frente a la heladería donde pudiera estacionar. —En algún momento lo notarás por tu cuenta. No es difícil saber qué piensa ella de las personas; generalmente es expresiva. Ahora bien, ¿lista para comer el mejor helado de chocolate del mundo? Cuando se ofreció a traerme, aseguró que en ninguna parte probaría nada semejante. Le hizo tanta publicidad que, aparte de preguntarme si acaso le estarían pagando, no logré negarme. —Veamos qué tanto exageraste. Le devolví la radiante sonrisa, alargando el brazo para abrir la puerta. Nos reunimos en la acera. Duncan, que honestamente siempre parece estar feliz, me guió hasta el local como si se tratara de un tour turístico. Me di cuenta de lo fácil que resultó entrar en confianza con él y decidí relajarme un poco. Quizás se convertía en una de esas amistades donde siempre es válido bajar la guardia.
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