Cuando el Sol salía su corazón permanecía cubierto por una densa capa de nubes grises. Cuando el cielo se nublaba su corazón soltaba un suspiro de alivio, dichoso durante un segundo al no sentirse tan solo y abandonado en medio de la oscuridad.
Miraba a quienes lo rodeaban como si los observara a través de una pantalla; como si él no formara parte de ese entorno. Se le ocurría que nadie podía entenderlo, y que por consiguiente tampoco él podría comprender sus problemas. Al principio se afanaba por encajar, quería recuperar su antigua vida todo cuanto le fuese posible, y se esforzaba por seguir cada conversación que sus amigos entablaban, no obstante, pronto se dio cuenta de que ya no le preocupaban las mismas cuestiones; había un pensamiento que nunca lo dejaba, una sensación aferrada a su pecho con increíble fuerza... Por primera vez en su vida conocía lo que era hallarse solo estando, irónicamente, acompañado de tantas personas.
Los meses trajeron a su familia un nuevo integrante que, lejos de brindarle la paz que ansiaba, le inspiraba un profundo rencor. Ese hombre jamás le había desagradado, solía jugar con él cada vez que pasaba un fin de semana en su casa, pero ahora sucedía que intentaba ocupar un lugar que no le correspondía.
Entró un día por la puerta principal, justo después de que su madre le explicara cómo iba a cambiar un detalle importante en su dinámica familiar, actuando como el perfecto sustituto de su padre. Se levantaba temprano para ayudar con los quehaceres antes de marcharse al trabajo y para entablar una conversación distendida con el chico de diez años al que sólo le apetecía echarlo, besaba a la mujer frente a sus narices, incapaz de entender que ella aún estaba casada, y sonreía todo el tiempo de una manera tan amplia que resultaba aterrador. Siempre que se habían encontrado en la misma habitación, el castaño percibía una profunda alegría interior irradiando de ese hombre, pero una vez se instaló en su hogar fue como si tuviese al mismísimo Sol incrustado en el pecho. Nunca se le vio desanimado o molesto, ni siquiera decaía ante los malos tratos. Era, en resumen, posiblemente mil veces mejor de lo que su progenitor fue alguna vez.
Y cuánto le enfurecía aquello.
Odiaba recordar todos los días, en cuanto veía a ese patético intento de confidente, que una de las personas más importantes para él le había abandonado.
Como plus, su ambiente fue alterado. De pronto debía exteriorizar sus emociones y poner buena cara cuando le regañaban por haber sido «demasiado grosero». No se le permitían muchas cosas, entre ellas la libertad de salir a jugar con los vecinos a sus anchas, tal como acostumbraba. Era consciente de que todos estos pequeños cambios eran la absoluta responsabilidad y culpa del recién llegado que se creía con derecho a todo, de modo que tolerarlo se volvió una tarea complicada con el paso del tiempo. Ese horrible ser se entrometía hasta en los detalles que no le incumbían, arruinando lo que seguía siendo medianamente bueno.
No sobrevivió nada. Y pronto, sabiendo que era inútil aferrarse a la fantasía de traer el pasado al presente, el chico decidió dejar de luchar contra la corriente y se entregó a los brazos de una triste monotonía.
Era quizá muy pequeño aún para tener pensamientos tan sombríos, pero apenas abría los ojos por la mañana, encontrándose con la misma realidad, sentía que siempre viviría a la sombra de lo que en verdad anhelaba tener.