Capítulo 6

4992 Words
—¡Hey! Dylan, un chico de tercer año, me dio una palmada en la espalda al pasar por mi lado. Le correspondí con el mismo tono animado, viéndolo continuar su camino. Tres metros más adelante Susan, una compañera, sacudió una mano en el aire al ubicarme entre el gentío del pasillo. Nuevamente respondí con una sonrisa amplia en los labios. Fui aceptando y devolviendo saludos a medida que me adentraba a la edificación, hasta detenerme frente a mi casillero. Amanecí de un humor increíblemente bueno hoy y, para variar, parece que no fui la única Tras colocar dentro de mi bolso el libro que iba a necesitar decidí encaminarme directamente al salón pero, antes de poder dar un paso, alguien me bloqueó el camino. Su perfume creó una barrera que chocó de lleno contra mi rostro, haciéndome arrugar la nariz. Olía bien, sí, pero era tal la intensidad del aroma que mi primer impulso fue estornudar. —Salud—emitió una voz grave y conocida una vez expulsé bastantes partículas de saliva sobre su camiseta negra. Fue tan repentino que no tuve tiempo de cubrirme la boca. Alcé la mirada, encontrándome con los ojos castaños de Luan. —Lo siento. En mi defensa, deberías considerar bañarte con agua en lugar de colonia. El chico sonrió, dejando atrás la máscara de indiferencia con la cual me observaba. —Cada año regresas más preciosa, Heaven, ¿cómo lo haces? —Te repito por milésima vez que no me apetece ser otra de tus conquistas. Apoyó una mano a un costado de mi cabeza, acorralándome contra la hilera de casilleros que incluyeron en la edificación hace un par de años sólo porque muchos estudiantes firmaron una petición a favor. Fruncí el ceño, cautelosa ante su patético y trillado intento de fuckboy. Conozco a muchas chicas que desearían ser víctimas de sus tácticas de seducción, pero yo, que soy inmune a sus encantos desde que entendí que sus intenciones eran netamente físicas conmigo, prefiero no verme tentada con ellas. —Aprecio muchísimo mi espacio personal—coloqué ambas manos sobre su pecho, ejerciendo una suave presión que no consiguió inmutarlo. En todo caso, se inclinó un poco más para cernirse sobre mi cuerpo. Lo que dije fue con la intención de alejarlo, no obstante, eso iba muy en serio. Suelo ponerme nerviosa cuando estoy tan cerca de alguien. Y Luan, conociendo este detalle debido a uno de nuestros encuentros previos, quiso aprovecharse de ello. —Salgamos. Hoy. Por el rabillo del ojo noté que ciertas personas nos miraban.  —Dejamos muy en claro que entre tú y yo no pasará nada. —Lo sé, pero lo estuve pensando y concluí que valía la pena intentarlo una vez más. Es el último año, ¿no quieres cerrarlo con todo? —A ver, Luan, ¿acaso has cambiado de opinión?, ¿te gustaría hacer conmigo algo más que follar?—apreté los dientes. Como él no contestó, y de pronto parecía desconcertado, le empujé con mayor fuerza, despegándolo por fin lo suficiente como para respirar un poco de aire no viciado por su perfume. —¿Por qué estás tan encantada con la idea de la exclusividad?—preguntó al final, recuperando la compostura. —Eso no es de tu incumbencia. Por lo tanto, no pienso darte explicaciones. Pero, en verdad, ya lo había hecho. En segundo año asistí a una fiesta en la que estuvo medio instituto, incluyendo a Luan. Jugamos en grupo a Verdad o Reto, como probablemente ocurre en cada reunión donde hay adolescentes, y a mí me mandaron a encerrarme cinco minutos con él en una habitación cuando traté de fingir que corría riesgos innecesarios. Por aquel entonces era diez veces más ingenua que ahora, sin embargo, sabía qué podían hacer dos personas dentro de una habitación. Luan, desinteresado, no se negó a ayudarme a quedar bien con la multitud y me acompañó al baño más cercano. Los primeros dos minutos sólo estuvimos viéndonos fijamente, hasta que muy lentamente él se fue acercando, decidido a besarme. Yo le dejé hacerlo, y obtuve un segundo beso increíblemente más intenso que el primer roce de primaria que yo contaba como uno válido. No llegamos más lejos que eso, pero en verdad me sentí flotar cuando me sacó de aquel lugar sujetando mi mano como si temiera perderme. Naturalmente, no le importaba perderme. A la media hora lo vi metiendo su lengua en la boca de Brandy Chardonier, y no porque fuera parte de un reto. De esa manera descubrí que tiendo a ilusionarme excesiva y peligrosamente rápido. Todas las escenas que yo me había imaginado con gran deleite mientras sus dedos se entrelazaban con los míos se quebraron en cientos de pedacitos frente a mis ojos. Esa fue probablemente mi primera decepción amorosa real; la primera de cuatro. Luan intentó besarme de nuevo en otras ocasiones, pero no se lo permití. Y, cuando me interrogó al respecto, le comenté que no podía concebir que alguien me toqueteara sin crearme un mundo de fantasías en el proceso. Supuse que me había comprendido. —Podríamos divertirnos bastante. Metió sus manos dentro de sus bolsillos bajo mi atenta mirada. Es un chico atractivo, para qué negarlo, que por lo menos siempre emplea la honestidad. —Paso. Con mi segundo romance fallido traté de tener un rollo de sólo una noche, que en verdad se repitió dos veces, pero terminó mal para mí. Me enteré de que frecuentaba a otras chicas exactamente después de dejarme en la puerta de mi casa y, de vuelta, me llevé una gran decepción. Todavía me costaba creer que a alguien se le hiciera tan fácil prescindir de una persona para luego pasar a otra como si nada. Aparte, por el resto de ese día, ¿es que yo no era suficiente? —Vale, ya no insistiré más. Pero, si algún día cambias de opinión, no dudes en llamarme. Gracias al cielo se marchó. Mientras veía cómo su espalda se perdía de mi campo visual pensé que ni siquiera tengo su número. Decidida a no dejar que ese episodio influyera de alguna manera en mi estado anímico seguí hacia el salón, deteniéndome tres veces en el camino a conversar. Para cuando tomé asiento en el lugar habitual ya eran las siete. Ansel se acercó a saludarme y comentar con tintes de egocentrismo que su afiche definitivamente sería elegido, que nadie podría quitarle el puesto, hasta que poco después se nos unió Xanthia y le pidió no muy amablemente que cerrara la boca, razón por la cual se desató una mini discusión. La profesora de Inglés hizo su aparición puntual y de inmediato inició la clase, interrumpiendo el intercambio de miradas asesinas que se llevaba a cabo entre mis amigos. Una vez en el receso nos convocaron al gimnasio para entregar los dichosos afiches. Busqué a Theo entre la multitud de estudiantes, pero no lo hallé por ninguna parte. Yo traía nuestro trabajo conmigo, orgullosa de no haberlo estropeado, sin embargo me parecía necesario que él estuviese aquí. Nos formamos y, por dúos, fuimos avanzando hacia el hombre de ropa extravagante que aplaudía eufórico para apurar el paso. Tomaba los rollos de papel y los colocaba en una de las múltiples cajas de cartón que arrastró desde el estacionamiento sin darles ni un vistazo. Su frenesí resultaba contagioso, y pronto me vi pasando el peso de mi cuerpo de un pie a otro a medida que me movía. —Dios, Heaven, quédate quieta—Ansel apoyó sus manos sobre mis hombros y me empujó hacia abajo, como si quisiera plantarme en el suelo. —Lo siento—disimuladamente estudié los alrededores. Theo todavía no aparecía—. Oigan... ¿Vieron el nuevo peinado de Judith? Iba a preguntarles por el castaño, pero me arrepentí. Hasta ahora el tema no ha surgido y es preferible así, luego no paran de mencionarlo como si en verdad mi vida girara en torno a su existencia desde que lo conocí. Me sorprende que no hayan notado su ausencia, pero supongo que es porque Tammy y Carl tampoco se han aparecido. —Sí, es horrible—dijo Xanthia, haciendo una mueca. —Le queda bien. Resalta el contorno de su rostro. Carl se acercó, apresurado, con las mejillas sonrosadas por el esfuerzo y el cabello despeinado. Nos saludó entre jadeos antes de ubicarse junto a Ansel y extraer una botella de agua de su bolso que se acabó en tres largos sorbos. —Aquí está el afiche—el pelirrojo pasó a Ansel un trozo de cartulina que parecía haberse humedecido allí donde lo sujetó—. Tuve un inconveniente con el autobús. —No te preocupes—Ansel le golpeó la espalda en un gesto amistoso—. Esto lo ganamos seguro, Carl. Pronto llegamos al frente de la fila, ni Theo ni Tammy vinieron. John me miró de una manera indescifrable, por un instante fue como si intentara recordar algo con respecto a mí, pero no mencionó nada sobre el castaño o los afiches faltantes antes de indicarnos que pusiéramos en funcionamiento nuestros "mediocres pies". Consumimos todo nuestro receso ahí, porque apenas salimos del gimnasio el siguiente timbre sonó. Hubo un gran quejido general, aún había estudiantes en la cola. A mí me divertía admirar cómo mis amigos se arrastraban con pesadez hacia el salón, protestando una y mil veces acerca de cualquier cosa por la que pudiesen protestar. La siguiente clase fue tediosa, se trataba de física y, como cada materia que incluye muchos números, no comprendí la mayor parte. Agradecí profundamente el segundo período de descanso. —Te vas a ahogar. Ansel hacía sonidos raros mientras metía todas las tortillas que podía en su boca. Masticaba con ferocidad, apenas dejando un margen de tiempo entre la comida que tragaba y la que introducía en su cavidad bucal. —Si eso ocurre, moriré feliz—expresó, permitiendo que varias migas cayeran sobre la mesa. —Ugh, Ansel, yo también estoy intentando comer por aquí. Compórtate—Xanthia lo miró con el ceño fruncido, profundamente disgustada. Nuestro amigo obedeció, sólo porque ya estaba acabando. Dejé de prestarle atención para barrer con la mirada las mesas más cercanas. Theo no estaba por allí, pero, cuando vi más allá, específicamente hacia la pared opuesta, por fin lo encontré. Desde aquí únicamente es apreciable una diminuta parte de su cabello y de su rostro. Vagamente visualicé que se encontraba solo, con el mentón apoyado en las palmas de sus manos. Tenía la mirada aparentemente perdida y parecía tan pero tan solitario que mi corazón se contrajo. No me gusta ser consciente de que una persona, independientemente de si la conozca o no, podría estar pasando un mal rato. Cuando yo atravesé la época más oscura de mi vida hasta el momento pocos fueron los que se mostraron empáticos de alguna manera con mi situación. Por aquel entonces yo no era consciente de lo mucho que me habría liberado poder compartir mi carga con alguien, pero, al crecer y recibir una intervención, descubrí el poder de alivio que hay en una buena compañía, así sólo esté a tu lado en silencio. —Deberíamos ir con él. Mis dos amigos interrumpieron lo que hacían para observarme completamente confundidos. —¿Con quién? —Con Theo. Siguieron el recorrido de mis ojos hasta que dieron con el castaño. El primero en reaccionar fue Ansel, soltando un bufido. —Ni hablar. Xanthia guardó silencio, meditabunda, pero finalmente también se negó. —Ya sabes que no me encanta ser social. —De todas formas, Heaven, ¿por qué tanto interés en él? Ni siquiera aceptó tus disculpas. No se presentó a la entrega del afiche y no ha hecho el más mínimo esfuerzo por acercarse para darte una explicación. Entiendo que quizá necesitaba el trabajo que tú le quitaste, pero no puede odiarte por ello para siempre. —¿No crees que necesita hablar con alguien?—respondí con otra pregunta, sencillamente absorta en cómo yo me imaginaba que pudiera estarse sintiendo. Justo en ese momento Sherlyn, una chica de su sección, se acercó a su mesa contoneando las caderas y enrollando uno de sus rizos rubios en su dedo índice, con la vista tan fija en Theo que parecía estarlo cazando. Él advirtió la llegada de la chica más no varió su postura ni un centímetro. Admiré cómo ella apoyaba una mano sobre la superficie plástica para inclinarse al frente, quedando ligeramente más cerca del castaño. Noté que le hablaba por el movimiento de sus labios, con una sonrisa en apariencia imborrable, que fue decayendo conforme Theo demostraba sus pocas ganas habituales de ser gentil. Miró a la chica a través de sus pestañas, pronunció algo que la hizo retroceder con un ceño fruncido como sustituto de su antiguo semblante risueño y sacudió una mano en el aire como si pretendiera espantarla. Sherlyn se alejó con la cabeza excesivamente erguida y los puños cerrados. Entonces, Ansel me contestó. —No. En el tercer y último receso, cuando entré de vuelta a la cafetería movida por la curiosidad de saber si Theo se había ubicado en el mismo sitio y comprobé que sí, resolví acercarme yo también. Le había dicho a Ansel y a Xanthia que iría al baño, de modo que los perdí por un rato. Sabía que el primero no apoyaba mi iniciativa de arriesgarme a recibir otro rechazo contundente y la segunda tomaría nota de mi estupidez para burlarse luego, como típicos mejores amigos. Me senté justo frente a él, manteniendo mi mejor y más animada sonrisa. A diferencia de horas atrás, esta vez estaba recostado contra el respaldo de la silla. Me identificó y en seguida se puso serio. Una máscara de frialdad me impidió vislumbrar emoción alguna sobre su rostro. —¡Hola! —Por favor, dime que no debemos hacer otra actividad juntos. Fruncí el ceño. —¿Tan malo fue? Su semblante se suavizó ligeramente. Se encogió de hombros con aparente desinterés, reacomodándose en el asiento. —Supongo que no. Un pesado silencio se estableció. Dos cosas se me ocurrieron de pronto: Pedirle de regreso la taza que le di el sábado porque Shelby iniciará una mortificante sucesión de quejas cuando note que falta y, a lo que vine en un principio, preguntarle cómo está. Pero Theo se me adelantó. —¿Entregaste el afiche? —Sí. Asintió levemente y hasta allí llegó su preocupación por el asunto. —¿Qué te ha parecido hasta ahora Williams Burg? Sacudió una mano tal como le había visto hacer para echar a Sherlyn, en esta ocasión con el propósito de dispersar mi pregunta, que de todas formas respondió. —Podría ser peor. ¿Acaso así es como enjuicia todo? —¿Dónde estudiabas antes? —Dudo que te importe. —Bueno, si no quieres hablar de ello está bien—sonreí, dispuesta a no dejarme intimidar por su comportamiento—No sé si ya conoces totalmente la edificación, pero yo podría darte un recorrido y... —Escucha, si estás intentado remediar de alguna manera el hecho de que por tu culpa tengo que conseguirme otro trabajo puedes parar, porque no es necesario. No me debes nada, y para serte sincero prefiero que sigas con tu vida como si jamás nos hubiésemos conocido. —Yo no estoy tratando de... —Entonces, lo que sea que estés haciendo, puedes parar. El énfasis aplicado en las últimas dos palabras redujo mis ganas de seguir en esa mesa, mostrándome amigable con alguien que no daba indicios de reconocer mínimamente mi esfuerzo. Él no pidió que me acercara, obviamente, pero eso no significa que no puede ser un poco, un poquito, cordial. Treat people with kindness, Heaven. Inspiré una gran cantidad de aire y apoyé mis manos sobre la mesa para impulsarme hacia arriba. Una vez de pie lo miré con indiferencia. —Sólo vine a pedirte que me devuelvas la taza en la que te llevaste los brownies. Luego eres tan libre de olvidarte de mí como yo de ti. Di media vuelta y me alejé, procurando que mi irritación no se evidenciara en cómo caminaba. Comprendí por qué Sherlyn se marchó tan rígida. Esa tarde, después de almorzar y tomar una ducha que sirvió para ponerme nuevamente de buen humor, fui al establecimiento donde mi tía trabaja y donde yo hago mis labores comunitarios. Tuve que pedirle permiso a Charlie para ausentarme en el trabajo, prometiéndole que no tendría ningún día libre en las siguientes tres semanas. Apenas me vio entre los múltiples maniquíes Estela, la jefa de Shelby, se lanzó a mi encuentro. Ambas nos tambaleamos hasta que logré estabilizarme, con sus brazos apretándome el cuello. —¡Qué hermosa estás!—chilló, yo no supe si quejarme porque estaba dejándome sorda o sonreír ante su efusividad. Me apartó de modo que pudiese estudiar mi aspecto, mostrándose complacida. La última vez que la vi fue al culminar el anterior año escolar, lo cual para ella es como una eternidad. Siempre está diciendo lo mucho que agradece mi presencia por aquí y cuánto me extraña cuando tiene que ocuparse ella sola de la elaboración de ciertas prendas. —Shelby me comentó que estás trabajando en una pastelería. Lamento haberte hecho venir. —No te preocupes, de todas formas pensaba hacerlo. Me enteré de que tienes nuevos proyectos. —De hecho sí. Con el tiempo me he vuelto un poco ambiciosa—guiñó un ojo—. A la tienda le está yendo excelente, de manera que hay recursos. Quiero que nuestra fundación aporte muchísimo más, he pensado en mil maneras de ayudar y ya he esquematizado varios eventos... Pero bueno, si apenas te he dejado pasar. Ven, adelante. Me sujetó por el brazo, conduciéndome a través del local hasta una pequeña zona apartada del público donde sólo ciertos clientes pueden sentarse a beber té o cualquier otra cosa mientras hacen sus compras. Me indicó que tomara asiento, luego le ordenó a una chica que trajera dos donuts y se situó frente a mí. —Shelby está en el taller de costura, por si te lo preguntas. —Me lo imaginé. —Pronto haré una reunión para explicar cuáles son mis planes al equipo completo. Creo que este año tendremos bastante trabajo, pero me emociona saber que, si todo sale bien, podremos llegar a muchísimas más personas. Mientras hablaba noté que le brillaban los ojos. Estela es la dueña de esta pequeña pero bien organizada tienda de ropa, diseñada y confeccionada aquí, además de la creadora de una maravillosa fundación sin fines de lucro con la cual ha pretendido ayudar. A través del tiempo se ha hecho cargo de varias campañas que beneficiaron a un montón de personas. Cuando cumplí doce años, un día al azar, mi tía me trajo para que la viera trabajar porque yo no tuve clases y me sentía profundamente aburrida en casa. Desde entonces me ha gustado el tema de la moda, si bien no soy una seguidora fielmente obsesiva de lo que está en auge, y el contribuir a una causa. Asistí a mi primer evento benéfico como una simple observadora, pero al año siguiente decidí que quería participar. No puedo explicar en verdad qué es lo que siento cuando llevamos a cabo una de esas actividades comunitarias, sólo que es lo suficientemente gratificante como para que desee experimentar esa misma sensación cuánto sea posible. Por no mencionar que alguien debe ocuparse de velar por ciertas personas que normalmente no tienen a nadie. En mi experiencia he visto que hay gente increíblemente buena desamparada. —¿Podrías darme un pequeño spoiler? La chica de hace un rato interrumpió la respuesta de Estela para pasarnos un plato con donuts de chocolate. —De momento, no. Quería pedir tu opinión acerca de un diseño que estoy elaborando. Tu criterio jamás me ha fallado, y aunque todos juran que me está quedando bien... No lo sé. Ya sabes que son capaces de abanicarme todo el día si con eso consiguen un aumento. Tras acabarnos el postre Estela me arrastró al taller. Mi tía detuvo su tarea un momento para saludarme con un abrazo y luego fui llevada hacia un vestido escotado con un acabado que sugería un costo elevado. Aunque en este sitio todos los precios son bajos, Estela distribuye sus diseños a tiendas más exclusivas donde jamás conseguirías una camiseta con el trabajo de una semana. Era un vestido precioso pero, por algún motivo, algo no andaba bien con él. Analicé su estructura durante un minuto y entonces lo supe. Me volví hacia Estela, que está al tanto de mis movimientos con la expectación a flote, e intenté idear la mejor manera de darle mi veredicto. —Vas a querer matarme. —¿Qué? ¿Por qué? —Creo que el problema es la tela—frunció los labios y yo aproveché su desconcierto para proseguir—. Este diseño es sensual, despide gracia y sutileza. Debería caer en torno a la modelo, haciéndola flotar dentro de cualquier habitación, pero la tela es demasiado rígida como para que siquiera consiga moverse un poco con la brisa. La textura es pesada, nada que ver con el acabado estilizado que la pieza exige. Advertí que todos los presentes me miraban, y comencé a sentirme incómoda. Quizá había hablado demasiado. —¿Eres consciente de lo que me estás pidiendo, verdad?—Estela empezó a caminar alrededor de su más reciente creación, evaluándola desde una nueva perspectiva—. Y encima debe estar listo para este miércoles... Veía que, conforme se movía, se iba convenciendo a sí misma de que mi opinión no era tan incoherente. —Sé que podrás lograrlo. Finalmente se detuvo para mirarme. —Ah, a veces no sé si es buena idea consultarte nada. Siempre termino duplicando mi trabajo tras tus visitas, pero, como de costumbre, tienes razón. Supongo que haré el vestido desde el principio. —Podrás lograrlo—repetí, más que segura. —Gracias, Heaven. Prometo que te enviaré una foto cuando lo haya finalizado. Ahora hazme el favor de llevarte a tu tía a casa, ha pasado todo el día bebiendo café y encargándose de unas camisas que no le correspondían. Shelby y yo salimos de allí con el plan de una noche de películas en mente. Ambas nos obsesionamos continuamente con filmes y series. Es inevitable, esas historias atrapan a cualquiera... Por no mencionar a los irresistibles actores. A eso de las siete, después de acabar «El curioso caso de Benjamín Button», el timbre sonó. Mi tía y yo nos miramos entre la penumbra de la habitación, como preguntándonos cuál de las dos quedó con alguien. Las únicas personas de mi parte que vienen sin avisar son Ansel y Xanthia, pero los dos tenían compromisos. Insistieron una segunda vez en la puerta y en esta ocasión aguardamos a que Collin, si se encontraba cerca, atendiera al visitante, pero no apareció. Finalmente, a la tercera llamada no me quedó más opción que abandonar mi comodísima posición. En el camino a la entrada reacomodé el moño suelto que me había recogido para que el cabello no me cayera sobre el rostro. Convencida de que Ansel habría salido antes de su reunión familiar, frustrado como siempre, y acudió a verme, ni siquiera me frené un segundo para repasar mi atuendo. Cuando abrí la puerta sentí que todo mi cuerpo se paralizaba por la sorpresa. —Hola—dijo, ajeno a la impresión que su aparición estaba causándome. —¿Qué haces aquí? Recorrió brevemente lo que vestía con sus ojos. —Lindo pijama. Rápidamente luché por recordar qué llevaba puesto, sin querer comprobarlo bajo su atenta mirada. No era nada vergonzoso; un pantalón a cuadros rojos y blancos además de un suéter con la cara de Freddie Mercury estampada en la parte frontal. Como no me iba a quedar atrás, también escaneé su indumentaria. —Lindos calcetines. Bajó la vista hacia los calcetines de arcoíris que el largo de sus jeans no cubre y luego la subió, con una pequeña sonrisa. —Gracias. Es extraño, porque el resto de sus prendas son negras, y de pronto ¡Boom! Calcetines de arcoíris. Jamás me imaginé que él pudiera usar algo así por elección propia. —¿Qué haces aquí?—insistí. Theo alzó un brazo, mostrándome el recipiente plástico que hace horas le pedí. ¿En verdad se presentaba en mi casa a esta hora para darme algo que podía entregarme mañana? ¿Tanto desea deshacerse completamente de mí? Pues bien, yo tampoco quiero saber nada de él. Le arrebaté la taza con excesiva brusquedad, importándome poco la expresión estupefacta que me dirigió luego. —Ya puedes irte. En eso, una mano cálida se posó sobre mi hombro. Apreté los labios en un esfuerzo por contener un quejido. —Cariño, ¿qué te toma tanto tiempo? Lo menos que quería era involucrar a Shelby en el asunto porque ella es fanática de las visitas. Ni siquiera he tardado demasiado, pero sé que si fuera alguien conocido ya lo habría hecho pasar. Como no ocurrió, el gen curioso que ella posee se activó. —Oh, hola, ¿tú quién eres?—me empujó con la cadera para hacerse un espacio junto a mí. —Theo Dervest—extendió su brazo hacia mi tía con una galantería impropia y, tras un ligero apretón, depositó un casto beso sobre el dorso de su mano. A mí casi se me salen los ojos de la cara. ¿Qué demonios fue eso? Shelby me miró de reojo, asombrada. Ninguno de los chicos que le he presentado se atrevió a tanto. —Un placer, Theo... ¿Tú y Heaven son...? —Compañeros del instituto. Es nuevo, pero estudia en otra sección... Y ya se iba. —En realidad, me gustaría tomar un vaso de agua primero, si no es mucha molestia. —No creo que necesites agua —¡Heaven!—Shelby chistó, escandalizada—. ¿Le vas a negar un vaso de agua? —Sólo digo que se ve bastante fresco. —Yo... caminé desde mi casa y... —¿Dónde vives?—le interrumpió mi tía. Yo ya temía lo que seguramente estaba por ocurrir. —Como a veinte minutos de aquí. —No, tú no te regresarás sin haber descansado antes. Ven, pasa. Shelby se apartó y me haló de un tirón para dejarle la vía libre a Theo, que entró como si nada. —Gracias, espero no incomodar. —En lo absoluto. Los dos nos quedamos de pie en el recibidor/sala de estar mientras mi tía accionaba el interruptor y salía disparada hacia la cocina, repitiendo una y otra vez a Theo que se sintiera como en casa. —Me parece que a ti sí te incomodo. Me volteé hacia él, encontrándome con su estúpida sonrisa. Se está burlando de mí, obviamente. Por una incomprensible razón le parece desternillante sacarme de mi zona de confort todo el rato. —Ahora el que puede parar eres tú. Su sonrisa se ensanchó. —No utilices mis palabras en mi contra. —Pues no vengas a mi casa pretendiendo que somos amigos. ¿Qué haces aquí?—Iba a insistir toda la noche, porque no era necesario tenerlo en mi sala si sólo traía una taza. Entonces oí a mí tía trastear con las ollas y mi atención se desvió—. Probablemente no te irás hasta haber engordado dos kilos. —Creo que podré soportar esa tortura. Resoplé, dejándome caer sobre el sofá en el que estaba. Theo me imitó al cabo de varios minutos. No hablamos hasta que Shelby apareció, una hora después, con una bandeja llena de galletas humeantes y chocolate caliente. Entretanto yo continué con la película de turno, Theo hizo el amago de mofarse de la trama en algún punto pero lo corté, desplazando un poco mi costumbre de ser tolerante. La pausé una vez reapareció mi tía, vagamente consciente de que el castaño me observaba. —Deberían dejarlas reposar antes de comerlas. Le subiré unas cuantas a Collin, ya vuelvo. Desapareció nuevamente y Theo aprovechó su ausencia para volver a su actitud de imbécil. —¿Tu hermano está aquí? —Sí. Arrugó la frente. —Es su casa, ¿qué esperabas? —Que viviera en su propio departamento, tal vez—agarró una galleta y le dio un pequeño mordisco—. Qué delicia. ¿Tú tía hizo también los brownies? —No, esos me los dieron en la pastelería. —Ah. Le vi comer cuatro galletas y beberse la mitad de su chocolate. Cuando acabó y se limpió las migas con la manga de su suéter advertí que no había parado de admirarlo, siendo excesivamente obvia. Sacudí la cabeza, llevando la mirada al televisor. Sentí que me sonrojaba, y rogué porque Theo no pudiera notarlo. Si algo tiene ese chico es una belleza hipnotizante. —Creo que no es muy cortés, pero después de acabarme tu comida voy a tener que irme. Por segunda vez me sonrió con genuina espontaneidad, enviando olas de calor a mi corazón. Lo que daría por poder grabarme esa imagen para siempre... Sería nada, Heaven, deja de pensar con los ojos. —Da igual. Me levanté como un resorte. Shelby no regresó para despedirlo, por suerte, y yo no tardé demasiado tiempo asegurándole que no había sido nada y cerrándole la puerta en la cara. Lejos de su aroma envolvente pude respirar con regularidad. Mi tía y yo reanudamos nuestro maratón tras explicarle con lujo de detalles lo que sé de Theo, es decir nada, y de enumerarle los motivos de por qué no la llamé para que le dijera adiós. El chico le cayó bien, demasiado diría yo, especialmente porque no hay razones. Di mi mayor esfuerzo por concentrarme en lo que veía en la pantalla, y, aun así, no conseguí apartar completamente al castaño de mis pensamientos.   
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