Capítulo 13

4409 Words
Me hallaba distraída, anotando en una lista los nombres de las últimas personas que se apuntaron a la próxima actividad cultural promovida por la fundación de Estela, cuando el impacto de algún objeto blando de procedencia desconocida se estrelló contra mi rostro. Alcé la mirada, topándome con una servilleta de papel convertida en una pequeña pelota que claramente Ansel me arrojó. —¿Qué te sucede?—reproché. —Te estoy hablando desde hace rato, estúpida. Fruncí el ceño, dirigiendo la mirada hacia Xanthia, quien asintió para apoyar al pelinegro. —¿En dónde tienes la cabeza? En quién. —¿No ves que estoy ocupada?—levanté mi planilla para enfatizar. —Cumples años en tres días y aún no hemos organizado la fiesta, ¿Cómo se nos pasó por alto?—se lamentó, llevándose una mano a la frente. —No quiero una fiesta. La última, que se celebró en mi casa, resultó ser demasiado extravagante y conflictiva para mi gusto. Ansel soltó un par de carcajadas, ganándose una mirada inquisitiva de mi parte. —Es un chiste ¿No? Porque es tu último cumpleaños antes de los dieciocho. —¿Y qué con eso? —Dios mío, estás mal, pasar tanto tiempo con el imbécil de Theo te hace daño. —¿Por qué tienes que incluirlo incluso en dónde no encaja?—mascullé, notablemente avergonzada. Mis amigos conocen los detalles más importantes de mi relación con el castaño a grandes rasgos. No pretendo ocultarles ciertos datos adrede, pero tampoco me animo a ser del todo explícita. Sospecho que le pondrían, o tratarían de hacerlo, un título a lo que ocurre entre ambos, y me he esforzado bastante por evitar pensar en ello. Ya es complicado mantener a Xanthia al borde de las cavilaciones, censurar sus bromas y fingir demencia cuando sus preguntas pretenden adentrarse a un terreno menos superficial en cuanto a información. Si ellos supieran qué tanto me he involucrado en la vida de Theo... No, por el bien de todos, no debe pasar. —Porque últimamente parece que medio instituto quiere hacerlo encajar en todos lados—dijo a la par que hacía una mueca. Podría decirse que Theo ha progresado en cuanto a popularidad, y no porque su actitud hacia la población estudiantil hubiera cambiado; no es de pronto un chico risueño y social que se pasea por los pasillos sonriendo a diestra y siniestra mientras regala saludos y recibe sonrisas, sino que, por algún motivo, comenzó a parecerle genuinamente interesante al resto. Ya era frecuente que un puñado de chicas, puede que algunos cuantos chicos también, decidieran ignorar su comportamiento para concentrarse únicamente en su aspecto físico, no obstante, no al nivel de los días actuales. Su aura cargada de misterio es atractiva y enigmática, lo digo por experiencia, de modo que obviar su presencia resulta imposible. Theo es una especie de celebridad; amado, odiado, admirado y despreciado. En ocasiones lo primero que escucho cuando me adentro a la edificación es algún rumor referente a él, que alguien posiblemente inventó, porque el castaño continúa sin interactuar con nadie más de lo estrictamente necesario. —Alguien tiene envidia...—susurró Xanthia, dándole un sorbo a la malteada de fresa que compró para desayunar. —¿De él? Por favor. —Claro que sí, porque te robará la corona de rey en el baile de graduación. Ansel procuró aparentar que esa afirmación no le incomodó. —Ni siquiera sabemos si habrá algún baile. Y, de igual manera, es ridículo suponer que él podría ganarme. A mí me quieren. A él le prestan atención porque es divertido ver con qué sale el tipo nuevo. —Por supuesto—la pelinegra rodó los ojos, decidiendo cortar un debate que no ganaría. Ansel supone que todos compartimos su aversión hacia el chico. Y, como está empeñado en disfrutar su último año escolar casi a cualquier precio, jamás aceptará la posibilidad de perderse una experiencia en concreto. —Cómo sea, vamos a centrarnos en lo importante: La fiesta. Me dispuse a seguir escribiendo, recordando de nuevo que debía concluir tal actividad. —No habrá fiesta—declaré. Oí que Ansel bufaba. —Ya veremos. No permitiré que el cumpleaños de mi mejor amiga pase desapercibido. Heaven, esta es la oportunidad perfecta para que conozcan a Helena. Ansel ha estado saliendo en reiteradas ocasiones con esa chica que, según nos comenta, tanto le encanta. Asegura que no ha hecho oficial la relación porque no ha encontrado “el momento indicado”, pero, a mi parecer, ella ha estado declinando deliberadamente la oferta de conocernos. Nunca tuvo tiempo para asistir a algún evento del colegio en el mes aniversario, sus fines de semana no cuenta con la cantidad de horas necesarias para reunirse en el cine o un café y jura que no asiste a lugares donde nuestra presencia pudiera justificarse. Yo no sé qué pensar. No es una obligación congraciar con el entorno del chico con el que sales, pero no es correcto inventarse excusa tras excusa para evitar el contacto. Podría sencillamente ser honesta. —No habrá fiesta—repetí con firmeza. —¡Pero es tu cumpleaños!—protestó Ansel, elevando la voz más de lo que yo hubiera preferido. —¿Cumples años? Me tensé, sujetando el lápiz con fuerza. Ansel arrugó la frente de inmediato. —Como cualquier persona—contestó Xanthia, que a diferencia de mí puede enfrentarlo gracias a su ubicación. —Qué simpática. —Mira quién habla—soltó Ansel, rodando los ojos. —¿Disculpa?—por fin me atreví a girarme hacia Theo, que mantiene una ceja alzada junto con una sonrisa burlona que da a entender, a todas luces, lo mucho que le divierte el trato que Ansel le dirige. No es que ellos interactúen con frecuencia, pero en las pocas veces donde han coincidido el pelinegro se ocupó de evidenciar su opinión con respecto al castaño. —¿Necesitas algo? Theo bajó la vista hasta mí. —Buenos días para ti también, Blom. —Lo siento... Es que es raro verte por aquí—recaí en lo estúpido que eso había sonado, tomando en cuenta que estudia en este sitio, y traté de corregirlo—. En mi mesa, quiero decir. —No tenía idea de que la habías comprado—se agachó, quedando a la altura ideal para inspeccionar la superficie blanca—. No encuentro tu nombre, ¿Será que la sellaron con tinta invisible? —Sabes a lo que me refiero. —Vaya, tenemos un comediante—dijo Ansel, disgustado. Theo lo ignoró, volvió a ponerse serio y me extendió su brazo izquierdo, exponiendo una lata de refresco con sabor a cereza. —Vine a traerte esto. Sujeté el obsequio al instante, antes de que de mis amigos tuvieran tiempo de realizar alguna pregunta. —Gracias. E hice hasta lo imposible por mostrarme calmada, como si él no estuviese ahí, dándome algo. Theo pareció fuera de lugar apenas perdió la razón que tenía para seguir de pie frente a mí, por lo que, tras cepillar su cabello con sus dedos, se despidió. —Nos vemos luego. Lo vi partir sin haberle respondido primero, cuestionándome por qué él había hecho eso. Desde aquella madrugada Theo se presenta a mi puerta a las 2:00 A.M, aproximadamente, al menos una vez por semana. No hacemos gran cosa, aunque últimamente me pongo un tanto nerviosa alrededor de la una treinta y el sueño desaparece, de manera que cuando él llega estoy lo suficientemente despierta como para hacer más que quedarme callada deseando cerrar los ojos. Ocasionalmente nos sentamos uno junto al otro, repasamos cierto tema, una exposición, nos aclaramos mutuamente algún punto de la clase que no hayamos entendido o hablamos de cosas que no se relacionan estrictamente con el colegio. Al principio nos mantenemos un poco distantes, porque no termina de ser fácil dar el primer paso en una relación cuyo concepto es difícil de definir, pero luego, con el paso de los minutos, de las conversaciones y del sarcasmo insoportable de Theo, se instala una atmósfera de confianza casi incomprensible. Él rodea mis hombros, llevándome a su cuerpo tan cerca que es fácil percibir el latir calmado de su corazón y su respiración, además de ese olor característico suyo que me alerta de su presencia incluso a una cuadra de distancia. Yo apoyo mi cabeza sobre su hombro y permanecemos así hasta que alguno de los dos bosteza, entonces dormimos sobre mi cama, Theo me abraza, y al día siguiente debo hacer malabares para sacarlo de casa sin que Collin o mi tía lo noten. Esto último viene siendo la parte más molesta, especialmente porque Theo no se toma la situación en serio y cuesta horrores mantenerlo callado. Normalmente, después de cada sesión de estudio (para ponerle un nombre que vaya mínimamente acorde) amanezco adormilada, de modo que el castaño se acerca a mí en algún momento del día para darme una bebida energética o cualquier cosa comestible que contenga azúcar. Siempre cuando estoy sola. Siempre cuando nadie podría preguntarse qué rayos pasa entre nosotros. Nunca hablamos expresamente de lo ocurrido durante la madrugada en otro momento del día, pero supongo que ha influido positivamente en nuestra amistad porque Theo es más amable y conversador que antes. He llegado a pensar que ya no me odia. Por las noches a veces me encuentro reflexionando al respecto, pero intento no darle nunca demasiadas vueltas al asunto. Es el único tema en el que no siento la imperiosa necesidad de curiosear porque me asusta. No quiero descubrir qué hay detrás de nuestras charlas, de las miradas y los abrazos, no quiero pensar si está bien o mal, y mucho menos si podría conducir a otra cosa. Como la primera vez, me limito a disfrutar el momento y a explorar cada sensación; lo único que debería importar es que me agrada, y a él también. —¿Por qué Theo te dio un refresco? —¿Cómo? Parpadeé, saliendo de la ensoñación. —¿Hay algo que no nos estés contando? Porque por lo que sabemos, él no tiene motivos para obsequiarte cosas. Me levanté de golpe, provocando que la lata cayera y rodara hasta el otro extremo de la mesa, donde Ansel la detuvo. El pelinegro me miró, muy serio, como si esperara que su expresión se me antojara intimidante. No estaba preparada para hablar. Sé lo que vendrá tras mi confesión de haber estado pasando más tiempo del que he admitido con Theo, por lo que prefiero seguir retrasando esa discusión. —Me compraré un sándwich. —¿Qué...? —Un sándwich. Ya regreso. Salí disparada de allí hacia la fila para adquirir diversos tipos de alimentos. Obtuve un emparedado que en verdad no quería, alrededor de cinco minutos después, y me encaminé de vuelta a la mesa. Pero entonces, al notar que mis amigos charlaban distraídos mientras Xanthia apuntaba a algo en la pantalla de su celular, me detuve. Podría sentarme con ellos y soportar sus miradas e interrogantes, o podría hacerme la desentendida por un rato más. Al encaminarme hacia la mesa de Theo, donde como siempre se encontraba solo y concentrado en su libreta, ya había tomado mi decisión. —Hola. Alzó la mirada y luego la bajó nuevamente. No correspondió mi saludo pero tampoco frunció el ceño o arrugó la cara en una mueca de fastidio como solía ocurrir hace semanas apenas me veía. Por lo general, siempre que me siento con él tomo las riendas de la situación y me lanzo a una charla casi del todo unilateral donde doy opiniones o hago comentarios que él parece ignorar. Hoy opté por comer en silencio, preguntándome si mis amigos ya habrían descubierto que hui. Tras darle un último mordisco a mi sándwich me fijé en Theo, con su cabello despeinado por la cantidad de veces que se ha pasado la mano entre los mechones castaños como reflejo de su ansiedad, y esa expresión de absoluta concentración. Estaba tan metido en su tarea que por un largo rato no notó que lo miraba, hasta que de pronto detuvo abruptamente el movimiento de su mano y elevó la vista, como si mis ojos quemaran sobre su cara. —Si yo te pidiera que posaras para mí, ¿lo harías? —¿Como una de tus chicas francesas?—sonreí, a lo que Theo enarcó una ceja. —No exactamente, pero, si tú estás dispuesta, no veo por qué no. —Quizá algún día—sentencié. De repente me sentí extrañamente cohibida. Si yo estoy dispuesta... Eso significa que, de proponérselo con seriedad, podríamos llevar a cabo tal escena esta misma noche. No, sólo estaba siguiéndome el juego, claramente. A Theo jamás le interesaría de esa forma. Él regresó a lo suyo, perdiendo el interés en una breve conversación que, a mi pesar, yo no dejaría de repetir dentro de mi cabeza. Observé cómo unía trazos irregulares; cómo mezclaba líneas en apariencia inconexas, un poco perdida, hasta que un bello rostro apareció. Qué fácil logra crear algo hermoso con casi nada más que talento. —Eres el mejor artista que conozco, sería un privilegio que quisieras retratarme. Theo me miró, componiendo una sonrisa que denotaba sorpresa y complacencia a partes iguales. Creo que nunca he elogiado lo poco que le he visto hacer, principalmente porque no lo sentía prudente. Esta vez me dejé llevar por un arrebato de honestidad. —¿Te atreverías a hacer algo que normalmente no harías, Cielo? —¿Algo como qué? Cerró el cuaderno, agrupó sus múltiples lápices y lanzó todo eso dentro de su bolso. Se puso de pie en un parpadeo y me instó a imitarlo, con la mano extendida en mi dirección. Probablemente debí tener un poco más de sentido común y realizar preguntas, pero lo cierto es que entrelacé mis dedos con los suyos sin pensármelo mucho. Theo me guió hasta mi salón mientras yo ignoraba a quienes nos observaban con curiosidad, tratando de entender cuál es nuestra relación, cosa que ni yo misma sé. —Ve por tu bolso. Indicó, demandante. Me soltó y la ausencia de su contacto me trajo a la realidad. Dos chicas nos estudian a pocos pasos, y la más bajita, Bethany, tiene el ceño fruncido como si desaprobara que estuviese tan cerca de Theo. Vagamente recordé que alguien comentó en el pasado lo mucho que a ella le fascina el castaño. —¿Para qué? —Sólo búscalo. No obedecí. Me le quedé mirando a la espera de una explicación que nunca llegó hasta que él, irritado, se tomó la libertad de traerme el dichoso bolso. Tras colgarlo sobre su hombro disponible volvió a sujetar mi mano, en esta ocasión conduciéndome a la salida. Yo le permití que lo hiciera, me encontraba un tanto aturdida. Theo no me había llevado de la mano nunca hasta el momento, y no entendía por qué se había atrevido a tanto precisamente ahora. A dos metros del vigilante el chico introdujo la mano que no me sostenía en el bolsillo exterior de mi mochila, extrayendo la manzana que pensaba comerme en la pastelería para luego lanzarla hacia el pasillo de la derecha. El sonido alertó al hombre lo suficiente como para que se moviera de su puesto. Estaba por protestar cuando un tirón me sacudió bruscamente, haciéndome entender que si no ponía los pies en funcionamiento acabaría besando el piso. Corrí siendo casi arrastrada por el castaño, sin mirar atrás aunque el vigilante comenzaba a gritarnos. Me frené en seco a tres cuadras del colegio, forzando a Theo a detenerse también. Retiré mi mano de la suya, rechazando el contacto. ¿Es que acaso perdió la cabeza? —¿Qué...? ¿Estás...?—cerré los ojos, inhalando profundo. No conseguía formular una oración completa—. La próxima vez que vayamos a fugarnos ¿podrías avisarme?—curvé mis labios en una sonrisa cínica. El corazón me latía tan rápido que podía percibir su palpitar en cada una de mis extremidades. —¿La próxima vez? Acabamos de cruzar esa puerta ¿y ya estás pensando en la próxima vez? Arqueó las cejas, fingiendo sorpresa. Reprimí el impulso de soltarle todos los insultos que tenía en la punta de la lengua aplanando los labios. —¡Estoy hablando en serio, Theo! ¿Cómo se te ocurre sacarme así del instituto? ¡Casi me caigo! Por no mencionar que el vigilante no va a quedarse callado. Te aseguro que mañana nos llamarán a la dirección—gemí esto último. Lo menos que necesitaba era un castigo, no me alcanza el tiempo para perderlo encerrada en una habitación con mala ventilación. —Entonces vuelve, dile a todos que yo te obligué a escapar y entra a tus preciadas clases. Acepto toda la responsabilidad. —¡Tus soluciones son una mierda! Obviamente eso no funcionará. Desvié la mirada un momento, dándome cuenta de que mis gritos habían atraído la atención de los otros transeúntes. Al instante mis mejillas se calentaron, porque tampoco pretendía hacer una escena en el medio de la calle. Le arrebaté a Theo el bolso, airada, lo coloqué sobre mi hombro y emprendí la marcha hacia cualquier parte. A los pocos pasos percibí que se había situado a mi lado, siguiéndome el ritmo. No quería su compañía, me enfurecía que siempre estuviese buscando la forma de molestarme y, cuando lo lograba, sólo se burlara de mi reacción. Pese a eso no le pedí que se alejara. —¿A dónde vamos? Silencio. Eso es lo que obtendría de mí. —¿Me ignorarás todo el día? Pasamos junto a un grupo de estudiantes que reían a carcajadas, por la cantidad de personas que eran dos acabaron interponiéndose entre el cuerpo de Theo y el mío, pero, cuando continuaron su camino, el castaño regresó a mi lado, chocando mi hombro con su brazo a propósito. —Que actitud tan madura, Heaven—bufó. Ni siquiera su tono sarcástico me incitó a contestarle—. Tú sí sabes cómo enfrentar los problemas. En cierto momento me puse a pensar que no podía caminar eternamente, de modo que la mejor opción sería volver a casa. Me detuve en la parada más próxima, pero pronto descubrí que esa no era la ruta correcta. Básicamente tendría que devolverme al punto inicial porque yo vivo al otro extremo. Ser consciente de ello aumentó mi frustración, más me dije que no le daría otros motivos a Theo para divertirse a mi costa. Me tragué las ganas de gritar y busqué algo en el entorno, lo que fuera, mínimamente positivo para aferrarme a ello. Era un día hermoso. Había Sol, no obstante, no con demasiada intensidad, y la temperatura era la adecuada para salir a dar un paseo. Pocas personas ocupan las aceras y casi no se vislumbran autos, de forma que el ruido es soportable. Podría suponer que yo había decidido caminar un rato para distraerme, dado que el ambiente es el ideal, y disfrutar con la idea de... —Heaven... Hice una mueca, fastidiada. Perfecto, ahora también interrumpió mi momento de conexión con las buenas vibras. —Heaven...-—insistió, pese a mi negativa de prestarle atención—. Decidí que si no me hablas haré una escena aquí mismo, porque no pienso seguirte por la ciudad como una mascota. Nos fugamos, sí, ¿y qué? Empieza a vivir un poco, tienes casi diecisiete años y es el momento de que lo aceptes. Ya podrás comportarte de esta forma cuando llegues a los sesenta. Si lo que quería era conseguir que lo mirara, bien, misión cumplida. Clavé mis ojos sobre los suyos con la mayor cantidad de odio que pude reunir en un instante. ¿Acaso así se sentía él cuando yo me sentaba en su mesa sin ser invitada? No, no podía ser, a diferencia de él yo doy todo de mí para tener la mejor actitud posible. Giré sobre mis talones, dispuesta a marcharme y dejarlo allí, tan rápido que perdí ligeramente el equilibrio. Entonces, harto de no ser el centro de mi atención, Theo me sujetó por la muñeca y de un movimiento volvió a enfrentarnos. Mi respiración se había disparado, pero no pude quejarme dado que me encontré de lleno con la expresión más furibunda le había visto dirigirme en el tiempo que nos conocemos. —¡¿Cómo fuiste capaz de traicionarme así?! Mi boca quedó parcialmente abierta, con las palabras atrapadas entre la sorpresa y el nudo que se me formó en la garganta. —¿Creías que yo no iba a enterarme?, ¿Ah? ¿Que podías hacer y deshacer sin ninguna consecuencia? j***r, Fiorella Sofía, ¡Te he dado suficiente! ¡Puse todo mi amor en esta relación y así es como me pagas! ¿Fiorella Sofía? ¿Hacer y deshacer? ¿Relación? Súbitamente lo entendí, en cuanto él frunció el ceño con furia. Estaba realmente montando una escena dramática en público. Theo, el chico que en ocasiones parece incapaz de reír, está atrayendo la atención de un montón de extraños sólo porque me negué a hablarle. —¿Y con mi mejor amigo? Entre tantos imbéciles, tenías que engañarme con él... Dios, yo no me esperaba esto de ti. ¡¿Qué será de nuestro hijo?! ¿Ah? ¿Pensaste en él mientras te besabas con Justin? ¿Hijo? ¿Justin? ¿Justin Bieber? Creo que lo estaba llevando demasiado lejos. Mientras tanto yo no reaccionaba como a lo mejor debía; permanecí de pie en la acera con cara de estúpida, estática, como si en verdad me hubieran atrapado haciéndole un striptease a Justin. Por un segundo escaneé el entorno, dándome cuenta de que varias personas que antes no estaban ahí nos observaban con una mezcla de varias emociones: Curiosidad, indignación, pena, estupefacción... De la nada me entraron unas ganas enormes de reír, y tuve que clavarme las uñas en las palmas de las manos para controlarme. No estaría bien visto que la infiel se burlara del dolor del traicionado en su cara. —¡Puedes irte a la mierda, Fiorella, y espero que estés contenta!—sus ojos se cristalizaron con una velocidad sorprendente, y la antigua expresión de furia pasó a reflejar la más pura desolación. Theo en verdad sentía el dolor de una ruptura forzada por, bueno, la tentación de probar a ambos amigos. Hice una nota mental para cuestionarle si es que acaso estudió actuación, sabiendo que se me olvidaría—. Me rompiste; destruiste todo lo que habíamos construido por alguien que jamás te valorará... Y pensar que yo sí te amo. El castaño regresó por el mismo sitio del que veníamos, siendo seguido por varios pares de ojos. Al instante advertí que todos ellos se volvieron hacia mí una vez Theo se alejó, para poder analizarme y juzgarme según la información que oyeron casualmente. No lo soporté por mucho tiempo y salí disparada tras mi supuesto ex, concluyendo que de todas formas eso sería lo que se esperaría. —Voy a matarte—murmuré por lo bajo, pero contrario a mis palabras, ya no me sentía ni un poco molesta. Lo que Theo hizo sirvió para espantar el estrés y el pequeño colapso que sufrí por su culpa. Él se giró un segundo para darme una sonrisa ladeada. —No, no lo harás, porque estarás muy ocupada quedándote quieta. —¿Quedándome quieta? —Sí, hablaba en serio cuando mencioné lo de dibujarte. Y ya que estamos aquí, sin nada que hacer, ¿por qué no aprovechar el momento? Miré su perfil, asombrada. —¿Entonces ese siempre fue tu plan? Otra diminuta sonrisa. —Tal vez. La conversación cesó. En mi mente intentaba procesar los sucesos de las horas pasadas, sin poder asimilar el comportamiento inusual que ha manifestado Theo. Diariamente es la representación humana del desagrado; todo parece molestarle, ¿y hoy quiere irse a una aventura conmigo para retratarme? ¿Siquiera eso posee sentido alguno? Cuando él se detuvo en otra parada de autobuses no me quedó más remedio que hacer lo mismo, demasiado confusa como para seguir con mi plan original. La parte de mí que sí era consciente de los hechos sentía una profunda curiosidad por lo que podría ocurrir a continuación. Tomamos un autobús hacia el centro y nos bajamos frente al primer parque natural que conseguimos. Theo sujetó de nuevo mi mano, lo estaba haciendo con tanta confianza que parecía un gesto habitual entre ambos, y me condujo a través de los árboles por un camino de piedra hasta que llegamos a una extensión de tierra cubierta por pequeñas florecillas de distintos tipos. Al final se encontraba una pequeña laguna, pero nos detuvimos antes de alcanzarla. Theo me soltó y se dispuso a extraer ciertas cosas de su bolso. —¿Serías capaz de sentarte sobre las flores? Miré el sitio más próximo, inspeccionando con cautela el tamaño de la hierba donde fácilmente podría ocultarse algún animal. —No quiero aplastarlas—titubeé. Realmente no sabía si podía echarme allí con la idea de que una serpiente saldría de pronto en mente. —Estarán bien. Theo, sin dudarlo ni un segundo, cruzó sus piernas al estilo indio sobre el camino. Abrió una página de su cuaderno y sujetó uno de los tres lápices que sacó. Temerosa, me tragué lo que pensaba y con cuidado me ubiqué a una distancia prudencial del castaño, sobre las flores. El césped comenzó a cosquillear en la piel expuesta de mis brazos y piernas, incluso del rostro, pero procuré ignorar la incómoda sensación. El castaño me sonrió y, tras indicarme brevemente la posición en la que deseaba dibujarme, empezó su trabajo. Por ratos era tedioso permanecer casi totalmente rígida, Theo no quería que hablara demasiado porque sabe que suelo hacer muchos ademanes y aseguró que podía perder la postura de forma irrecuperable, y en mi posición ni siquiera era posible enfrentarlo, pero, pese a ello, estaba disfrutándolo. La paz del lugar se percibía incomparable, llenándome de una cálida sensación de tranquilidad. Mis pensamientos se sosegaron al punto de que nada parecía preocuparme, y la compañía, porque hay que mencionar a la compañía, estaba transmitiéndome este extraño sentimiento de confort que me llevó a concluir lo mucho que me habría gustado quedarme así para siempre. Me sentía sutilmente congelada, en mi afán por permanecer estática, y deseé poder congelar también el tiempo.   
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