Capítulo 14

4691 Words
Cumplir años, en mi mundo, siempre significa muchas cosas. Es el hecho de hacerme mayor, de recordar con un poco de nostalgia los años que pasaron con y sin mis padres, de aceptar y asimilar la llegada de nuevas cuestiones por las que tendré que preocuparme, de mentalizarme para afrontar el día de la manera más positiva posible y, cuando logran convencerme, de sobrellevar mi fiesta de cumpleaños siendo una anfitriona medianamente decente. Entre otras, significa pensar. Mucho. Muchísimo. —No puedo creer que esté haciendo esto—protesté. El Sol me quemaba la piel y yo juraba que ese viaje había sido innecesario. Hubiéramos podido marcar a la pizzería para hacer el pedido en lugar de ir directamente. —¡Será la mejor fiesta del mundo!—chilló Shelby en mi oído, arrastrándome hacia el auto. La miré con verdadero horror. Se supone que ella, por ser la adulta responsable de mi vida, tendría que apoyarme en mi negativa y dictaminar que en su casa no se haría reunión de ningún tipo. Su entusiasmo no me sorprende; cada año es igual aunque se pase el día siguiente recogiendo vasos plásticos del jardín delantero, pero sí me asusta. —Estoy de acuerdo—dijo Ansel, que no pudo reprimir su espíritu festivo hasta la noche y rompió la bolsa donde trae los gorros puntiagudos con estampado de serpentina, esos horribles gorros que te obligan a usar en las fiestas infantiles, para colocarse uno.  —Por supuesto que sí—se unió Xanthia—. Sólo debemos echar a los invitados antes de cortar el pastel.  —¡Los invitados!—hice una mueca. Las exclamaciones de mi tía acabarían por dejarme sorda. Pese a eso, sonreí. Por un instante nos vi en retrospectiva, quizá haciendo más ruido del que preferirían los transeúntes, y reconocí que estoy rodeada de las personas indicadas—. ¡Olvidé enviar las invitaciones! Dios mío, esto de organizar celebraciones con un día de por medio es muy complicado. —¿Por correo? ¿Eso aún existe? —Electrónico, Ansel, ¿Por quién me tomas? —Bueno... Hay r************* donde es más probable que las personas las vean.  —Siempre las he mandado por ahí sin ningún problema, Heaven no varía la lista de invitados. La excepción fue el año pasado, cuando llegaron esos grupos de chicos problemáticos, pero a ellos nadie les dio la autorización de entrar a mi casa... ¿Pueden creer que encontré vómito en mi cartera favorita?  Shelby arrugó la nariz, provocando con su dato extra que todos la imitáramos. Subimos al auto en silencio, pero apenas mi tía se incorporó a la carretera comenzó de nuevo la plática acerca de otro aspecto de la fiesta. —Ya sé que por lo general son la mismas personas pero ¿Acaso el patio trasero no es demasiado pequeño? Tengo planes ambiciosos y no sé si hay espacio suficiente para llevarlos a cabo.  Mi tía frunció los labios, dispuesta a responder cuando yo la interrumpí. —¿Planes ambiciosos? Ansel, por favor, no conviertas mi cumpleaños en un circo. —Bueno, no prometeré nada.  Su respuesta no calmó mis nervios, esos que he estado sintiendo en la base de mi estómago desde que abrí los ojos esta mañana para toparme con la noticia de que faltaría a clases porque nos esperaba una larga mañana de compras. Pero decidí dejarlo estar. En la radio sonaba una canción recién descubierta por mí, hace unos pocos días, que en verdad me encanta. Fui moviendo la cabeza al ritmo de la melodía, cantando ciertas líneas, mientras el resto de los presentes volvían a discutir sobre el tema que se volvió lo más relevante de la semana.  Shelby dejó a mis amigos frente a sus respectivos hogares, yo debo ir a la pastelería en la tarde y ambos aseguraron que se ocuparían de ciertos detalles como la decoración por su cuenta, y luego se dirigió, sorpresivamente, hasta la tienda de Estela. Miré la fachada del sitio con la confusión pintada sobre mi rostro. Esta visita improvisada no era parte del plan. —¿Shelby? Apagó el motor, desconcertándome aún más. —¿Sí, cariño? —¿Esto qué significa? Se giró en su asiento un segundo antes de bajarse, con una sonrisa misteriosa que me inquietó. —No creerás que te dejaré usar lo mismo de todos los días en la fiesta ¿Verdad? Mi única opción fue seguirla hasta la interior, donde una Estela sonriente y animada nos recibió, envolviéndonos a ambas en un fuerte abrazo apenas dimos tres pasos tras la entrada. Cuando conseguí recuperar mi espacio personal observé a las dos mujeres con recelo, a sabiendas de que hicieron planes que me incluyen a mis espaldas.  —De acuerdo, díganme qué rayos traman.  —Diseñé algo para ti—soltó Estela a la primera, ganándose una mirada reprobadora por parte de mi tía—. Lo siento, no pude contenerme, ¡Estoy tan feliz!—se disculpó, pese a que su semblante distaba de mostrar arrepentimiento—. Siempre te vistes con mis creaciones, pero dado que esta es una ocasión especial me esforcé bastante.  —No sé si sentirme agradecida o asustada—admití al tiempo que la dueña de la tienda tiraba de mí hacia los probadores.  Pronto tuve en mis manos una bolsa blanca de papel, grande, con el logo y el nombre del local estampado al frente. Intenté abrirla, pero entonces Shelby golpeó mi mano. —¡Auch! ¿Y eso por qué fue?  —Lo que te pondrás será una sorpresa incluso para ti. —¿Qué? Eso no tiene sentido, ¿Cómo sabré si me veré bien? —Oh, vamos—Estela apoyó una mano sobre mi hombro, sin perder el entusiasmo ante mis dudas—. A ti todo se te ve excelente, cariño. Y, desde luego, serás la primera en averiguar qué utilizarás cuando cambies tu ropa, mañana por la noche.  Volví a casa con la curiosidad carcomiéndome. Shelby me arrebató la bolsa antes de que pudiese espiar su contenido dentro del auto. No sabía qué podía haber allí dentro, pero temía que fuese todo lo opuesto a lo que yo escogería por elección propia. De lo contrario, ¿Qué necesidad hay de tanto misterio?  En mi intento por distraerme de las preguntas sin respuesta y los preparativos en los que nadie quiso incluirme, mientras me iba a trabajar, decidí reorganizar mi habitación. No encontré muchas cosas fuera de lugar, no obstante, pronto me afané por reubicar objetos sin importancia como mis libros del colegio. En el proceso tomé mi bolso del cual, al estar abierto, salió volando una hoja.  Desde arriba observé el dibujo perfectamente elaborado, con toques realistas, que Theo hizo de mí. Se tomó el trabajo de incluso plasmar ciertas nubes sobre mi cabeza, que desde su posición formaban una especie de tiara. El resultado me pareció espectacular aquel día, cuando él me lo regaló, pero hoy, allí, me impresiona aún más. Todavía me emociona saber que quiso retratarme, por algún motivo. Levanté el folio del suelo y comencé a pensar en un sitio apropiado para guardarlo. Planeo conservarlo todo el tiempo que sea posible. Nadie había hecho antes un dibujo para mí, mucho menos de mí. Entonces, mientras aún seguía sin moverme, Shelby entró a mi habitación.  —Me preguntaba... Quizá este año quieras agregar a alguien. —¿Cómo?—confundida, la miré. Tardé alrededor de cinco segundos en apartar los pensamientos de Theo, con quien no he ni hablado desde hace dos días.  —Bueno, ya sabes, quizá conociste a nuevas personas que quieras anexar a la lista de invitados.  —Oh. Pensé en ello. Como no quería una fiesta no había recaído en el hecho de que ciertamente ahora tengo nuevos amigos.  —Claro, los chicos de la pastelería—recordé a Duncan, que ha pasado los últimos días hablándome de sus bandas favoritas—. Yo les diré, porque no tengo sus direcciones de correo.  Shelby asintió, estaba por retirarse cuando un nombre vino fugaz a mi cabeza, resaltando por encima de los que ya había tomado en cuenta como si las letras fuesen de neón. —¡Theo! —¿Uh?  Fue un grito que surgió de mis labios sin que yo hubiera procesado primero lo que pasaría. Su rostro acudió a mi mente deprisa, en medio de una claridad cegadora, cuando mis ojos bajaron hasta el dibujo.  Mordí mi labio inferior e intenté lucir más sensata de lo que seguramente parezco actualmente. —Theo Dervest, el chico que vino por la noche hace días—dije, más calmada, con las mejillas encendidas por la vergüenza. Mi tía procuró ocultar una sonrisa, y dado que yo no deseé descubrir el sentimiento oculto tras ese gesto; la insinuación que tal vez relució, preferí actuar como si no lo hubiera notado.  —Lo recuerdo, ¿Tiene algún punto de contacto al que pueda escribirle o llamarle?  Theo me ha abrazado, y yo a él. Ha entrelazado nuestros dedos, he hundido los míos en los mechones suaves y sedosos de su cabello, me ha regalado cosas comestibles, yo le he compartido la mitad de mi ración de brownies semanal, me ha confesado que soy la única persona en todo Williams Burg que soporta, yo le he dado datos de mi vida que sólo mis mejores amigos conocen, me ha ayudado a estudiar y yo lo he motivado a esforzarse un poco más, me ha explicado por qué no vale la pena darlo todo de ti para ser feliz, siendo que millones de situaciones fuera de tu control llegarán para demostrarte que sólo puedes vivir según lo que te toque, y yo le he asegurado que, por cómo nosotros veamos al mundo, podemos obtener una parte de ese control que él asegura no nos pertenece. Él ha jurado que mi perspectiva es absurda, y yo le he prometido que lo ayudaría a mejorar la suya. Pero, con todas esas experiencias de por medio que nos han acercado de una manera irracional en tan poco tiempo, apenas tengo su número telefónico. No sé dónde vive, ni qué tan disponible está para asistir a fiestas planificadas casi desde la nada. De hecho, si nunca hubiéramos elaborado el afiche juntos posiblemente no tendría cómo ubicarlo. —Yo me encargo—anuncié, encogiéndome de hombros como si no me causara nervios la idea de contactarlo—. Tengo su número. —De acuerdo, bajaré para continuar con mi parte. ¿Collin te llevará a la pastelería? Collin. Nunca creí que se volvería tedioso pensar en Collin, mi hermano, mi mejor amigo, mi confidente, mi compañero en el duelo y en la felicidad. Desconozco la razón de por qué hemos tenido tan poca interacción en las semanas pasadas, siendo que vivimos bajo el mismo techo, pero sé, estoy convencida sin necesidad de prueba alguna, de que por su parte es intencional. Por las mañanas conduce en completo silencio hasta el instituto, ahogándolo con canciones de la radio que normalmente no escucharía, e ignora mis patéticos intentos de sacarle algo aparte del «Buenos días». En ocasiones ni siquiera se despide hasta que yo lo hago primero, como si al estacionarse olvidara que sigo a su lado. Y luego no consigo verlo hasta el día siguiente. Es cierto que nuestros horarios no son del todo compatibles desde que tuve que compaginar mis labores en la fundación con el trabajo y los estudios, pero de todas formas es realmente incomprensible que sólo sea posible topármelo casi por casualidad en la mañana. Él no me busca en otro momento, y yo ya nunca sé dónde está. Duncan ha optado por traerme a casa todos los días, luego del trabajo, dado que mi hermano se tomó esa tarea únicamente como dos días, y es también el que me ha buscado los sábados para las clases especiales de repostería. Collin llega tarde y sale muy temprano. Nuestro contacto salta del viernes al lunes. Sinceramente no he sacado ninguna conclusión, pretendo engañarme con la tonta ilusión de que el enfriamiento de nuestra relación no es algo de lo que él se ocupó para que pasara.  La vista no es muy distinta desde la posición de Shelby, quien también se esfuerza por mostrarse despreocupada. Es un asunto casi seguro que Collin escuchó algo sobre el tema del accidente, pero ninguna de las dos sabe cómo abordarlo. Supongo que de momento es más sencillo adherirnos a la posibilidad de que su trabajo esté consumiéndolo tanto como para privarlo de su vida social. Ni siquiera lo hemos discutido entre nosotras. —Bueno, no está aquí—me forcé a sonreír, pero una punzada me recordó lo mucho que esto comienza a afectarme. Desearía tener la valentía suficiente para tocar su puerta a eso de las 5:00 A.M, cuando es probable que esté en casa, y cuestionarle su actitud. Jamás se me había hecho complicado hablarle de algo, o acercarme a él por cierto problema. Lo cierto es que cualquier respuesta que pueda ofrecerme me aterra. No soy experta en la materia de interpretación, tampoco podría decir a ciencia cierta que sé lo que mi hermano piensa, sin embargo, tengo esta sensación de que lo que pasa es realmente grave. —Cierto. Compartimos un momento agónico en el cual ninguna supo qué añadir. Shelby se marchó y yo me puse mi uniforme para irme a la pastelería, donde por lo menos podría distraerme. Ninguno de los chicos creyó que mi invitación estuvo fuera de lugar, como temí por un instante. Duncan se indignó al principio porque yo no le había comentado que cumplía años pronto, pero se le olvidó dos segundos después, cuando le pedí que fuera a la fiesta. Sophia, cuyo tiempo está realmente comprometido debido a que es la tutora legal de su pequeño hermano, no aseguró que asistiría, pero me sonrió con genuina gratitud. Charlie se apresuró a recalcar que nunca ha sido bueno dando regalos, y luego prometió que allí estaría, Richard pronunció un escueto “Ah” que no indicó una negativa o una aceptación y Amelia, tras la sorpresa inicial que vi en su expresión, comentó que trataría de presentarse.  Durante lo que duró mi turno, en los escasos ratos libres que hubo, no logré reunir la valentía y las ganas requeridas para llamar al castaño. Rozaba con las puntas de mis dedos su número, a un paso de ponerle fin a tan penosa situación, pero al último momento retrocedía.  Me animé a las diez de la noche, sentada sobre mi cama, con las rodillas apoyadas contra el pecho y el pensamiento de que, en realidad, lo peor que podría ocurrirme es recibir un rechazo. Respiré hondo antes de marcar, extendiendo las piernas para poder ponerme de pie. Di vueltas por los espacios de mi habitación en los que me es posible caminar a la espera de que Theo atendiera. Finalmente, cuando me hallaba dispuesta a colgar y resignarme, oí su voz notablemente más ronca a través de la línea.  —¿Sí? Alejé el teléfono de mi oreja un segundo, comprobando la hora.  —¿Te desperté? —¿Heaven?—percibí que se movía, quizá estaba levantándose, y entonces sus palabras comenzaron a sonar con mayor claridad—. ¿Pasó algo? —No. —¿Entonces...?  —Yo... Ah... Me arrepentí de haberlo llamado. Probablemente es el momento más inoportuno para invitarlo.  —¿Qué? —Mañana es mi cumpleaños—solté de un tirón, harta de darle tantas vueltas. Escuché la respiración de Theo, quien no respondió hasta después de un rato.  —¿Felicitaciones?  Cerré los ojos. De acuerdo, las cosas no fluían como lo esperaba. Creo que no podría haberle comunicado el mensaje de una forma más estúpida.  —Daré una fiesta en mi casa y pensé que quizá, si te apetece, podrías venir.  Más silencio, interrumpido únicamente por sus inhalaciones y exhalaciones.  —¿A qué hora?  —Empieza a las cinco, pero no es obligatorio que seas puntual.  —Bien. Supongo que nos vemos mañana. Buenas noches, Cielo.  Sentí que mi corazón saltó ante la última palabra, como ocurre fugazmente cada vez que él la pronuncia, y no conseguí hablar a tiempo por miedo a que se me enredara la lengua.  Dejé caer el teléfono sobre el colchón como si quemara, sin saber si quería sonreír o golpearme por esas maneras tan estúpidas de reaccionar ante él. Cuando por fin mis latidos regresaron a su ritmo habitual, y sólo me quedaba una ligera sensación de vergüenza, decidí acostarme a dormir. Las clases del jueves transcurrieron sin sobresaltos; algunos de mis compañeros me felicitaron y, como obsequio, alguien me entregó un cupcake de arándanos que tenía una pequeña vela rosa clavada en el centro. Me descubrí a mí misma buscando a Theo con la vista cada cierto tiempo; entre los estudiantes, en las mesas más apartadas de la cafetería, incluso en el gimnasio y el teatro, pero jamás apareció. Por supuesto que di mi mayor esfuerzo para no demostrarlo, entablando conversaciones sobre la fiesta con personas que en definitiva no hubiera invitado si no preguntan al respecto, pero la ausencia del castaño, el hecho de que no hizo el intento por acercarse al menos para saludar, me desilusionó. Yo lo considero casi como un amigo, no podría decir que lo es con todas las letras porque nuestra relación es un poco inestable, y asumía que él comenzaba a verme de la misma forma. No puede ser tan difícil desearle un feliz cumpleaños a una amiga ¿Cierto?  Me dije que no le daría importancia, que hay asuntos más relevantes por los que vale la pena preocuparse, sin embargo, ocasionalmente mi mente viajaba hasta él. Se está volviendo común esto de actuar de manera mecánica, cumpliendo con mis tareas y mi trabajo de forma programada, mientras mis pensamientos están con Theo. Y es, desde cualquier ángulo, preocupante.  ~.~.~.~ No podía apartar la mirada de mi reflejo, asombrada.  La imagen que veía dista mucho de asemejarse a la Heaven de todos los días.  Mi cabello, ondulado, cae en una cascada de mechones lisos hasta un poco más abajo de los hombros. Quizá es mi imaginación, o un efecto de la iluminación, pero las puntas azules parecen brillar con una intensidad inusual. Mi torso se encuentra cubierto por un suéter n***o de cuello alto que se ciñe a mi figura resaltando las curvas de mi cuerpo como ninguna de mis camisetas lo ha hecho jamás, además de, encima, un top ligeramente más rígido a cuadros rojos y de tiras que vendría siendo, en contraparte, la prenda colorida del outfit. La falda, que inicia en la cintura y culmina sobre la mitad de mis muslos, es ligeramente amplia y formal, con sus pliegues que la hacen lucir por separado como parte de un uniforme. Las botas, hasta la rodilla, consiguen darle a mis piernas el efecto de alargarlas. Y los accesorios, comprendidos en su mayoría por cadenas de distintos tamaños, enfatizan el aire oscuro, sensual y sutilmente pesado que el conjunto debe transmitir.  Antes, cuando era más pequeña, adopté un estilo similar, pero nunca me había visto como ahora. No hay colores pasteles o suavidad sobre mi cuerpo; este aspecto es literalmente lo opuesto a lo que uso a diario en la actualidad, y me encanta. Sonreí un instante, sopesando la posibilidad de modificar mi manera de vestir nuevamente. A través del reflejo, a un costado de mi cuerpo, vi que Xanthia también sonreía.  —Siempre supe que con ropa parecida a la mía lucirías poderosa—noté que se levantaba, situándose a mi lado—. Harás que el idiota de Theo se sonroje. Me giré hacia ella de golpe, borrando la emoción que sentía de mi rostro.  —¿Qué? No. ¿Tú también?—fruncí el ceño, detestando que la simple mención del castaño tuviera algún tipo de poder sobre mí—. Ya es suficiente con Ansel. —Sólo digo que vas a darle una gran sorpresa—curvó sus labios en una sonrisa espeluznante—. Ven, es hora del maquillaje. Media hora después estaba completamente lista, satisfecha con el resultado final de mi imagen, recibiendo a quienes iban llegando. Ciertamente aparecieron chicos y chicas con los que apenas he hablado en el pasado, tanto del instituto como de la fundación, alegando que la decoración era hermosa y que yo no podría verme mejor. Sospecho que planeaban compensar la ausencia de invitación con halagos. Tal vez supusieron que sus palabras distraerían mi atención.  Como Ansel predijo, el espacio era escaso, de modo que las personas comenzaron a agruparse en los rincones disponibles de toda la planta baja y el jardín delantero, aparte del patio. Shelby prohibió rotundamente que alguien externo pusiera un pie sobre la escalera. El pelinegro se encargó de la música para ambientar, la cual quizá colocó a un volumen demasiado elevado, y Xanthia dispuso la zona de snacks cerca de un lugar donde ella pudiese supervisarla y asegurarse de que alguien “no digno” no la tocara. En teoría mi mejor amiga no contribuyó económicamente con nada de lo que mi tía compró para la fiesta, pero velaba por cada objeto y privilegio del que los invitados pudiesen disfrutar como si hubiera invertido sus ahorros ahí. Pronto conseguí adaptarme al ambiente, relajándome pese a que solía recaer cada tanto en dos cuestiones, o dos personas, para ser más explícita: Collin y Theo. No se encontraban presentes, y no tenía noticias de ninguno.  Decliné varias ofertas de bailar y estuve paseándome de un lado a otro. Cuando Charlie y Duncan llegaron, cargando con dos grandes cajas envueltas en papel de regalo, conseguí una compañía permanente. Me seguían a todas partes; el primero porque no conocía a nadie y le costaba socializar y el segundo porque adoraba pegarse a mis talones y llamar la atención a donde quiera que fuéramos. En cuanto logré alejarme de todos, sintiendo la imperiosa necesidad de revisar mi teléfono en caso de que Theo me hubiera escrito, subí a mi habitación para descartar la posibilidad de que se hubiera perdido, aunque era una suposición absurda considerando la cantidad de veces que ha venido. Para mi decepción, no hallé en el dispositivo ninguna notificación que hiciera alusión a él. Torcí los labios, durante una milésima de segundo quise profundizar en ello, pero rápidamente me recompuse. Debo dejar de cederle poder sobre mis emociones. Sólo es un chico, un chico con el que probablemente he vivido cosas que no he compartido con nadie más, pero que al fin y al cabo apenas es una pequeña parte de todo lo que mi vida significa.  Pensaba en esto, dándome ánimos para bajar de nuevo con la mejor de mis sonrisas, cuando percibí que alguien trataba de abrir mi puerta en vano. Caminé hasta ahí, confiada en que sería Xanthia, para toparme con el rostro del castaño del otro lado apenas la destrabé. Su mirada se estancó sobre mi rostro lo que se me antojó una eternidad. Luego, neutral, repasó muy lentamente, como si se asegurara de estudiar con detenimiento cada detalle para no perderse nada, el resto de mi cuerpo. Nuestros ojos volvieron a encontrarse; los míos seguramente transmitían el nerviosismo que su escaneo inesperado me produjo, los suyos en blanco, y noté que tragaba saliva con cierta dificultad.  —Feliz cumpleaños—pero el timbre de su voz no delató en lo absoluto lo que sentía.  —Gracias—anhelé un abrazo. Tuve que cruzarme de brazos para distraerme de esa idea—.  ¿Cómo supiste que estaba aquí? —Charlie—se encogió de hombros, desinteresado.  En una ocasión le pregunté a Charlie por su relación con Theo; la curiosidad pudo conmigo, y el chico me dijo que, tras el incidente del empleo, no habían tenido demasiado contacto. Es difícil que el castaño mantenga el interés en ti, por muchos años de amistad que hayan de por medio, si se siente decepcionado. Charlie me aseguró que él ha intentado recuperar lo que tenían de muchas maneras, pero por lo general Theo ni siquiera está en casa. Aquella conversación trajo a mi cabeza una gran cantidad de interrogantes que hasta el momento no he podido resolver. Por ejemplo, no comprendo por qué él aborrece la idea de permanecer en el que debería ser su hogar. Me asomé hacia el pasillo, evaluando los alrededores para constatar que no hubiera nadie presente. Shelby fue muy clara con la norma de que no quería a nadie aquí arriba hoy, y no sé si Theo es la excepción. —Ven, pasa. Ignorante del por qué, ya que lo más sensato ahora es reunirnos con los demás en la planta baja, tomé al chico de su suéter y lo atraje hacia el interior de mi habitación, cerrando tras su espalda.  Al soltarlo descubrí que traía una bolsa en sus manos, muy pequeña y de papel brillante, que al instante captó mi atención.  Theo siguió la trayectoria de mi mirada y su cuerpo entró en tensión. Por fin mostró emoción alguna, luciendo incómodo. —Traje un regalo. No prometo que te vaya a gustar, de hecho, es posible que lo odies pero... Ya sabes, igual lo traje—se enredó con sus propias palabras, robándome una sonrisa espontánea—. Sinceramente, creo que no encaja con tu nuevo estilo. —¿Puedo verlo?  Me cedió la bolsa, titubeante. Desvió la vista cuando comencé a extraer la fina cadena del interior, como si pretendiera fingir que ya no estaba ahí.  Sostuve entre mis manos una línea dorada, delgada y centellante cuyo punto más interesante, justo en el centro, consiste en la palabra «Heaven» rodeada por dos estrellas, también doradas, que contrastan a la perfección con la letra cursiva y delicada de mi nombre. La observé durante un largo rato, sin dar crédito a lo que mis ojos veían. Mi corazón latía deprisa, lo percibía, y sentí que me echaría a llorar.  Era un collar hermoso, literalmente el más bonito de toda mi colección, pero no supe si me era relevante su belleza o la alegría que me causó el ser consciente de que Theo estaba dándomelo.  Quise saltar encima de él, rodearlo con mis brazos y agradecerle por llenarme de una felicidad absurda cuyo origen ni siquiera soy capaz de definir, pero me abstuve. Él se mordía el labio inferior con una incomodidad palpable, evitando mirarme.  —¿Puedes engancharla?—por fin se giró hacia mí, un tanto desconcertado. Alcé la cadena para que comprendiera a qué hacía referencia y entonces, tras captar el mensaje, asintió. Sus dedos rozaron brevemente la parte posterior de mi cuello; apenas lo advertí debido a la tela del suéter. Cuando se detuvo de nuevo frente a mí le sonreí, sin poder evitarlo—. Es hermosa, ¿Dónde la conseguiste? —No tanto como tú. —¿Cómo?—tuve la impresión de que esa frase se le escapó. —Uh, nada—carraspeó, volviendo de pronto a verse como el Theo imperturbable de siempre—. Mi madre trabaja haciendo joyería, cuando supo que alguien del nuevo colegio quería incluirme en su fiesta de cumpleaños enloqueció y se ofreció a encargarse del regalo. Ella piensa que allá todos me odian. —¿Qué?, ¿Por qué? Eres literalmente el chico más popular. Theo se encogió de hombros. Yo estaba luchando por hacer a un lado el “No tanto como tú”. —Digamos que ella y yo no tenemos la mejor comunicación del mundo—iba a ahondar en esto cuando el castaño sujetó mi mano, tomándome por sorpresa. Me arrebató la bolsa y la arrojó hacia mi cama, donde la mitad mi closet y los productos que utilizo para maquillarme descansan sin ningún tipo de orden—. Salgamos a tu fiesta, los invitados se enfadarán conmigo por acapararte.  No me opuse a ser conducida por él, no traté de soltarme ni le dije que quizá no deberíamos andar por ahí con los dedos entrelazados, porque por primera vez en la noche me sentí completamente bien.   
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