Capítulo 15

4466 Words
Cuando alcanzamos el pie de la escalera aparté mi mano, fingiendo que en realidad necesitaba reacomodar mi cabello. Tomé distancia, repitiéndome que era lo correcto, y me adelanté al castaño, dando pasos firmes hacia el círculo donde parecía que mis amigos más cercanos charlaban. Fue un poco sorprendente vislumbrar incluso la figura de Xanthia allí, lo suficientemente receptiva como para oír la palabrería incesante de Rosy y responder con cordiales monosílabos y asentimientos. Duncan y Ansel se encontraban en el centro, hablando tan alto que pude oírlos pese al volumen elevado de la canción que conseguía hacer vibrar cada uno de mis objetos decorativos. Noté también, a medida que me abría paso entre los cuerpos en movimiento obstaculizando mi camino, que Amelia y Richard se hallaban presentes. —¡Heaven... Y tú, desconocido que está persiguiéndola, vengan!—Duncan alzó los brazos, sacudiéndolos en su afán por llamar nuestra atención aunque ya lo habíamos visto—. Vamos a jugar Verdad o Reto.  Oh, qué sorpresa, ya estábamos en esa parte de la fiesta. En cuanto estuve a su alcance tomó mi brazo, para luego tirar de mí hasta que quedé a su costado derecho, enfrentando a todos. Pasó uno de sus brazos por encima de mis hombros y me atrajo hacia sí de forma protectora, asegurándose, además, de que no pudiera escapar fácilmente. Theo se abrió espacio entre Charlie y Xanthia; me pareció ver que fruncía el ceño, pero no tuve ocasión de corroborarlo antes de que mi mejor amiga hablara. —Paso. No pienso involucrarme en ninguno de esos juegos estúpidos.  —Ni yo—dijo Amelia, cohibida al descubrir que había atraído las miradas. —Qué sorpresa, la rubia está en contra de la diversión—Richard curvó sus labios en una sonrisa maliciosa. Las intenciones de su comentario no fueron buenas.  —¿De qué hablas? —Vamos, Amelia, eres una de las chicas más monótonas que conozco. —Richard...—masculló Charlie como advertencia. —Déjalo, Charlie, siempre es divertido verlo ser un hipócrita... Tú también odias estos juegos. —Quizá, pero no conozco a estas personas. Será emocionante averiguar qué tanto están dispuestas a hacer por la presión social.  —¡Yo sí me apunto!—chilló Rosy, lanzándole una mirada indiscreta a un Tom que parecía perdido sin Giana como compañía. En ocasiones, cuando no está con ella, su lado introvertido sale a relucir.  —¡Bien! Tenemos una valiente, ¿Alguien más? —¿Por qué en algún punto de la fiesta siempre caemos en lo mismo?—intervine, por fin, un tanto incómoda al sentir la atención del castaño sobre mí—. Cantemos karaoke, o juguemos ajedrez.  Evité comunicar que ese, al igual que sus derivados, es un juego al que le tengo respeto. Nunca he sacado nada positivo de él. ¿Qué haría si me piden besar a Theo? Juraría que esa sensación no me la podría sacar de la cabeza nunca. Ansel bufó. —De acuerdo, todos ignoremos que Heaven acaba de hablar.  Fruncí el ceño, ofendida, sin comprender el ensañamiento de mi mejor amigo por llevar a cabo algo que es probable sólo traiga consigo drama innecesario. —Entro.  Con sincronía no planificada todos volteamos hacia el dueño de aquella voz. Mis cejas salieron disparadas hacia arriba de forma automática, como signo irrefutable de la estupefacción que experimenté. De manera instintiva toqué el collar que ahora adorna mi cuello, pensando en lo difícil que es interpretar al castaño. Entreabrí los labios, estaba segura de que quería hacer un comentario, pero entonces enfoqué brevemente a Rosy y olvidé qué era. Los ojos de la chica parecieron adquirir un nuevo brillo mientras veía a Theo.  —Se pone interesante.  Quizá fue la sonrisa sobre su rostro, el sentimiento que identifiqué en ella, o la forma sutil en la que se reacomodó el cabello cuando notó que Theo también la miraba por debajo de sus pestañas... No podría asegurarlo, pero pronto me escuché a mí misma alzar la voz. —De acuerdo, juguemos. Me convertí en el centro de atención, siendo el blanco de las expresiones más variadas. Por un instante pensé en retractarme. —¿Bromeas?—Xanthia frunció el ceño. Probablemente ella hubiera apostado todo su dinero a que yo escapaba de esto.  —¿Alguien más? Estamos perdiendo el tiempo. Tenemos a Rosy, Duncan, Richard, Theo, Heaven y yo. Tom alzó un brazo. —¿Qué más da? Sólo aclararé que tengo novia, por lo que no haré nada con nadie.  Rosy rodó los ojos ante esto último, visiblemente irritada. —Bien—accedió Xanthia sin lucir ni un poco entusiasmada, apoyando una de sus manos sobre su cadera.  Amelia se unió poco después, y ya no hubo nadie en círculo atascado en la negación, con excepción de Charlie, quien decidió ser un simple espectador.  En grupo nos dirigimos hacia el patio trasero, el único lugar ligeramente apartado del bullicio de la fiesta; literalmente el único sector en el que todos cabíamos sin chocar a alguien más. Caminé con una bola de nervios y ansiedad creciendo en mi interior. Deseé que Shelby apareciera de pronto para interrumpirnos y ordenarme que hiciera cualquier cosa pero no ocurrió. Sospeché que debía estar junto a Estela, recluidas en algún rincón charlando u observando a quienes bailan. Nos sentamos sin un orden específico; reprimí el impulso de ubicarme a un lado de Theo en cuanto descubrí que ese fue el plan, llevado a cabo con éxito, de Rosy.  No tuve la oportunidad de advertirle sobre el castaño porque no se me pasó por la cabeza que pudiera parecerle atractivo. Ella suele ilusionarse diez veces más rápido yo, y tal vez no somos tan cercanas como para ponerla en la parte superior de mi lista de amigas, pero temo que se fije en el chico más de la cuenta.  Ya es complicado hacerle ver que Tom no es una opción. ¿Cómo le explico que Theo está en un nivel mayor de inaccesibilidad? Durante veinte minutos estuve ausente, mi turno de participar no llegó tan pronto como temía, y tras perderle la emoción a los retos y las confesiones que el resto debían hacer decidí concentrar mi atención en otras cosas. Por primera vez en la noche recaí en el insólito cuadro de personas que éramos, allí, tratando de congeniar aunque en su mayoría no tenemos nada en común. Amelia probablemente frecuenta otro tipo de entornos, más sofisticados, donde no se ve en la obligación de revelar detalles de su vida privada por algo parecido a la diversión. Tanto Richard como Theo dan la sensación de odiar todo tipo de reunión social, aún me cuesta creer que están aquí, siendo que tampoco les importa mucho festejar conmigo la llegada de otro año. Xanthia definitivamente aborrece el entusiasmo que Rosy demuestra de manera natural y espontánea, mientras que Tom sigue sumergido en una especie de limbo. Ni siquiera nuestros estilos son similares.  Miraba el cielo, porque por un instante dudé en si habría Luna llena o no, cuando oí mi nombre. Bajé la cabeza y busqué rápidamente a Tom hasta que di con él. Verlo sonreír no me transmitió la misma calidez de siempre. —¿Sí?  —¿Verdad o Reto?  Justo allí averigüé el motivo por el que me llamaban. Mi corazón se aceleró al instante; por miedo o adrenalina.  —Uh,... ¿Reto?  Me pareció que alguien exclamaba, más no distinguí quién. —Bien. Besa a ese chico. Cinco segundos.  —¿Qué?  Observé a Duncan, que también parecía sorprendido por verse involucrado en un desafío que directamente no le corresponde asumir. Ahora sí prácticamente todos tuvieron algo que opinar en voz alta. Los únicos que se mantuvieron en silencio, a la expectativa, fueron Amelia y Theo.  —Besa a ese chico—repitió. Tom se encogió hombros, increíblemente desinteresado. No era consciente de lo que me pedía. Yo escuché que le ordenaban quitarse la camiseta hace un rato, pero no pasó de ahí. Yo habría preferido eso. —¿A Duncan?—me trabé dos veces antes de completar esa sencilla pregunta.  Mi relación con Duncan no es lo suficientemente sólida como para que podamos mantener una conversación trivial después algo así, al menos desde mi perspectiva. Yo no podría fingir que nunca ocurrió, estoy convencida de que mi expresión me delataría. —Si ese es su nombre, sí.  —Vamos, no lo medites tanto. Estás soltera y sin compromisos, ningún imbécil va a reclamarte luego—animó Ansel; su semblante me llevó a cuestionarme si había estado bebiendo y, en tal caso, quién fue el que infiltró el licor.  Desde el accidente de Collin en casa y bajo los cuidados de mi tía sólo podemos ingerir jugos. —¡Sí!—aplaudió Rosy.  Probablemente ella tampoco tenía sus cinco sentidos intactos.  —No creo que... —Por mí está bien—dijo Duncan, literalmente traicionándome al no dar la respuesta que yo ansiaba. Fue extraño, porque mientras hablaba se mantuvo cien por ciento serio—. Si quieres hacerlo, tienes mi apoyo.  Creí escuchar un “Por supuesto” proveniente de Theo.  —Yo... Ah... Con toda seguridad no era la primera de la noche que le rendía homenaje a la «Presión Social» que Richard mencionó, sin embargo, me sentí particularmente sola y afligida cuando sucumbí a ella.  —Perfecto. Caminé de rodillas sobre el césped hasta él, procurando ignorar la parte racional de mi cerebro, la incomodidad y las miradas taladrándome. Duncan está sentado, por lo que le gano unos cuantos centímetros de altura que de pie él rebasa con evidente diferencia. Dudé sobre si debía esperar algún tipo de orden, una señal o revelación en específico para actuar, estuve por girarme hacia Tom pero no logré concretarlo, puesto que Duncan envolvió sus dedos en torno a mi muñeca y sonrió, convirtiéndose momentáneamente en el centro de mi Universo.  —No le des tanta importancia. Si te consuela, prometo que yo no lo haré.  Respiré hondo y, simplemente, terminé lo que ya había empezado. Me incliné hacia el frente y apoyé mi boca contra la suya sin nada de sutileza, como una acción no pensada con antelación que salió mal. Evalué la sensación; un poco húmeda, un tanto incómoda, definitivamente suave, y procedí a mover mis labios cuando oí que Tom pronunciaba el primer número de su conteo.  Duncan me siguió el ritmo, suave y pausado, sin soltarme. Quizá el público que nos observaba podría deducir que estábamos disfrutando el momento, pero lo cierto es que, apenas entramos en contacto, supe que no podía besarlo de otra forma. Su personalidad, la manera en la que percibo su esencia, me hizo pensar que no podría hacer esto con rudeza o algún tipo de sentimiento pasional. Llevé mi mano libre a la parte posterior de su cuello, necesitando algo a lo que aferrarme, y él hundió sus dedos sobre mi cintura. Vagamente me pareció que hablaban, pero no le presté atención a esto. Mi mente estaba dividida entre lo que hacía y la voz de Tom, lejana, que parecía ser lo único que me mantenía anclada a la realidad.  El «Ocho» resonó dentro de mi cabeza y me aparté, inhalando aire de golpe. Sentí que me ahogaba, pero no atiné a descifrar si era por algo bueno o malo. Duncan abrió sus ojos; lo que hallé en ellos me hizo desviar la mirada hacia cualquier otra persona en las cercanías. Xanthia se veía anonadada, con sus ojos exageradamente abiertos y las cejas alzadas.  —Tres segundos extra ¿Eh? Nada mal, mi amigo. Sólo Tom y Rosy se divertían con la situación. Yo sentí el ambiente cargado de tensión, quise huir de vuelta a mi puesto, sin embargo Duncan me detuvo antes, ajustando su agarre. —Siéntate junto a mí, tenemos que decidir el reto o la confesión que hará el siguiente.  Dudosa, obedecí. No encontré mi voz para negarme, y tampoco me pareció apropiado imponer distancia como si lo que acababa de pasar fuera determinante. Las personas se besan todo el tiempo por razones diversas, nunca es necesario un propósito o una justificación, en ocasiones sólo ocurre. Y ya está. No tiene por qué significar algo. Después de mí Amelia admitió que se sintió atraída por Richard alrededor de una semana cuando recién lo conoció, en su tercera participación dentro la ronda de verdades. Mis ojos buscaron el rostro del aludido con premura, Richard había palidecido considerablemente, pero, aparte de ello, no hubo un gran cambio en su semblante. Mi vista se paseó de forma inconsciente por sobre quienes tenía enfrente, deteniéndose en Theo, que tiene un toque de hastío sobre el rostro.  Me cuestioné si le había prestado la atención suficiente. Aparte de mí él no comparte un vínculo real en la actualidad con ninguno de los presentes. Y yo sé, porque lo hemos discutido, que no le es especialmente fácil entablar conversaciones y mostrarse interesado por temas que le son indiferentes. Desde luego que no lo obligué a venir, pero igualmente reconozco que ha hecho un gran esfuerzo el día de hoy porque yo lo invité. Y ni siquiera hemos hablado más de cinco minutos.  La culpabilidad me embargó. Ahora que Theo es más condescendiente conmigo me cuesta no sentir una mayor empatía por su situación. Me habría levantado de allí, dispuesta a abrirme paso entre él y Rosy, si Duncan no hubiera atraído mi atención. —¿Sí?—susurré. Ansel, en ese preciso instante, masticaba el trozo de una hoja que extrajo de las tantas plantas que mi tía sembró aquí. Admiré su compromiso con los retos. Yo no habría llegado tan lejos. —¿Recuerdas nuestra charla?  —¿Cuál de tantas?  Para mi asombro no me estaba costando actuar como normalmente lo haría; más allá de la frustración que me produjo el no lograr mi objetivo de acercarme al castaño.  —Sobre los amaneceres. Recurrí a los registros de mi memoria y luego de un corto repaso asentí. —Bien, esta es la oportunidad perfecta para que cumplas tu promesa de enseñarme un amanecer según tu punto de vista.  Lo contemplé por un instante. De hecho, él tenía razón. Es la ocasión ideal. Sin embargo, no puedo dejar de pensar en pasar más tiempo con Theo.  —Oye, sí. Por supuesto. —Entonces, ¿Es una cita? —¿Qué?—sentí que me atragantaba con mi propia saliva.  —Tú, yo, el alba. Hoy, más tarde... O lo que vendría siendo, legalmente, mañana—sonrió de tal modo que no quise cambiarle el gesto.  —Seguro.  Duncan pareció tener la intención de comunicar otra cosa cuando Rosy elevó la voz por encima de todo lo demás. —¿Te vas?  Theo se hallaba de pie, con las manos hundidas en los bolsillos delanteros de sus jeans, mientras lo mirábamos fijamente.  —Sí. —¿Por qué?  Rosy lució decepcionada y no pretendió encubrirlo.  —Porque quiero. —Esa no es una razón válida. —No sabía que debía responder un interrogatorio antes de poder irme—ironizó, sin un ápice de tacto o amabilidad. Me mordí el labio. Ahí estaba la actitud de imbécil de la que tanto hace alarde en su máximo esplendor. Todavía no entiendo por qué le es tan complicado ser, como mínimo, cordial. —Es simple curiosidad, ¿Quieres que te acompañe a la salida?  La chica se puso de pie sin esperar por una respuesta. Theo la observó, respiró hondo y supe que por fin luchaba por dar con la manera correcta de expresarse.   —No, gracias. —¿Seguro? Porque tal vez no memorizaste el camino. —No soy estúpido.  —No digo que lo seas, cualquiera puede extraviarse en un sitio que no conoce y... —¿Qué te hace pensar que no lo conozco?  Abrí mis ojos con amplitud, rogándole al Cielo que no siguiera aventurándose por ese camino.  —Oh, bueno, creí que esta era tu primera vez aquí.  Los ojos del castaño fueron a mi rostro una milésima de segundo. Debió haber descifrado lo que sentía en ese preciso instante porque entonces dejó el intercambio hasta allí y simplemente giró sobre sus talones, alejándose.  —Heaven... No lo sigas. Al identificar el tono autoritario empleado por Xanthia advertí que, sin ser consciente de ello, me había puesto de pie, amoldando mi manera de accionar a los impulsos que por lo general me empujan hacia Theo.  —No lo merece—agregó la pelinegra en medio de un desagradable silencio. Nadie más intervino, ni siquiera Ansel. Yo fingí qué alisaba los pliegues de mi falda, demostrando una calma que no sentía.  —Sólo iré al baño. Eso es todo—no me creyó, pero poco me interesó—. Con tu permiso.  Atravesé la estancia a zancadas largas, a sabiendas de que en cinco pasos Theo podría distanciarse bastante. No miré hacia los lados en mi camino a la entrada, empujando cuerpos y objetos con poca delicadeza. La razón se me nubló, y durante varios minutos sólo deseé alcanzar al chico.  Lo encontré afuera, no muy lejos de la puerta, abriéndose paso entre un grupo de chicas totalmente desconocidas para mí que bebían de una misma botella y soltaban risitas torpes tras cada trago. Troté hasta él y me aferré a la manga de su suéter, obligándolo a frenarse. Theo se mostró sorprendido, más no hizo el amago de apartarme.  Como suele ocurrir en cada ocasión que recupero un fragmento de mi lucidez, la vergüenza y el arrepentimiento me llegaron de golpe. Tragué saliva y lo liberé, ignorando a la vocecita dentro de mi cabeza que me demandaba dar la vuelta. —¿No piensas decirme adiós?  —¿Saliste sólo para exigirme una despedida? Fruncí el ceño. —No te estoy exigiendo nada. Es sólo que... Olvídalo, ¿Puedo saber por qué de pronto quieres marcharte?—no contestó—. ¿Hice algo mal? Si es así, me disculpo. Reconozco que quizá no fui la mejor anfitriona—probé de nuevo, pero tomando un camino distinto.  —No, está bien. Tienes muchos amigos, supongo que no esperaba compartirte toda la noche. Sus palabras, especialmente el «compartirte», calaron hondo en mí. Me arrollaron, derribaron mis barreras, dejaron mi mente en blanco. No supe qué cara poner, no supe qué decir. Me congelé porque jamás imaginé que Theo hubiera contemplado la idea de pasar la noche de mi cumpleaños junto a mí, a solas.  —¿Disculpa?—la pregunta surgió de entre mis labios en un murmullo, habría jurado que no me escuchó sino fuera por la manera en la que se tensó.  —Nada. Que está bien, me voy porque sí, no tiene que ver contigo.  Evité profundizar en el asunto por el momento y lo archivé en la misma sección de mi cerebro donde coloqué la primera frase inesperada que Theo me soltó esta noche. —Bien, te acompaño a casa. —¿Qué? No. —¿Por qué no? Tú vienes a la mía todo el tiempo, y yo aún no conozco la tuya. Lo justo es que me la muestres.  —Definitivamente no.  —¿Vas a hacerte de rogar? ¿En serio?  —Es tu cumpleaños, ¿Cómo se te ocurre abandonar tu propia fiesta?  —Sobrevivirán sin mí.  —No, olvídalo. —Oh, vamos, no... —No te he invitado. Cerré la boca, pensando por fin en lo imprudente e irracional que estaba siendo.  —Y eso significa que no te quiero ahí—prosiguió, haciendo especial énfasis en lo obvio.  Me contuve de soltarle que, francamente, yo tampoco le he pedido que venga exceptuando la primera vez porque era claro que en él no causaría ningún efecto y di una vuelta sobre mi propio eje. Si de algo estaba segura en ese momento era de que nunca me rebajaría al nivel de mendigar absolutamente nada que él no deseara darme, probablemente ya lo había hecho demasiado, pero siempre hay oportunidad de frenarlo. Lo oí maldecir, más lo ignoré. Di tres pasos antes de que me detuviera, sujetándome del brazo.  —¿A dónde vas?  Rodé los ojos. —¿A dónde crees? Te doy una pista: A un sitio donde sí me quieran ahí.  —Debes dejar de tomarte lo que digo tan literal. —Theo, suéltame. —De verdad, la mayoría de las veces sólo hablo por impulso. No es que tu compañía sea indeseada, al menos ya no, sino que... ¿Por qué quieres ir a mi casa?  —Porque había olvidado que tengo un compromiso pendiente. Permiso…—insistí, sin conseguir que cediera. —¿Cuál? —No es de tu incumbencia. Soltó una risa seca, carente de diversión. —Sí, bueno, ahora lo es.  —Suéltame. —Lo haré cuando respondas mi pregunta. Tiré de mi brazo pero su agarre no se aligeró, por el contrario, lo ajustó aún más, sin llegar a hacerme daño.  —Veré el amanecer con Duncan. —¿Cómo? Sus dedos abandonaron mi piel, intuí que fue debido a la sorpresa y no al hecho de que había dado su palabra. Hice otro amago de marcharme, lo habría conseguido de no ser porque Theo se ubicó justo frente a mí, en el camino, cortándome el paso.  —¿Ver el amanecer con Duncan?, ¿Es un nuevo requisito en tu trabajo?  —Puede que sí. Theo achicó los ojos. —Respuesta incorrecta; ven conmigo.  Intenté rebasarlo, sin embargo, él no me lo permitió, interponiéndose otra vez.  —No tengo invitación ¿Recuerdas?—curvé mis labios en una sonrisa cínica. Que me haya dicho aquello dolió, pero no se lo demostraría. Cuando creo que ya pasamos en gran medida la etapa de hostilidad él regresa a ella, recordándome cuál es mi lugar dentro de su vida.  —Te estoy invitando ahora mismo.  —Ya no estoy interesada, pero gracias. Nos vemos luego. Chisté tras su nuevo intento por frustrarme el objetivo de avanzar. No quería moverse, pero lo hacía si yo daba un paso, copiándome con la sincronía perfecta en el momento adecuado.  —¿Tu plan es fastidiarme toda la noche? Comenzaba a exasperarme. Él, sonriéndome de una forma verdaderamente molesta, parecía divertirse con mi reacción. —¡Theo! —Literalmente ninguno de mis amigos ha visitado mi casa. Es... Complicado de explicar, pero no suelo llevarlos.  —¿Ninguno de tus amigos?  Abrí la boca en asombro, quedándome quieta. El castaño se encogió de hombros. No hallé rastros de falsedad en su expresión. —No es como que tenga muchos, pero no.  —Dios, Theo yo... Lamento haber sido tan intensa. No preguntaré, debes tener tus razones, pero entiendo que no hayas querido que te acompañe.  De vuelta apareció esa sospecha que me surgió hace días sobre la relación que podría tener él con sus padres. Algo me dice que por regla general es el centro de muchas cosas que hace. —Bueno, me convenciste. Ahora mismo me parece un buen plan, ¿Vienes, por favor? Su sonrisa... Oh, Dios, no era un gesto al que recurriera con frecuencia, pero es experto identificando cuál es el momento exacto para hacerlo.  —De acuerdo—accedí, sintiéndome un poco tonta por haber sucumbido a sus encantos con tal facilidad—. Pero antes buscaré un suéter. Espérame aquí. Theo asintió. Yo no comprendía qué pasaba por mi cabeza. Me aseguré de no chocar con Shelby, Estela o cualquiera de los chicos que posiblemente seguían creyendo en mi versión de ir al baño. Al día siguiente debería dar un par de explicaciones, Xanthia no dejaría pasar esto de ninguna manera. Ya tendría tiempo para pensar en ello. No encontré lo que buscaba en mi habitación. Recordé que ninguno de mis suéteres ha estado a la vista desde hace días. Cuando quedó claro que allí no estarían me dirigí directamente al cuarto de Collin. La puerta no se encontraba cerrada por completo, pese a que él suele ser muy quisquilloso con el tema de la privacidad.  Encendí la luz y admiré el panorama; a simple vista ningún elemento parecía fuera de lugar, hasta que di con mi pequeña colección de abrigos apilada sobre el respaldo de una silla, colgando sin cuidado. Chasqueé la lengua en mi camino hacia ellos, preguntándome por qué no le había cuestionado a mi hermano por su paradero desde el inicio. Él tiene los suyos, pero suele olvidarlos en la mitad de los lugares a los que va. Una parte significativa se pierde entre las chicas a las que se los da y la otra queda recluida en la cesta de la ropa sucia que raras veces se decide a lavar. Normalmente se aprovecha de que en cuanto a suéteres yo escojo los míos alrededor de cuatro o cinco tallas más grandes.  Tomé el que más acorde a mi vestimenta pareció; uno rojo que ni siquiera con el paso de los años se ha desgastado, e introduje una mano dentro de los bolsillos para asegurarme de que Collin no hubiera dejado allí dinero o algún objeto importante que se me pudiera extraviar. Fruncí el ceño cuando palpé algo inusual; una superficie lisa con diminutos y escasos bultos debajo.  Tras extraer el contenido no pude evitar mirarlo durante un largo, larguísimo, rato.  Era, realmente, una pequeña bolsa con tres pastillas adentro.  Mi respiración se descontroló. Supe de inmediato exactamente qué tipo de medicamentos eran y qué uso podría estarles dando mi hermano con sólo verlas.  Fue un pensamiento precipitado y sin fundamentos que a todas luces pareció una verdad innegable.  Sentí que mis manos comenzaban a temblar, mi cerebro maquinaba todas las maneras en las que este descubrimiento accidental podría desencadenar eventos importantes y mi única reacción inteligente fue cerrar los ojos, negándome a lo evidente. Guardé la bolsa con prisa justo en donde estaba y procuré colocar cada cosa en su lugar, saliendo de allí como si las paredes se cerraran en torno a mí. Y es que, a decir verdad, empezaba a sentirme asfixiada. El aire me faltaba, mis piernas perdieron parte de su firmeza. Se esfumó toda la emoción que pude haber sentido durante la fiesta.  Fue súbito: Mi temor por Collin y su bienestar aumentó.  Ya no servía de nada pretender que todo estaba bien. Me encontré en un punto de inflexión donde retornar no figuraba entre la lista de opciones. Debía actuar con rapidez y hacer algo útil porque me estampé de pronto contra una situación delicada que podría destruir uno de los aspectos más importantes en mi vida. Pensé en Collin y en su actitud evasiva de los últimos días.  Me dio la impresión de que mi vida se había vuelto un caos, pero apenas llovía. La verdadera tormenta estaba por empezar.   
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD