Capítulo 20

4168 Words
Había tomado una decisión: No cambiaría lo que él pensaba, es imposible modificar repentinamente la ideología de alguien, sino que le expondría los pequeños motivos por los que yo tenía una perspectiva diferente. Al final él podría escoger entre seguir siendo un chico cuyo círculo cromático sólo se compone de tonalidades grisáceas o buscar sus propias razones para valorizar su vida. Me sentía nerviosa, extrañamente agitada, justo como cuando estoy a una persona de pasar al frente de la clase para exponer un tema que por poco no memoricé. Tenía el cabello recogido en un moño ligeramente suelto y no paraba de reacomodarlo cada tres minutos, empujada por el deseo de mantener la mente ocupada. Mi tiempo en la pastelería lo consumí atendiendo clientes y ordenando el almacén con Amelia, en realidad no tuve oportunidad de desviar mi línea de pensamientos hacia asuntos no relacionados con el trabajo, por lo que todavía desconocía, al salir, qué se supone que haría con Theo. Estuve en la ducha media hora, permitiendo que el agua cayera sobre mi cuerpo, sin que se me ocurriera una sola idea respetable. Pero pronto comprendí que evaluaba las posibilidades desde el ángulo incorrecto: El del castaño. Quería probarle que podía ser más agradecido por lo que poseía exponiéndole los detalles que él con toda seguridad disfruta. Y el problema llegó cuando admití que en realidad no sabía cuáles eran. No era sensato determinar que él ama esto o aquello, que desearía levantarse al día siguiente para poder experimentar cierta sensación en particular. Cuando comencé a enfocarme en lo que yo aprecio se volvió una tarea muchísimo más sencilla.  Por fin tenía un plan, casi improvisado y poco definido. No era perfecto, y quizá al comentárselo sólo conseguiría ser el centro de sus burlas, pero era mi primer intento por hacerle ver que no todo es malo. Theo tocó mi puerta a eso de las diez. Teóricamente era tarde, pero Shelby se mostró encantada de todas formas. Le cuestionó por aspectos de su vida que ella desconocía y lo retuvo en la sala veinte minutos, realizando todo tipo de preguntas relacionadas con Ailyn. Levemente se inmiscuyó en el tema de sus padres, pero cuando advirtió el cambio en la postura del castaño distrajo su atención con una interrogante de una índole opuesta. Luego, en cuanto pareció satisfecha por todo lo que sabía, se levantó y dijo que nos dejaría solos. Fue inevitable sentirme avergonzada, no necesitaba que mi tía se lanzara sobre el chico cada vez que cruzaba el umbral, pero me tranquilizó notar que Theo no alzó barreras ni se puso exactamente a la defensiva.  No se comportó como el ser más elocuente del país pero sí contestó puntualmente a cada cuestión planteada, sin decirle a mi tía que su voz le producía dolor de cabeza o poner mala cara. Me miró cuando no había nadie más en la habitación, esperando a que tomara la iniciativa. Por un breve instante no supe qué hacer, si guiarlo hasta el cuarto o sencillamente indicarle que subiera. Me pareció que mis latidos incrementaban su velocidad, y no por el hecho que él estuviese allí, sino que temía estar cometiendo una estupidez.  Un tanto rígida, le pedí que me siguiera, cosa que hizo tras quedarse innecesariamente un par de segundos en el mismo sitio. Cerré la puerta a su espalda, la estela de su fragancia me golpeó de lleno en el rostro.  —Esto es lo más raro que he hecho, por favor dime que no serán dos horas de charla motivacional. Habló conmigo y la angustia que sentía se disipó en gran medida.  Sólo es Theo, me dije. —¿Dos horas? Había planificado que fueran tres.  Entrecerró los ojos hacia mí, deduciendo si era una broma o no. —Heaven... Si empiezas a darme un sermón sobre el poder de la mente positiva me iré a la segunda palabra que escuche. —Eres muy intratable, ¿Te lo han dicho?  —No, porque no les permito acercarse—sonrió, dejándose caer en el borde de mi colchón. —En fin, antes de iniciar quiero aclarar dos cosas. La primera, no tengo ni idea de lo que estoy haciendo, literalmente, así que mi método podría fracasar... —Sonabas muy segura de ti misma. —Sí, bueno, culpo a cupcake de piña por ello. —No lo probaste. —No fue necesario; el olor me hizo delirar.  —Eso explica muchas cosas. —Ignoraré tu comentario y proseguiré con lo importante. Bien. La segunda, entendí que en verdad no puedo mostrarte que hay motivos más que válidos para que tú quieras vivir. No estoy dentro de tu cabeza, no sé lo que piensas sobre la mayoría de las cosas, ni cómo visualizas el entorno. No soy tú, claro está. Pero sí puedo ayudarte a comprender mejor mi manera de ver el mundo con la esperanza de que, quizá, lo que a mí me hace feliz consiga por lo menos sacarte una sonrisa. —Eso significa que... ¿Me obligarás a usar camisetas con caras sonrientes? Parpadeé. A veces resultaba insoportable su capacidad de importunar.  —Si continúas haciendo preguntas de ese estilo, sí. Fingió estremecerse con auténtico terror. —Terrible, no me arriesgaré a hacerte enfadar.  Fruncí los labios, pero preferí dejarlo pasar. Se hacía tarde y aún no abordaba el tema principal, el verdadero motivo por el que Theo vino hasta aquí. —Es curioso porque toda esta... Situación inusual también me ha hecho pensar a mí. Por ejemplo, tuve que descubrir qué cosa disfruto tanto como para exponerla el primer día. Y llegué a ella sin mucho esfuerzo: la música. —¿La música? —Sí. No te daré una definición conceptual porque ese no es el punto, sencillamente te mostraré cómo me gusta escucharla, mis canciones favoritas y... Bueno, vale, suena como una tontería porque tal vez lo es pero fue lo mejor que se me ocurrió. Theo negó con la cabeza, risueño. —Definitivamente no eres común.  —¿Gracias?  -Ok, ¿Qué se supone que debo hacer? Y no quiero ser quisquilloso, pero por favor evita el pop excesivamente animado y escandaloso. —Theo... Voy a necesitar que cooperes. —Estoy cooperando. —No, aún no empezamos y ya rechazaste las charlas motivacionales y un género musical. No pensaba recurrir a ninguna de las dos cosas, pero sus negaciones no prometen disposición por su parte.  —Establezco mis límites, eso es todo.  —De acuerdo, bien.  Respiré hondo. Ahora mismo viene la parte más humillante de todo el proceso.  —Respetaré tus imposiciones si tú te reservas cualquier tipo de comentario que yo consideraría insolente. —¿Y cómo sabré que a ti te parecerán insolentes mis comentarios?  —Porque, probablemente, en tu cabeza tendrán gracia—encendí mi reproductor. Hace rato prepararé una playlist con las canciones que logré recordar entre mi top de favoritas—. ¿Puedes acostarte? Con la vista fija en el techo. —¿Qué? Creí que no habría situaciones comprometedoras. No vine preparado.  Bufé, evitando profundizar en sus palabras para evadir un sonrojo.  —Comentario insolente... —advertí, a lo que él soltó un par de carcajadas. —Quizá esto será más divertido de lo que pensé.  Me volteé hacia él, observando que me obedecía sin oponer resistencia alguna. Fue sorprendente, yo esperaba que se pusiera puntilloso primero. Me había mentalizado para echarlo una vez me hiciera perder la paciencia. La mitad de su cuerpo se mantuvo sobre el colchón, recostado, y la parte sobrante quedó colgando, con sus pies apoyados ligeramente sobre el suelo. Clavó la atención sobre las estrellas fluorescentes y cruzó los brazos sobre el pecho.  Reprimí una sonrisa.  Mentalmente conté hasta tres y presioné el botón de «Play». Inmediatamente los acordes, pronto también la voz de Terry Jacks, de Seasons in the Sun se apropiaron del silencio reinante en la habitación, dándole un toque nostálgico.  Theo giró la cabeza cuando el colchón se hundió bajo mi peso junto a él, con la curiosidad brillando en sus pupilas. —Esto es lo que haremos—murmuré, sin querer opacar el sonido con mi voz—... Nada. —¿Qué?  —Nos quedaremos aquí, tendidos, y simplemente dejaremos de pensar para poder concentrarnos en la música. Seguiremos la letra de las canciones en silencio, si conoces alguna y te apetece puedes cantarla, y sólo... Sentiremos la música. —¿Sentirla?  —Sí. No es complicado, si te dispones lo lograrás.  Tuve la súbita sensación de que me creyó loca, pero no pronunció nada que lo corroborara.  Guardó silencio y volteó de nuevo. Yo lo imité, un tanto nerviosa.  Básicamente esto es lo que hago cuando siento que pierdo el control, cuando me encuentro al borde del colapso, cuando el silencio me agobia. Hallo la manera de aislarme, si es que no lo estoy ya, y escucho música. Canciones con las que podría identificarme, o no, que me transportan a otras historias.  El efecto siempre es automático. Entro en un estado de confort difícil de alcanzar de otra manera. Pero hoy no conseguía centrarme en nada de lo que oía. Principalmente captaba la respiración acompasada de Theo, aspiraba su aroma, percibía su calor y luego, en un segundo plano, escuchaba la siguiente canción en la cola.  Por el contrario, cuando desvié la mirada hacia el castaño, descubrí que a él le estaba funcionando mi técnica. Se veía relajado, sutilmente reflexivo, con el rostro en blanco.  Me permití bajar la guardia. Quizá no disfrutaba la experiencia como de costumbre porque tenía las defensas altas, a la expectativa de que Theo me juzgara o tachara la actividad de ridícula. Cuando respiré hondo y cerré los ojos resultó más sencillo fluir.  Canción tras canción me sentía cada vez más a gusto. Photograph, Feelings, After the storm, Young & Alive, Midnight, Mind is a prisoner, Triggered, Under Pressure, 18... No hablábamos porque no hacía falta. Me perdí en las melodías y supuse que a él le pasó lo mismo. Por un instante volví a dudar; sentí que el panorama que estaba ofreciéndole era ridículo, y quise preguntarle si todo andaba en orden, no obstante, me arrepentí antes de abrir la boca. Si creía que escuchar música así, conmigo, era una tontería no cambiaría de parecer porque se lo cuestionara. De hecho, preferí no saber en qué pensaba.  Hubo una pequeña pausa entre Yellow y Sweater Weather, canciones que por obligación debía incluir y colocar al final de la lista como el cierre perfecto, en la que sentí un roce suave e inesperado sobre mis dedos. No fue tan tangible como para asustarme, pero sí me extrajo del letargo. Volteé hacia el origen, notando con gran asombro que Theo había colocado su mano a milímetros de la mía. Quizá quería tomarla, o tal vez sólo se cansó de mantener el brazo en la misma posición y decidió estirarlo; jamás lo sabré porque no llegó a completar la primera opción y tampoco se excusó tras la segunda. Lo cierto es que, independientemente de sus motivos, mi corazón volvió a acelerarse dentro de mi pecho. Antes ya ha sujetado mi mano en reiteradas ocasiones, pero fue inevitable pensar en lo mágico que hubiera sido si hubiese hecho lo mismo justo en ese momento, con mis canciones favoritas sonando de fondo y esta sensación de que podría pasarme la vida junto a él. ~.~.~.~ ¿Debería tomarme la responsabilidad de alegrar los días del castaño como una misión personal?  No creía que me correspondiera, sin embargo, pasé casi todas las clases tratando de encontrar otro plan al que pudiera arrastrarlo. Ayer, mucho antes de que estuviera en mi casa, me dije que dependiendo de qué tan cortante fuese él conmigo al culminar nuestra sesión, para nombrarla de alguna manera, decidiría si seguir insistiendo o si debería dejarlo ir. Para mi sorpresa, sus comentarios no fueron negativos. Admitió que le sorprendió mi gusto musical (se negó a explicarme qué se imaginaba que yo escucharía), alegó que era «sensato y agradable». Por ser Theo, se expresó muy poco al respecto. Mencionó que quizá mis niveles cordura son más aceptables de lo que intuía y reconoció que escuchar música es un buen método para conectarte con emociones no tan negativas, o, si es lo que se desea, profundizar en ellas. Textualmente dijo: "Acabas de mostrarme por qué dicen que la música es un idioma universal". Pero no estoy segura de haber entendido totalmente qué significó aquello. Aun así, me sirvió de incentivo para seguir metiéndome en la boca del lobo. En ocasiones me parece que estoy comportándome de forma irracional, pero notar que Theo ya no luce tan solitario y perdido es una especie de recompensa. Lo estoy ayudando, a mi manera, y creo que va dando resultados... Lo cual es bueno, porque debemos darle una mano al prójimo… No tuvimos la última clase, nuestro profesor faltó debido a algún problema familiar, todavía debatía mentalmente el tema de Theo, mientras Ansel iba enganchado a mi brazo, cuando el dueño de mis pensamientos se materializó frente a mí, saliendo de su salón cabizbajo. Se revolvía el cabello al tiempo que alzaba la mirada, encontrándose con mis ojos.  —¿Pasamos por la casa de Xanthia? Aún hay tiempo de sobra para preguntarle por qué faltó y luego para que llegues temprano a la pastelería.  No respondí. Sinceramente, apenas lo escuché.  Theo se encaminó hacia nosotros con decisión, cortándonos el paso. Sentí que Ansel se tensaba gracias a la forma en la que ajustó el agarre apenas lo vio.  —Hola—saludó, dirigiéndole al pelinegro un casto asentimiento, que mi amigo no correspondió.  —Hola. —Uh, linda camiseta. Estoy segura de que no planificó lo que diría antes de acercarse. —Gracias. —¿Necesitas algo, Dervest? Porque Heaven y yo discutíamos un asunto importante. Theo pareció fuera de lugar. Miré a Ansel con reproche, harta de que siga aferrado a la idea de ser hostil con el castaño cada vez que se cruza en su camino.  —No, realmente no. —Entonces, con tu permiso... Ansel hizo el amago de avanzar, arrastrándome consigo, pero me planté en el sitio.  —¿Podrías darme un segundo?—me miró como si le hubiera pedido un millón de dólares de regalo—. Será rápido. —Claro. Soltó mi brazo con cierta indignación. Supongo que le era conflictivo creer que había preferido la compañía de Theo a la suya, lo cual no es el caso.  —Yo... Bueno, estaré de camino a casa de Xanthia. Si te queda tiempo puedes venir. —Lo prometo. Se fue tras lanzarle una mirada envenenada al castaño, quien rodó los ojos una vez Ansel se alejó por el pasillo. —¿Qué tiene en mi contra? Ni siquiera hemos hablado. —Justamente ese es el problema—dije, recordando lo ofendido que lucía el pelinegro al contarnos el desplante que vivió en su primer encuentro con Theo. —Yo creo que está celoso. —¿Celoso de qué? ¿De ti?... ¿Por mí? Reí. No negaré que hay amistades donde los sentimientos se confunden, se transforman o crecen hasta convertirse en algo más, pero no es nuestro caso. Ansel es como un hermano tanto para Xanthia como para mí. Literalmente. Theo se encogió de hombros. —Sí. Da la impresión de que no le gusta compartirte con nadie. —No, eso es absurdo. Ansel está a un paso de formalizar su relación con una chica. Además, no soy su tipo. —¿Cómo estás tan convencida?  —Porque lo conozco de toda la vida, prácticamente. Comencé a caminar hacia la salida, reanudando la marcha. Theo se puso a mi nivel, hundió las manos en los bolsillos de sus jeans y, en el proceso, se ganó una cantidad aterradora de miradas.  No dejaban de verlo mientras transitaba por el pasillo; en consecuencia, a mí tampoco. No soy la típica reina de la institución, ni la chica más popular, pero últimamente recibía montones de atención indeseada porque ya era frecuente que me relacionaran con Theo. Soy la única, aparte de Jennifer, a la que él le habla sin ser totalmente borde.  —¿Cuál es el plan de hoy?  Casi me estrello contra las puertas dobles de la entrada, puesto que volteé tan rápido hacia él que ignoré lo que tenía enfrente. No esperaba que preguntara por ello, asumía que no albergaba ni una pizca de entusiasmo por lo que vendría a continuación, pese a que ayer no nos fue mal.  —¿De hoy? Bueno, no lo he decidido... ¿Esto será... Algo diario? Salimos al exterior, Theo volvió a encogerse de hombros. —No lo sé, Cielo, tú eres la experta ¿No?  —No, pero creo que hemos sido bastante buenos fingiendo que sí. El castaño torció los labios hacia la derecha en una sonrisa ladeada que resultó excesivamente tierna. —De eso se trata absolutamente todo: Fingir.  —Vale, acabas de introducir a la conversación una de tus líneas filosóficas que sólo te hacen caer en depresión, trabajaremos en eso la próxima clase.  —Qué emocionante es ser condicionado según tu perspectiva personal.  —Voy a aprovechar este momento para destacar que yo no te he obligado a nada. —Lo sé. Miré a los alrededores, tratando de identificar la ubicación. Estábamos a pocos pasos del colegio, pero habíamos empezado a caminar sin haberlo advertido hacia ninguna parte.  —¿Tienes algo que hacer ahora mismo? —Depende de lo que tengas en mente. Si me atrae la idea, no. Si la odio, sí, y por el resto de la semana. Sujeté su brazo, tirando de él en dirección a uno de los tres parques naturales de la ciudad que, por fortuna, queda cerca.  —Puedo caminar por mi cuenta, Heaven... Y no me dijiste qué planeas. ¿Cómo podré negarme si no lo sé? Será imposible inventar una excusa que vaya acorde.  —Por favor no arruines el momento.  —Todo siempre se arruina de una u otra... Me frené, apoyando mi dedo índice contra sus labios. —Shhh... Hoy somos personas positivas. —¡Yupi! —exclamó, exagerando su entusiasmo.  Afortunadamente guardó silencio lo que restaba del camino.  —¿Qué hacemos aquí?  Lo solté, dando un vistazo furtivo al entorno. Es probablemente la peor hora del día para venir, el calor del mediodía se percibe sofocante, por no mencionar que la intensidad del Sol se encuentra en su nivel más alto, pero a pesar de eso el ambiente sigue siendo agradable. Ocasionalmente una corriente de aire se lleva parte de la sensación abrasiva, y las copas de los árboles, plantados estratégicamente en hileras, proveen la sombra necesaria para transitar por allí sin sentir que la piel comienza a chamuscarse.  —Vamos a dar un paseo.  —¿Y tiene que ser aquí? —¿También te molesta la vegetación?  —No, pero no entiendo por qué era necesario venir sólo para eso.  —Apreciarás una de las maravillas de este mundo: La naturaleza. Theo entornó los ojos. —¿En serio? ¿Vamos a ver árboles?  —Theo... Alzó los brazos en señal de rendición. —Bien, vale, sin comentarios. —Estoy segura de que mis actividades «aprecio la vida» te parecen estúpidas, pero creo que, de verdad, no hay nada más maravilloso que saber conectarse con el tipo de cosas que podrían inspirarte.  —¿Y cómo se supone que funciona esto? —Por lo general sucede de manera espontánea. En esencia sólo basta con que te concentres en el entorno; lo armónico que es, lo pacífico, lo estético, lo vivaz, y permitas que te envuelva. Sentía que hablaba como una oradora motivacional, y que cualquier otra persona en este mundo se burlaría de mí por lo que decía. Si lo meditaba en retrospectiva, quizá incluso les daría la razón, porque tenía la sensación de que estaba enredándome con mis propias palabras. No obstante, pese a sus dudas, Theo no lo hizo.  Noté que se esforzaba por comprender mi punto de vista, por darle una oportunidad. Observaba el camino frente a sí, el césped, los pequeños grupos de flores y adoptada un aire pensativo que indicaba su disposición a continuar con esto.  Pronto me encontré reflexionando en lo mucho que ha cambiado nuestra relación desde que nos conocimos, casi sin que yo tuviese la oportunidad de advertirlo. Las cosas con Theo las siento de una manera tan intensa que en realidad no me doy la oportunidad de replantearlas, con la mente fría, para poder evaluarlas sin el flujo de tantas emociones de por medio. Sinceramente jamás hubiera imaginado durante nuestra primera conversación que él accedería a dar un paseo tranquilo, sólo porque sí, conmigo.  Llegamos al final del parque, cuyo terreno se extiende menos de lo que yo pensaba, y me giré para enfrentarlo. Todavía poseía un aura ausente, como si su mente se hallara a kilómetros de allí, pero ahora me veía.  —No sé si todo esto me hará ser menos “pesimista”—dijo—, pero por lo menos ayuda a que mi odio hacia la humanidad se reduzca.  —Para mí eso cuenta como progreso.  El castaño sonrió. Tuve la impresión de que diría algo, sólo que no ocurrió.  —Debo irme. —Ah, cierto, al trabajo que me robaste. —¿Jamás lo superarás?  —Hasta que consiga un empleo. —Si no recuerdo mal, Charlie aseguró que te acompañaría a buscar uno.  —Charlie es un traidor, no necesito nada que provenga de él. Estudié su lenguaje corporal. No pareció enfadado al pronunciar aquello. De hecho, sentí que poco le interesaba ya.  —Creí que ya le hablabas. Disimuló una mueca.  —Algo así. No debía entrometerme, es su vida, pero hace mucho tiempo dejé de prestarle atención a lo que me incumbe en cuanto a él. —Si te sirve de algo saberlo, a Charlie le importas. En serio. No es un chico muy comunicativo, pero las veces que me pregunta por ti se hace evidente su preocupación.  Desvió la vista. En ocasiones evita a toda costa el contacto visual cuando tocamos algún tema que podría ser delicado. —Sí, bueno, supongo que lo tendré en cuenta. Los rayos del Sol lograban darle a su cabello un brillo casi cegador. En medio del verdor, con toda esa iluminación cayendo sobre él, parecía una visión divina.  Entendía a la perfección por qué muchas chicas se enfocaban en su belleza e ignoraban el resto. A veces es difícil dejar de centrarse en cómo cualquier gesto luce especialmente bien sobre su rostro.  —Bueno…¿Hasta mañana?  Asintió y, como intuí que no agregaría nada más, le di la espalda. —Espera... ¿Quieres que te acompañe? —lo miré por encima de mi hombro, perpleja—. A la pastelería—aclaró.  Lo medité un instante.  La pregunta en verdad consiguió emocionarme. Tuve la súbita sensación de que su compañía habría hecho la travesía mil veces más agradable. Sin embargo, precisamente fue este estallido repentino de emoción lo que me asustó. —No es necesario... Busqué la forma más breve y amable de rechazarlo. Aun así, noté que hubo un cambio sutil en su semblante.  Puse de mi parte para no retractarme, le di una última sonrisa y me marché de allí antes de que cometiera un acto verdaderamente estúpido y masoquista. En general, sentí que todos los aspectos de mi vida volvían a reacomodarse lentamente. Todavía hay ciertas situaciones estresantes dando vueltas dentro de mi cabeza, pero no me empujaban a un punto en el que me sintiera mentalmente en conflicto. Collin sigue enfadado, y casi nunca está en casa, pese a ello he dejado de consumir todo mi tiempo preocupándome por ello.  Hasta que, tres días después, ocurrió algo que puso lo que se había enderezado de cabeza.  Me abría paso entre los cuerpos, agitada y sudorosa, intentando llegar al centro del caos, pero resultaba casi imposible. Los gritos me aturden, y ya no sé qué escucho con mayor intensidad: la combinación agobiante de voces o mis propios latidos.  Cuando por fin estuve a unos pocos metros de distancia de mi objetivo sentí que mi corazón se detuvo. Alguien luchaba justo en el centro de la piscina por salir a la superficie, por aferrarse a algo sólido para no hundirse. Batallaba, había un torbellino de burbujas y espuma. Era evidente que no podría lograrlo por su cuenta, pero nadie parecía dispuesto a echarle una mano. Se ahogaba, no obstante, todos parecían más interesados en la discusión que tenía lugar a un costado, en tierra firme, que se había transformado en una pelea cuerpo a cuerpo. Intenté abrirme paso, reaccionando de forma repentina, pero no podía. Sencillamente no había un centímetro de espacio que estuviese vacío. Extendí los brazos, empujando a las personas con toda la fuerza que tenía. Ninguno cedió. Xanthia se ahogaba. Por un instante no estuve segura de si sobreviviría. 
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