Por momentos, despertar y verte envuelto en una nube de imágenes que en realidad son recuerdos de tu propia vida es agotador.
Pensar en el día de ayer, aunque ya pasó, suele ser tedioso, especialmente cuando no se desarrolló ni acabó de la manera que esperabas.
Es lunes, por la mañana, y después muchas semanas finalmente estoy odiando la idea de tener que levantarme para cumplir con una rutina que no creo poder enfrentar como es usual.
Deseé olvidar que tengo responsabilidades, no obstante, de nada serviría. Si no me hago cargo hoy deberé hacerlo mañana.
Dieciocho de noviembre. Hay dos fechas importantes que se acercan a pasos agigantados; el aniversario por la muerte de mis padres, prácticamente en un mes, y el fin del año. Dadas las circunstancias y mi revoltijo de emociones no sé cómo sentirme con respecto a ambas. Lo que sí sé es cómo se sienten mis compañeros del curso: ansiosos.
En los últimos días se ha incrementado la expectación que ya existía a en torno a la graduación. Cada vez es más difícil decidir qué haremos como sección para celebrar el cierre de esta etapa, por lo que las discusiones se han vuelto frecuentes. Alguien siempre tiene una idea brillante sobre cómo abordar la situación, y hay alguien también que siempre encuentra la forma de desacreditarla, hacerla ver inalcanzable o estúpida. De momento las dos opciones más competitivas siguen siendo las mismas; la fiesta, o baile, y el viaje. Sinceramente, a mí me da igual. Una parte de mí ni siquiera tolera la idea de que el tiempo siga corriendo porque aún no se me ocurre a qué dedicarme por el resto de mi vida.
Shelby amaneció taciturna. Le daba pequeños sorbos a su café con la vista fija en las baldosas. No parecía triste, ni afligida, sólo un tanto pensativa. Al principio me reservé los comentarios, no quería incomodarla o romper de pronto su burbuja cuando parecía, al menos, más calmada que ayer. Pero después se me hizo insoportable mantenerme callada a su alrededor, centrada únicamente en el tipo de pensamientos que me esforzaba por evitar.
—Tía, ¿Te encuentras bien?
Subió los ojos hasta mi rostro, abstraída, sin terminar de procesar que yo le hablaba.
—Sí.
—¿De verdad? Porque sé que lo que Collin dijo...
—Desearía que no se hubiera enterado por otras fuentes... La verdad, no se me ocurre cómo él supo que…—sacudió la cabeza—. No sé en dónde está, con la actitud que tiene podría meterse en serios problemas. Hay personas crueles allá afuera.
Noté que le preocupaban otras cosas. No veía por sí misma, sino por Collin y su bienestar.
—Él es inteligente, sabrá qué no hacer—dije, sonando muy segura. No obstante, es evidente que poco se ha controlado últimamente, si acabó enfrascado en dos peleas cuerpo a cuerpo en un período tan corto de tiempo.
—Por supuesto que lo sabe, pero no le importa.
—Shelby... Es mayor de edad ¿No? Debe ser capaz de cuidar de sí mismo. Es la misma lección que ha querido enseñarme desde hace tiempo, la razón por la que acabé trabajando en la pastelería.
Soltó un suspiro, liberando la taza para poder pasarse las manos por el rostro en un gesto de frustración.
—Lo sé, y de igual manera me preocupa. Sigo sintiéndome responsable por él, jamás me perdonaría que algo malo le pasara.
La charla con Collin volvió a mí; su negación ante la idea de que Shelby es, de hecho, inocente, su determinación a creer que ella sólo se ocupó de nosotros por su sentido de la culpa, el hecho de que, según él, ya no somos su familia...
—Estará bien. Confía en mí, y en él. Nos diste la mejor educación posible, este es el momento en el que Collin tendrá que decidir si ser fiel al chico que nosotras conocemos, o no.
—¿Y si decide que no?
—Al menos te consolarás con la idea de que ya cumpliste con tu parte; como pudiste, y sin entrenamiento previo, lo preparaste para la vida. Lo demás corre por su cuenta.
Me escuchaba hablar anhelando poder aferrarme a lo que decía. Lo cierto es que yo también estoy aterrada, no dejo de pensar que debí haber sido más cuidadosa con el tema del accidente. No me atrevía a contarle a Shelby cómo fue que él se enteró.
Pronto llegó la hora de partir. Albergaba la secreta esperanza de que mi hermano viniera para llevarme al colegio como de costumbre, aunque fuéramos en medio del silencio y la incomodidad. Pero no pasó. Desde luego, tampoco me envió un mensaje para avisarme de su paradero o informarme que no estaría en casa a tiempo.
Tomé el autobús, teniendo como positivo el bullicio de fondo causado por los estudiantes que no me permitía centrarme en nada más.
Xanthia y Ansel ya se encontraban dentro del salón, porque terminé adentrándome a la edificación con diez minutos de retraso, de manera que la clase acababa de empezar. No he hablado con ellos desde el sábado, antes de que Theo apareciera en la puerta de mi casa, por lo que me lanzaron miradas inquisitivas desde sus asientos apenas me situé en el mío. Sin duda intentaron comunicarse, como cada día, pero fui incapaz de sostener pláticas banales con las palabras de Theo y Collin dando vueltas en mi cabeza.
Una vez en el período de descanso, Xanthia y yo arrastramos los pies hasta la cafetería mientras Ansel disparaba un sinfín de frases a las que vagamente le ponía atención. De los tres era el único animado, de tal manera que su entusiasmo lograba opacar el estado anímico de mi mejor amiga y el mío. Comenzamos a comer y ni así el pelinegro guardó silencio.
—... Entonces yo le dije que sonaba como una idea fantástica, pero honestamente no podía de dejar de admirar cómo brillaba su cabello gracias a la luz del Sol. Ella creyó que estaba distraído por otros asuntos, quizá por una chica, y se enfadó muchísimo. Todavía no quiere verme, desde el sábado por la tarde, y es horrible no tener noticias de su parte ¿Saben? De cierta forma me hace sentir que para ella es muy fácil prescindir de mí cuando le apetece. He estado reflexionando al respecto, porque no soy del tipo de chico que ruega amor, y llegué a la conclusión de que por Helena lo haría, de verdad... Es simplemente todo lo que quiero; es perfecta, ¿Cómo podría poner mi orgullo por encima de ella? Tal vez no quiere saber de mí, sin embargo, decidí que es hora de dar el siguiente paso.
—¿Vas a pedirle que sea tu novia?—Xanthia no ocultó su sorpresa, pese a que nuestro amigo ya había puntualizado que eventualmente formalizaría la relación—. ¿Estás loco? Claramente el interés es unilateral.
—Xanthia...—intervine, notando la mueca que se formó en el rostro del chico.
Le había dolido.
—Es así, Heaven, no lo dejaré lanzarse al peor error de su vida. Ansel, date cuenta... No hiciste nada malo, ¿Por qué debes ser tú el que la busque? No es sólo cosa de tu orgullo, es que ella no te valora.
Debía darle la razón a la pelinegra, porque a pesar de que no conozco a Helena me es inevitable pensar que Ansel es el único verdaderamente comprometido con lo que tienen.
Miré al chico, dispuesta a comunicarle mi punto de vista antes de apreciar que empezaba a ponerse a la defensiva. Cruzó los brazos sobre el pecho, tensos, y arrugó el entrecejo.
—¿Desde cuándo tú eres experta en la materia? Según sé, a ti tampoco te valoran.
Xanthia cuadró los hombros, adivinando qué camino tomaría la discusión.
—Esta conversación no es sobre mí.
—En realidad, lo que dices a los demás habla mucho de lo que piensas sobre ti. Es una filosofía verídica. Revisa tus libros de psicología.
—No intentes volver la situación en mi contra, O'Sullivan, estoy tratando de salvarte. Una vez estés con ella, en un vínculo que sólo tú deseas, lo único que harás será sufrir.
—¿Por qué asumes que Helena no querría estar conmigo? Tú no has visto cómo me mira, o cómo me habla.
—Porque es evidente. No me hace falta visualizar una de sus sesiones patéticas de romance para entender que ella no te da el mismo grado de relevancia que tú a ella.
—No tienes moral para decirme esto, sencillamente no.
—Ansel... Sus intenciones son buenas.
—¿Y eso qué?—se giró en mi dirección, furioso a cada segundo que pasaba—. Ella no permite que nosotros pronunciemos una palabra referente a Zane que no lo alabe, ¿Por qué yo debería escuchar sus consejos?
—De acuerdo, bien, haz lo que te dé la gana—espetó Xanthia—. Pero cuando te abandone por otro tipo que sí le importe ni se te ocurra lloriquear cerca de mí.
—Eso no pasará. Nuestra relación será tan maravillosa y exitosa que te tragarás tus palabras.
—Ya veremos—siseó, acumulando una gran cantidad de veneno en tan sólo una frase.
—De acuerdo—inicié, lentamente—. ¿Entendieron la última parte de la clase? Porque no estoy segura de poder resolver los ejercicios.
En realidad ya ni siquiera recuerdo cuál era el tema, que estoy segura comprendí, pero necesitaba desviar la atención de la hostilidad reinante.
—Deberías preocuparte más por la tarea de Historia, que es la materia siguiente—dijo Ansel, bajando la guardia pausadamente—. Yo la hice, pero dudo que esté bien.
—¿Tarea de Historia?—fruncí el ceño en un intento por recordar—. ¿Cuál tarea de Historia?
—Ya sabes, el cuadro comparativo sobre los avances en la economía mundial de las últimas cinco décadas.
—Yo no... ¿Había tarea para Historia?
Xanthia, que continuaba renuente a participar tras haberle puesto un punto final al tema pasado, por fin se pronunció.
—Sí, Heaven, y se supone que contará como la mitad de la calificación de la próxima prueba.
—Ansel, préstame tu cuaderno.
—¿Sí oíste la parte en la que especifiqué que podría haberla hecho mal?
—Sí.
—¿Y por qué no se la pides a Xanthia?
Me volví hacia ella, que estudiaba con desinterés una mancha antigua en la superficie de la mesa.
—¿Tú la hiciste?
—No.
—Ahí tienes—dije en dirección a Ansel, quien rodó los ojos y procedió a abrir su bolso para extraer un cuaderno n***o con los bordes desgastados.
—Gracias—me aferré al objeto como si fuera un salvavidas, buscando mi propia libreta.
Empecé a escribir en medio de un cómodo silencio que pronto se vio interrumpido por la voz de mi mejor amigo.
—Con sinceridad, ¿No creen que Troye es un idiota?
—¿Por qué lo sería?
—Bueno, todos sabemos que Harold está interesado en ti, nunca lo disimuló, pero eso no le da el derecho a su supuesto mejor amigo de burlarse de él y ponerlo en evidencia frente a los demás.
—Troye es simplemente otro de esos chicos que piensan en sí mismos como los comediantes del grupo.
—Pues nada de lo que hace es gracioso. Es cruel. Esta mañana me detuvo cuando iba de camino al salón, quería comentarme que la noche anterior Harold se había quedado mirando una de tus fotos durante cinco minutos, y que luego de esa penosa escena lloró un poco. No entendí el punto de que estuviera frenándome para divulgar algo que seguramente es personal, hasta que se echó a reír. Él deseaba que lo supiera sólo porque desde su punto de vista el sufrimiento Harold es divertido. Es incapaz de ver lo mucho que le afecta no ser correspondido.
Escuché que Xanthia emitía un sonido nasal.
—Es extraño para mí mantener esta conversación. Me hace sentir un tanto culpable por no quererlo.
—Todo depende de ti. Definitivamente Harold es un mejor candidato que Zane...
—Bien—interrumpí, sin querer retornar a ese mismo punto—. Chicos, no puedo concentrarme si están hablando.
—¿Concentrarte en qué? Literalmente lo único que debes hacer es copiar lo que yo coloqué allí.
—Es difícil entender tu letra, dame un poco de crédito.
—Ve al jardín central.
—¿Estás echándome?
—No, pero si no te sientes cómoda aquí...
Dejó el resto inconcluso, y yo analicé su propuesta. No son los sonidos lo que me distrae, sino la tensión de saber que en cualquier momento pueden empezar a discutir por Zane y Helena. El día de hoy no soporto la idea de estar en medio de una pelea, necesito tranquilidad para aclarar mi mente y poner en orden los asuntos por los que debo comenzar a ocuparme.
En menos de un parpadeo ya estaba de pie, sujetando mis cosas para alejarme de ellos.
—Nos vemos luego. Traten de no desatar una batalla campal entre ustedes en mi ausencia.
Xanthia curvó sus labios en una cínica sonrisa que me convenció de poner distancia.
—No haré promesas.
El patio central se hallaba en calma, contando con la presencia de un puñado de estudiantes absortos en lecturas o repasos de lo que quizá fuera una exposición, además de corrientes de aire fresco. Encontré una banca vacía y me dispuse a continuar.
En cierto punto paré para admirar lo que ya había completado, presenciado un desastre poco entendible de palabras y fechas acumuladas. Inconforme, no retuve una mueca de disgusto, pero de igual manera proseguí. Cerca del final me llegó una ráfaga de aire que trajo consigo cierto aroma bastante familiar. De reojo observé que alguien se sentaba en el espacio disponible junto a mí. Supe de quién se trataba antes de que abriera la boca.
—Te compré un cupcake. Espero que te guste la piña.
No respondí. Los segundos avanzaron sin que yo diese indicio de haberle prestado atención a lo que dijo, hasta que él perdió la poca paciencia que posee.
—Ten.
Percibí que lo extendía hacía mí, no obstante, no lo acepté. Olía delicioso, apostaría lo que fuera a que el sabor sería igual de delirante.
—No lo quiero, gracias.
—¿Es por la piña?
Solté una risa seca, anhelando tener algo más para escribir. Como había acabado sujeté un resaltador que Ansel tenía dentro de su cuaderno y me dediqué de lleno a la tarea de buscar palabras para subrayar. No quería mirarlo a la cara, quizá el bonito color de sus ojos sería capaz de hacerme flaquear.
—Es porque lo traes tú.
—¿Vas a rechazar lo que de buen corazón estoy regalándote?
Me pareció que ese fue un intento de broma, sin embargo, no le encontré la gracia. Me sentí perdida, que él estuviese allí carecía de sentido.
—Sí.
—Supongo que me lo merezco.
Suspiró. Yo, por mi parte, procedí a ignorarlo.
—Heaven... Cuando te pregunté por qué sigues acercándote a mí... No quise decir el noventa por ciento de las cosas que dije.
No me volteé, pero inconscientemente captó mi atención. De alguna u otra forma esa siempre era su excusa. Lo peor del caso es que yo la sentía genuina.
—Es sólo que me cuesta entender que lo hagas; no soy simpático, ni interesante, y tú tienes, literalmente, montones de amigos con los que pasar el tiempo debe ser más agradable. Cuando mencionaste el tema de la pastelería por fin lo comprendí. No es que quieras estar conmigo, sino que te sientes obligada a estarlo. Como si de alguna manera me lo debieras.
—No, Theo, yo soy plenamente consciente de que no es mi obligación acompañarte. Pero, aun así, lo hice. Y ya está. No debe haber una razón oculta en todo.
—Heaven, sé honesta conmigo, de verdad necesito saberlo, ¿Me hablas por lástima?
—Dime, ¿Le preguntas esto a todas las personas que deciden ser amables contigo?, ¿O sólo es divertido molestarme?
—Lo segundo—admitió, ganándose que lo observara con reproche. Entonces me di cuenta de que sonreía. No era un gesto amplio pero estaba allí—. Me causa curiosidad, es todo.
—No sé por qué te hablo, ni antes ni ahora ¿Estás contento ya?
Respiró hondo, dándome la impresión de que digería mi confesión.
—¿No es algún tipo de proyecto personal? Algo como: «Transformación y reforma a la vida deprimente del chico nuevo y solitario».
—¿Qué?
—He oído que te gustan las obras de caridad.
—¿Has estado investigándome, Dervest?
—No, pero probablemente eres más popular de lo que crees.
—En cualquier caso, sentarme a almorzar contigo no cuenta como algo caritativo.
—Personalmente pienso que sí. Es decir, por lo general eres demasiado chillona y alegre, absolutamente todo te emociona y no paras de hablar sobre una cantidad absurda de temas irrelevantes, pero llenas los silencios. Me haces olvidar por qué debía sentirme mal.
—De acuerdo, me perdí, ¿Esos son halagos?—torcí los labios.
Theo rodó los ojos, pero pareció fugazmente aliviado.
—El punto es que, en medio de la irritación, también es agradable estar contigo.
Se encogió de hombros desinteresadamente, como si las últimas cuatro palabras no hubieran sido reveladoras.
—Entonces soy irritante. Continúa, quizá te falta otro par de insultos por soltar.
—Increíble que de todo lo que he dicho sólo te quedes con eso.
—Yo pienso que tú eres el del problema.
—¿Cómo?
—No es que yo sea habladora y feliz, sino que tú eres retraído e infeliz.
—¿Auch?
—De verdad, pareces enfrascado en la idea de aislarte.
—Es la mejor manera de vivir.
—En lo absoluto.
—Tú le tienes demasiada fe a lo que estar en este mundo significa, y no deberías, porque entonces te decepcionarás constantemente.
—Quizá, pero es preferible poseer esperanzas e ilusiones a esperar siempre lo peor.
—No. Si ya has visualizado todo lo que podría salir mal en cientos de escenarios la desgracia no te sorprenderá.
—Si estás predispuesto a recibir lo peor entonces es todo lo que obtendrás.
—¿Ley de atracción? No lo creo. De esa manera sería más fácil la existencia.
—Obviamente no basta sólo con desear y pensar en positivo, también debemos ponerle esfuerzo al asunto. Pero lo que digo, Theo, es que aunque te esfuerces no lograrás alcanzar ninguna meta si estás convencido de que fallarás.
—¿Y qué hay de los optimistas que igual fracasan?
—Pues nada. Continúan con sus vidas porque saben cómo levantarse.
—Supongo que el “apreciar los pequeños detalles” es lo que te mantiene cuerda, ¿Pero no te cansa? Tener que estar sonriente, fingiendo que la vida no es una mierda.
—¿No te cansa a ti odiar absolutamente todo? Portar esa expresión de amargura y cargar con el peso de la desdicha... ¿Con qué fin, si de todas formas continúas respirando? No has muerto, sigues aquí, y por algún motivo eliges pasarte cada segundo lamentándote por ello.
—¿Estás insinuando que me suicide?
—Theo, no podemos controlar el entorno ni lo que nos ocurre, pero sí podemos tratar de sacar algo positivo de ello. Tienes razón, las desgracias abundan, a veces es más probable que queramos llorar en lugar de reír, pero si de todas formas sigues aquí, un día más, ¿Por qué enfocarse sólo en lo malo? No cambia nada, excepto por el hecho de que aumenta la frustración y la tristeza.
Theo frunció el ceño.
—No eres realista.
—¿No hay experiencias que en serio disfrutes?, ¿Algo por lo que te sientas feliz y agradecido?
Como toda respuesta, se encogió de hombros.
—Te mostraré, Theo Deverst, que existen muchas cosas por las que vale la pena vivir.
—Suerte con eso.
—No la necesito.
—Una chica con confianza ¿Eh? Bien, sí, suena como una cualidad que tú tendrías—volvió a sonreír. Pese a lo profundo de la conversación, lucía relajado.
—Empezaremos hoy mismo.
—¿Con qué?
—Con tus lecciones de «Amo la vida».
—¿Ves que sí soy un proyecto para ti?
—Reconozco que ahora sí.
Theo resopló, más no puso objeción alguna.
—Te espero en mi casa. A un horario aceptable ¿Vale? No quiero tener que ocultarte.
—¿Es una orden?
—Sí.
—¿Puedo saber qué haremos?
Francamente, ni yo misma lo sabía. Sin reparar en ello comencé a hablar sin ningún tipo de filtro, soltando lo primero que se me viniera a la cabeza. Cuando Theo es accesible empiezo a fluir frente a él de manera espontánea, se me hace fácil decir lo que pienso y lo que siento.
—Pronto lo descubrirás.
—¿Propuesta indecente, señorita Blom?
Fingí que contenía las ganas de vomitar.
—Ugh, no.
—Por supuesto que no, no tienes tanta suerte.
—¡Theo!—levanté la mirada, sobresaltada, topándome con el rostro de la chica que interrumpió lo que quería acotar—. Oh, hola Heaven.
Me mordí la lengua, repentinamente fastidiada. No quería formarme una idea precipitada de Jennifer porque no la conozco, pero sospechaba que sus apariciones repentinas no eran producto de una casualidad. No es que vaya pasando por allí, nos vea y de pronto decida saludar. Hay altas probabilidades de que con premeditación busque a Theo por los pasillos, lo encuentre conmigo y decida acercarse.
Además, ¿Por qué actúa como si sólo registrara mi presencia en el último segundo? Con toda seguridad soy tan visible como el castaño desde la distancia.
—Hola.
—Jennifer—Theo la saludó con un asentimiento.
—¿Llegué en un mal momento? Porque quería pedirte que veas algo. Estuve aplicando la técnica de sombreado que me enseñaste en mi nuevo dibujo, pero el resultado no me convence... ¡Un cupcake! ¿Puedo tomarlo? Ahí tienes dos—Theo se lo pasó, titubeante.
Me arrepentí de no haberlo aceptado.
—Uh, bueno, creo que puedo darle un vistazo.
A Jennifer se le iluminó el rostro.
—Perfecto, ¿Vamos? Dejé la libreta en el salón.
No esperó un sí o un no, rápidamente se inclinó para sujetar al chico del brazo y tirar de él hasta ponerlo sobre sus pies.
Theo se frenó un instante antes de ser arrastrado, me miró y, durante un escaso segundo, pareció indeciso sobre si dejarse conducir por Jennifer o volver a mi lado.
—¿Nos vemos luego?
Asentí, brindándole una sonrisa para tranquilizarlo y calmar mi propia ansiedad.
Mientras los veía partir me dije que no era racional sentir que esa chica me había arrebatado algo que podría haber sido importante.
Quise hundir la cabeza entre las páginas del cuaderno y soltar un quejido de frustración. Ayer por la noche estaba determinada a alejarme de Theo, porque realmente no hay un lazo fuerte que nos una, o una razón para permanecer anclada a él, por no mencionar que su pequeño discurso lastimó mis sentimientos y corroboró lo que ya sabía: Que siempre, desde el principio, le he dado igual. Y hoy, a menos de veinticuatro horas, le aseguré nuevamente, dado que ya lo habíamos platicado de manera superficial, que le daría motivos para apreciar el hecho de existir.
¿Por qué? No lo sé. Dudo poder cargar con una responsabilidad así de grande. Recién ahora me queda claro que quizá ante sus ojos yo podría hacer su estancia en el instituto más llevadera, y eso no significa necesariamente que de pronto ejerza algún tipo de poder sobre él. Si no es capaz de valorar lo que tiene por sí mismo, ¿Qué me llevó a pensar que yo conseguiría hacérselo saber?
Ya fue una idea bastante estúpida haberlo invitado a estudiar, aunque reconozco que gracias a sus conocimientos he mejorado mis notas en materias como Biología y Química.
Mordí mi labio inferior, pensando en cómo le enseñaría a Theo Dervest lo que yo disfrutaba de la vida de manera que él lograra valorarlo también.
A fin de cuentas, esa no es la parte difícil. Lo más complicado será abrirle mi corazón sin entregárselo en el proceso, como en ocasiones tenía la sensación de que estaba pasando.