Abro mis ojos muy lentamente, desorientada, tratando de ordenar todo aquello que fui experimentando paulatinamente; la sensación del colchón bajo mi cuerpo, la brisa helada que acarició el pie que no queda cubierto bajo mis mantas, cierta fragancia bastante familiar que no logré identificar de primera instancia y algún objeto desconocido presionando sobre mi cintura.
Lo primero que vi en realidad fue un rostro; el de Theo. Me costó no retroceder porque me hallaba tan somnolienta que tenerlo allí, frente a mí, me resultó inesperado.
Pronto comprendí mejor la situación, en medio de una bruma que empezaba a dispersarse. Mi cuerpo y el del castaño, de alguna manera, se enfrentaron durante la madrugada, la palma de mi mano quedó apoyada sobre su pecho, y su brazo ahora mismo rodea mi cintura. Sus rodillas, semi flexionadas, consiguen mantenerme lo suficientemente apartada como para dormir en mi propio espacio. Absolutamente todo el aire que respiro huele a él, y hay tanta paz y silencio en el resto de la habitación que el único sonido que percibo proviene de su respiración.
Así, en calma, no hay ninguna barrera alzada que le haga parecer inaccesible e indiferente.
Quedé hipnotizada bajo el hechizo de sus facciones cinceladas. Aún adormilada, sin haber recurrido totalmente al uso de mis cinco sentidos, permanecí atenta a lo angelical que lucía con la escasa iluminación que atraviesa mi ventana bailando sobre su rostro, en halos delgados de luz. Me sentí tentada a elevar el brazo para apartarle del rostro ciertos mechones de cabello que, si estuviese despierto, quizá le molestarían, pero entonces, antes de llevar a cabo semejante acción que podría ponerme en evidencia, entré en razón.
Ahora sí, literalmente me desperté. Fue tan abrupto el cambio entre la semi-inconsciencia y la consciencia que la agitación me asaltó.
De inmediato llegó el pánico; analicé por fin el panorama desde el ángulo correcto.
Por lo general solemos dormir en la misma cama, pero con excepción del primer día, y unos instantes fugaces posteriores durante la madrugada, cada uno mantiene una distancia lo bastante prudencial y aceptable del otro como para que no valga la pena hablar de ello después.
El cuerpo del castaño está acorralándome contra la pared, si bien no me presiona de forma incómoda, y en la actualidad cada uno de mis sentidos se encuentra eclipsado por su presencia. Es imposible pensar en alguien o algo que no sea Theo.
Pese a ello mi terror no se fundamentó en la imagen que seguramente estamos dando, o en la cercanía, sino en todo aquello que yo sentí con el simple hecho de admirarlo.
Mi primer impulso fue apartarlo porque a estas alturas estoy plenamente segura de que juego a algo peligroso, donde definitivamente seré la única perdedora, pero no supe cómo hacerlo sin despertarlo. Me removí en el sitio con la idea de zafarme, pronto acepté que era imposible salir de ese rincón sin que él se enterase.
Naturalmente, Theo comenzó a abrir sus propios ojos. Por lo que he descubierto él no duerme a profundidad, y yo golpeé accidentalmente varias zonas de su cuerpo en mi intento de escape.
Durante un rato sólo me observó impasible mientras yo le sostenía la mirada. Parecía perdido, posiblemente en una realidad alterna, cada vez que parpadeaba con lentitud.
En cuanto advertí que su agarre se afianzó casi de forma imperceptible en torno a mi cintura, como si temiera a la posibilidad de que yo tomara distancia, reaccioné, poniendo mis dos manos sobre su pecho. El latir sosegado de su corazón por poco consigue distraerme, no obstante, tragué saliva y me mantuve firme con el plan.
—Theo... Necesito levantarme.
No registró lo que yo decía de la manera en la que esperaba, todo lo contrario, acortó varios milímetros el espacio entre nosotros. Fruncí el ceño, sin entender su actitud, cuando demostró una determinación absurda a no dejarme ir. Mi rango de movilidad se restringió considerablemente.
—No.
Percibí la vibración de su voz, excesivamente ronca por las horas en desuso, y mi confusión aumentó. Bien, él ya debería ser plenamente consciente de lo que ocurre.
—Theo...
—Aquí estoy bien, ¿Tú no?
Sí.
—No.
—Mentirosa.
—¿Qué?
—Estás mintiendo; te gustan los abrazos, abrazas a todo el mundo. Te he visto, en la cafetería e incluso en los pasillos, abrazando a las personas.
Alguien debía decirle que hay un tramo largo entre un abrazo común y… Esto.
—¿Has estado espiándome?—arqueé las cejas con suspicacia. El castaño entreabrió los labios, pero no respondió— ¿Qué pasa contigo?, ¿Por qué te comportas como si estuvieses ebrio?
Theo rió levemente. Descubrí que sí le era posible verse más encantador de lo normal.
—Todavía tengo sueño... De hecho, quizá esto es un sueño.
—De acuerdo, dame espacio. Creo que estás desvariando.
No hizo el amago de obedecerme, pero cuando quité su brazo para poder incorporarme correctamente tampoco se empeñó en retenerme.
Salí de la cama sintiéndome extraña. Tenía la percepción de que nuestro vínculo empezaba a consolidarse.
Afuera el Sol no termina de asomarse, sigue existiendo cierta oscuridad, y el frío me envolvió súbitamente en cuanto perdí el contacto con Theo.
Me quedé de pie en el centro de la habitación mientras él estudiaba cada uno de mis movimientos. Realmente no sé qué hacer ahora, sólo anhelaba estar lejos de su calor para poder pensar con tranquilidad.
Comprobé la hora en mi reloj, notando que en verdad no falta mucho para que el castaño deba irse. Él siguió el recorrido de mi mirada y entonces por fin se irguió, alzando los brazos por encima de su cabeza para estirar los músculos. Sentado el borde de la cama, apoyó los codos sobre sus muslos y el mentón sobre las palmas de sus manos. Paulatinamente volvía a adoptar el porte del Theo acostumbrado.
Sus ojos, dos pozos grises, relucieron con la chispa intrigante que los caracteriza.
—¿Por qué sigues buscándome, Heaven?
Dudé un segundo, preguntándome si acaso escuché bien. La tonalidad que empleó fue baja, moderada, casi como un murmullo ahogado que no debió ser oído por nadie más que él.
—Yo... Uh... Tú viniste a mí.
—No hablo de ayer, ni de hoy. Me refiero a todos aquellos pequeños acercamientos desde que nos conocimos.
Parpadeé, consternada. No supe qué contestarle porque esa no es una respuesta que maneje; no con exactitud. Al principio me impulsó la culpabilidad, ¿Pero seguirá siendo ese un motivo válido?, ¿Mi comportamiento con respecto a él se basa exclusivamente en el remordimiento?
—Pues... Sé que odias las disculpas, por algún motivo, pero yo tenía que... Ya sabes, hacer algo. Tú estabas tan solo... Debía compensar de alguna forma lo que pasó en X's & O's.
—Entonces sólo te acercaste a mí por ¿Lástima y culpa? Bien, tiene sentido—sonrió sin una pizca de felicidad y asintió para sí, como confirmando un pensamiento, a la par que se ponía de pie.
—¡No! No es así. Es decir, sí me creí responsable por arrebatarte el empleo, y aquel día en la cafetería sólo quería decirte que lo siento... Pero yo, no lo sé, no pude dejarlo hasta ahí.
—No, por supuesto que no, porque eres la maravillosa Heaven. Tú necesitabas asegurarte de que nadie en este mundo tuviera una mala imagen de ti.
—¿Qué?
—Seguiste insistiendo conmigo hasta que yo llegara a amarte. Heaven Blom le agrada a todos, es lo que he escuchado—se encogió de hombros. La indiferencia que mostraba al hablar así de mí me produjo una sensación desagradable justo en el centro del pecho—. Debías caerme bien, sí o sí.
—¿Crees que me ofrecí a ayudarte con tu proceso de adaptación por mí?, ¿Porque me importa demasiado la opinión ajena?, ¿Porque ser caritativa es lo único que me levanta el autoestima y me da algún tipo de valor?
Negué con la cabeza, incrédula. No es que yo esperara nada a cambio de mi cortesía, porque también reconozco que quizá hubo razones egoístas para aproximarme a él continuamente, pero tampoco me imaginé que fuera a acusarme de vivir de las apariencias sólo por haber querido ser amable. Theo comía en soledad, nadie se molestaba en mirar más a allá de su frialdad o su físico, nadie se cuestionó ni por un instante el origen de tal comportamiento, si quizá sufría en silencio, y mi única intención fue aliviar la carga que yo supuse tenía. Busqué maneras de distraerlo, en caso de que sus pensamientos no quisieran darle tregua. E, incluso, lo invité a formar un club de estudio porque sentí que le faltaba algún tipo de apoyo. Literalmente olvidé mi dignidad para poder ser irracional con toda libertad, siempre tratando de estar ahí para él cuando me parecía que no contaba con alguien más. ¿Cómo es posible que todo eso me haga parecer una chica que sólo busca lucir simpática ante los ojos del mundo?
—Sólo digo que quizá no pudiste soportar la idea de que alguien no se sintiera fascinado por tu existencia.
Quise comunicarle lo que pensaba. No entendía cómo pudo cambiar tanto el panorama en cosa de minutos. Pero me contuve, no le daría la satisfacción de enumerar lo que había hecho por él para que pudiera afirmar después con mayor ahínco que mi actitud sólo consiste en obrar para construirme una buena reputación.
—Creo que es hora de que te vayas.
Mi respuesta lo atrapó desprevenido, quizá esperaba que contestara con mayor acidez, pero lo cierto es que las discusiones nunca me han entusiasmado. Es improbable llegar a algo verdaderamente beneficioso tras un revuelo de gritos y ofensas, en la mayoría de los casos sólo termino mentalmente agotada. No necesito ni quiero cambiar su opinión, por mí puede pensar lo que le plazca. Oírlo me ayudó a comprender que no merece ni mi tiempo ni mis argumentos, si él no puede ver lo que en serio pasó por sus propios medios pues bien, ese es su asunto.
—No...
—Ahora. Shelby despertará pronto y no puedes estar aquí para entonces.
Asintió, recogiendo su suéter y el gorro de lana que trajo puesto. Cuando acabó miró alrededor, visiblemente incómodo. Por su expresión fue fácil deducir que pensaba añadir algo, pero yo ya había perdido el interés en escucharlo.
Lo que dijo me afectó más de lo que me atrevería a admitir, estaba doliéndome, de alguna forma, que tuviese esa percepción de mí. Pero lo aceptaría, lo toleraría y luego lo olvidaría porque soy yo la única responsable de hallarme en esta situación. Fue mi decisión hablarle, fue mi decisión abrirle las puertas de mi vida y me tocaba lidiar con ello.
Tal vez no fueron las otras personas que lo juzgaron mal, sino yo.
—Adiós.
Abrí la puerta de mi cuarto, invitándolo a salir con un ademán. En esta ocasión no pensaba acompañarlo hasta la entrada porque no me apetece y porque poco importa. Mi tía no se despierta antes de la hora a menos que algún estruendo excesivamente fuerte la sobresalte, y dudo que Collin haya regresado.
Theo se detuvo junto a mí un instante, frustrándome.
—Adiós—repetí, enfatizando la palabra en cuanto él entreabrió los labios.
Finalmente se marchó, quitándome un peso de encima al tiempo que sobre mis hombros recaía otro.
Pegué la espalda a la madera de la puerta cerrada, recuperando la respiración. El significado de lo acontecido se manifestó, trayendo consigo un sinfín de incógnitas a las cuales no conseguía ponerles una respuesta.
Opté por ocuparme de lo que debía hacer, como cepillar mis dientes y tender la cama. Theo había logrado que mi mente se volviera un caos en segundos.
Después de sus visitas tenía mucho en lo que pensar, pero nunca lo hacía. Es inútil evadir potenciales hechos y revelaciones importantes, sin embargo, suelo hacerlo todo el tiempo. Es lo que me mantiene optimista y animada; el creer que todo saldrá bien, pese a no ahondar demasiado en lo que vendría siendo el «Todo».
La mañana acaba de iniciar, un día largo e incierto espera por mí tras la puerta, invitándome a afrontarlo con todas las circunstancias y las emociones que podría conllevar.
Shelby despertó pronto, y mis pensamientos se aclararon en cuanto me concentré en auxiliarla con preparar el desayuno. Ambas comimos en silencio, evitando el tema de Collin a toda costa, a pesar de que el Pie restante almacenado en el refrigerador y la lata de crema batida que olvidé guardar eran un claro recordatorio. Me dije que ya resultaba estúpido obviarlo, dado que la trascendencia de lo que pasa es mayor a mis pocas ganas de discutirlo, y comencé a buscar la manera de iniciar la conversación.
No obstante, la entrada inesperada de mi hermano a la estancia se me anticipó.
Shelby fue la primera en notarlo, supuse que algo andaba mal cuando dejó caer su tenedor y soltó un pequeño grito. Por inercia me volteé, topándome con la figura erguida y tensa de Collin.
Fue imposible reprimir una exclamación; tenía la camiseta rasgada a la altura de las costillas y una cortada a lo largo de su piel con sangre seca acumulada en torno. Los golpes que ya le había visto anteriormente se aprecian más serios a la luz del día, violáceos y múltiples, desde la frente hasta el mentón. También presenta hematomas distribuidos en menor medida entre el cuello, los hombros y los brazos, así como cortes en el labio, hinchado, y la ceja derecha. Definitivamente hay heridas recientes, como por ejemplo la de su torso.
Atónita, estudié su semblante en busca de algún tipo de turbación, pero éste se hallaba cerrado de manera hermética ante cualquier análisis.
Shelby se puso de pie con tanta velocidad que volcó la silla, encaminándose hacia el chico a zancadas extensas. Elevó el brazo con el fin de tocarle el rostro, pero entonces Collin retrocedió.
—¿Qué te ocurrió?, ¿Dónde has estado?, ¿Quién te hizo esto?
—Sólo vine por agua.
—¿Qué demonios...? Collin, exijo una explicación. Dios mío, debemos llevarte al hospital.
—Estoy bien.
Mientras lo oía pensé que ya ni siquiera podía reconocer su voz.
Ahora es plana, robótica, incluso un poco tosca. Da la impresión de que la sola idea de hablar le molesta mucho.
—No, mírate, ¿Tienes algo roto? Buscaré hielo para rebajar la hinchazón de tu pómulo, ¿¡Cómo se te ocurre aparecerte así por aquí!? Estoy al borde de un infarto.
Histérica, Shelby intercalaba los reproches con frases cargadas de genuina preocupación. Las manos le temblaban, no lograba quedarse quieta, pasando el peso de su cuerpo de un pie a otro, y tenía un tic extraño que la forzaba a pasarse una mano por el pelo cada tres segundos.
—Sólo vine por agua, no creí que estarían dentro la cocina... Cálmate, Shelby, no hay razón para que estés tan alterada.
Ella se plantó a dos pasos de él, observándolo como si hubiese perdido la cabeza. Yo sentí que debía intervenir, pero mi cuerpo no reaccionaba. Mis ojos no paraban de pasearse por encima de cada golpe, de cada semicírculo rosáceo en la anatomía de mi hermano.
—¿En qué estás metiéndote, Collin? Porque ni siquiera cuando estabas en la secundaria llegabas a casa así.
—No te importa.
—¿Cómo?
—Lo que escuchaste, Shelby: No te importa.
—Ha sido suficiente, Collin, te he permitido demasiado en los últimos días, pero ya no más. ¿Dónde has estado? Te prohíbo que salgas de esta habitación sin haber contestado primero cada pregunta que te haga.
Tomándome por sorpresa, él la ignoró, pasando por su lado con el propósito de dirigirse al refrigerador.
—¡Collin Blom!
A Shelby se le enrojeció la cara como nunca antes. Nosotros no solemos hacerla enfadar, incluso se armó de una paciencia infinita durante los años de preparatoria alocados de mi hermano, por lo que observarla así de agitada es poco usual.
—¡Vete a la mierda, Shelby! ¡Me has mentido durante toda mi puta vida, no te creas con el derecho a decirme qué hacer!
Ambas dimos un respingo, el eco de ese grito rebotó una y otra vez en las paredes de la estancia, repitiéndose en un bucle.
Miré a mi tía, con el corazón a mil, para notar que había tenido que aferrarse a la barra de mármol. Parecía que sus piernas fallarían, perdió el color y temí que fuese a desmayarse. Pensé en situarme a su lado, para sostenerla y brindarle consuelo, más mis extremidades se sintieron sumamente pesadas. Permanecí anclada al taburete como una espectadora inútil que se sentía desfallecer.
Collin huyó, hecho una furia, dejándonos en un precario estado de ansiedad.
Sabía que no ignoraba los detalles del accidente. Dudo que nos haya oído murmurar en la cocina, pero es increíblemente probable que me hubiera escuchado a mí cuando se lo contaba a mis amigos.
—Shelby...
Sus ojos me buscaron, lo que identifiqué tras ellos me partió el corazón. Se veía fuera de sí.
—Dame un segundo, cariño.
Con dificultad enderezó la espalda, saliendo de la cocina como si tuviese las piernas entumecidas.
Esto fue lo que necesité para retornar del letargo. Prácticamente corrí hasta la habitación de mi hermano, adentrándome a ella sin frenarme a avisarle de mi presencia o pensar en la viabilidad de que se hubiera marchado. No estaba a la vista, pero pronto escuché el sonido del agua al impactar contra el suelo. Supuse que se encontraba en la ducha.
Mi vista fue a parar sobre la montaña de suéteres acumulada en el respaldo de la silla, en modo automático caminé hasta ella. Empujada por la curiosidad, introduje mi mano dentro del bolsillo y extraje la misma pequeña bolsa del otro día. Faltaba una pastilla.
En eso oí el «click» de la cerradura. Me giré parcialmente para hallar a Collin estático en el marco de la puerta, pasándose una toalla por el cabello húmedo con el propósito de secarlo.
—¿Qué haces aquí?—espetó, tratando de averiguar qué traía en mis manos.
Terminé de dar la vuelta, alzando el envoltorio plástico para que estuviera completamente expuesto.
—¿Esto qué significa?
Su mirada se ensombreció, dejó caer el brazo y caminó hasta mí, arrebatándome la bolsa de un tirón brusco.
—¿Quién te dio permiso para entrometerme en mis cosas?
—No me has contestado.
—Y no lo haré. Vete.
—No, ¿Por qué le hablaste así a Shelby? ¿Cuál es tu problema?
—Ahórrate la actuación de abogada. No me arrepiento de lo que hice, ni de lo que dije. Tú sabes perfectamente que ella estuvo mal, me ocultó probablemente la parte más importante de mi vida.
—¡Para protegerte!
—Bien, no me siento especialmente protegido ahora.
—Te estás comportando como un imbécil, Collin, y tú no eres así. ¿De dónde salieron todos esos golpes? Tienes la piel cubierta de ellos.
—Heaven, déjame en paz. Me duele la cabeza y en verdad no quiero lidiar contigo ahora mismo.
—Son drogas, ¿Cierto?
De un corto asentimiento señalé la bolsa.
Se encogió de hombros con indiferencia.
—Todo lo es.
—Esa no es una respuesta...
—¿Moralista? Quizá no, pero me da igual. Adiós.
Extendió el brazo en dirección a la puerta.
—Concreta—corregí, ignorando lo demás—. Collin, habla conmigo. Siempre hemos estado el uno para el otro, ¿Qué cambió?
—Uh, no lo sé, ¿Mi confianza hacia ti?—se acercó, apuntándome con su dedo—. Tú también pensabas engañarme, de hecho, lo hiciste. Me ocultaste lo que ya sabías.
—Shelby me aseguró que te lo contaría.
—¿Y lo hizo?
—Necesitaba tiempo, no seas tan injusto. Para ella tampoco está siendo sencillo.
—¿Eres consciente de que en teoría la muerte de nuestros padres es su culpa? Lo menos que podía hacer era ocuparse de nosotros.
Retrocedí un paso, jadeando. Me llevé una mano al pecho como si me hubiera golpeado, y es que de cierta manera fue así. Me faltó el aire al comprobar que no se retractaría; él en serio cree que nuestra tía es responsable por lo que ocurrió.
—¡No! Tú no eras su hijo, Collin, tenía todo el derecho a decidir no cuidar de ti sino se sentía preparada.
—Oh, claro, no me quiso entonces pero de pronto ahora sí. En la actualidad sí le interesa saber qué hago y qué no, ¿Por qué será? Ah, creo que conozco la respuesta: Culpa.
—No...
—Se sintió culpable porque sabe que lo es, ¿Y qué hizo? Adoptó al pobre niño huérfano junto con su más pobre todavía, y rara, hermana para expiar sus pecados.
Me enfurecí, realmente me molesté. Él podría ofenderme directamente con palabras más fuertes que «Rara» y yo sería indulgente, pero no a Shelby y no así. Todo lo que ha hecho desde el principio ha sido velar por nuestro bienestar, sinceramente ¿Qué le he hemos dado a cambio?, ¿Pequeñas alegrías? No hay nada que hagamos que le beneficie más de lo que nos beneficia a nosotros. Es ruin condenarla por haber tenido miedo, por haber sido una chica inexperta en la toma de decisiones y por haber querido seguir con su vida tal como la conocía. Ella no deseó que a Cole le fuera mal, que su economía decayera al punto de la miseria, y tampoco debía ocuparse de reparar tal situación.
—¿Qué tienes en la cabeza? Comprendo que descubrir algo así debió ser muy duro, lo entiendo porque lo viví y lo sigo haciendo a diario, pero eso no te da la potestad de igualar el sufrimiento de Shelby con el tuyo, hiriéndola. Las cosas no pasaron de esa manera, para ella no somos una obra de caridad.
—¿Estás segura, Heaven? Dime, si sentía que no podía cuidar de mí, ¿Por qué de pronto asumió la tutoría de ambos, con pocos días de diferencia entre la negativa y la aceptación? Súbitamente no se volvió millonaria, ni mayor, ni más experta, ¿Por qué esperar a que nuestros padres fallecieran para decidir que sí podía hacerse cargo de mí?
—No lo sé... Quizá sabía que ninguno de nuestros otros familiares tomaría la iniciativa, tal vez no quería que nos enviaran a una casa de adopción. Collin, vio a sus dos sobrinos desamparados y optó por arriesgarse a cuidarlos, pese a los obstáculos.
—Qué lindo suena dicho así. Ella es toda una heroína.
—¡Lo es! ¿Puedes parar de comportarte como si ella fuera tu mayor enemiga? Te ama, nos ama, jamás hubiera deseado vernos mal.
—El problema, Heaven, es que tú siempre encuentras la manera de justificar a todos. Por eso constantemente hay personas pasando por encima de ti. Te lastiman e intentas explicar por qué es válido que lo hicieran, por qué hay que eximir la culpa de los demás; traumas de la infancia, un mal día, inseguridades ocultas... Nunca nadie es, sencillamente, una porquería. Quizá no hay pretexto para Shelby. Es lo que es.
Para este punto mis sentidos se han descontrolado.
—Lo que dices no es cierto, y, si ese fuera el caso, esto es muy distinto.
—¿Por qué lo sería?
—¡Porque es Shelby!
—Y yo soy Collin, tu hermano... ¿Qué vas a decir de mí, cómo vas a excusar mi comportamiento? Seguro tienes algo interesante para decir.
—¿Sabes qué? No continuaré esta discusión contigo.
Sorprendiéndome, tomó una de las dos pastillas restantes y la situó debajo de su lengua, importándole muy poco la cara de estupefacción que puse.
—Deja de hacer eso—casi supliqué, consciente de que mi miedo es real.
—Oblígame—sonrió de forma burlona, dándome la espalda.
Comenzó a rebuscar en su closet por ropa limpia. Había montones de camisetas, jeans y zapatos esparcidos en el suelo.
—Lo que haces es peligroso.
—Da igual, de todas formas hace años que debería estar muerto.
En ese instante lo supe. Lo que Shelby vaticinó que pasaría se cumplió: Collin se culpa a sí mismo por haber sobrevivido, tal vez también por haber sido el hijo del que debían prescindir.
—Collin... Déjalo. Te haces daño.
—Dios mío, Heaven, eres peor que un dolor de cabeza. Acabo de comprobarlo. Esfúmate, voy a salir y necesito vestirme.
—¿Salir? No es momento de recrearse. Como familia tenemos una conversación pendiente.
—Y una mierda. En este momento ustedes no son mi familia.
Guardé silencio. Habría deseado poder retroceder el tiempo para asegurarme de que escuché bien, no obstante, no era necesario, porque Collin habló con bastante claridad.
—¿Cómo puedes decirme eso?
Se volteó, imperturbable ante el dolor en mi expresión.
—Creo que esta conversación ya acabó, Heaven.
—¿Sabes qué? Sólo espero que no te arrepientas demasiado tarde por esta actitud.
—Y yo espero que algún día, ojalá sea hoy, dejes de fastidiarme tanto. No te necesito, ni te quiero, detrás de mí.
—Bien, perfecto. No volveré a hacer nada esto—sacudí las manos en el aire sin poder darle un título a esta horrible escena—. No te forzaré a ser parte de mi familia, ni trataré de convencerte para que recapacites. Y créeme, esto va muy en serio, que si te mueres de una sobredosis no asistiré a tu puto funeral.
Di un portazo al salir, airada, pero ni bien crucé el umbral las lágrimas empezaron a brotar de mis ojos.
Collin acababa de romperme el corazón.
Jamás me imaginé que mi propio hermano pudiera ser capaz de lastimarme adrede. Realmente el parentesco no importa, sino que, en general, yo confiaba ciegamente en él. Si alguien me hubiera dicho que así estaría nuestra relación en la actualidad yo no le habría creído.
Tuve la necesidad de salir a caminar, buscar un parque solitario para dejarme caer sobre el césped y llorar en soledad, sin ruidos fuertes o presencia humana.
No podría enfrentarme a Collin en un tiempo.
Cuando las briznas del césped acariciaban mis piernas me permití sollozar, sollozar de verdad, sin ningún tipo de consuelo.
En el peor momento vino a mi cabeza el recuerdo de Theo. Él también hirió una pequeña sección de mi corazón. Y el llanto se intensificó.
Desconocía el por qué, pero lentamente notaba que pasaba más tiempo decaída y pensativa que animada y sonriente.
Desde el fondo de mi cabeza volvió a repetirse: La Heaven real.
Sinceramente...
¿Quién es la Heaven real?