Ser parte de la fundación califica como un privilegio, realmente lo es, porque cuando eres tú el que ayuda te das cuenta de que desde ese lado la vida es menos complicada. Pero no es tan fácil como yo creí al principio.
Hasta el momento no he dejado de ser una simple voluntaria, pese a que Estela confía en mí lo suficiente como para anexarme responsabilidades de mayor peso. No obstante la carga emocional, el trato con el que debes manejarte ante las personas y el buen desarrollo de cada actividad son cosas que no siempre se pueden sobrellevar.
Por algún motivo hoy me siento más ansiosa de lo normal, quizá porque Rosy no ha parado de transmitirme su exaltación a través de diferentes medios. Llegó a mi casa esta mañana, sonriente y agitada, cantando una tonta canción con tintes infantiles sobre el día que afrontaríamos. Y, mientras organizaba mis cosas y tomaba el desayuno, me siguió por cada habitación, hablando sobre cualquier tema que pudiera introducirse remotamente en la conversación. Fue agobiante con las preguntas sobre Theo. Por suerte desistió en cuanto le pareció que Tom sigue siendo más atractivo.
Ahora mismo vamos de camino al sitio donde acordamos encontrarnos con Giana y Elizabeth, nuestras compañeras de equipo, para luego dirigirnos hacia la casa de Meghan; una mujer de cuarenta años que vive sola en el reducido cuarto que consigue costearse tras un polémico divorcio. Rosy se adelanta cada tanto para situarse frente a mí y caminar en reversa, sin parar ni un segundo a tomar aire entre cada sílaba, alza los brazos como si pretendiera tocar el cielo y se reajusta las prendas al cuerpo. Yo intento seguirle el ritmo, haciendo comentarios sueltos y sonriendo cuando no se me ocurre qué decir, pero honestamente no estoy prestándole atención. Dejé de hacerlo después de una hora de convivencia.
Mi mente no consigue apartarse de Collin. Por primera vez en mucho tiempo apareció en casa con el rostro lleno de golpes. No debieron haber sido muy serios porque apenas se apreciaban como manchas irregulares en tonalidades rojizas, además de que él no dio la impresión de estar sufriendo demasiado, sin embargo, sirvieron para alertarme. Yo estaba despierta porque no podía dormir, tomándome un vaso de agua que dejé caer apenas lo vislumbré entre la penumbra de la estancia. No quiso explicarme qué ocurrió, esquivó cada una de mis preguntas y le restó importancia a mi preocupación con un vago ademán. Ni siquiera me dirigió la palabra, subió las escaleras en completo silencio y lanzó la puerta con tanta fuerza que desequilibró el cuadro colgado junto a ella. Cuando me desperté fui directo a su cuarto, esperando un rechazo, pero no estaba. Shelby dijo que ella tampoco alcanzó a verlo. Son las dos de la tarde y aún no tengo noticias de él; no contesta mis mensajes, ni mis llamadas. Para ser sincera, estoy aterrada.
No sé en qué puede estarse metiendo, porque es claro que se ha conseguido un par de problemas, y me llena de impotencia el no conseguir ayudarlo. Si él hablara conmigo... Desde mi cumpleaños, cuando aseguró que me quería, no me ha prestado verdadera atención más de cinco minutos. No parece el mismo Collin vivaz e insistente, ese que me arrastró hasta un empleo que no quería pero que quizá necesitaba, aquel que entraba cada noche a mi habitación antes de irse a dormir para preguntarme por mi día y encargarse de hacerme sentir acompañada y comprendida, el que se empeñó una semana entera en ver clases con Shelby para aprender a trenzarme el cabello, o el que me obligó a memorizar maniobras básicas de defensa cuando mi tía nos expuso que no podría seguir acompañándome a todas partes. Es, por el contrario, un ser distante y frío que casi nunca está en casa, que no se preocupa por nadie más que sí mismo, que no pretende interactuar con las personas que supuestamente le importan y que parece levitar en su propio mundo.
Independientemente de si está consumiendo algún tipo de sustancia o no, sé que el origen de su comportamiento viene de su interior. Algo en verdad grave lo consume lentamente.
—Mira, ¡Ahí están las chicas! ¿Las ves? Por allá, en la esquina del café... Giana tiene una blusa roja y...
—Sí, Rosy, ya las identifiqué—traté de controlar mis emociones porque no era el momento de echarme a llorar.
Todas parecían tener el ánimo elevado, charlaron de camino a nuestro destino con bastante vehemencia. Ninguna me conoce lo suficiente como para saber que yo, en particular, no debería haber estado tan callada.
Meghan nos recibió con la misma alegría de siempre, porque al no tener hijos o amigos éramos la únicas personas dispuestas a pasar tiempo con ella sin intereses de por medio. Ella nunca poseía demasiado, en ocasiones se saltaba comidas, pero cada vez que le mencionábamos la posibilidad de pasarnos por su casa planificaba una comida agradable y amena sobre el césped de su jardín delantero.
Sólo una cosa había cambiado en los meses que pasamos sin verla: Se había cortado el cabello, y estaba tan feliz por su decisión que no paró de ofrecernos cada mínimo detalle referente durante al menos una hora. A diferencia de su esposo, ella padeció bastante tras la separación. Era consciente de que no lo merecía, pero seguía amando al hombre que se encargó de echarla a la calle; no modificó en su aspecto físico absolutamente nada que a él le hubiera gustado tiempo atrás por años, en el fondo esperanzada de que él regresara.
Meghan es inmigrante, no tiene ningún pariente en este país, y él sencillamente la desechó porque conoció a otra mujer con más dinero sin haberse detenido a pensar en todo lo que ella sufriría en consecuencia. Ese imbécil adoraba que ella llevara el cabello largo, aunque nos aseguraba que siempre le resultó molesto. Sólo fui capaz de sonreír genuinamente cuando noté lo mucho que ha avanzado desde que la conocí.
Es una mujer fuerte, que por fin está poniéndose a sí misma en primer lugar.
Vinimos a su casa principalmente con el objetivo de adecentar la parte frontal y traerle comida, pero pronto nos encontramos riendo sin prestarle atención a lo esencial. Me sentía verdaderamente a gusto entre ellas, aunque no participaba mucho.
En cierto punto volví a entristecerme. Fue súbito: toda la tranquilidad que sentía se concentró en un nudo obstruyendo mi garganta. Dejé de sonreír, de opinar y de interactuar. Porque duele demasiado saber que una de las personas más importantes de mi vida, que son pocas, sufre en silencio.
Meghan no es adivina, pero sí muy perceptiva. Me pidió que me acercara mientras me entretenía con los pétalos de un jazmín, conduciéndome al otro extremo del jardín donde era menos probable que las chicas nos escucharan.
—No quiero entrometerme pero, cariño, ¿Te encuentras bien?
—Sí, por supuesto.
—Puedes hablarlo conmigo, si quieres—insistió—. No seré la mejor terapeuta del mundo, pero al menos sé escuchar. Ustedes ya me han oído alabar por horas al idiota de mi ex esposo—soltó una pequeña carcajada.
—Eres muy amable, pero no creo que...
—Vamos pequeña, no te juzgaré. De hecho, es posible que no vuelva a verte en meses. Con lo mala que es mi memoria, te aseguro que en dos días ya he olvidado cualquier cosa que me comentes.
Sonreí por inercia. El interés que estaba mostrando por mí se percibió como genuino. Pensé en la opción de contarle, y rápidamente decidí que no era exactamente una mala idea.
Rosy, Giana y Elizabeth seguían trasladando macetas de un lado a otro, buscándoles la mejor ubicación. Me aseguré de que no estuvieran prestándome atención antes de hablar.
—Sospecho que mi hermano podría estar...—me detuve. Por un momento me pareció absurdo lo que diría a continuación. Pero me obligué a seguir, soportando la punzada que sentí—... No lo sé, ¿Drogándose?
La última palabra surgió rodeada de dudas y mucha, muchísima, ansiedad.
Meghan frunció los labios, durante un rato no dijo nada. Quise saber qué pasaba por su cabeza. Es ridículo, pero deseé que me mirara como si tuviese de pronto un tercer ojo y pronunciara con la mayor indignación posible “No, estás imaginando cosas”.
—¿Qué tan cercanos son?
—¿Collin y yo? Bueno, nuestros padres fallecieron, ambos éramos muy pequeños—contrajo el gesto por la sorpresa. Pese a que hemos convivido con anterioridad, normalmente nuestro enfoque es ocuparnos de ella y sus sentimientos. Jamás hablamos demasiado de nuestras propias vidas—. Cuando eso ocurrió, sólo hablaba con él. Durante días no abrí la boca, pero, luego, sólo podía dirigirme a él.
Recordé brevemente aquellos tiempos en los que literalmente actuaba como una muñeca a la que podían y debían manejar. Sencillamente no conseguía asimilar lo que pasaba, me costó más que sudor y lágrimas poder lograrlo. Nunca he sido del tipo de persona que procesa a gran velocidad cada cambio, menos sin son de tal magnitud. Esa fue la primera vez en la que me vi forzada a enfrentar situaciones desesperantes e inesperadas. Collin constituyó mi ancla a la realidad, lo único a lo que podía aferrarme cuando sentía que me estaba perdiendo dentro de mi propia mente, dado que dio todo de sí para ello. Él padeció lo mismo que yo, con más intensidad porque tenía la edad suficiente para repasar absolutamente todo; desde los desayunos familiares y las salidas espontáneas hasta la imagen de nuestros padres dentro de dos ataúdes, pero, de todas formas, cuidó de mí. Yo me encerraba en una burbuja impenetrable a la que nadie sabía cómo acceder, y mi hermano se encargaba de traspasarla en cuanto advertía que me absorbía demasiado.
No voy a mentir diciendo que pude superar mis traumas por su causa, porque cada persona debe ocuparse de su salud mental individualmente para que la transformación sea real, sin embargo, definitivamente puedo afirmar que fue la roca donde me apoyaba cuando resistir dejaba de ser una alternativa. Me brindó paz y alegría en mis días más oscuros, siempre tratando de combatir los pensamientos lúgubres que me abnegaban por medio de dinámicas y juegos que él mismo se inventaba, pequeñas aventuras y su silenciosa compañía. En este caso digo con toda la sinceridad del mundo que no sabría que sería mí si no lo hubiera tenido, o si él hubiera optado por mantenerse al margen.
—¿Qué tanto te importa? Él, me refiero.
La observé. Hablar con ella, comprendí, es incluso más agobiante que tener conversaciones serias con Xanthia. Como mi mejor amiga, no es muy expresiva, de hecho, es evidente que se controla incluso cuando siente la necesidad de realizar comentarios con un trasfondo sentimental, pero sus preguntas son contundentes. Te obligan a detenerte, analizar la respuesta y, en el proceso, a descubrir qué es lo que en verdad sientes.
—Quizás demasiado—confesé, porque no sabía si el asunto debería afectarme a este nivel.
—¿Y lo han hablado? La palabra “sospecho” indica que no es algo seguro.
—No... Yo encontré cierta cantidad de pastillas, en realidad, muy mínima... Pero no he podido enfrentarlo.
—Pequeña, si existe confianza alguna deberían ser capaces de conversarlo.
—Ojalá fuera tan fácil.
Creí que acotaría que, de hecho, lo es. Más no lo hizo. Pareció, de pronto, sumamente reflexiva.
—Bien, de acuerdo, tal vez no lo es. Yo intuía que Will me engañaba años antes de que tomara la decisión de dejarme. Nunca lo confronté, temía una confirmación; hasta que el resultado me estalló en la cara. No intento justificar o defender su proceder por el simple hecho de que yo no le haya soltado a la cara un «Hey, sé que frecuentas a otras mujeres», pero sí afirmo que debí ocuparme del tema tiempo atrás, cuando el impacto fuera menos doloroso... Heaven, no le hablé al respecto, y aun así amoldé mi forma de ser a lo que él quería de mí para mantenerlo interesado. Tomé esa suposición y la convertí en un incentivo para mejorar las cosas entre nosotros. Él, ese imbécil, no merecía la mitad del esfuerzo que yo puse, pero por lo que me cuentas, juraría que tu hermano sí—apoyó una mano sobre mi hombro—. Si lo que crees es cierto, debes conocer sus motivos. Él estuvo para ti, ahora es tiempo de que se lo retribuyas.
Salí de ahí con la decisión de encarar a Collin arraigada. Eran las cinco de la tarde y él probablemente no está en casa, pero tarde o temprano llegaría.
La charla sirvió para hacerme sentir culpable, porque entonces entendí que había estado preocupándome más por cómo influye en mí la información que ahora poseo; qué tan triste me pone, qué tanto me lastima, que por cómo ha de sentirse él.
Dudo que esté comportándose de esa manera por las razones correctas, aunque francamente no sé si existe una, a todas luces brilla la desesperación. Pondría mi mano en el fuego porque sólo trata de despejarse, de dispersar sus pensamientos y ocupar la mente en otras cosas.
Debo hablarle para hallar el por qué, si bien una voz en mi cabeza susurra la respuesta a esa interrogante. Y no, no poseo la valentía necesaria todavía, pero es probable que nunca lo haga. A veces sólo debemos lanzarnos al vacío sin meditarlo tanto.
De momento no soy una experta horneando, pese a eso seguí una receta extraída del internet para preparar Pie de limón. Tras colocarme un conjunto cómodo y encender la TV llegué a la conclusión de que me vendrían bien muchos pequeños elementos distractores que amenicen el ambiente y hagan el momento más llevadero una vez Collin cruce la puerta de entrada. Puse su serie favorita y compré crema batida para que pudiera cubrir su porción de la tarta como es usual. Shelby me observó desde el marco de la puerta, mientras daba vueltas por la cocina en mi afán de preparar un Pie decente, pero no emitió pregunta alguna. Yo supuse que sacó sus propias conclusiones y optó por hacerse a un lado. Todavía no discutimos el qué haremos con Collin y no se ocurre el momento perfecto para hacerlo.
No cené porque no tenía apetito, me encontraba absolutamente nerviosa. Cepillé mi cabello cinco veces, eliminé cualquier arruga ligeramente visible sobre la sábana de mi cama, repasé un listado de verbos en inglés que debía aprender para la próxima evaluación, revisé mi perfil en todas las r************* existentes en mi teléfono, conversé sobre Meghan con Shelby y dibujé el boceto de un vestido que ronda mi cabeza desde hace días, dividí el Pie en pedazos de igual tamaño, serví dos vasos de limonada rosa y finalmente me senté sobre un taburete, con la mirada perdida en la fachada del refrigerador, escuchando al fondo el guion que prácticamente podría repetir al pie de la letra de Friends al mismo tiempo que, afligida, luchaba por no llorar.
Las horas habían pasado. Shelby se acostó a dormir, sonriéndome con pena antes de despedirse. Y Collin no vino a casa.
Es mayor de edad, mi tía ya no pude imponerle un horario y castigarlo si no lo cumple; debe respetar que es un chico grande, aceptar sus decisiones en tanto no sean perjudiciales. Yo comí mi trozo correspondiente de Pie con la vista fija en nuestro chat. Hay una lista larga de textos sin respuesta que le he estado enviando en los últimos días. No supe si agregar uno más.
En verdad me asusté, anhelé que cruzara la puerta. Sólo eso. Me conformaría con verlo aquí, sano y salvo, aunque demostrara su típica y reciente indiferencia. Desconocer su paradero es angustiante.
Un torrente de lágrimas saladas amenazaba con derramarse cuando la pantalla de mi teléfono s iluminó de pronto. No había apartado la mirada, por lo que enseguida admiré el nombre de Theo justo en el centro, debajo de la notificación que anunciaba la entrada de un mensaje nuevo.
Hey...
Creo que ya sabes lo que sigue.
Sin experimentar ningún tipo de emoción seguí observando el teléfono hasta que éste se bloqueó. Una gota se deslizó por mi mejilla y me apresuré a limpiarla. Clavé la mirada en el techo, esperando a que las ganas de llorar desconsoladamente desaparecieran. Theo escribió alrededor de tres o cinco veces más, pero no le presté atención. Cuando por fin me serené bajé del taburete, mentalizándome para dejar allí la tristeza y todo aquello que pudiese ponerme en evidencia ante el castaño.
Honestamente me sorprendió que siguiera aguardando al otro lado de la puerta diez minutos más tarde.
—Por un instante creí que estabas dormida.
—No me avisaste que vendrías.
No ocurría siempre, pero en ocasiones se tomaba esa tarea.
—Sí, bueno, digamos que fue un plan de último minuto.
Estudié su aspecto. Como es costumbre, luce recién salido de una revista. Tuve el presentimiento de que quizá pensaba ir a una fiesta.
—Sube a mi habitación—alzó una ceja, vi venir un chiste con doble sentido que corté a tiempo—. En silencio, ¿Bien?
—No estamos de buen humor ¿Eh? Reconozco que esto es nuevo.
Intentó analizar mi expresión, de modo que desvié el rostro antes de que lograra hacerlo. Retrocedí para dejarle espacio, Theo entró y se detuvo junto a mi sofá, prestándole atención por un segundo a la imagen que continuaba proyectándose en la TV.
—Espérame arriba—insistí—. Iré en un momento.
Me miró, otra vez con la intención de descubrir el sentimiento tras mi poco usual trato desinteresado, y, para proseguir con mi técnica de evasión, hui a la cocina. No quería desperdiciar todo el Pie; había perdido parte de la convicción requerida para enfrentar a mi hermano, de modo que coloqué una porción sobre un plato de plástico y decidí dársela a Theo.
Se mostró atónito al recibirla.
—¿Y esto?
Me encogí de hombros, ocupando un lugar a su lado sobre mi colchón.
—Debo practicar lo que me enseña Duncan.
Theo resopló un instante antes de dar el primer bocado.
—Duncan.
—¿Qué?
—Nada.
—Oh, vamos, lo dijiste como si hubiera mencionado al ser más despreciable en todo el planeta.
—No...—procedió a devorar otra sección del Pie. Fijé la vista en su perfil, absorta en el movimiento de su mandíbula. Incluso eso le sale espectacular—. Es sólo que, sinceramente, nunca había escuchado un nombre tan horrible.
—Duncan no es un nombre horrible.
—Lo es, pero jamás vas a admitirlo porque es tu amigo.
—Eso no influye. Por ejemplo, soy muy capaz de reconocer que tu nombre es espantoso, y muy anticuado.
Theo chasqueó la lengua. Contuve el impulso de decirle que no iba en serio.
—Pero nosotros no somos amigos.
Días atrás me habría consternado percibir la seguridad en sus palabras al pronunciar aquella frase, no obstante, hoy sólo me hizo fruncir las cejas con fingida ofensa.
—¿Y entonces por qué estás en mi casa?
Alzó el tenedor que le cedí, mirándome por fin a los ojos. Sonreía débilmente.
—Porque eres buena haciendo Pie.
—Así que Theo Dervest es un chico interesado. Curiosamente, ya lo sabía.
—¿Disculpa?
Colocó el plato sobre mi mesa de noche, donde no podríamos quebrarlo por accidente.
—Charlie iba a conseguirte un trabajo, pero como no se concretó, lo desechaste—bromeaba, por supuesto, pero parte de mi curiosidad salió a flote.
—¿Tú qué sabes de mi relación con Charlie?—entrecerró los ojos, ligeramente cauteloso.
—No mucho, la verdad. Ambos son bastante reservados.
—Yo no soy reservado.
—Por supuesto que sí.
—Si ese es el caso, tú también.
Reí ante lo absurda que sonó su declaración. No miento al decir que incluso he comentado los sitios en los que se distribuyen mis lunares con completos desconocidos.
—Definitivamente no.
—La Heaven que yo conozco, la Heaven real, lo es. Al menos con los asuntos que de verdad son relevantes.
—¿La Heaven real? ¿De qué hablas?
—De la chica que aparece a esta hora, junto a mí, cuando no hay nadie más alrededor para decirle que no está siendo lo suficientemente feliz.
Mi corazón se aceleró.
Este tipo de charlas sólo las he mantenido conmigo misma.
—¿Qué...? Yo... Tú... El frío de la madrugada comienza a afectarte; quizá deberías abrigarte un poco más la próxima vez que vengas—le dirigí una sonrisa que pretendía quitarle tensión al ambiente y, de paso, calmar mi propio estado.
Como si él hubiese activado un interruptor, algo se encendió dentro de mi cabeza. Y me obligué a empujar todo lo que me asaltó después al fondo de mis pensamientos.
Theo no insistió más en el tema, seguramente advirtió la incomodidad que me produjo su comentario, y nos dedicamos a platicar sobre otro tipo de cosas.
Él me hablaba, pero por lapsus yo oía lo que decía a la distancia, como a través de un cristal insonorizado.
La Heaven real...
La Heaven real...
La Heaven real...
Después de convertirme en lo que era, luego de amoldarme a lo que esta vida necesitaba de mí, tras sentirme sorprendentemente cómoda con el cambio que tuve, me pregunté si es que esa chica sonriente era yo, o si era sencillamente una proyección de cómo debía ser. Si es que, en mi interior, podía decirse que era animada y alegre, o si lo fingí por tanto tiempo que olvidé cómo actuar de otra forma. Si en serio me sentía a gusto con mi nueva personalidad o si es que sólo era para mí como parte de un deber.
¿Yo podía sonreírle a todos todo el tiempo, o me forzaba a hacerlo para no recaer?
Nunca encontré la respuesta.
Me aterró descubrir que Theo era capaz de ver a través de mí.