Parábola de un soñador.
De niños, se nos enseña a creer en los sueños; “el cielo es el límite para soñar”, dijo mamá cuando decíamos que seríamos astronautas, bailarinas o bomberos…
Los sueños se convierten en el combustible de la vida desde el inicio de la misma, pero fácilmente, cuando pasan los años de ingenuidad e imaginación, el sedentarismo nos puede, nos acostumbramos al molde y luego, como ese niño que quiso ser astronauta no lo logró, nos entregamos a la derrota.
No voy a mentir, hacer los sueños realidad cuesta, pero mayor es el engaño que se ve día a día, de que “sólo basta creer”. Mentira. Una y mil veces mentira. Un sueño sin una meta es como un vehículo que corre con el freno puesto. No avanza, no se mueve, no se mueve. Sólo se queda estático, estancado en el mismo lugar y así, cuando pasa el tiempo, los años; cuando se te ha ido la vida en afanes y banalidades, cuando miras atrás y recuerdas ese sueño inconcluso desde la niñez, entiendes que sin importar cuántas deudas hayas pagado, tendrás siempre ese asunto pendiente contigo mismo, que no hace humanos, seres completos…
Esos momentos de satisfacción y plenitud personal, que sólo se obtienen cuando coaccionamos para que ese sueño se haga realidad.
Como aquel niño, que quiso ser astronauta, pero desperdició su tiempo de estudio en juegos infantiles, no puede retroceder ni cambiar sus decisiones, tú y yo debemos saber que para cumplir los sueños, se requiere trabajo duro y dedicación.
°García
Hábitos.
Edith tiene 36 años de los cuales ha ofrendado 17 a su esposo Mario, quien tiene 48.
Tienen dos hijos, un perro y una pecera. Edith es asistente de un juez, su esposo Mario es conductor del transporte público. Viven en un vecindario tranquilo y a primera vista proyectan ser una familia común y corriente de clase media baja.
Sus hijos, David y Enrique, tienen 13 y 15 años respectivamente. Cada día a la hora de cenar, se alegran de compartir semejante momento en familia. Pero en la intimidad, Edith y Mario perdieron total interés el uno por el otro, dando lugar a una interrogante en la mente de Edith, ¿soy feliz?
Desde el nacimiento de su primer hijo o tal vez mucho antes, ella descubrió en Mario un hombre taciturno, terco, hosco y egocéntrico. Un farsante que de primera, que se preocupa por su bienestar y nunca en el resto, pero como “una madre abnegada” y con la pobre excusa de darle a su bebé una base familiar sólida, pretendió que con el tiempo, maduraría y las cosas serían mejores… Otro hijo y 15 años después, las cosas han cambiado poco y lo que ha cambiado, va en detrimento; recibiendo las sobras de un salario mínimo que le brinda su marido, cuando se acuerda de hacerlo, Edith aún sueña con el cambio de Mario y llevando las riendas económicas del hogar, se enfrenta de sol a sombra a luchar como una fiera por su familia y matrimonio.
Sabiendo que las fulanas no le faltan a su primer amor, ella, por enseñar a sus pequeños la imagen de una familia nuclear, se olvidó de esa mujer que sueña, siente y necesita. Ahora, adquiriendo como amigas a la estufa y la lavadora, sin importar cuán cansada esté después de una jornada laboral, Edith, como la excelente esposa y madre que es, casta y pura, se esmera en servir a los suyos, cada día lo mismo, sin cambios, sin alteraciones, sin mejora, ¡porque a eso les acostumbró Edith!
Pero qué ilusa, ¿cómo enseñar alegría y amor, siendo carente de ellos? Hizo sacrificios por nada, porque su familia está rota y lo peor de todo es que no lo sabe.
°García
Una mirada al pasado.
Cuando se habla del pasado, muchos lo hacen con nostalgia, otros con dolor, otros con desasosiego pues tienen el sentimiento de haber dejado algo inconcluso que aún les espera.
El pasado, para muchos, es una carga gigantesca, que siendo de gran peso, les aplasta cada día los chances de triunfar.
Para otros el pasado se convierte en una borrón de sombras y fantasmas; una acuarela de fúnebres tonos que nubla su presente...
Y en concreto, ¿cuál debería ser nuestra actitud ante el mismo? ¿Apego u olvido?
Lo cierto es que el carácter de la gente es como un enorme trozo de madera, que va adaptando forma acorde con los golpes que va recibiendo por el pico del escultor. Algunos reciben estocadas tan fuertes que con el tiempo se tornan deformes, otros reciben un breve roce, por lo que su actitud queda casi igual, sin cambios drásticos. Muchos han sido moldeados, pero les falta lija y por eso son tan toscos y rústicos.
El punto es que, es el pasado quien nos trabaja, nos labra, nos pule, nos educa siempre y cuando haya disposición de ser buenos estudiantes y recibamos las lecciones.
Escucharás constantemente que lo correcto es mirar atrás sin dolor, recordar sin dolor y vivir sin dolor… ¿Adivina qué? Es mentira. Lo adecuado es mirar atrás y palpar ese dolor de ayer, acariciar esa herida y abrazar esa pena. Lo adecuado es admitir el sufrimiento, reconocer que aunque ya no te duele, en algún punto lo hizo y que fue duro, que vivir con ello es duro…
Mirar atrás es sano, para no olvidar el daño tremendo e irreparable que nos han hecho y sobre todo, el daño que hemos causado nosotros mismos.
°García
Me tendrás a mí.
Llegará el momento, en el que el peso de la vida jorobe tu espalda, tu ánimo esté abatido y la congoja diga presente…
Cuando tus alas se rompan y ya no puedas volar. Cuando las alturas estén demasiado distantes, a lo lejos se encuentren. Cuando la mirada se empañe por el desánimo y desaliento, cuando la vista se inunde en lágrimas amargas, cuando a tus pies los aten pesas que atrasen tu trayectoria, cuando tu voz sea silencia por el ruido del mundo, cuando tu música se extinga, cuando tu fuego no caliente, cuando te duela el alma y tu amor agonice…Acuérdate de mí. Búscame.
Yo estaré para cargar contigo, animarte siempre, hacerte sonreír.
Déjame coser tus alas, si no es posible, pues te subo un avión para llevarte al cielo.
Que mi presencia sea un soplo, que quite impurezas.
Acompañarte un segundo de llanto y mil horas de alegría.
Déjame andar, caminar o correr a tu lado, disfrutar del camino contigo, a la velocidad de un rayo, o a paso de caracol.
Estaré para escucharte, silenciosa y serena, apreciaré la dulzura de tu voz.
Me gozaré en la armonía de tus cantos, en el compás de tus sueños, en el son de tu espíritu.
Permite que la tibieza de mi corazón te cobije, que la calidez de mis ojos demuestre mi afecto.
Y si fuere necesario, brindaré primeros auxilios a un corazón casi fallecido… Poquito a poco, con mimo y amor.
Concédeme todo esto y seré feliz, pues mi alegría no reside en remodelar lo que eres, lo que cargas… ¡Jamás y nunca me atrevería!
Quiero que seas tú, quiero ser yo, acompañarnos mutuamente, para tenernos como un tesoro de incalculable valor, pero que en las buenas y en las malas cuentes conmigo, sabiendo siempre, que me tienes a mí.
°García
No subestimes.
Si la gente supiera el precio de mi sonrisa, pusieran en balanza sus actos de herirme.
Si tuvieran una idea de lo mucho que me cuesta mantener la frente en alto, la mirada erguida y el rastro de un destello en los ojos, si se atrevieran a mirar tres cuarto de milla más allá de lo que digo, verían que entre mi bagaje llevo, mucho más que equipaje, también el dolor.
Si la gente, esa masa colectiva que cada día señala, mira y escruta mi andar sin probar mis zapatos, mi escritura sin leer mis versos y mi afecto sin probar mi amor, en acto tan honorable como el de guardar silencio, se osara a entrar en esta burbuja invisible en la cual me he sumergido y llamo yo mi mundo, descubrirían quizá, el tesoro que soy.
Un diamante en bruto, eso tenlo por seguro, pero de resonancia exótica, de fragancia ligera y sabor inolvidable… Qué triste que la gente, apresurada de verborrea, se esmera en crear preceptos, conceptos y pretextos de los demás.
¡Qué problema con la gente! Llega pronto, dicen mucho, hacen poco y nada más. Como hojas que lleva el viento, va pasando la gente, sin permanecer toda la temporada, pues en el frío invierno no dejan rastro, sin embargo, ¡están por doquier en la abundancia de la primavera!
¿Qué hemos de hacer con la gente?
°García