Narra Athom…
Al salir de aquella oficina los latidos de mi corazón no hacían más que aumentar con velocidad, como si este quisiera salir por mi pecho, y no era para menos, ya que aún me encontraba afectado por haber encontrado aquel bebé en mi oficina, el que supuestamente, según la nota que traía consigo, era mi hijo. Por más que lo intentaba, no entendía nada de la situación, ni mucho menos cómo aquel pequeño había llegado hasta ahí, por lo que me dirigí hasta el área de seguridad de la empresa en busca de respuestas y al llegar a la puerta indicada, toqué con mis nudillos con la esperanza de encontrar aquí lo que buscaba.
—¡Señor Patel! Que gusto verlo —murmuró emocionado aquel anciano al verme. Intenté dedicarle una sonrisa amable, pues dicho hombre llevaba muchísimos años trabajando para la empresa, y era un muy buen amigo de mi padre.
—Buenos días, señor Fritz —saludé con una asentimiento de cabeza a la vez que estreché su mano contra la mía—. Necesito de su ayuda, pero le anticipo que se trata de algo bastante delicado.
Aquel hombre me miró con seriedad y asintió en respuesta, para luego hacerse a un lado y dejarme entrar en su pequeña oficina. Miré a mi alrededor y agradecí encontrarnos a solas, pues no quería que nadie más se enterara del nuevo suceso, ya que no necesitaba rumores ni malos entendidos, por lo menos no hasta tener todo claro y asegurarme que ese bebé era mi hijo.
—Cuénteme jefe, estoy para servirle —dijo al sentarse tras su ordenador. Me dejé caer en una silla cercana a él y comencé a sentirme cada vez más nervioso, por lo que aflojé un poco el nudo de mi corbata para poder respirar mejor.
—Seré breve… —susurré hacia aquel hombre que sabía que era de mi confianza—. Hay un niño en mi oficina, apareció de la nada y necesito saber quién lo trajo, pues según tiene seis meses y no creo que haya llegado caminando por sí mismo.
El señor Fritz abrió los ojos de par en par ante mis palabras y luego negó con la cabeza, como si no pudiera creer lo que le estaba contando.
—¿Un bebé? —preguntó para cerciorarse de lo que había oído. Asentí y liberé un enorme suspiro agobiado—. Voy a revisar las cámaras de seguridad ahora mismo.
—Por favor —musité con súplica. Aquel hombre comenzó a teclear en el ordenador que tenía enfrente y noté como sus cejas se arrugaban cada vez más, para después levantar la mirada hacia mí.
—Creo que encontré algo —susurró.
Me puse de pie y caminé hasta el señor Fritz para observar la pantalla del ordenador y mis manos comenzaron a sudar ante la expectativa, pues las imágenes de la cámara estaban en modo rápido y aún no veía nada, pero pocos segundos después todo comenzó a tener sentido.
—Esto fue a las seis y media de la mañana… —murmuró y luego señaló un punto en la pantalla, donde una mujer de pelo castaño caminaba hacia Emma, la recepcionista, quien estaba recién acomodando sus cosas en el cubículo de trabajo. Quería verle la cara a aquella mujer, pero en todo momento ella estaba de espaldas a la cámara—. Al parecer hablaron algo, y luego subió por el elevador —me explicó el señor Fritz a la vez que yo no despegaba mis ojos de la pantalla frente a mí.
—Diablos, tendré que hablar con Emma para ver por qué motivo la dejó entrar… —dije para recordarme hablar con aquella mujer.
Me acerqué con cautela al ordenador y entonces noté que aquella desconocida traía consigo aquel canasto de mimbre donde venía el bebé. Agudicé mi visión para captar cada detalle de aquella mujer, hasta que de pronto, ella miró hacia la cámara que estaba en la esquina del ascensor y su rostro fue claro para mí.
—¡Ahí está! —el señor Fritz detuvo la grabación y pronto noté como abría un programa en el cual la cara de aquella mujer fue escaneada y luego apareció en pantalla toda su información—. Madison Taylor, residente de Wellington, 27 años, soltera… —siguió diciendo más datos sobre la vida de aquella chica, pero mi cerebro era incapaz de prestar atención, pues no podía creer lo que él me estaba diciendo.
—Maldita sea —espeté al ponerme recto y llevar ambas manos a mi cabeza, pues de inmediato recordé aquella maldita cita que me había conseguido Amalia hace varios meses con la prima de Max, Madison, quien ahora aparecía en mi oficina para dejarme un bebé que supuestamente era mío.
Mierda, mierda, mierda.
¿Acaso Madison quería aprovecharse de mi situación económica? No, no quería creer eso, pero de no ser así, la respuesta era clara, y ese bebé era hijo mío, lo que seguía siendo igual de conflictuante para mí.
—¿Qué más puedo hacer por usted? —preguntó el hombre mirándome hacia arriba. Tragué saliva con dificultad, intentando pensar con racionalidad y luego me convencí de que todo estaría bien, pues sólo debía hablar con Madison y aclarar esta situación.
—Necesito la dirección de aquella mujer, por favor, ¿puede enviarmela a mi celular? —pregunté a la vez que me alejé de aquel hombre en dirección a la salida, pues ahora que tenía una respuesta, tenía mucho que hacer.
—Claro, ahora se la envío, jefe —asintió con la cabeza y su mirada denotaba preocupación, por lo que intenté disimular que nada estaba afectándome.
—Gracias, señor Fritz —sonreí de medio lado y luego salí de aquella oficina.
Caminé con rapidez en dirección a la salida del edificio, cuando de pronto, me topé con la amable señora Emma, quien me sonrió con amabilidad, como siempre, y entonces me acerqué a ella para averiguar un poco más sobre la reciente situación.
—Emma, tengo que hacerle una pregunta —musité afirmando mi cuerpo levemente sobre su pequeño cubículo—. Noté que cerca de las seis y media de la mañana ingresó una mujer a mi oficina, ¿por qué la dejaste pasar? —cuestioné sin rodeos. Los ojos de la mujer se abrieron de par en par al notar que de seguro, algo malo había ocurrido como para que yo le estuviera preguntando aquello.
—Aquella mujer dijo que traía un paquete de parte de la señora Aurora Williams —explicó con nerviosismo, mordiendo su labio inferior y jugando con sus dedos.
Bufé con desagrado y me maldije a mí mismo al haberle contado en aquella cita que mi madre siempre me enviaba regalos a la oficina, pues ahora, Madison lo había utilizado para su beneficio propio.
—Ella le mintió, Emma —dije con una mueca en los labios y la mujer frente a mí abrió la boca con asombro.
—Lo siento mucho, jefe —susurró mientras su rostro palidecía—. Fue mi culpa el dejarla entrar sin indagar más, pero prometo que no volverá a suceder —aseveró con convicción.
—Desde ahora, nadie entrará sin mi permiso o del señor Fritz —le indiqué con una sonrisa amable, pues sabía que aquella mujer no haría nada para perjudicarme, pues la conocía hace años—. No se preocupe, Emma, no fue su culpa, pues yo debí poner orden mucho antes de que esto ocurriera.
—Aún así, vuelvo a pedirle una disculpa —susurró avergonzada, desviando la mirada.
—Está bien, Emma —asentí con la cabeza y me sentí mal por la mujer que tenía enfrente, pues se mostraba muy arrepentida, y yo no la estaba culpando—. Ahora saldré, cualquier cosa puedes acudir a Ruby o al encargado de seguridad. Que tengas un buen día.
—También usted, jefe.
Le sonreí y luego continué mi camino hacia la salida de Intelligent con un solo objetivo: encontrar a Madison Taylor.
(...)
Miré la casa frente a mí y me preocupé de que fuera la dirección correcta, para después bajarme de mi automóvil con la ansiedad corriendo como loca por mi sistema y enfrentar el problema tocando la puerta de aquella casa, en donde esperaba encontrarme con Madison.
Pasaron unos segundos, que en mi mente fueron eternos, hasta que la puerta frente a mí se abrió y apareció aquel rostro ya conocido para mí. Miré a la mujer que tenía enfrente y su rostro demostró sorpresa, pues sus ojos se abrieron ampliamente, al igual que su boca.
—Vengo por una explicación —solté sin preámbulos. Madison se afirmó de la puerta y asintió a secas, haciéndose a un lado para dejarme entrar en su hogar.
El interior de la casa era acogedor y cómodo, pero no pude detallar más pues un escalofrío me recorrió la espina al ver un cuadro en la pared en que se encontraba Asher cargado sobre el pecho de Madison. Él se veía pequeño y muy frágil en los brazos de su madre, mientras ella sonreía abiertamente a la cámara.
—Toma asiento, Athom —pidió Madison señalando unos sillones que se encontraban cerca. Tomé asiento donde me indicó y ella se sentó a mi lado, evitando en todo momento hacer contacto visual conmigo—. Creo que te subestimé, pues pensé que tardarías un poco más en descubrirme.
—¿Descubrirte? —cuestioné con molestia, arrugando las cejas al escuchar sus palabras—. No estamos hablando de una travesura, precisamente. Abandonaste a un bebé en mi lugar de trabajo y sin ninguna explicación dices que es hijo mío ¿es que estás loca, Madison?
Intenté respirar con normalidad, pero me sentía como un animal a punto de volverse loco, pues tenía una mezcla de sentimientos en mi interior. Rabia, frustración, angustia, ansiedad, miedo y sobre todo, nerviosismo.
—Sé que te debo una explicación, Athom —musitó ella uniendo sus manos sobre sus piernas. Se veía nerviosa, cuestión que me tenía al borde del colapso, pues necesitaba tener claridad y ella no me lo estaba proporcionando.
—Por eso he venido —dije entre dientes. Llevé mis manos hasta mis rodillas y las sequé contra la tela de mi pantalón de vestir, pues me sudaban a causa de las miles de emociones.
—Ese bebé es tu hijo —soltó de pronto.
Un escalofrío me recorrió la piel y tragué saliva con dificultad, porque aunque ya lo había leído en aquella nota, Ruby tenía razón, y tal vez esto no era más que una mentira creada para sacar provecho.
—Si eso es cierto, ¿por qué no me dijiste antes? —cuestioné poniendo en tela de juicio sus palabras, pues no me fiaba de esta mujer que abandonaba a su hijo a la suerte—. ¿Por qué lo abandonaste en mi oficina, Madison?
—No quería abandonarlo, te lo prometo —negó con la cabeza y por fin sus ojos dieron con los míos, mostrándome una mirada triste—. Es solo que ya no puedo cuidar de él, y sé que tú puedes hacerlo mejor que yo, Athom.
—¿No puedes porque…? —insistí.
Sus ojos se cristalizaron y bufó, mientras un mal presentimiento se instaló en la base de mi estómago.
—Porque estoy muriendo —soltó sin más.