Sucesos - Parte 2

1375 Words
POV Nykolas Al llegar a casa, vi a Amy sentada en el escalón que elevaba mi casa del nivel «calle». —¿Nena, qué pasó? ¿Por qué no me llamaste? ¿Por qué no estás en tu casa? —pregunté, desconcertado, y el casco se me hizo incómodo, por lo que me lo retiré de la cabeza.  —Estás haciendo muchas preguntas, ¿sabes? —cortó y se levantó. Cerré los ojos y apreté un puño, es que a la condenada la sentí más decidida que ayer a ser grosera y altanera. Resoplé y abrí el portón del garaje, ella entró a la par conmigo y luego ingresó a la sala. Cerré el garaje, chequeé la motocicleta y entré a la casa… Amelia no estaba en la planta inferior, supuse que se repetiría la noche anterior, y preferí no hacer preguntas ni forzar un interrogatorio, ella me debía explicar el desastre que estaba llevando a cabo cuando se sintiera preparada para afrontar las consecuencias, porque debía ser un embrollo grave, en el que lastimosamente yo estaba enredado y sin tener ninguna explicación. Me di una ducha y la ignoré por completo cuando entré a mi habitación para vestirme. Me parecía insólito, pasar de largo a mi novia porque ella, con su frustrante carácter, su inexpresividad y su orgullo, era incapaz de decirme qué coño estaba ocurriendo. Pero para orgulloso yo, que ya no iba a estar metiendo mi nariz en donde no me llamaban. Bajé a la sala y me acosté en el sofá para mirar una serie en el celular.  —¿Nyx? Amy bajó las escaleras, y al verme en el sofá, se tiró sobre mi estómago, volviéndose un koala. —¿Qué pasó? —farfullé incómodo.  —No quiero volver a casa. —¿Por qué? «¿Estará embarazada?».  Alzó la cabeza y los ojos le iban a llorar en cualquier segundo. Bajé la guardia y entonces comencé a unir piezas. Sus mareos, sus cambios de ánimo y humor, la extrema sensibilidad e irritabilidad de sus últimos días… Mierda. Mi novia estaba embarazada. —Ayer cuando subí al apartamento, estaba mi papá con mi mamá. «Mierda, seguro lo saben y ella está huyendo por eso».  —¿Y entonces? —Estaban muy enojados, porque… —agachó la cabeza y pegó su cara a mi pecho—. Bo do mes bije borqué me... —Amelia, habla bien que no entendí ni v***a —solté malhumorado y la obligué a alzar la cara. —Que yo no les dije porqué me fui. Respiré profundo y traté de incorporarme. La cogí por los hombros y la hice sentar en el otro lado del sofá —¿Cómo que no les dijiste? —Negué varias veces con la cabeza y volví a respirar profundo—. Amelia, ¿qué coño no les dijiste? ¿Que estás embarazada? ¿Es eso?  —¡¿Qué?! ¡No! —chilló y movió con brusquedad la cabeza, negando—. Que iba a Alberto contigo. Yo nada más les dije que estaba contigo… —gimoteó. —Arvelo… Espera, ¿por qué no les dijiste? Si ya todo está claro, Amelia, sin secretos… —Porque mi madre seguro iba a poner mil peros, y yo no estoy de ánimos para estar rogando para irme de viaje con mi novio —interrumpió con acidez. —Amor, pero es que… ¡Dios mío! Amelia, se trata de sinceridad, coño. De hacer las cosas bien, porque ya no tenemos que estar escondiéndonos ni nada para vernos. —Igual…  —¡Igual nada! —grité. Ella palideció y sus labios se separaron un poco. Apretó la boca con las comisuras caídas y se levantó luego de pegarme en el pecho. Subió al segundo piso vociferando «¡tú no eres nadie para gritarme!» y en menos de un minuto bajó, y vi su mochila colgada en el hombro y me apresuré a detenerla. —Amelia, ¿quién te crees tú? —¡Ay! ¿Tú también? Me creo lo que yo quiera, ¡todos se pusieron de acuerdo para preguntar las mismas tonterías! Sus pisadas fueron fuertes, y por más que trataba de esquivarme no me quité, siendo un completo estorbo para que ella llegara a la puerta principal. —Mira, me voy. Quieras o no. —Tú te vas y terminamos —amenacé. Abrió mucho los ojos y los entrecerró a los pocos segundos.  —Ay, no seas manipulador —cortó a modo de burla y se rió de manera sarcástica—. Tú no vas a terminarme…  —No me pongas a prueba —mascullé—. Vete mañana si quieres, o no, ¿sabes qué? Vete ahora si es lo que tanto deseas, pero ya sabes… Me aparte de su camino, enrabiado y decepcionado, y aunque me estaba muriendo de ganas por detenerla y llevármela a mi habitación, no le iba a dar el gusto, no iba a caer en su juego, porque ya había cometido una gran estupidez por mentirle a sus padres para ir a Arvelo conmigo, y para colmo, habérmelo ocultado. ¿Pero si se iba y le sucedía algo malo? La ciudad era segura, no obstante, no es secreto para nadie que la noche estaba llena de peligros, y ella, estando sola y nerviosa, podía ser un blanco fácil… Me senté en uno de los escalones, y Amelia, con una sorprendente frialdad, me observó por cortos segundos y salió de la casa. —¡No me jodas! Con el mismo arranque de ira, salí tras ella machacando el suelo. Tiré de su brazo y ella chilló y me lanzó una cachetada. La levanté por la cintura y ella continuó gritando y maldiciendo a toda voz. Cualquiera hubiese pensado que nos estábamos matando, y hubiese sido complicado explicárselo a la policía si se aparecía aquí, así que, viendo que tenía las de perder, la bajé en la sala y la insté a quedarse sentada en el sofá. —Amelia, mañana te desapareces de mi vida si te da la gana, pero quédate esta noche, al menos habla con tu madre por teléfono y mañana regresas a tu casa. —Yo veré qué hago… —¡No! Piensa un poquito, sé razonable. Si te vas ahora y te pasa algo, no me lo perdonaría —exigí, agitando las manos para no perder los estribos.  —Entonces llévame al apartamento y ya te libras de mí —refunfuñó y volteó los ojos con odiosidad.  —Es que si te llevo, no me voy a quedar tranquilo hasta que no hable con tu madre, pero no quiero, porque no quiero ser el imbécil que vive salvándote de tus cagadas de decisiones, porque no sé con qué mierda piensas, Amelia. —Me senté en la mesita ratona frente a ella y la sujeté por las piernas—. Nena, yo no sé qué pasa últimamente por tu cabecita, pero toda esta mierda de lío se hubiese evitado diciendo la verdad. —Claro, ahora la mala soy yo… —Sí, en este preciso momento lo eres, porque no estás siendo racional y te estás comportando como una carajita caprichosa y malcriada. —Porque es lo que soy, ¿okey? Y si te estás dando cuenta ahora, a estas alturas, pues estamos a tiempo de arrepentirnos, lamentarnos y terminarlo. Resoplé y asentí, no iba a insistir en hacerla entrar en razón. Cogí el celular y le pedí un Uber, le di suficiente dinero para que pudiese irse al terminal de transporte si le daba la gana y me senté en la escalera. —¿De verdad me estás corriendo? —protestó indignada. Quise contestarle, pero las palabras desaparecieron de mi vocabulario. No podía formar ninguna frase que no incluyera maldiciones o ruegos de raciocinio. Bajé la cabeza y apreté los labios con fuerza, aguantando las ganas de gritar y llorar a la vez. A los minutos, escuché la bocina de un auto afuera, y luego mi celular repicó con una llamada entrante. —Es el Uber, si te quieres ir, eres libre de hacerlo —dije en voz baja. La vi asentir, se acercó de nuevo a la puerta y volteó a mirarme. Salió y tiró la puerta con estrepitosa violencia. 
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