Vida añorada - Parte 3

1489 Words
«Well now then Mardy Bum Oh I'm in trouble again, aren't I I thought as much Cause you turned over there Pulling that silent disappointment face The one that I can't bear». «Bueno entonces gruñona, Oh estoy en problemas otra vez, No soy yo por lo menos eso creo Porque tú te fuiste allá Poniendo esa cara de silenciosa desaprobación La única que no soporto». Mardy Bum Canción de Arctic Monkeys POV Nykolas ¿Ahora cómo carajo calmaré a esta mujer? Mi erección: inexistente. Y lo agradecí, no quería que me vieran empalmado. Mi hambre: también, inexistente. Resollé y me froté la cara. Divagué entre la premisa de que tal vez Amelia estaba exagerando o que Reyna de verdad estaba esforzándose en ser insoportable para no ser del agrado de mi Sirena. Pero no había notado nada fuera de lo usual… Reyna era tan atenta como su humor se lo dictaminara, y conmigo podía ser una completa grosera, pero al segundo era la prima hermana más cariñosa del mundo; y hasta ahora esos habían sido sus comportamientos. Salí de la habitación, fui al baño a lavarme la cara y las manos, y un pensamiento rondó mi mente tan rápido que fue necesario salir de inmediato. Bajé las escaleras, con el temor de ver a Amy siendo arrastrada por Reyna, porque siendo sincero… Si mi novia le reclamaba a mi prima su actitud —que no tenía nada de malo y tampoco era personal, ella era así—, era más probable que Reyna le respondiera con algún gesto despectivo y burlesco, y Amy reaccionaría con llanto o con una sorpresiva cachetada, y mi prima, tan explosiva como era, le respondería con un manotón de puño cerrado y todo escalaría a un caos. Miré hacia el comedor y estaban las tres en la mesa y la bebé en su silla alta de comer. Solté el aire más sosegado y mi tía me señaló el puesto vacío. —Te tardaste mucho —señaló Reyna. Le estaba dando una papilla a Martina. —Uh hum… Buen apetito —dije y me senté. Contestaron con un «gracias» y comenzaron a comer, mientras yo revolvía el arroz de un lado a otro, como si fuese a encontrar algún ingrediente innecesario en su receta, como tranquilidad, por ejemplo. Vi a Amy de reojo y estaba concentrada en su plato. La toqué con un pie bajo la mesa y ella levantó la mirada y sonrió, pero lo vi tan falso que no pude fingir como ella, me asustaba lo fácil que le salía hacer caretas. —Mi rey, ¿ahora siempre tendrás los fines de semana libres? —No sé si sea siempre, tía, pero ojalá. Así puedo pasear un poco o descansar. —¿Con quién andas trabajando ahora? —Con un tipo del Ministerio Público. —Y no debería haber aceptado, es muy inseguro —masculló Amy. —Nena, es temporal… —¿Y por qué pidió un guardaespaldas? —cuestionó Reyna—. ¿Acaso mandó a alguien muy peligroso a prisión? —Mientras menos sepan, es mejor… —Nyx… —reprochó mi tía. —Es solo ir y venir hacia sitios muy transitados y no soy el único guardia. —Pero igual estás exponiéndote y puede repercutir en tu vida privada —continuó Amy. —Nena, lo único de este trabajo que ha repercutido en mi vida privada has sido tú. Nada malo me va a suceder. —Ya te dispararon una vez en la balacera con el político. Mi tía y mi prima se quedaron atónitas, no tenían idea de eso. —¡Te dispararon y no nos dijiste nada! —reclamó mi prima y me lanzó la tapa del biberón de Martina. —No fue nada, nadie salió herido y no sucedió de nuevo. —Pero Nykolas, ¿qué tal que sí se hubiese repetido? ¿No nos ibas a decir? —No quise preocuparlas, no fue gran cosa. —¿Cuatro balas en el torso no son gran cosa? —replicó Amy, enojada y me clavó los ojos como si aún pudiese ver las marcas violetas en mi pecho. —¡Qué! —chilló mi prima. Se levantó de la silla y comenzó a darme manotazos y luego me haló el cabello. Le iba a dar unas buenas nalgadas a Amy por estar delatándome. —Estúpido egoísta, ¡idiota! Pudieron matarte… —gimoteó Reyna y se detuvo cuando la bebé comenzó a sollozar y la sacó de la silla para calmarla. —Tenía chaleco, ¿sí? Estuve bien y lo sigo estando. —No, Nykolas. Es que ¿cómo es posible que no nos hayas dicho? ¿Sabes lo horrible que hubiese sido recibir una llamada con malas noticias sobre ti, y que no seas tú el que nos lo diga? —soltó mi tía con preocupación. Dejé los cubiertos en el plato y bajé la cabeza. Tenían razón en molestarse, pero nada ganaba angustiándolas con los desagradables sucesos que no tuvieron mayores consecuencias que unos moretones. Asentí, sin nada que replicar. —Primera y última —advirtió Reyna y me dio un zape en la nuca. Amy y mi tía se rieron entre murmullos y retomamos la comida, aunque con algo de tensión en la mesa. Esta vez sí probé un bocado… Al terminar la cena, pasamos un rato más charlando en la sala con el ruido del televisor de fondo. Reyna le hablaba a Martina a través del oso panda, y noté la molestia que le causaba a Amy, pero ella rápidamente cambió su atención hacia mí cuando comencé a contarles sobre mi aburrido trabajo con Waldorf, hasta que llegó la parte donde lo atacaron al salir del restaurante y yo me llevé los balazos como buen escudo humano. Amy no se contuvo y contó cómo lloré cuando ella me masajeaba para quitarme los moretones, y Reyna se desternilló de la risa porque sabía que yo tenía una baja tolerancia al dolor. —Nyki siempre ha sido así de llorón. Por eso es que aprendió a respetarme, porque yo sí le pegaba donde más le dolía. En cualquier parte —burló y volvió a reírse como loca. —Yo pensé que ya habías superado eso, muchachito —compartió mi tía, compasiva—. Siempre llegabas con algún moretón en la cara o en el cuerpo. —Bueno, pero el otro siempre quedaba peor —me mofé y Amy me dio un pellizco. —Total que, después de ese incidente no pasó nada más grave —añadió Amy y mantuvo su mano en mi brazo, donde me había pellizcado. —El tipo solo dijo «Gracias». Le salve el culo y solo dijo «Gracias», yo quería un bono, dinero en efectivo, o por lo menos una semana libre. —Ay, yo no sé porqué esperas algo más de esa clase de gente. Es un político, no tienen nada bueno. —Bueno, sí… Pero los almuerzos estaban buenos —recordé y sonreí. —Ahora trabaja con ese abogado y no dice nada de él —recalcó Amy, algo recelosa. —Ya les dije, mientras menos sepan, mejor. —Debe ser un abogado penalista —mencionó Reyna, suspicaz. Rodé los ojos, esa descarada había atinado. »¡Ay, no! Yo no voy a jugar a «Adivina Quién?» —chistó Reyna—. Cuando el niño quiera hablar, hablará—. Tomó a Martina en sus brazos y continuó—: Buenas noches, descansen. Ya esta muñequita tiene sueño y hay que aprovechar estos milagros. —Rió y arrastró al oso panda escaleras arriba. Amy se despidió en voz baja y la vi sonreír con naturalidad. Ni siquiera se contenía. En la habitación le esperaban unas buenas nalgadas, no se me había olvidado. —Yo creo que mejor nos vamos a descansar todos —opinó mi tía—. Deben estar cansados por el viaje y el paseo en la feria. —Un poco… Mañana les sigo contando de mis desgracias para que continúen burlándose —propuse y mi tía rió. —Muchacho loco. Descansen, chicos —se despidió y nos dio un abrazo a cada uno. A los minutos, Amy y yo nos encontrábamos en la habitación, preparándonos para dormir. Ella se recogió el cabello en una cola y se metió en la cama, medio arropándose con la sábana. La seguí y me acomodé junto a su espalda, pasando mi brazo sobre su cintura. —Eres mala, carajita —musité en su oído y ella se rió bajito—. En serio, les dijiste del tiroteo. —Pues, perdón por preocuparme por ti y por decirle la verdad a tu familia. Buenas noches —farfulló y se arrebujó con la sábana. —Nada de «Buenas noches». Te quitas la ropa y te aguantas mis nalgadas. Ella volvió a reírse. Luego se volteó hacia mí y me abrazó mientras susurraba «nalguéame entonces».
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