«La diferencia nos enriquece y el respeto nos une».
POV Amelia
La mañana siguiente fue más normal. Durante el desayuno estuve muy tensa. Incómoda, a decir verdad, pues la prima de Nyx continuaba «siendo ella» de una manera bastante irritante. No quiso desayunar, pero le quitó a Nyx y a su tía trocitos de panqueque. No quiso que le sirvieran el jugo de fresas que hizo Nyx, pero bebió la mitad del vaso de él…
Eran tonterías, tenía conciencia de ello, pero esas actitudes me parecían infantiles, ridículas e inmaduras. Pudo haberse comido medio panqueque y medio vaso de jugo, y dejar en paz la comida de su familia.
Para mí, el colmo fue cuando me pidió el salero, se colocó unos granitos de sal en la palma y los lamió.
Sin embargo, traté de entender que cada familia tenía su oveja negra y su extraño espécimen. En mi familia, ambos lo era mi padre. En la de Nyx, él era la oveja negra y la extraña era Reyna. Y si pretendía tener una larga relación con Nyx, debía aceptarlo con todo y sus rarezas, y eso incluía a su familia.
Así que luego del desayuno, compartí con la señora Isabella, quien me pareció una persona muy afable y sencilla de tratar, por no mencionar la dulzura que tenía su presencia. Y me mostró fotos de Nyx de cuando era un revoltoso adolescente. Era mucho más delgado que ahora y sus músculos no estaban tan trabajados, no obstante en su rostro estaba esa pícara mirada y esa sonrisa ladina que tanto me derretía. Si nuestra pubertad hubiese coincidido, hubiese caído a sus pies a los dos segundos de conocerlo.
Y a la charla rememorativa se unió Reyna con su bebita, y contó de las tantas bromas que se hicieron durante la juventud, como un día que él la encerró a ella en un armario, u otro día, en el que ella le puso salsa picante en el café a él. Y más travesuras y una que otra complicidad, que me recordaron a mi hermana, y les conté sobre mis escapadas de casa con Liss, y el miedo que me daba salir de casa de esa manera, pero la libertad que experimentaba estando del otro lado de la muralla era única, y esa sensación era la que me aupaba a continuar siendo la intrépida compañera de Liss.
En otro momento de la conversación, Reyna se quejó en tono jocoso de lo loco y sobreprotector que era Nyx con ellas y con la bebé, pero estaban tan agradecidas que por eso se preocupaban y lo fastidiaban tanto.
Martina, sentada en la falda de su mamá, se hallaba inquieta, gimoteando y agarrándole el cabello, y la señora Isabella se ausentó con ella unos minutos para darle de comer, y al parecer fue el momento idóneo porque Reyna me pidió disculpas por si había sido muy entrometida o irritante, no obstante se excusó con que le encantaba sacar de quicio a su primo porque eran pocas las veces que se veían.
Y luego de compartir un poco con ella, me agradó. Era muy sarcástica y sincera, y parecía ser más osada e insolente que Nyx. Tal vez, el haber crecido juntos los influenció en su personalidad. Y también debía sentirme «un poquito agradecida», porque de cierta manera, ella también cuidaba mucho de Nyx.
—¿Puedo decirte «Amy»?
—Claro. Así me dicen.
—Me da mucha pena con Nyki —musitó y miró hacia la cocina, donde estaba él encargándose del almuerzo—, pero mi bebita resultó ser alérgica al oso. Así que te lo regalaré, para que te lleves algo más de aquí.
«¡Guau!».
—¡Gracias! —respondí y sonreí. Recuperé mi oso sin esfuerzo.
—Por nada.
Aunque Reyna era madre, su personalidad era muy jovial. Hablaba mucho, muchísimo. Hasta pensé que haría buenas migas con Lissandra, pero tal vez esa irreverencia no sería de mucho agrado para mi hermana. Pero algo que sí noté era su buen gusto al vestir. Era muy coqueta y femenina, pero no en la misma forma que yo. Me mostró su guardarropa y la mayoría de su ropa era de colores vibrantes, estampados femeninos y llamativos, y muchas botas de cuero. Fue agradable saber que teníamos, entre tantas diferencias, un gusto en común.
Pasado el mediodía, estábamos alistados para partir. Me despedí de Reyna y la señora Isabella con un abrazo, y esta última me pidió que cuidara mucho de Nyx porque solía ser muy impulsivo. Cuán bien lo conocía…
Llegamos a la urbe de Haltes, tomamos un taxi compartido y me despedí de Nyx al llegar a mi residencia. El portero me saludó muy amablemente y bromeó conmigo al verme entrar con el oso panda sobre mis hombros. Subí al ascensor algo nerviosa y marqué mi piso… Mi madre, a pesar de ser una mujer con un juicio admirable, debía estar escupiendo fuego por la boca y rayos por la mirada. Y es que no era para menos… Desaparecí de su radar por dos días…
El ascensor abrió en mi piso, no me sorprendió ver la puerta cerrada, la cual abrí al pasar la tarjeta llave por el contacto y el seguro se deshabilitó. Entré, con las dudas guiándome los pasos y casi se me sale el corazón por la boca al ver a mis padres sentados en el sofá de la sala.
—Hasta que la señorita se digna a llegar a su casa —soltó mi padre.
Me dolió el pecho con tan solo escuchar su voz, era increíble el malestar que me causaba su presencia. Era cerca de tres meses que llevaba sin verlo, y seguían doliendo los hechos.
—Amelia, ¿dónde estabas? —interrogó mi madre.
—Estaba en casa de Nyx…
—¡Pero es que tú crees que te mandas sola! Esto es el colmo, Amelia —reprochó mi papá y se levantó del sofá.
Mi madre también se levantó, pero no de esa manera amenazante que demostraba mi padre, sino como alertada y precavida. Me tranquilicé un poco.
—Geralt, ya. Amelia, a tu habitación.
—Esa niña necesita educación y escarmiento, Leyla, es una falta de respeto que se comporte de esa manera. Entrando y saliendo cuando…
—¡No tengo por qué escucharte! —grité.
—Amelia, a tu habitación —repitió mi madre, con más autoridad que antes—, después hablamos.
—No, esto se va a hablar ya mismo —vociferó mi padre y comenzó a caminar hacia mí.
Le lancé el peluche y corrí al ascensor, y tan pronto como pude le di comando a planta baja y me pegué a la pared del fondo. El ascensor se cerró y escuché a papá gritar al otro lado. Me temblaba el cuerpo entero y sin darme cuenta estaba sollozando. Sujeté con fuerza los tirantes de la mochila y esperé que abrieran las puertas de la cabina. Salí corriendo hacia el exterior y me sentí mareada de nuevo. Era como una especie de retroceso en el tiempo, pero esta vez no iba a llamar a nadie.
Tomé otro taxi y me bajé a pocas cuadras de la casa de Nyx. Decidí caminar para tranquilizarme y, quizá reconsiderar pisar la casa de Nyx.
Pero lo consideraba la persona más cercana a mí y en quien podía confiar sin temor, así que no di más vueltas por las cuadras y me dirigí a su casa.