Vida añorada - Parte 1

2458 Words
POV Nykolas La vida comenzaba a tener el curso que siempre había deseado. Comida en mi refrigerador, un trabajo bien remunerado, un techo sobre mi cabeza y una novia espectacular que podía presumir bajo la más radiante y encegecedora luz del sol o los tenues y melancólicos halos de la luna. Había sido un trayecto difícil. Demasiados altibajos, pero yo, consciente de mi persistencia y temple, fui capaz de atravesar cada uno con mi orgullo casi intacto y mi estabilidad mental por el suelo; porque, vamos… estaba consciente que entré en muchas crisis como nunca antes, como si los obstáculos hubiesen sido terribles e impenetrables, pero tal vez, con la suerte que me daba la preciosa Sirena a mi lado, fue que los pude superar. Y no puedo restarle méritos a ella, quien aún con su carácter complicado y sus dramas exagerados, enfrentó todos —o casi todos— sus miedos y me ha acompañado y dado fuerzas para enfrentar las adversidades que nos intentaron derrotar. Pero aún faltaba su padre, Geralt Goldman, ese maldito viejo hijo de Satán que me había puesto una cruz en la espalda y seguro deseaba estamparme una bala en la frente. Me preocupaba el desprecio y odio que profería hacia mi persona, porque con respecto al noviazgo de su hija Lissandra con Dario no existía ni el más mínimo odio. Pero con respecto a Amelia y yo… estaba seguro de que ese viejo haría hasta lo imposible por separarnos. Y su deseo de romper mi relación con su hija me empujaba con más ahínco a darlo todo por Amelia, a casarme con ella y arrancarla por completo de sus fauces y hacerla mía para siempre y por siempre. Tan mía como en este momento. Amelia dormía recostada a mi pecho y debajo de mi brazo, con una mano asida al borde de la chaqueta que me vestí para apaciguar el frío del autobús. Algunas veces ella gimoteaba porque la curva era muy cerrada y el autobús se inclinaba por su velocidad, pero con una delicada caricia en su mejilla ella hacía unos dulces soniditos, como el trino de las aves, y permanecía quieta y amodorrada. La vista se me perdía en los robustos árboles, que eran familiares porque ese paisaje lo recorría al menos dos veces al año. Sin embargo, no podía cerrar los ojos sin preocupación alguna y dormitar como lo hacía mi novia. Aunque me entusiasmaba mucho ese viaje, sentía un ligero nerviosismo calándome más y más hondo conforme los kilómetros disminuían hacia Arvelo. ¿Les caerá bien Amelia? ¿A mi Sirena le agradará mi familia? Posiblemente sí, es decir… Reyna y mi tía Isabella sabían lo mucho que yo amaba a Amy; y bueno, cualquiera que me conociera y que yo tratara con confianza tendría la certeza de que en nuestra relación, la cual nació bajo la sombra de la clandestinidad y la obligatoria cotidianidad, no existía ni una pizca de malicia, y menos en ninguno de los dos. Nuestro amor era sincero, y a decir verdad… Me valía v***a si alguien no creía en el. Pero tampoco dejaría que nos perjudiquen, eso jamás. Un bache nos hizo saltar del asiento y Amy chilló y me haló por la chaqueta. Siseé y le sobé el brazo queriendo tranquilizarla, pero ella frunció el ceño y se enderezó hacia el espaldar de su asiento. —¿Llegamos? —balbuceó. —No, Amor. Tal vez una hora más de trayecto y llegamos —expliqué mientras veía la hora en mi reloj. —Siento las piernas entumecidas… Bueno, solo una —dijo masajeándose sobre el muslo derecho. —Porque eres una morsa que se tuvo que dormir sobre mí. Sonrió con los ojos cerrados y estiró los brazos por sobre su cabeza. —¿Podemos comer cuando lleguemos? También quiero ir al baño… —Allá atrás hay un baño que no te recomiendo usar. Miró sobre la fila de asientos hacia el final del autobús y arrugó el entrecejo. —¿Entonces para qué…? ¡Ah! —murmuró y sonrió—. Yo me aguanto. Traje galletas —mencionó y se agachó, rebuscó entre su mochila y sacó un paquete que abrió con cuidado—. ¿Quieres? —La verdad, no. Estoy bien así… —Tienen chispas de chocolate —señaló, como si eso me haría cambiar de parecer, pero me negué. No solía comer cuando viajaba. Mordió una galleta y cerró los ojos despacio. Y exageró los movimientos de su mandíbula al masticar, y luego hizo fuertes sonidos y gimoteos que parecieron más un delicioso orgasmo que el disfrute de una chuchería. —¡Amy! —musité y le tapé la boca. Ella comenzó a reírse muy bajito y dejó de masticar. Sacó la lengua llena de galletas y continuó comiendo con la boca abierta. —Compórtate… —Lo estoy haciendo, tú eres el que anda amargado desde que salimos de Haltes. ¿Te preocupa lo que piense tu familia de mí? «¿Eres bruja?». Me encogí de hombros y me deslicé un poco sobre el asiento. —Un poco. Ellas saben más o menos lo que hemos pasado. Solo mi tía sabe lo de Dave —aclaré en voz baja. —¿Y lo que sucedió con mi papá? —No. —¿Y lo de cuando terminamos? —inquirió, con una ceja alzada. —Tampoco… —¿Y del odio que te tiene jurado mi padre? Esta vez negué con la cabeza, tomando una respiración profunda. Caí en cuenta que no sabían mucho de Amy. Tal vez Reyna era quien podía armar un esbozo muy básico con lo poco que yo le había comentado de mi novia. Sin embargo, no es que supiera mucho. Y consideré que era mejor así. —Entonces no saben nada de mí o de nosotros —tajó y mordió otra galleta. —Pues, básicamente no. Sé que les caerás bien, Amor. Solo me gusta preocuparme porque sí… —Y la loca soy yo —soltó sarcástica y se quedó viendo a través del vidrio de la ventana. «La que debería estar nerviosa es ella. No sé cómo se ve tan tranquila, hasta comiendo, como si esto no fuese relevante para nuestro futuro…». Al cabo de una hora, el autobús entró al terminal de pasajeros y Amy descendió detrás de mí, aferrándose a la manga de la chaqueta. Tan solo llevábamos nuestras mochilas porque apenas pasaríamos un fin de semana y ¿para qué tanto equipaje? Caminamos hasta la entrada de las instalaciones y subimos a un taxi. Amy se sentó de lado y pasó sus piernas sobre mi regazo. Últimamente no podíamos estar despegados, por lo que sentarnos juntos, fuese para mirar televisión, o cuando íbamos al cine, o inclusive cuando paseábamos por el bulevar y nos tomábamos un descanso en una plaza, implicaba que, al menos, una pierna de ella estuviese sobre una de las mías. Buscó mi mano y la apretó, y sentí su piel fría y algo húmeda. La vi a los ojos y parecía que dejó su seguridad en el autobús. Volvió a recostarse en mi pecho y suspiró. —Les voy a caer bien, ¿verdad? —Claro que sí, mi Amor. Eres adorable. Y me haces bien. Con la mano libre le escribí un mensaje a mi tía, para que supiera que ya íbamos en el taxi. Supuse que Amy querría ver el recorrido; sin embargo, sus ojos no se desviaban de mi cara. Sentí sus uñas a través de la tela de la franela y la miré con las cejas arqueadas. —Amor, calma. ¿Sí? —Tengo ganas de vomitar… —musitó. —Amelia… No debiste comerte el paquete entero… —Me da por comer cuando tengo nervios. —Doce galletas es demasiado. —Bueno, pero ya me lo comí —rezongó. Me soltó y se cruzó de brazos. —Si al llegar a la casa mi tía y Reyna no están en la entrada, tienes cinco segundos para vomitar en una jardinera y limpiarte la boca —bromeé. Amelia se rió bajito y se inclinó. El chófer del taxi carraspeó y lo vi acomodar el espejo retrovisor, me mordí la boca para no reírme y alcé a Amy por la nuca. No sabía si estaba burlándose de mí o si era real su mareo, porque no sería la primera vez que me jugaba bromitas tontas. Saqué dinero de mi billetera y le pagué al chófer unas cuadras antes de nuestro destino. Al llegar, me bajé con mi mochila en el hombro y ayudé a Amy a salir del carro, y ella abrió grandes los ojos y miró el vecindario. —Nunca había visto casas así —señaló mientras pegaba la punta de sus dedos unas con otras. —Adosadas, Amor —expliqué—. Pero la casa de mi tía es esa, que está solita. Ella volteó hacia donde apunté y esperó a que caminara primero para seguirme. Le quité su mochila y me la colgué en el otro hombro, y ella me agarró de la mano y caminó un paso detrás de mí. Me detuve y le pedí que sacara las llaves de un bolsillo de la mochila y ella, tan servicial como era, me las entregó. Abrí la puerta principal y esperaba no conseguirme con ninguna sorpresita, estaba harto de casi siempre toparme con algo desagradable al entrar a esa casa. Aunque… Era un riesgo, mi tía sabía que yo iba, pero no sabía que Amelia estaba conmigo. —¿Hola? —vociferé y entré. Amy entró detrás de mí, se quedó junto a la ventana y cerré la puerta. Dejé las mochilas recostadas de la pared y volví a llamar, porque ya se me hacía raro que no hubiese nadie. Segundos después escuché pisadas provenientes del piso superior. —¡Juro que te mato! —gritó Reyna—. ¡Estúpido insensible! ¡No me avisaste que venías! ¡Y te perdiste del cumpleaños de la niña…! Su voz fue haciéndose más fuerte, hasta que mi loca prima bajó las escaleras corriendo, y al verme frenó y se quedó con la boca sellada y con los ojos abiertos como si hubiese visto un fantasma. —Mátame entonces, Reynita. —¡Te mato, te mato! —chilló y saltó hacia mí. Me dio un abrazo fuerte hasta con las piernas y luego se separó—. Lo siento, hola —murmuró mirando a Amy. Se pasó las manos por el cabello y le extendió una mano—. S-soy Reyna. —Amor, mi prima. —U-un placer —tartamudeó Amy y le correspondió el saludo. Sabía que no iba a ser una presentación normal, porque Reyna no lo era. —Espero que éste desvergonzado te trate bien, porque como no lo haga… —Sí, ya. ¿Mi tía? ¿Martina? Nada más preguntar, mi tía iba bajando las escaleras con mi sobrina en los brazos. Sonrió al verme y se acercó, y fue inevitable abrazarlas a ambas, y mi pequeña sobrina hizo balbuceos y sentí su manito en mi cara. —Tu tío vino, mi bebita, y vino con su novia… —canturreó y me entregó a la bebé. Martina estaba inmensa, ya tenía más de un año y parecía una muñeca. El cabello le olía a caramelos, y los ojos verdes, como los de Reyna, parecían brillar con cada segundo que giraba la Tierra. ¡Por favor! Mi sobrina era una monada. —Amor, mi tía Isabella —dije hacia Amy y ella estrechó la mano de mi tía. —Un placer, Amelia —saludó mi Sirena. —Que bonito que este muchacho loco por fin te trajo. ¿Quieren limonada? —Tía… Me expone como un irresponsable asocial… —murmuré y ella sonrió—. Nena, esta preciosura es Martina, mi prima segunda, pero para mí es mi sobrina —dije y aupé a la versión mini de Reyna. Amelia miró a la bebé y le agarró la manito, y Martina le sujetó dos dedos y balbuceó algo. Tal vez hablaba en arameo. —Mi cosita hermosa —bisbiseó Reyna y le hizo caras raras a Martina. —Es muy bonita… —dijo Amy contemplando a la bebé—. Le agradezco la bebida, señora Isabella… Aunque, por favor y disculpe el atrevimiento, ¿me indica dónde está el baño? —Claro, linda. Sube, la segunda puerta a la derecha. —¡Gracias! Amelia se desembarazó del círculo que formaron por Martina y la vi subir las escaleras con prisa. Nada más se perdió en el piso superior, Reyna me dio un manotazo en el brazo y alzó las cejas con picardía. —A mi rey le gustan muy bonitas —murmuró mi tía. —Tiene el cabello espectacular, y Nyki no sale de las mujeres caderonas, le gusta la pierna —susurró Reyna. Sonreí orgulloso y miré hacia arriba, como si pudiese ver la figura de Amy a través de las paredes. —Límpiate la baba, primito… Nadie te la va a quitar. —Fastidiosas… —¡Cuéntanos de ella! —exigió Reyna. —¿Qué quieres que te diga? —respondí y me senté en el sofá con Martina en mis brazos. La bebé me observó como si nunca me hubiese visto. Y luego abrió más sus ojitos de esmeralda y se pegó a mi cuello, como si hubiese entendido que yo era el fastidioso que siempre jugaba con ella y sus sonajeros. —Mi muñequita ya te reconoció —balbuceó Reyna y le hizo mimos a la bebé. —Saca de mi morral unas cosas que le traje a mi princesa… Nos quedamos un rato hablando, y contesté cuanto preguntaron de Amelia. Que si su edad, si le gustaba la misma música que a mí, si le agradaba a su familia, si ya me iba a casar con ella… ¡Pero si apenas teníamos unos pocos meses de haber oficializado nuestra relación frente a su madre! Porque su papá era más probable que me quisiera en otro planeta que respirando el mismo aire de su hija. —Entonces el papá te odia y la mamá de ella te tolera. —Reyna, baja la voz —pidió mi tía—. Y no digas esas cosas, la mamá de Amelia suena como alguien más sensata que su padre. —Lo es, es más justa, consciente y humilde. En cambio, el viejo es un loco irracional… —Bueno, poco a poco. Un día podrás sentarte a hablar con el señor, cuando las aguas se amansen. —Quizás, tía. Quizás. Pero ahora tengo que cuidar de Amelia y de mí, porque sospecho que ese señor nos lastimará de mil maneras, inclusive hasta matarme, con tal de no vernos casados.
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