—¡Ah!
Un grito estridente salió de aquella habitación de hotel, sin embargo, no sé supo exactamente de quién fue.
—¿¡Pe-pero quién demonios eres!? —Nick saltó de la cama casi atropelladamente, mientras ella hacía lo mismo, buscando cubrirse con la sábana blanca de manera urgente. Ambos se encontraban completamente desnudos, en una habitación que ninguno de los dos recordaba con claridad.
—¡Eso mismo quiero saber yo! —exclamó Anna, la voz cargada de confusión y desasosiego—. ¿Qué haces en mi habitación? ¿Cómo entraste? ¿¡Qué haces en mi cama!?
Nick se llevó una mano al cabello, tratando de controlar la feroz punzada de resaca que latía en sus sienes y al mismo tiempo el desconcierto absoluto que lo invadía. Minutos antes habían estado abrazados, sonrientes y satisfechos por la noche que compartieron juntos. Lo primero que vio ella fueron esos ojos azules, tan profundos y claros como el mar en calma. Él, por su parte, vio esos ojos grandes y oscuros, castaños con destellos caramelo, y se preguntó cómo podía no haberla reconocido antes. Entonces cayó en la realidad: no se conocían y, al comprenderlo, ambos gritaron como si todo se viniera abajo.
—¿Qué? ¿Acaso estás loca? ¡Esta es MI habitación!
—Nick se ocupó de cubrir lo que pudo con una almohada, nervioso y torpe—. —¡Maldición! —agregó, intentando con una mano ocultar sus atributos con una torpeza casi infantil y moviéndose inquieto por la habitación.
Anna permaneció en silencio un instante, escaneando el lugar con ojos agudos. Observó que había una maleta negra que no era de ella, que la habitación, aunque parecida a la suya, era mucho más espaciosa, lujosa y profundamente elegante. Tragó saliva, la ansiedad le apretaba el pecho y su mente, enredada en nubes de confusión y miedo, le negaba el acceso a los recuerdos de la noche anterior. Sólo pudo balbucear, casi tímidamente:
—¿Qui-quién eres?
—¡Eso mismo quisiera saber yo! —dijo Nick, incrédulo—. Y sobre todo... ¿cómo fue que terminaste en mi cama desnuda?
—¿Cómo qué? —su voz se elevó al punto casi de ofensa—. Está claro lo que pasó, pero de algo estoy segura: no me metí en tu habitación, ni mucho menos vine a acecharte mientras dormías como un santo.
—¡Yo no soy así! No me acuesto con cualquier mujer —replicó él con el ceño fruncido.
—¿Disculpa? No soy cualquier mujer, y estoy segura de que esto no lo hice sola —la mirada de Anna le encendía la piel.
—Lárgate de mi habitación. ¡Ahora! —su rostro reflejaba una mezcla entre perplejidad, miedo y potencia.
—Pero…
—¡Que te largues! —interrumpió Nick, decidido—. ¡Ahora!
Ni uno ni otro recordaban con claridad qué había sucedido anoche. Lo único irrefutable era que ella estaba allí, desnuda a su lado, y él también. Pero, a diferencia de lo que parecía, él sabía muy bien quién era y lo que representaba. Y ella, igual.
—¡AHORA! —gritó con firmeza mientras con rapidez escondía la ropa de ella bajo la sábana para apresurar su salida. Sin darle oportunidad siquiera de vestirse, la empujó fuera de la habitación.
Anna recogió lo que pudo, envuelta entre la sábana y sus prendas arrugadas, y lo insultó con una furia que sobresaltó al propio Nick.
—¡Eres un maldito imbécil! —le gritó mientras abría la puerta y se topaba con la figura imponente de Andrew, que solo alcanzó a dar un paso hacia atrás, estupefacto ante aquella escena de confusión y rabia—. ¡Déjala salir!
Andrew, sin perder compostura, se hizo a un lado y observó cómo Anna salía, humillada y furiosa, entre sus amigas que intentaban contenerla.
—Dime que no hiciste lo que yo creo que hiciste —Andrew murmuró a Nick con aire divertido.
—Sabes que no soy así —se defendió Nick con voz entrecortada.
—Entonces, ¿qué pasó anoche? —Andrew se recargó en la pared y cruzó los brazos, una sonrisa burlona dibujada en los labios.
Nick no soportó la mirada inquisitiva.
—¿Cómo vas a contarle? —dijo, desesperado—. Apenas aceptó casarse conmigo, Andrew. Además, no contesta mis llamadas ni mis mensajes.
—Ya lo escuché toda la noche: «no contesta, no contesta». A lo mejor se arrepintió.
—Imbécil —escupió Nick, soberbio.
—Y encima la sacaste desnuda de tu cama, sin más. Eso es idiota.
—¿Qué pasó anoche? —se dejó caer sobre la cama, agotado. Trató de recordar, pero los hechos se le escapaban.
—Ponte de pie, la reunión empieza en media hora y ni te has duchado —Andrew insistió, entregándole dos aspirinas.
En un terremoto de agua fría y ropa bien puesta, en tiempo récord ambos salieron rumbo a una reunión que podía cambiarlo todo: la oportunidad de expandir Goddess Beauty Corporated en Asia y Europa, frente a grandes empresarios en Toronto.
La negociación fue impecable. Nick brilló separando personal y profesional, dejando sus fantasmas atrás, mientras Andrew lo admiraba en silencio. Salieron con una docena de contratos, esperanza y poder en las manos.
Pero olvidaron ambos que la sombra de aquella mujer, Anna, perseguía con ojos castaños la conciencia de Nick, clavándose como una culpa implacable en su pecho.
Mientras la celebración con el equipo comenzaba, Anna luchaba contra el bombardeo de preguntas y emociones con sus amigas.
—¡No puedo creer que te acostaste con ese bombón! —exclamó una con dramatismo descarado—. ¿Seguro que es el mismo que te echó desnuda de su habitación? La noche pasada parecía tan decente, elegante y millonario... ¡suspiro profundo!
—No me importa —sentenció Anna con voz firme—. Espero no verlo jamás.
—Vamos, Anna —animó otra—. Vinimos a disfrutar y despedirte. Mañana vuelas a Vancouver; dentro de un par de años esto será solo un recuerdo divertido.
Las tres asintieron, conscientes que la vida continuaba y el destino seguiría su curso con o sin ellas.