—¡Anna! A mi oficina ¡Ya!
El grito, áspero y contundente, era ya una constante desde que Anna Stone dejó Toronto y llegó a Vancouver con el sueño de un trabajo nuevo. Si no fuera por su orgullo, el buen salario y la necesidad de sus padres, ya se habría rendido hace tiempo. Vendió ilusiones al cambiar de ciudad; sin embargo, la realidad se le presentaba más difícil de lo esperado.
—Ya tengo los reportes que pidió, señor —jadeó al llegar, corriendo detrás de su supervisor.
—Ya no los necesito —dijo Pierse con tono arrogante, arrebatándole la carpeta para lanzarla con desprecio a la basura cercana.
Desde su llegada, Pierse se había empeñado en hacerle la vida imposible. La noche anterior Anna apenas dormía para tener terminados los informes de publicidad para los clientes.
—¿Qué? —Anna apretó los puños, tratando de contener la frustración—. No comprendo, señor, dijo que eran indispensables para la reunión.
—Eso lo dije ayer. Ahora necesito las estadísticas del mes actual —respondió sin mirarla—. Y no las tienes.
Anna miró apresurada su reloj. En menos de una hora estaba la cita más importante del mes.
Su cuerpo la traicionaba. Las náuseas bajaban y subían sin cesar. Hacía solo pocos días había descubierto que estaba embarazada. Y aunque no sabía cómo enfrentar la idea, tenía una certeza absoluta: podía sacar adelante a esa vida. El recuerdo difuso del hombre de la última noche en Toronto, sus impactantes ojos azules, la mantenía firme. No sabía cómo encontrarlo, pero no importaba. Ella sería fuerte.
—¡Ponte a trabajar ya! —vociferó Pierse con autoridad, esperando quebrarla. Había hecho lo mismo con otras mujeres, pero Anna parecía distinta: firme, íntegra. Eso lo irritaba aún más.
Anna se sentó, tomó el café con manos temblorosas y empezó la búsqueda implacable de datos. El tiempo se le hacía enemigo, pero pudo confeccionar el informe en cuarenta y cinco minutos. Sonrió cansada, satisfecha. Solo restaba entregar el resultado y evitar detonarle a Pierse la furia en la cara.
—Señor Pierse… —golpeó con suavidad la puerta antes de entrar.
—Pasa —contestó sin mirarla, su atención en la televisión.
Anna dejó la carpeta sobre su escritorio. —Aquí está el informe, señor. Con permiso.
—Espera —pidió, interrumpiéndola.
—¿Ahora qué? —Anna frunció el ceño, apretó los labios y se preparó a aguantar un mal rato.
—No podemos presentar estas cifras tal cual. Debes maquillarlas y engrandecerlas. Si los clientes ven que bajaron, despidirán a todos.
—Eso sería justo —murmuró ella, sintiendo la ira incendiando su pecho—. Puedo soportar tus gritos, pero no sacrificaré mi integridad ni la de mis clientes.
—¿Me escuchas? —reprendió Pierse, amenazante.
Anna volvió la mirada al televisor y sus ojos se anclaron en una imagen que la paralizó. En la pantalla, un hombre elegante y seguro hablaba con voz cálida:
—Gracias al liderazgo de Nick Jones, contamos con una prestigiosa marca de perfumes que impulsa el crecimiento y genera nuevos empleos.
Sus pupilas se dilataron. Allí estaba él. Nick Jones. El hombre de aquella noche inolvidable que se negaba a olvidar. La escena mostraba un Nick impecable, estrechando manos, saludando, sonriente, en medio de ese mundo de poder y lujo del que ella había vislumbrado solo un destello.
Anna inspiró profundo, sintiendo cómo se le aceleraba el corazón. Los segundos se alargaban y la habitación parecía desaparecer. La luz de la pantalla bañaba su rostro con un brillo azul, casi espectral.
Recordó la sensación de sus miradas, el frío fugaz de unos ojos que habían marcado su vida sin siquiera saberlo.
Con los dedos temblorosos, pronunció para sí:
—Nick Jones.
Su mente repasó cada fragmento de aquella noche: el aura, la voz, el calor… Quería creer en una segunda oportunidad, pero sabía que el camino sería difícil.
Un fuerte golpe en su rostro la sacudió del trance. La carpeta que Pierse arrojó contra ella volvió a la realidad con rudeza.
—¡Anna! —vociferó él, molesto.
Pero ella ya no cedía. Se levantó, recogió el papel del suelo, sobándose la mejilla, y se plantó frente a él con una mirada helada.
—Lo arreglaré —dijo con determinación, mientras en su interior planeaba la jugada más arriesgada.
Cinco minutos antes de la reunión, imprimió los documentos y entró a la sala de juntas para distribuirlos. Salió con una sonrisa secreta, mientras escuchaba a Pierse maldecir en voz baja, completamente atrapado.
No sólo había entregado la verdad, también todos los datos financieros que podrían costarles la partida. Por supuesto, despidieron a Pierse y a otros implicados, y Anna salió con sus pocas pertenencias, libre, pero con la batalla interna aún abierta.
En el silencio de su departamento, susurró una vez más:
—Nick Jones.
Pasó horas investigando su nombre y detalles, confrontando muros y teléfonos cuya contestadora siempre era un muro invisible. Pensó en desistir: ¿cómo un hombre con ese poder y dinero aceptaría que llevaba su hijo? Imaginó juicios feroces, escarnio público e indiferencia.
Pero el único latido al que respondía era el de su pequeño, vibrante en su vientre. La gráfica de la ecografía de ayer seguía fresca en sus manos.
Sabía que debía infiltrarse en sus oficinas. Adoptar un papel falso, cruzar la mira del poder y hablar con el mismísimo Nick Jones. Era la única manera.