—Señor… —Susana golpeó la puerta con sigilo, consciente de la impaciencia y el mal humor creciente de Nick Jones, pero la joven que esperaba afuera había insistido demasiado en verlo—. La señorita Anna Stone insiste en verle —anunció con temor, sabiendo que el humor de Nick iba apagándose día a día.
Nick frunció el ceño con un sobresalto que paralizó su pensamiento por un instante. Ese nombre, Anna Stone, no encajaba en su memoria consciente, pero algo profundo, oscuro y secreto le gritaba que sí lo conocía. Cerró los ojos un segundo y revivió con nitidez aquellos ojos caramelo de hace meses atrás.
—Dile que pase —ordenó finalmente, relajando los hombros y dándose un instante para recuperar esa compostura impecable que lo caracterizaba.
Se pasó la mano con nerviosismo por el cabello, se alisó la corbata y se levantó lentamente, apuntándose el botón del abrigo. El aire se hizo denso en la habitación. Contuvo la respiración. Observó cómo la puerta se abría despacio, y ahí estaba ella, tan real y cercana como siempre, tan imperturbable en su elegante atuendo de oficina. Nick la miró de arriba abajo, indeciso por un segundo, la mente vacilaba, casi esperaba que todo fuera un sueño, una aparición que se desvanecería a la luz del día.
—Anna… —musitó, como si pronunciara aquel nombre por primera vez con un nuevo significado. Le hizo una señal para que se sentara y la siguió segundos después. Solo esa mujer podía tener ese nombre y esa presencia.
A Anna, escuchar su nombre por boca de ese hombre le hacía vibrar el cuerpo entero. A pesar de la resaca y los tragos de la noche anterior, recordaba vívidamente el primer encuentro de sus miradas, el instante que había quedado congelado en el tiempo.
—Yo… ah-h… Lo-lo siento, señor Jones… yo-o am-m… —balbuceó, nerviosa y comenzando a flaquear. Había logrado llegar hasta allí, frente a él, y ahora que estaba en ese escenario crucial no podía permitir que la duda la venciera.
—Dime, Nick —interrumpió él con una sonrisa calma y sincera, notablemente paciente y conciliador.
Anna asintió, tragando en seco, incapaz de encontrar palabras. Los segundos se estiraron con un peso insoportable. Anna no dejaba de pasear la vista de Nick a sus propias manos nerviosas y al tapete entre ellos, repitiendo ese movimiento una y otra vez. Mientras, Nick la observaba con intensidad, el propio corazón amenazaba con estallar.
—¿En qué te puedo ayudar, Anna? —la invitó con suavidad, consciente de la seriedad del momento.
—Yo-o siento quitarle el tiempo de esta manera —su voz quedó ronca, con esa opresión que insoportablemente le subía por la garganta y amenazaba con ahogarla—. Te… tengo algo importante que decir.
—Sí —la apremió, en realidad estaba tan nervioso como ella. Sabía que una vez que Anna pronunciara aquella bomba, nada volvería a ser igual para ninguno de los dos.
Anna inspiró profundamente, la respiración se le aceleraba a cada instante; había ensayado millones de veces este instante frente al espejo, pero nunca nada se comparó a lo que sentía. Las manos le sudaban, el corazón le latía fuerte, buscando paz y valor.
—Yo-o… estoy embarazada.
La palabra quedó suspendida en el aire. Simple y poderosa. En cualquier otra situación habría sido la noticia más deseada, pero ahora la mente de Nick estaba vacía. El silencio se tragó todo. Pasaron segundos en que Anna pensó que no la había escuchado. Se preparaba para repetirlo cuando él al fin abrió la boca.
—¿Tú estás bien? —preguntó con voz suave, llena de preocupación.
—Sí —ella parpadeó, ese no era el recibimiento ni la reacción que esperaba.
Nick respiró hondo, como si aquella noticia fuera más importante que cualquier otra en su vida.
—Señor, la junta está a punto de comenzar —interrumpió Susana en ese momento.
Los dos se miraron, compartiendo una complicidad muda. Pero Anna, que después de la violenta despedida de la noche anterior esperaba cualquier cosa menos tranquilidad, sentía un miedo creciente. Ni siquiera había visto en nadie una calma tan profunda ante una noticia similar. Quizás Nick tardaba más en asimilarla, o simplemente ocultaba mucho más.
—Puedes dejarme tu dirección aquí —le extendió una libreta—. Ahora debo irme, no puedo cancelar esta reunión —su rostro permanecía inexpresivo, sin dar pista de lo que sentía—. Te prometo que esta noche iré a verte.
Sin decir más, salió de la oficina en segundos, dejando a Anna junto a la joven que la había esperado afuera. Sin pedir permiso, Nick tomó un bolígrafo y anotó en la libreta la dirección y número de ella, por si surgía algo. Salió de la oficina más confundido que satisfecho. Esperaba por lo menos alguna pelea o una palabra alterada, una señal auténtica de preocupación, pero no hubo nada de eso. Y la incertidumbre crecía: ¿acaso aquel hombre tendría el poder necesario para ignorarla y dejarla a su suerte?
Aquella noticia tomó a Nick por sorpresa. Jamás se imaginó que estaría en esa situación, mucho menos con Kate, su prometida. Y él, sorprendentemente, se había encontrado enfrentando la noticia con una calma inquietante. Sin embargo, no pudo evitar que la revelación le jugara una mala pasada en la reunión.
—¡Maldito Nick! ¿Qué demonios te pasa? ¡Anda con la mente en la realidad! —murmuró Andrew cerca de su oído, para que nadie más escuchara.
—¿Puedes concentrarte? Tengo algo que atender —respondió con voz corta.
—¿Qué cosa? ¿Ni te importa la reunión?
—Luego te cuento —se levantó de un salto y la sala entera cayó en un silencio absoluto. Se disculpó con los asistentes y salió tan rápido como entró.