Capítulo 5

1276 Words
El timbre insistente perforó el silencio pesado de la mañana y tiró a Anna de un sueño extraño y fatigoso. Abrió los ojos al estremecerse y, sin pensar, miró el reloj de la mesita de noche: demasiado tarde, demasiado rápido. Una ola de cansancio la arrolló en ese instante. Se había quedado dormida; era un patrón ahora, el agotamiento se había vuelto su fiel sombra. Saltó de la cama de un brinco, como si en ese instante su cuerpo quisiera compensar el tiempo perdido. Corrió hacia la puerta entreabierta y, con el corazón cuadrado y la respiración entrecortada, abrió. —¡Nick! ¿Qué… qué haces aquí? —su voz vaciló, entre confusión y sorpresa, sacudiendo la cabeza en negación. Por alguna extraña razón, no esperaba que él volviese tan pronto. En el fondo, cuando salió aquella vez de su edificio, sintió que esa era probablemente la última vez que lo vería. Pero allí estaba él, apoyado en el marco de la puerta, con una expresión que mezclaba contracción y pesar. Nick entró sin permiso, dos pasos seguros aproximándose mientras sus ojos recorrían aquel lugar pequeño y modesto. No era nada pretencioso, apenas un espacio para existir, pero para Anna el valor residía en la calidez y sencillez. Nick observó cada detalle con frialdad y atención, consciente de que el tiempo de apariencias y lujos no estaba en juego aquí y ahora. Aun así, algo en medio de su mente revivía esa alarma, esa inquietud que le decía que lo que estaba a punto de decir marcaría su vida para siempre. —Debo ser sincero contigo —inició, con voz tensa, mientras se acomodaba la corbata y pasaba una mano por el cabello—. Estoy comprometido. Me voy a casar. Anna sintió que su corazón se achicaba como una hoja temblando en una tormenta. No lo esperaba. No esperaba esa confesión que tenía un tono de despedida. Tampoco esperaba estar frente a él de nuevo. —¡Oh! —salió a duras penas—. Felicidades, supongo —encogió los hombros con un dejo de tristeza—. No pretendo arruinar tu vida, ni tu futuro, pero lo que pasó entre nosotros… La frase quedó suspendida en el aire. Un nudo implacable se enroscó en su garganta, casi sin dejarla respirar. Lo que había ocurrido aquella noche no era más que un accidente, un cruce fortuito de caminos que parecía librado con suerte, pero que ella intuía que dejaría una huella profunda y duradera para ambos. Nick tomó un respiro profundo y sostuvo la mirada de Anna con un brillo de culpabilidad mezclado con resolución. —Solo dime qué necesitas, y estaré ahí para ti… Pero… —dejó la frase a medias—. Cuatro veces sentí que perdía a Kate, y no puedo permitirme perderla del todo. No ahora. Anna bajó la cabeza, intentando esconder las lágrimas que amenazaban brotar. Su suerte parecía escaparle de las manos. Ese embarazo había sido un accidente, no planeado ni querido. Probablemente aquel niño que crecía en su interior jamás conocería a su padre. Eso era, quizás, su mayor temor hecho realidad y, sin embargo, aún había momentos donde se permitía soñar con otra posibilidad. —Sé que no quieres que Kate se entere —susurró, con la voz quebrada. —No te confundas —Nick alzó la vista—. Seré un padre responsable. No les faltará nada, ni siquiera mi presencia. Estaré ahí para nuestro bebé. Anna frunció el ceño. No lograba imaginar cómo iba a ocultar por años un hijo mientras Nick construía una vida junto a su prometida. Pero eso no le incumbía. Era asunto de él. —Sólo necesito un trabajo —dijo con voz firme. Nick la miró sorprendido, esperando al menos un pedido más tangible: dinero, un lugar dónde vivir, estabilidad. Ser hijo de presidente ofrecía mucho más. Pero era sencillo, crudo y humilde. —Estaba trabajando en una pequeña compañía —continuó, sonrojándose un poco—, pero me despidieron. —¿Te despidieron estando embarazada? —preguntó Nick, intentando responder con ponderación pero sin dejar de mostrar incredulidad. —Fue mi culpa —mintió sin convencer—. No sabía que lo estaba cuando ocurrió todo. Nick intentó avanzar, dejar atrás un poco la duda. —¿Qué más necesitas? —quiso asegurarse. —Solo eso —replicó ella, sin querer abusar. Ya pedirle que reconociera a su hijo era mucho. Nick bajó la cabeza, frunció el ceño y pensó rápidamente. Debía ingeniárselas para mantenerla a flote. Había favores pendientes, contactos que podían ayudar. —¿Ya fuiste al médico? —preguntó, intentando aliviar un poco la tensión. —Sí —Anna sonrió, un destello apareció en su rostro amargo—. Aquí —corrio a buscar su bolso y le entregó una copia de la última ecografía. Nick tomó aquella hoja con los dedos temblorosos. La mancha blanca y borrosa sobre el papel late en su imaginación. No podía distinguir mucho en la imagen, pero era como si la tierra se moviera bajo sus pies. Se desajustó la corbata con dificultad. Su corazón se aceleró y un sudor frío lo cubrió. Pensó que nunca imaginó que algo tan frágil y pequeño, apenas visible, pudiera darle un golpe tan fuerte. —Voy a ser padre —se repetía una y otra vez, incapaz de asimilar tanto impacto. No sabía cómo un hombre llega a ese momento y no lo había contemplado jamás. Su vida con Kate giraba en torno a otras prioridades, pero este presentimiento instintivo despertaba algo nuevo. Anna lo guió hasta el único sillón de la sala y corrió a buscar un vaso de agua. Por mucho que quisiera ayudarlo, si Nick se desmayaba poco podría hacer ella, tan pequeño y frágil al lado de semejante gigante. —¿Es niño o niña? —preguntó con voz temblorosa, queriendo distraerlo. Bebió el agua de un sorbo y negó con nerviosismo. Estaba débil, pálido, casi sin color. —Aún no se sabe —respondió, suavizando el gesto, y posó su mano en la frente de Anna para medir su temperatura. —Sí, cierto. Muy pronto —rió nerviosa, como si quisiera olvidar la gravedad del momento. —¿Quieres que llame a alguien o te lleve a un hospital? —ofreció ella, protegiendo su fragilidad. —No, no hace falta —se levantó de repente y el mundo pareció tambalear—. ¿Tienes algo fuerte? ¿Vodka, whisky…? Anna negó, con el ceño fruncido en preocupación. Era tanto para un solo hombre. —Puedo preparar café —dijo, cada vez más preocupada—. O llamar a Andrew, tu amigo, ¿quieres? —¿Andrew? —Nick asintió. —No es necesario. Estaré bien —intentó recomponerse—. ¿Puedo? —alzó la copia de la ecografía en su mano. —Claro —Anna le sonrió con ternura—. Verte así, tan poderoso y vulnerable, me causa ternura. Nick le devolvió la sonrisa. La observó en silencio un momento, los ojos caramelo que le parecían miel, dominiantes y dulces, esa mezcla inexplicable que le había hecho olvidar tantas cosas aquella noche. Cerró la puerta tras de sí con el peso de la nueva realidad en el alma. Y Anna se quedó allí, esperando, agradecida por ese regreso inesperado y por el calor inédito que ahora ardía justo sobre su pecho. El problema era claro: aquel hombre, Nick Jones, se casaría pronto. Estaba comprometido. Y ella seguía siendo, para él, solo un accidente; una noche de copas antes de la responsabilidad, antes del compromiso con la mujer con la que compartiría el resto de su vida.
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