El lunes ya no pude evitar verlo, por más que quería que desapareciera y quitar todas mis dudas de mi mente, sabía que era inevitable, incluso me plantee dimitir, gran error no hacerlo, pero las facturas no se pagan solas, así que tampoco tenía mayor opción.
Cuando entré en la oficina él ya estaba ahí, lo supe por la nota en mi escritorio en la cual me pedía un capuchino y un descafeinado.
La nota ya indicaba que no estaba solo, pero pensé que sería con algún cliente o socio, no esperaba que al abrir la puerta de su despacho tras recibir el permiso para entrar, estuviese su mujer...
Me quedé sin palabras, tan solo dos días atrás su esposo me había buscado y me había besado, y ahora le estaba sirviendo un café y fingiendo que era una secretaria eficiente y lejana a ellos.
—Gracias, señorita Argal, déjelos en la mesa —me ordenó con voz fría e impersonal.
—Sí, señor —respondí del mismo modo.
Su esposa me miraba casi fijamente, parecía que sospechaba algo, entonces me sonrió y me sentí la peor persona del mundo.
Laura era diferente a como había imaginado, creí que sería alta, con piernas kilométricas y figura esbelta, en cambio, era pequeña y muy delgada, sus ojos azules como el cielo después de un día de lluvia, su pelo amarillo, casi blanco, como si fuese ya anciana, pero no lo era, no tendría más de treinta años.
Su sonrisa era dulce y suave, un niño dejaría de llorar en cuanto la viese, transmitía paz, al menos así lo sentí yo, y me prometí alejarme de Alejandro, buscaría otro trabajo lo más rápido posible.
Salí de su despacho con el corazón encogido, odiando a mi jefe, no merecía menos que mi odio, detestándolo.
Me senté en mi mesa y empecé mi tarea principal, buscar otro empleo, alejarme de allí, alejarme de Alejandro.
Poco más de media hora después ambos salieron del despacho, Laura le cogía la mano a Alejandro, lógico, es su marido, su puñetero marido infiel, entonces me pregunté dos cosas, ¿cómo sabía Alejandro que estaba en ese bar?, y, ¿con cuántas mujeres le habría sido infiel?
—¿Elisa, verdad? —me preguntó Laura.
—Sí, señora —respondí intentando parecer neutral.
—Un placer, soy Laura, la esposa de Alejandro —se presentó.
—Sí, lo sé.
—Este fin de semana daré una fiesta en casa por su cumpleaños y nos gustaría mucho que viniese —soltó como si nada.
Mi mente estalló, las órdenes negativas que mandaban cientos de células de mi cabeza me atolondraron.
—Yo, yo...
—Ven, por favor, será divertido —me rogó entonces.
—Está bien, me pasaré —me escuché decir.
—Gracias —me sonrió dulcemente —.El fin de semana nos vemos entonces —se despidió.
—Hasta luego —conseguí contestarle.
La vi alejarse mientras me insultaba a mi misma en silencio, lo mío no tenía nombre.
Cuando Alejandro volvió intenté hablar con él, preguntar mis dudas e intentar evitar esa fiesta, pero fue imposible, durante toda la semana no hubo forma, o estaba ocupado, o reunido, me evitaba a toda costa.
El viernes logré entrar rápido en su despacho antes de que saliera huyendo.
—¡Tenemos que hablar! —le grité muy nerviosa.
—Ahora no puedo, señorita Argal —contestó sin mirarme.
—¡No has podido en toda la semana, Alejandro!, ¡deja de tratarme de usted, deja de fingir que no pasa nada!, ¡me besaste!
Se detuvo al escuchar esa última frase, apoyó las manos en su escritorio haciendo fuerza y entonces levantó la cabeza y me miró.
—Me vuelves loco, Elisa, no sé qué me pasa contigo, pero desde que te vi, no te saco de mi cabeza, ¿eso es lo que querías escuchar?
—No, no quería eso... —le respondí quedándome en shock, ¿lo había dicho por decir?, ¿por qué creía que era lo que yo quería oír?
—¿No?, porque tus labios me dijeron otra cosa, tus manos cuando entras a mi despacho —dijo con suavidad, en ese instante eché las manos hacia atrás y las sujeté con fuerza para que no temblasen —.Las pupilas dilatadas de tus ojos cuando me ves —concluyó acercándose a mí.
Vamos, que mi cuerpo me traicionaba en cada instante, le permitía ver todo aquello que yo deseaba esconder.
—Alejandro, por favor, no me hagas esto, no me conoces —susurré según se pegó a mi cuerpo y acercó sus labios.
—No necesito conocerte, te deseo, Eli, no tienes ni idea de lo que te habría hecho el otro día en el bar, no tengo autocontrol cuando estás cerca de mí —me confesó rompiéndome en mil pedazos.
—No lo hagas —repetí con un hilo apenas perceptible de voz.
Sonó tan poco convincente que lo ignoró, volvió a pegar sus labios con los míos, a meter la lengua en mi boca en busca de la mía, a sujetarme con esa fuerza tan varonil y masculina mientras me devoraba.
La temperatura subió en segundos, sentía mis mejillas arder mientras él acariciaba mi cuerpo impaciente, desabrochó la blusa tan rápido que no soy todavía consciente de cómo lo hizo, alcanzó mis pechos por encima del sujetador logrando que cualquier duda se disipara.
Me levantó como si no pesase nada y me llevó hasta su escritorio, allí me sentó sin dejar de besarme con pasión, me abrió las piernas y se colocó entre ellas, su erección era enorme, desesperada.
Me quitó la blusa ágilmente y bajó los tirantes del sujetador exponiendo mis pechos al aire, primero estimuló un pezón con las yemas de sus dedos, después los lamió robándome gemidos de placer.
Acaricié su cabello mientras miraba como sacaba mi pezón de su boca y volvía a pasar la lengua, me encantaba verlo, aumentaba la humedad debajo de mis bragas, era excitante ver a un hombre como él, tan sexy y duro, dar placer a una mujer como yo, una estúpida don nadie sin ningún atractivo, supongo que ese fue el pensamiento que me ayudó a determe.
—¡No, esto no está bien! —le grité apartándolo de un empujón mientras volvía a vestirme y alejarme de él.
—Eli, no pasa nada, nadie lo sabrá —me intentó calmar.
—¿Qué? —reí con sarcasmo, por no llorar —.Eres gilipollas —le solté sin más abriendo la puerta y yendome de allí.
Caminé deprisa, tan deprisa que olvidé el bolso, dentro estaba mi móvil, las llaves de mi piso y mi cartera, solté una maldición al aire y a la nada, y volví.
Al llegar a mi mesa el bolso ya no estaba, pregunté a una secretaria cercana a mi mesa.
—Lo tiene tu jefe —me contó con mirada extraña.
—Gracias —le dije intentando parecer tranquila.
Me planté en la puerta de Alejandro, literalmente quieta, sin valor para entrar, tomé aire y entré, sin ese bolso no iría a ningún lado.
—Mi bolso —le ordené con voz fría y enfadada.
—Claro —respondió muy tranquilo.
Extendió el bolso para que yo lo cogiese y al hacerlo empujó del asa para llevarme hasta él y sentarme en su regazo.
—Te estás portando como un imbécil —le dije realmente furiosa, bastante harta de su juego poniendo mis manos entre él y mi cuerpo.
—No me importa ser un imbécil si así logro meterte en mi cama —dijo demasiado sincero.
El problema es que esa sinceridad, tan cruel como excitante, nubló mi mente de nuevo.
—¿Eso es lo que quieres, follarme? —pregunté intentando sonar fría.
No debí sonar así, porque me agarró de la nuca y me aprisionó con su lengua, esa lengua que cada vez era más familiar para mí.
—Si me hablas asi no me pidas luego que me detenga —me avisó con voz ronca levantándome de sus piernas —.Aquí no, no quiero que hablen de nosotros en la oficina, espérame fuera, te llevaré a un hotel.
Esas palabras me destrozaron, lo deseaba tanto como él a mí, pero no era su puta personal, así había sonado su frase, ni siquiera había fingido algo de dulzura, vi un Alejandro distinto al anterior, y me pregunté cuál sería el verdadero.
Salí sin decir nada, con mi bolso en la mano, y obviamente, no lo esperé, me marché sin mirar atrás, llegué a mi piso y tiré el bolso en el sofá, detrás fui yo, intenté pensar con claridad, ser una adulta formal, y llegué a la conclusión de que debía dejar el trabajo, por mi bien, y el de Laura, esa mujer no merecía semejante traición.
En ese mismo instante llamé a recursos humanos y solicité mi dimisión, debía un par de meses de alquiler, pero ya me las apañaría, mejor eso a perder por completo mi dignidad.
De más está decir que no me presenté en su cumpleaños, mis amigos acudieron a mi rescate sacándome de casa, ya que yo me estaba volviendo loca con toda esta situación, me llevaron a un bar, uno distinto bajo mi petición, no quería correr el riesgo de que me volviese a encontrar.
No escatimaron en gastos, siempre tenía una cerveza en la mano y una buena conversación con la que acompañarla, por algo los quiero tanto, son los mejores.
Andaba ya tambaleándome cuando a David le cambió la cara, miraba detrás de mí, me giré y lo vi, ¿cómo lo hacía?, ¿cómo sabía siempre dónde estaba?
—¿Qué haces aquí?, ¡lárgate! —le grité a Alejandro.
—He venido a buscarte, y vendrás conmigo, se acabó este juego —me dijo cogiéndome de la muñeca.
Me reí a carcajadas, el alcohol se hizo dueño de la situación.
—¡No, yo no me voy contigo!, ¡eres un imbécil, un cabrón!
—Ya basta, Elisa, estás borracha y te estás poniendo en ridículo.
—¡No me digas lo que debo hacer!, ¡tú te pones en ridículo!, ¡qué no pueda olvidarte no significa que puedas jugar conmigo! —le grité enfadada.
—Se acabó, ya has gastado mi paciencia —dijo mientras me cogía en brazos y me echaba sobre sus hombros, yo grité, patalee y vi a mis amigos gritarle también, Daniel se acercó a nosotros e intentó que me soltara, pero Alejandro lo retiró de un empujón, era subrealista.
Una vez fuera me llevó hasta un coche aparcado frente al bar, un hombre estaba sentado en el asiento del piloto, me metió dentro y se acomodó a mi lado.
Lo miré con desconfianza y me alejé todo lo que me permitió el pequeño cubículo.
—Puedes estar tranquila, no te voy a hacer nada hasta que se te pase la borrachera —dijo entonces abrochándome el cinturón de seguridad.
—No quiero ir contigo, ¡me está secuestrando!, ¿me oyes? —le grité al chófer, el cual me ignoró.
—Deja de humillarte, no vas a irte a ningún lado —me ordenó con ese tono frío que me pone la piel de gallina.
—¿Qué quieres de mí? —pregunté desesperada luchando para que las lagrimas no salieran.
Él se acercó y acarició mi mejilla, bajó por el cuello y llegó a mis muslos, hizo masajes en círculos sobre uno de ellos.
—Solo que seas mía —respondió con calma, excitándome.
No pude negarlo, el contacto de sus manos sobre mi piel me estremecía, mis pezones reaccionaron al instante, gemí sin pensarlo si quiera, y abrí las piernas cuando él metió la mano entre mis muslos para separarlas y acceder a mi humedad.
Primero me acarició sobre la tela suave, después metió un dedo debajo de ellas y jugó entre mis pliegues.
—Estás muy mojada, déjame aliviarte —susurró tan seguro de si mismo, tan sexy, no pude negarme.
La luz de la luna entrando por la ventanilla, sus ojos mirándome fijamente, su cuerpo ardiendo igual que el mío, sus manos tratándome como si hubiese estudiado para darme placer.
—Por favor —le rogué por última vez derritiendome con un dedo suyo entrando en mi v****a.
—Déjate llevar —me pidió esta vez mientras penetraba con suavidad en los asientos traseros del coche.
Lo hice, me dejé llevar rezando para aliviar toda la tensión acumulada esas semanas a su lado.
Gemí y me arquee mientras Alejandro hacía su trabajo, me corrí en sus dedos y le permití abrazarme después, acariciarme con dulzura según los espasmos del orgasmo me sacudían.
—Ahora eres mía, no voy a dejarte marchar —susurró cuando me quedé dormida, sin saber que aunque fuese muy lejos, lo había oído, y me había gustado que lo dijese.