Laura, Alejandro y yo

3345 Words
Me desperté entre sabanas de seda, la luz del sol entraba por la ventana y formaba las sombras de los árboles. Estaba sola, aunque bebí mucho recordaba perfectamente quien me trajo hasta aquí, Alejandro, me pregunté dónde estaría él, y donde estaba yo. Me levanté de la cama y miré por la ventana, fuera había un jardín que se extendía más allá de mi vista, empezaba con rosales y diferentes setos podados a la perfección, y continuaba con árboles. Observé la habitación, la cama en la que había despertado era grande, las sábanas de seda eran de color blanco con dibujos de flores con colores cálidos, a cada lado había una mesilla de roble oscuro, ambas iguales, con un cajón pequeñito y luego bajaba para formar un hueco con pilares redondeados formando una figura de reloj de arena. Encima de ellas había lámparas de noche, y en una, una nota, me acerqué a cogerla, la leí en silencio, para mí. "Tenía una reunión importante, volveré por la noche, luego hablaremos sobre nuestro futuro", decía la nota firmada por Alejandro. ¿De nuestro futuro?, ¡no tenemos futuro, está casado!, pensé. Decidí irme, pero primero debía encontrar mi ropa, puesto que debió desnudarme anoche, solo llevaba unas braguitas puestas, enrojecí al pensar que él me vio desnuda, pensé si me habría tocado mientras me desnudaba, al imaginarlo me excité. No encontré mi ropa por ninguna parte, ni en el baño anexo a la habitación, un baño enorme por cierto, ni en ninguna parte, abrí el armario grande a un lado de la pared con la esperanza de que hubiese algo de Alejandro que me sirviese, una camiseta ancha o algo por el estilo. Lo que vi era mejor, o no, eso dependía del grado de celos que yo tuviese, de que luego no me atormentarse pensando en Alejandro con otras mujeres, en que yo no era la única con la que se había obsesionado. Ante mí, había ropa de mujer, era de todo tipo, elegante, informal, cómoda y otra que no me pondría en la vida, en los cajones ropa interior de todos los colores y estilos. Escogí un vestido de verano ancho, de tirantes y estampado con líneas azules de varias tonalidades. No me molesté en la ropa interior, cuanto menos tuviese que devolverle luego, mejor, solo necesitaba la ropa para llegar a mi casa. Tras lavarme la cara y peinarme un poco, salí de la habitación, el pasillo estaba a la altura de la habitación, grande, largo y espacioso, con cuadros que seguramente valían más que mi piso, flores frescas en pequeñas mesas redondas que aromatizan la estancia. —Señorita Argal —escuché una voz femenina de repente. Me giré pegando un brinco, mi primer instinto fue pensar, ¡mierda, es Laura!, pero no era ella, sino una mujer ya mayor con cara dulce y un vestido azul oscuro que la hacía parecer muy seria. —Hola, ¿cómo sabe quién soy? —Me lo dijo el señor, también me pidió que la atendiese en su ausencia, si me acompaña, tengo listo el desayuno —me informó caminando hacia las escaleras. La seguí, pero al llegar al primer piso me detuve. —No voy a desayunar aquí, se lo agradezco, pero me tengo que ir ya. —Lo siento, pero no puede irse todavía, el señor... —Me da igual lo que haya dicho Alejandro, no puede retenerme en contra de mi voluntad —la corté intentando no gritar. —Entiendo, bueno, respeto su decisión, señorita, pero no se vaya con el estómago vacío, desayune y yo misma pediré que la lleven donde quiera —me propuso con una sonrisa. Sopesé los pros y contras, Alejandro no iba a llegar hasta la noche, eso decía la nota, y mi estómago pedía comida a gritos para la resaca, así que acepté. La seguí hasta la cocina, me indicó que me sentara en una mesa preciosa de madera redonda, estilo americano, la cocina también seguía este patrón, una barra americana y más cosas de las que se acaban utilizando, siempre fui muy simple para estas cosas, me gusta tener lo justo y necesario. —¿Cómo quiere el café? —me preguntó. —Con leche, por favor. —Muy bien, por cierto, no me he presentado, me llamo Magdalena, pero puede llamarme Magda. —Un placer, Magda, yo me llamo Elisa, pero puedes llamarme Eli. —Lo sé, señorita Argal. —Eli, por favor —le pedí. —Un placer, Eli —me concedió. Magda conversaba mientras desayunaba, me habló de los rosales, que hacía poco habían podado y cuánto le gustaba recoger las flores y ponerlas en la casa, también que tiene tres hijos, uno de mi edad, más o menos, otro adolescente y el último ya le había dado nietos. Me contó que llevaba más de treinta años trabajando en esa casa, entró al poco de nacer Alejandro, me habló de su madre, la describió de una forma que se veía cuanto la quería, debió ser una gran mujer, por lo visto murió en un accidente de coche cuando Alejandro tenía quince años. Me habló de Alejandro, como era de niño, nunca estaba quieto, se llevaron varios sustos por sus repetitivas huidas para vivir aventuras, tenía muchos amigos, era muy sociable, pero me llamó la atención que no habló de su padre, aunque siempre estuvo ahí, y seguía vivo, era como si no pintase nada. —¿Y usted, señorita Argal?, ¿qué le gusta? —Eli, por favor —repetí, ante su sonrisa, continúe —.Me gusta pintar, hacer fotografías, dibujos, me entusiasma el arte, me vuelvo loca con las películas infantiles. —¿Y su familia? —Tengo una hermana, pero hace mucho que no nos vemos. —Vaya, lo lamento, entonces sus padres... —Fallecieron hace unos años, nos tuvieron siendo ya mayores, no pensaron en que nos dejaban solas —le conté con tono triste. La muerte de mis padres, y la avanzada edad en la que decidieron tenernos, siempre fue algo que me dolió, no pensaron qué pasaría cuando ellos ya no estuviesen, aunque nos dejaron una pequeña casa, no era suficiente para vivir, mi hermana Julia y yo, somos mellizas, algo que no esperaban mis padres, eso les complicó bastante la vida. —Vaya, pero piense que les hicieron felices lo que les quedaba de vida —me dijo en tono maternal. —Supongo... —respondí sin estar muy segura de eso, tal vez al principio, cuando éramos niñas adorables, pero la adolescencia fue muy diferente, estaban demasiado cansados como para andar detrás de dos jovencitas inquietas, así que pasaron bastante de nosotras, después enfermaron, primero uno, luego el otro, y nos tocó a nosotras cuidarlos como si fueran bebés. No se lo reprocho a ninguno, eran mis padres y nunca fueron malos con nosotras, pero no era vida para una veinteañera. —Ha sido un placer conocerte, Magda, pero debería irme ya, tengo mucho que hacer —le dije despidiéndome. —Claro, venga conmigo, fuera está el chófer —me informó caminando. La seguí hasta una cochera, efectivamente había un hombre arreglando un vehículo, se levantó y sonrió. —¡Hola, Magda!, ¿cómo estás? —Bien, gracias Gregorio, ¿podrías llevar a la señorita Argal donde te pida? —Por supuesto, me lavo las manos y voy —accedió muy amable. Imaginé la vida de Alejandro en esa casa, aquellas personas eran realmente adorables y amables, siempre sonriendo. Pero Alejandro no vivía aquí, vivía en la ciudad con Laura, sería una casa secundaria o de veraneo, rodeada de naturaleza para descansar. Me despedí de Magda y subí al coche que me indicó Gregorio, me llevó a casa, tras despedirme y darle las gracias subí a mi piso y me tiré en el sofá. Apenas tuve dos minutos para asimilar todo lo ocurrido, llamaron a la puerta del piso, abrí, era el casero. —Me debes dos meses —me dijo sin saludar siquiera. —Buenos días a usted también. —¡Ni buenos días, ni nada!, ¡esto no es una casa de caridad!, o me pagas ya o ves haciendo las maletas. —Estoy esperando a que me paguen lo de mi último trabajo, no tardarán más de unos días —le aseguré. —¿Y debo creerla? —¡Nunca he faltado a ningún pago!, ¡ni un mes! —Estamos en crisis, señorita Argal, y no voy a jugármela a que encuentre trabajo, tengo gente esperando, o me paga o se va. —¡Ella no necesita su caridad! —escuché una voz conocida gritarle al casero. —Alejandro, ¿qué haces aquí? —le pregunté con un nudo en la garganta, todo era fácil de resolver cuando él no estaba cerca. —He venido a buscarte, me ha dicho Magda que no te quisiste quedar. —¿Es su novio?, ¡muy bien, llévatela! —le gritó el casero. Alejandro le lanzó una mirada asesina. —Es lo que voy a hacer, no permitiría que esté en un sitio con alguien como usted. —Yo no me voy a ninguna parte —les dije —.Le pagaré, solo necesito un par de días —prometí. —No te vas a quedar aquí, Eli, vienes conmigo —dijo en cambio Alejandro. —¡No!, ¿me oyes?, ¡no! —me negué rotundamente entrando en el piso y cerrando la puerta. Me apoyé en ella, esperando escuchar si salían a golpes, o si discutían, a la vez que pensaba en qué iba a hacer ahora, si Alejandro se negaba a pagarme, no podría pagar al casero. No escuché nada, absolutamente nada, me dejé caer hasta acabar sentada en el suelo, con las manos en la cabeza, pensando en cuándo mi vida se había complicado tanto. En cuanto reaccioné busqué trabajo, algo tenía que hacer, y debía ser algo rápido para poder pagar el piso, encontré en una página de empleo un evento, trabajaría dos días de camarera, no me daría para comer, pero si para pagarle y al menos tener tiempo. Llamé y tuve la fortuna de que me cogieron, estaban desesperados ya que el evento era al día siguiente y uno de los camareros los había dejado tirados. En punto por la mañana estuve donde me habían indicado, con la ropa que me habían pedido, todo n***o, zapatos, camiseta y pantalones. —Tú te encargarás de esta zona, Héctor será tu compañero, si tienes que ir al baño me avisas, se esperan al menos trescientos invitados, ¿crees que podrás? —¡Sí, claro que sí!, tengo experiencia —le afirmé al encargado. —Muy bien —dijo yéndose a encargar de otras cosas. Durante la mañana organizamos el jardín y la casa entre todos, era un campo para eventos, bodas y celebraciones, pero sobretodo bodas. —¿Preparada? —me preguntó a las seis Héctor, hora en la que empezaría a llegar la gente. Héctor me cayó genial desde el principio, era guapo, fuerte y muy gracioso, congeniamos al instante, comí con todo el equipo y me presentó a todos. —Preparada —le sonreí. —¡Al lío entonces! —me correspondió con otra sonrisa El encargado abrió los portones dando vía libre a los autobuses, era agradable saber que iba a ser un buen día, no pregunté de qué era el evento, por la decoración elegante deduje que sería una boda, y en la boda todos lo pasan bien y sonríen. Recibimos a los invitados con copas de diferentes bebidas, refrescos y agua fría, todos daban las gracias aceptándolas. Los hombres vestían con trajes, las mujeres con conjuntos y vestidos muy caros y elegantes. —Por como visten los invitados, los novios deben ser muy importantes —le dije a Héctor. —¿Los novios?, no, Eli, es un cumpleaños, pero llevas razón, son muy importantes, nada más y nada menos que Alejandro del Álamo. —¿Es la fiesta de cumpleaños de Alejandro? —me pregunté a mi misma en alto. —Sí, ¿lo conoces? —me respondió Héctor. —Trabajé para él, desgraciadamente... —¿Desgraciadamente?, ¡si es nuestro mejor cliente!, siempre se porta muy bien y deja grandes propinas —me contó. —Es una larga historia —le dije dando el tema por zanjado y marchándome a servir copas. Desde ese instante que supe que Alejandro estaba ahí, mi cuerpo se tensó, miraba a cada lado para no verlo, para no encontrarme o chocar con él, tampoco quería ver a Laura, se me caía la cara de vergüenza, nunca había estado tan estresada en un trabajo eventual y nuevo. Buscaba entre los invitados, viendo decenas de caras desconocidas y sonrientes, dispuestas a pasarlo bien, sabía que Alejandro tenía mucho dinero, es alguien importante, pero no que derroche semejante cantidad de dinero por un cumpleaños, seguramente no conoce ni a la mitad de los asistentes. Entre todas esas personas llegué a ver a Laura, iba vestida con falda, blusa y zapatos lisos del mismo color, era curioso que siendo la anfitriona y la mujer más importante de la fiesta, también era la más sencilla. Hablaba con los invitados, estaba en su salsa, o al menos lo parecía, me di cuenta poco después de que no estaba tan cómoda, cuando la vi sentarse en un sofá del jardín, sola, pensativa creo. La observé largo rato, al final me pudo la conciencia y le pedí a Héctor que me cubriera dos minutos, fui hasta ella y me arrodillé. —¿Se encuentra bien? —le pregunté preocupada al darme cuenta de que estaba pálida. —¡Oh, Elisa!, sí, estoy bien, solo un poco mareada, no estoy acostumbrada a beber alcohol —me dijo sonriendo, aunque algo me decía que mentía, pasaba algo más. —Hay habitaciones en la casa, ¿quiere que la acompañe a una para que descanse? —No será necesario, yo la llevaré —dijo Alejandro con voz fuerte detrás de mí. Me puse de pie tan rápido que todo se tambaleó por unos segundos, sin darme cuenta me sujeté en su brazo. —Lo siento —le dije quitando mi mano como si quemara. —Disfruta de la fiesta, amor, prefiero que me lleve Elisa, solo será un rato —le dijo Laura. El semblante duro y frío que tenía Alejandro hace un momento se suavizó, sonrió a su esposa y se arrodilló frente a ella. —¿Estás segura?, prefiero encerrarme contigo en una habitación que estar aquí —le dijo Alejandro masajeando su brazo. —Sí, estoy segura, ve y pásalo bien —confirmó Laura. —Como quieras —accedió él, después me miró —.Cuando vuelva he de hablar con usted. —me dijo antes de alejarse. "Eso no pasará", pensé, muchísimo menos después de ver cuánto se aman, no logro entender por qué está insistiendo tanto conmigo, si solo hay que ver cómo adora a su esposa, y ella a él. Cuando lo escuché llamarla amor, mis tripas se retorcieron de dolor, supongo que en el fondo deseaba que fuese un matrimonio roto, por compromiso, como en las novelas de amor, pero no, estaba claro que entre ellos había algo muy intenso, único. Acompañé a Laura hasta una habitación y la ayudé a tumbarse, cooperó muy bien, pero la noté cansada. —He de volver al trabajo, he dejado solo a mi compañero —le dije sonriendo. —Un momento, Eli, por favor, quédate conmigo cinco minutos —me rogó. —Está bien, ¿quiere un vaso de agua? —le ofrecí, solo quería una excusa para no estar pegada a ella. —No, estoy bien, siéntate a mi lado, por favor, no quiero quedarme sola —volvió a repetir. —Tranquila, no me iré —le aseguré sentándome a su lado. De repente sentí su mano coger la mía, me miraba fijamente, estudiándome, me pregunté si Alejandro le habría contado lo nuestro, si tal vez era un acuerdo al que habían llegado, e incluso cosas más sucias, como que podía ser que buscasen una tercera persona para avivar su relación, pero me quitó de mi error de inmediato. —¿Qué sientes por Alejandro? —me preguntó. —¿Qué?, ¡nada!, apenas lo conozco —le mentí. —He visto como te mira, y como te pones nerviosa cuando lo ves. Me quedé callada ante eso, no soy buena mintiendo, me pongo colorada y empiezo a temblar, busqué la manera de calmar sus celos, de asegurarle que no iba a pasar nada entre su esposo y yo, sin tener que contarle que ya había pasado. —Tengo novio, señora del Álamo, y me voy a casar pronto, así que le aseguro que no hay nada, son todo imaginaciones suyas —mentí con tal convicción que se quedó callada. Alguien llamó a la puerta, una mujer mayor entró sin esperar una respuesta, se acercó a Laura. —¡Ay, mi niña!, ¿te encuentras mal? —le preguntó preocupada. —No, mamá, estoy bien, solo ha sido un mareo, estaré bien pronto, hacía mucha calor —le contestó ella. —Menos mal, qué susto me has dado, el médico dijo que nada de alcohol, ni ajetreos —le regañó su madre. —Tengo que volver al trabajo, ahora ya está su madre, espero que se recupere pronto —le dije intentando sonreír. —Muchas gracias, Elisa, por todo —me sonrió ella. Gracias por todo, gracias por no acostarte con mi marido, gracias por estar prometida, ¿qué clase de monstruo era Alejandro?, ¡quería matarlo!, tiene una esposa que no se merece, y lo que es peor, está esperando un bebé suyo, no hay que ser muy listo para enterarse, nada de alcohol y ajetreos, y casualmente, se ha mareado, típico de embarazadas. Volví a la fiesta corriendo, le pedí perdón a Héctor y me dijo que no pasaba nada, que ya le habían dicho que estaba con Laura. Alejandro no tardó en verme y venir a buscarme, me cogió del brazo para llevarme a un lugar apartado, me zafé tirando aún a pesar de su fuerza y lo miré con tal rabia y odio que se detuvo. —No vuelvas a tocarme, no tienes moral, Alejandro, no monto un escándalo por respeto a tu esposa —le dije en voz baja para que nadie nos escuche. Me di media vuelta y volví a mi sitio dejándolo solo, Héctor me miró preocupado. —¿Estás bien?, ¿me vas a contar ahora de qué lo conoces? —No es una buena historia —le dije intentando detener el vendaval de lágrimas que amenazaba con salir. —Ven aquí, anda —me dijo abrazándome al darse cuenta de lo que pasaba. —Lo odio, Héctor, lo odio —me sinceré agarrándome fuerte de su chaqueta y dejando que las lágrimas cayesen poco a poco. —Tranquila, respira, deja que salga todo, pero rápido o no nos pagarán —saltó con un tono burlón que me hizo reír. —¡Perdona, lo siento, ya está! —sonreí limpiándome los ojos. —No pidas perdón, todos hemos sufrido por amor, yo el primero, nadie va a decir nada, yo me encargaré de todo si eso pasa —me calmó. —Gracias —susurré volviendo a la mesa para coger mi bandeja. Durante el resto de la tarde y la noche Alejandro no me molestó, ni me buscó, ni siquiera me miró, aunque me dolía, lo agradecí, necesitaba ese dinero y no podía salir huyendo. Su esposa, Laura, salió de la habitación y volvió a la fiesta, no la vi tomar alcohol, solo agua y algún zumo, Alejandro estaba muy atento todo el tiempo, la abrazaba, la invitó a bailar una pieza más lenta y sonreían, la envidia, los celos o lo que quiera que sea lo que sentí, me destrozó, pero me abrió los ojos respecto a él, Alejandro era un mentiroso sin corazón y tenía engañada a Laura, no se merecía ese amor que ella le tenía.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD