El dinero que recibí por el cumpleaños de Alejandro me salvó de un apuro, pero no del desastre que me viene encima, la caldera del piso, tan oportuna, ha decidido dejar de funcionar, la factura de la luz no se apiada de mí, y de nuevo, tengo la nevera vacía.
Haciendo de tripas corazón, me meto en la ducha, estaba ya mentalizada para cuando el agua cayese fría sobre mi piel, en los pies no es muy chocante, pero según subo la manguera se me pone la piel de gallina.
El vientre se me contrae y tirito, pero tras unos segundos se vuelve una sensación agradable, hasta que llego a la cabeza, en cuestión de segundos se me congela el cerebro, y me da un dolor de cabeza terrible, miles de agujas se clavan volviendose una tortura.
Termino la ducha sin acabar, salgo y me envuelvo en una toalla, ya no tengo frío, estoy templada y relajada, me apetece mucho tumbarme un ratito.
Alguien llama al timbre interponiéndose en mis planes de relajación, voy a abrir, pero cierro de inmediato al verlo, ¡no, justo ahora no!, cuando por fin sentía la tensión desaparecer.
Alejandro empuja la puerta con fuerza y me tira hacia atrás, él entra y me mira.
—¿Siempre recibes tus visitas con una toalla enrollada al cuerpo?
—Como reciba mis visitas no es problema tuyo —le contesto mientras me abrazo para que no se caiga la toalla —Y tú no eres una visita, nadie te ha invitado, si haces el favor ...—le indico con la mano que se vaya por donde ha venido.
—No, te haría muchos favores —responde mirándome con un brillo lujurioso en los ojos —.Pero ese no.
—Alejandro, por favor, vete, no quiero tener nada que ver contigo —le suplico ahora observando cómo se acerca a mí.
—No puedo, Eli, no puedo —contesta plantándose pegado a mí en una zancada.
Me coge de la mejilla y la acaricia con la yema de un dedo, me mira los labios, y después los ojos, pasa esa misma yema por mi boca y lo mete dentro, está centrado en mi rostro, en mis gestos y cualquier movimiento que pueda realizar.
—Me va a estallar la polla si no te follo —suelta con voz sensual y ronca.
Intento pensar, pero con él tan cerca es complicado, pienso en Laura, en cómo se sentiría si se entera de que su amado esposo es infiel.
—Eso no va a pasar, olvídate de mí, aléjate de mí, o acabaré odiándote.
Sus ojos se vuelven fríos y oscuros, no se aleja, se mantiene mirándome, espero impaciente a que se vaya y acabe esta tortura.
—Entonces ódiame —susurra poseyendo mi boca con la suya y moviéndome con la presión de su cuerpo sobre el mío.
Me absorbe, me devora y posee con sus besos, su lengua se vuelve mezquina y busca la mía para que participe en su juego erótico, la muy traidora es más fiel a él que a mí, comparte mi saliva.
Me pega contra la pared y tira de la toalla hasta abrirla y dejarme desnuda, no me da tiempo a reaccionar, agarra mis nalgas y aprieta con fuerza su paquete, gimo sin querer.
Siento su mano moverse por mi trasero y subir por las caderas, las costillas y mi pecho.
—A Laura no le gustaría esto —le digo apretando los ojos, sabiendo que se pondrá furioso, pero que también dejará de tocarme.
—No hables de ella, no está aquí, solo estamos tú y yo —responde cogiéndome del cuello y pegando sus labios de nuevo, metiendo la lengua y desabrochándose el pantalón a la vez.
Arrastra las prendas hasta liberar a la bestia, la siento en mi vientre, coloca sus manos en mi trasero de nuevo y me levanta clavándome la polla de golpe, grito al sentirla y me abrazo a él segura de que me voy a caer.
No ocurre, las palmas de sus manos abrazan mi culo levantándolo, me penetra, entra y sale de mí, me llena y me vacía de golpe, dándome el éxtasis y llevándoselo después, siempre para volver a mi interior.
La excitación acumulada de ambos provoca que el polvo sea salvaje y bestial, nos movemos como animales, yo le araño la espalda por la presión de mis uñas al sujetarme y sentirlo invadir mi cueva, él hace lo mismo al sujetarme y desear repetir las embestidas hasta el cansancio.
Cuando acaba no sale, se mantiene dentro de mi ser, se abraza a mí y lo escucho cuando aspira mi olor, lo siento volver a apretar mi trasero al hacerlo, el olor a sexo provoca eso.
—Deberías irte —le digo en un susurro, mientras el peso de la culpabilidad cae sobre mis hombros.
—Debería... —repite Alejandro, pero no se mueve, son solo palabras.
Tras unos segundos me baja al suelo de nuevo y me mira a los ojos, como ha hecho al principio me acaricia la mejilla, ahora roja y caliente, pasa los dedos por mis labios, sin entrar en ellos y se aparta de golpe.
Lo observo subirse el pantalón, la expresión de deseo de hace un rato desaparece dando lugar a una de rabia, soy incapaz de preguntar el por qué, sigo congelada dejando que mi conciencia haga su trabajo y me recrimine sin cesar lo inmaduro de mis actos, lo egoísta, recordándome que yo no soy nadie, que existe Laura.
—Vuelve a la oficina, tu puesto sigue libre —suelta de repente pillándome desprevenida.
—¿Qué? —pregunto con un hilo de voz.
—Necesitas el dinero, y yo una secretaria, no he contratado a nadie todavía, vuelve a la oficina, el puesto sigue siendo tuyo.
—¿Para seguir con este juego estúpido?, ¡estoy harta de que te rías de mí! —le grito.
—No, no me río de ti, no pienses eso —me asegura con voz suave y dulce acercándose.
—¿Y esto qué es?
—No lo sé, te necesitaba, pero prometo no volver a tocarte.
Aunque quería oír eso, saber que se acabó, también me decepciona, nadie me ha hecho sentir como él, y en cambio, para Alejandro, no he sido más que un desahogo.
—Lo pensaré —contesto con la esperanza de que se marche y poder pensar con claridad, en frío.
Se acerca un poco más y me da un beso en la frente.
—Lo siento, ojalá pudiera darte más —me dice despidiéndose.
Se marcha en un par de segundos, dejándome sola, más sola que nunca, sus últimas palabras dan vueltas en mi cabeza intentando descifrarlo.
Ni siquiera me plantee los siguientes días aceptar su propuesta, por más que necesitaba ese empleo, estar cerca de él y saber que a su lado era mala persona, pesaba más que la necesidad.
He conseguido sobrevivir al mes a través de trabajos temporales, el catering que contrató en su cumpleaños entre ellos.
Ya han pasado tres semanas y la caldera sigue rota, igual que yo, y de nuevo, ya cerca de fin de mes, el casero se toma la molestia de recordarme que tengo que pagar.
—Esta vez sin retrasos, si no puedes pagar vete, tengo mucha gente esperando —me dice al abrir la puerta.
—Le pagaré —aseguro.
—Por qué será que no me lo creo... —contesta con un tono que me dan ganas de abofetearlo.
Así como si viese el futuro, lleva razón, no cobro tanto, mi dinero apenas da para la mitad del mes, me siento en una silla y observo los pocos ahorros que tengo, debería haber sido más fuerte, debería haber prohibido a Alejandro tocarme, y ahora no estaría así, es el dichoso karma, pienso cabreada conmigo misma.
Todo esto me lleva a él de nuevo, no lo busco como amante, ni como hombre, ni siquiera como prestamista, solo como a un jefe al que le rogaré piedad.
Me visto formal, un atuendo de secretaria normal, una que no ha tenido, ni volverá a tener, sexo con su jefe, me miro al espejo y cojo valor.
—Tú puedes —me ánimo en voz alta antes de salir.
Entro en su edificio y voy directa a su despacho, no saludo, ni miro a nadie, pienso en las palabras que usaré.
Al llegar a su piso veo mi mesa vacía, aún no han contratado a nadie, llamo a la puerta de Alejandro.
—¡Adelante! —escucho su voz detrás.
Entro y su cara de sorpresa, la que yo esperaba, no está, me esperaba.
—Necesito el trabajo —le informo tragándome el orgullo.
—Lo sé, el puesto es tuyo, puedes incorporarte ya —me responde muy tranquilo.
—Y necesito un adelanto —añado rebajándome un poco más.
—Lo hablaremos durante la comida.
—¡No, Alejandro, vuelvo aquí porque no me queda de otra!, ¡pero esto no significa que me vaya a acostar contigo! —le aclaro.
—Te prometí no volver a tocarte, y no lo haré, cumplo mis promesas, pero tenemos que planificar una reunión y un viaje, así que tendrás que quedarte todo el día.
—Está bien, voy a mi mesa —le digo dándome media vuelta.
—¡Señorita Argal, traigame un capuchino antes de ponerse al día! —me ordena de golpe volviendo a la seriedad del principio.
Así como ese primer día, voy a la cafetería de empleados y preparo su café.
—Al final has vuelto, ¿qué te ha prometido para lograrlo? —me pregunta una mujer.
—¿Cómo?
La mujer sonríe con malicia.
—Siempre hace lo mismo con sus secretarias, y ninguna vuelve... —suelta marchándose.
Saber eso me cabrea, pensé que lo que sentía conmigo era algo excepcional, que había sido infiel porque sentía algo más por mí, pero no es así, no somos otra cosa que caprichos de un rico.
Termino de preparar el café y se lo llevo, lo dejo encima de su mesa sin terciar palabra.
—Gracias —lo escucho decir.
No respondo, salgo de ahí, me he prometido ser fría y lejana, si de mi depende no volverá a tocarme en su vida.
Al mediodía sale de su despacho y se planta frente a mi mesa.
—Vamos, señorita Argal, nos están esperando —me ordena.
—Voy —le contesto cogiendo mi bolso y el móvil sobre la mesa y lo sigo, camina deprisa y delante de mí.
En la calle subimos a uno de sus coches, los dos detrás, pero no hablamos, de verdad parecemos una secretaria con su jefe, no hay tensión s****l, ni deseo, tampoco atracción física, al menos por su parte, por la mía tiemblo siendo consciente de lo cerca que está, por escuchar su respiración relajada y oler su perfume caro y varonil.
Bajamos del coche cuando este se detiene, lo sigo al interior del restaurante y me siento a su lado en la mesa, hay dos hombres más, los miro mientras se saludan y hablan.
—Ella es Elisa Argal, mi secretaria, vendrá conmigo.
—¿Ir dónde? —le pregunto.
—A Londres, tenemos una reunión allí.
—Pero yo no puedo ir, no tengo pasaporte, ni sé inglés —le aclaro dando excusas.
—No importa, no necesitas saber inglés, estarás conmigo, y yo me encargo de los gastos de tu pasaporte —responde como si nada.
No quiero montar una escena delante de sus clientes, o socios, o lo que quiera que sean, así que me callo para discutirle después, en privado.
Los escucho hablar de negocios, algo de una sede en Londres y un hombre muy importante, algo me dice que a Alejandro no le apetece tampoco ir, ni encontrarse con ese hombre, es por el tono de desprecio en su voz al nombrarlo.
Una vez los dos hombres se despiden y se van, ataco.
—No voy a ir contigo, no puedo, no después de...
—Solo es un viaje de negocios, Elisa, lo harías aunque no hubiésemos follado, si no vienes estás despedida —me amenaza.
¡Será cabrón!, está enfadado, lo noto, también sé que no es conmigo, pero no es motivo para hablarme así.
Imagino durante un par de segundos en lo bien que me sentiría si cojo la copa de vino y se la tiro a la cara, después salgo triunfal del restaurante, lamentablemente el piso no se paga solo y necesito ese dinero, así que no cumplo mi fantasía.
—¿Me darás un adelanto?, tengo que... —intento explicarle pero me corta.
—Sí, el adelanto ya está en tu cuenta, lo hice esta mañana —me confirma sin mirarme, dejándome sorprendida.
—Muy bien, entonces vuelvo a la oficina, tengo que seguir con los pendientes —le informo levantándome.
—¡Espera, no te vayas, quédate solo un poco más! —exclama cogiéndome del brazo.
Parece cansado de nuevo, no sé cómo alguien como él puede verse así, es chocante.
Obedezco y vuelvo a sentarme, no digo nada, no hay nada que se me ocurra, me quedo quieta, él hace lo mismo, todavía no me ha soltado aunque estoy sentada.
—Con lo que te he ingresado quiero que te compres ropa bonita, vamos a ir a reuniones muy importantes, tienes que tener buena presencia —rompe el silencio.
—¿Quieres decir que ahora no la tengo? —le discuto intentando quitar tensión.
—No, no quiero decir eso, pero tienes que aparentar más frialdad, que crean que eres como yo.
—¿Egoísta y mentiroso? —suelto sin pensarlo.
Entonces me mira, vuelvo a perderme en sus ojos profundos y misteriosos, es curioso que aún habiendo compartido nuestros cuerpos, no sabemos nada el uno del otro.
—Exactamente eso —es su última palabra poniéndose de pie y alejándose.
Voy detrás, volvemos al trabajo, durante el resto del día no me habla, ni me pide nada, entonces recuerdo lo que ha dicho, con lo que te ingresado..., curiosa me meto en mi cuenta.
Abro los ojos de par en par al ver los números en la pantalla, me ha ingresado bastante dinero como para pagar cinco meses de alquiler.
Obviamente no dará para tanto, la ropa bonita con estilo egoísta y mentiroso, no sale barata.
Al llegar a casa busco a mi casero en su piso, he parado de camino para sacar el alquiler de al menos dos meses, solo quiero asegurarme de que si pasa algo tendré donde estar un tiempo.
Tras entregarle el dinero con orgullo y un tono irónico al agradecerle su paciencia, vuelvo a mi piso, me tiro en la cama agotada, ha sido un día intenso, por el trabajo y la mirada de Alejandro.
Los siguientes días pasan volando, la montaña de tareas en mi mesa y los preparativos para el viaje hacen que las horas corran sin darme cuenta.
Ya en el avión soy consciente de la importancia del tiempo, de lo poco que he vivido estos días, no he estado con mis amigos como hacía antes, recuerdo las horas que me llevó escoger la ropa adecuada que me pidió mi jefe, aunque me parecía muy bonita y elegante, también incómoda, no es lo que acostumbro a vestir.
En el avión estoy sentada en primera clase, igual que él, solo que a mí las azafatas no me miran del mismo modo que al hombre fuerte y trajeado que me paga el sueldo, estoy segura de que les encantaría estar en mi lugar.
Alejandro las ignora, solo mira el móvil, yo lo estudio, no sé qué pensar, ha cumplido su promesa, nada de indirectas, ni directas, ni me ha mirado.
Llegamos a Londres, el ajetreo de maletas y vueltas en el aeropuerto me hace sudar como a un camionero en pleno julio.
Al llegar al hotel solo quiero una buena ducha y tumbarme sobre algo recto y mullido.
—Cámbiate y baja, tenemos la primera reunión —me ordena Alejandro.
—¿Ya, tan rápido? —le pregunto decepcionada.
—Sí, ya, vamos, solo tienes media hora —me informa muy serio.
Obedezco y corro a la habitación que me han asignado con la ayuda de un botones.
Media hora más tarde, no olvido la cara de Alejandro al salir del ascensor y verme, lo he conseguido, supongo, me parezco a él, una persona sin escrúpulos.
Salimos sin mediar palabra, no me dice si está bien lo que he elegido, aunque sus ojos ya me lo han dicho.
Llegamos a un edificio enorme, subimos a la décima planta en ascensor, y en este tedioso silencio, y al llegar caminamos por un largo pasillo con despachos de paredes de cristal.
Entramos en uno, un grupo de hombres se levanta cuando entra Alejandro y le estrecha la mano, entonces me percato de la tensión en su mandibula, en cualquier momento se va a reventar un diente o dos.
—Alejandro —le estrecha la mano un hombre ya mayor.
—Francisco —le responde él con un tono extraño.
—¿Cómo está mi hija?
—Laura está bien, mejor que nunca —le responde.
Es su suegro, el padre de Laura, ¿por qué lo odia tanto?, solo con el tono y brillo de sus ojos se ve, no se molesta en esconderlo, y me pregunto por qué.