Los secretos de Alejandro

2235 Words
Nos sentamos todos en la mesa, aunque he insistido para quedarme en una más apartada, Alejandro me ha ordenado sentarme a su lado. Los escucho hablar, de nuevo, de cosas que no entiendo, también me doy cuenta de la mirada del padre de Laura hacia mí, es de desprecio. —Ya te he dicho que no estoy dispuesto a cederte mi parte de la empresa, me la he ganado con creces, ¡bien lo sabes! —grita Alejandro de repente, no estaba pendiente de lo que decían y no sé a qué viene eso. —Sí, todos sabemos muy bien cómo te la has ganado... —dice entonces Francisco. —¿Qué quieres decir?, ¿vas a volver a fingir que eres inocente?, eres tan despreciable como yo —contraataca mi jefe. —No, yo no mentí a mi hija. —Puedes creer lo que quieras, esta reunión se ha terminado —contesta Alejandro levantándose. Los otros hombres trajeados no se meten, solo observan con morbo. —¡Se acabará cuando yo lo ordene!, ¡vienes aquí con tu nueva putita y esos aires de señor!, ¡sigues siendo aquel pobretón estúpido!, ¡nunca serás nada más! —lo insulta su suegro fuera de si. —Un pobretón con mucho dinero y la mitad de tu empresa, no lo olvides —termina Alejandro, lo sigo por el pasillo lo más rápido que puedo, sus piernas son más largas y me cuesta seguirle el paso. Al fin llegamos a la calle y me abre la puerta del coche, entro yo primero, luego él, y se me echa encima de repente, lo hace impaciente, desesperado y sin pensar en mí, un acto s****l y egoísta. —¡No, prometiste no tocarme! —me niego apartándolo con las manos. —Yo nunca cumplo mis promesas, pídeme lo que quieras después, pero ahora sé mía —insiste pasando la mano por mis muslos. —Por favor, Alejandro, solo quiero que te detengas —le ruego. —No quieres eso —sigue con la insistencia —.Quieres que te bese y te haga olvidar quién soy, aunque la culpabilidad te mate después —añade con voz ronca besándome el cuello. —Por favor —es mi último ruego, sus besos, junto con la lengua, me atrapan, es cierto, lo repitiría mil veces aunque me condene a mi misma. Me coge del trasero y me sube encima de sus piernas, en un momento ha abierto lo blusa y desabrochado el sujetador, lame, besa y muerde mis pezones sin piedad. Levanta la falda que escogí con esmero para el viaje, mulle la carne como un gatito una manta para acomodarse, siento el bulto en su pantalón y me muero por liberarlo. Me aparto un poco y desabrocho el cinturón, luego el botón y la cremallera, lo miro a los ojos y está sonriendo complacido, me ayuda a apartar la prenda y entrar en mi interior. Follamos como locos, sin pensar, sin la presión del mundo exterior a nuestro alrededor, solo estamos él y yo. Cuando llega, antes de lo que creía, me tumbo encima de él, acaricia mi cabeza con ternura y hace algo que no esperaba, me da un beso en la frente. Pero también ocurre algo fuera de lo usual, eso me dice muchas cosas respecto a Alejandro, y es que el chófer no ha necesitado ninguna orden para saber que debía continuar conduciendo hasta que acabáramos, ni le ha extrañado lo sucedido. Me incorporo mientras me abrocho el sujetador y cierro la blusa, me aparto volviendo a mi sitio, estoy confusa, aunque todo me indica que esto es habitual para él, que no soy la primera que trae a Londres o se tira en el coche. No me dice nada, ni intenta volver a abrazarme, eso me decepciona todavía más, confirma las sospechas, ¿pero acaso debería sorprenderme?, ¡está casado!, y yo ya lo sabía. Llegamos al hotel, aunque subimos juntos en el ascensor nos ignoramos, ninguno suelta ni una palabra, él entra a su habitación y yo a la mía. Voy directa a la ducha, quiero que desaparezcan todas las sensaciones amargas que me está provocando, dejar de sentirme como una auténtica idiota, así que ni me molesto en abrir el grifo de agua caliente, el agua fría me congelará el cerebro y ayudará a aliviar toda la tensión que estoy acumulando de nuevo. Tal como esperaba funciona, es la misma sensación que cuando pasas horas llorando y tu cuerpo se relaja para que duermas, la piel templada, la cabeza nublada y la somnolencia. Me tumbo en la cama sabiendo que de momento no hay más reuniones, y si la hay, ya que mi jefe tiende a avisarme cuando le apetece, no me importa, no tardo en dormirme, hasta perder por completo la realidad de la que pretendo huir. En este profundo sueño me invaden pesadillas, Laura está aquí, me habla con su voz dulce y con confianza, me cuenta cuánto ama a Alejandro, lo feliz que es a su lado, me sirve un té, y entonces me pregunta por qué estoy tan tensa y nerviosa, y después, qué pasó en Londres. Entre la realidad y los sueños me despierto para sentir mi cuerpo tenso y desear despertarme, no sé qué decirle, soy consciente de que no es real, y a la vez no lo soy. —Me dijo el chófer que lo pasasteis muy bien, pero debes saber, Eli, que no eres la primera, ni tampoco serás la última —me cuenta cambiando su expresión, de tierna a cruel. —No hace nada, Laura —me escucho mentirle. —No importa, lo quiero lo bastante como para darle esa libertad, podrá acostarse con mil mujeres, pero siempre vuelve a mi lado, a mi me quiere, tú solo eres un pasatiempo —continúa justo cuando Alejandro entra en la habitación y la abraza sonriendo. Me muevo en la cama sin parar, al final consigo despertarme, estoy bañada en sudor, no puedo culparla, yo también me odiaría, pero aún así se me queda la sensación del sueño en la que no soy más que una marioneta en el mundo de Alejandro. Miro la hora, son las ocho de la tarde, nunca se me había hecho tan largo el día, noto mi estómago rugir de hambre. Vuelvo a la ducha para quitarme el sudor y me pongo lo primero que encuentro en el armario, esta vez me visto para mí, y por suerte he traído mis pantalones de chándal cómodos y una camiseta de mini Yoda. Bajo a la entrada y le pregunto al recepcionista por algún bar o restaurante de comida rápida, al ser un hotel de lujo habla muy bien el español, y me da que varios idiomas, me dice que ellos tienen restaurante y que Alejandro ha dejado dicho que me den todo lo que pida, pero yo necesito salir de aquí, así que repito la pregunta. Aparte, a mí un plato de varios alimentos mezclados con un nombre exótico no me apetece ahora mismo, quiero una buena hamburguesa con patatas fritas. Tras recibir la información salgo a la calle en busca de mi bocado de compensación, camino varias calles hasta encontrarlo. Entro al establecimiento y pido lo que quiero, el camarero no habla español, pero no es difícil explicarle esto, así que en pocos minutos me encuentro sentada en una mesa con mi manjar. Como degustando cada pedazo, cada patata y absorbiendo mi refresco, es curioso como cambia el sabor de un país a otro, no gran cosa, pero sí lo bastante para notarlo. —¿Eres española? —me pregunta un tipo de repente. Lo miro con una patata en la boca que acabo de meter. —Sí, ¿tanto se nota? —le contesto masticando. —Bastante, no es broma, te escuché hablar cuando pedías tu cena —me aclara. Me río, no es un chiste ni nada, pero me hace gracia, así que me río. —Me llamo Raúl —se presenta. —Yo Elisa —correspondo. Supongo que lo ha recibido como una señal para sentarse, porque lo hace, coloca su bandeja frente a mí y se acomoda, no me importa, parece simpático y estará bien hablar con alguien. —¿Llevas poco aquí, no? —Llegué esta mañana, ¿y tú? —Vivo aquí desde hace un par de años, trabajo en una empresa que tiene la sede aquí —me cuenta. —¿Y qué tal?, ¿extrañas España? —Algunas cosas sí, como la paella o el jamón, pero me voy acostumbrando. Vuelvo a reírme. —Me imagino. —¿Te vas a quedar mucho tiempo? —me pregunta entonces. —La verdad, no lo sé, vine en un viaje de trabajo, depende de mi jefe, pero me da que no estaremos mucho. —Vaya, que pena, siempre es bueno conocer paisanos, ¿has hecho turismo? —No, no, todavía no he tenido tiempo. —¡No puedes irte sin conocer aunque sea un poco Londres! —Lo sé, pero es que no hablo inglés, me perdería —le cuento. —¡Bueno, ahora tienes un guía! —se ofrece abriendo los brazos de una forma muy cómica. —¿En serio lo harías? —le pregunto sorprendida, no me conoce de nada. Ante la situación pienso que esto en España no me pasaba, los tipos no se acercaban a mí nunca, muchísimo menos así. —Claro, será un placer —sonríe. —Ahora debería volver al hotel, pero si te apetece podemos quedar mañana por la tarde, imagino que seguiremos aquí —le ofrezco. —¡Perfecto, mañana por la tarde!, ¿en qué hotel te alojas?, te iré a buscar. —Mejor quedamos aquí, no está lejos —le contesto, no es por desconfianza, sino porque no quiero que Alejandro interrumpa mis planes de turismo. —Vale, sí así lo prefieres por mí no hay problema. Terminamos de cenar entre charlas, hablando de nuestro país y de los motivos que lo trajeron hasta aquí, la diferencia de sueldo de una sede a otra, sus ganas de ascender y de cambiar de aires. Tras despedirnos en la calle vuelvo al hotel, estoy muy contenta, Raúl me ha caído realmente bien, y estoy impaciente por salir a pasear con él mañana. La imagen de Alejandro en el portal del hotel empaña esa felicidad, se mueve de lado a lado nervioso. —¿Dónde estabas?, ¡estaba preocupado! —me grita cuando llego a él. —He salido a cenar, ¿no puedo? —le contesto molesta por su actitud. Me mira de arriba a abajo con un brillo extraño en los ojos. —¿Y por qué no me avisaste?, había reservado en un restaurante de comida típica para llevarte. —¡Qué detalle!, ¿allí llevas a todas tus secretarias cuando las traes a Londres?, ¡por mí no te molestes!, ¡no tienes que comprarme! —le grito furiosa. —¿Qué?, Eli, ¿por qué dices eso? —¡Porque no soy ciega, ni sorda!, y no pienso seguir discutiendo contigo, me voy a dormir, estoy muy cansada —corto la discusión entrando al hotel. No me giro para ver cómo está, aunque quiero hacerlo, pero eso disminuiría el efecto y el valor de lo que acabo de decir. Alejandro no me sigue, para variar, lógico, esto no es una película romántica, ni una novela, aquí los hombres no son así, son egoístas y pasivos. Por la mañana nos volvemos a encontrar en absoluto silencio, tan solo un "buenos días", por ambas partes, nos sentamos a desayunar del mismo modo, aunque yo sé que de vez en cuando me mira. —¡Alejandro! —lo saluda una mujer de piernas largas y cabellera rubia. —Hola, Elina —le devuelve el saludo. —¿Este año tocaba mujeres que empiezan por e? —le pregunto con sarcasmo, sin saber de dónde ha salido esa genialidad, ni siquiera conozco a esa mujer, ni sé si han sido amantes. Alejandro me fulmina con la mirada, yo me levanto y me voy a mí habitación, tanto por el efecto de sus ojos, como por lo ridícula que he sido, ¿en serio?, ¿ahora soy celosa? Al llegar entro, cierro la puerta y me siento al borde, ¿qué me pasa?, ¡nunca he sido así! —¡Abre, Eli! —grita Alejandro al otro lado golpeando sin parar. ¿Ha venido a buscarme?, ¿o tal vez gritarme? —¡Vete, Alejandro, no quiero hablar contigo! —¡Te he dicho que abras!, ¡basta de juegos! —¡Siento mucho haber dicho eso!, ¡no sé porqué lo he hecho! —le digo empezando a llorar. En este momento me doy cuenta de que estoy enamorada del cretino infiel de mi jefe, pienso en él cada hora, espero gestos románticos, incluso sueño que estoy en una novela romántica, él me dirá que me ama y que no está enamorado de Laura, entonces vuelvo a la dolorosa realidad en la que soy la otra, la temporal, no me quiere, ni lo hará. Me levanto dispuesta a afrontarlo y romper cualquier relación sentimental que tengamos, abro la puerta preparada para gritarle de todo, pero el pasillo está vacío, Alejandro ya se ha ido, como he dicho... esto es la realidad, no una empalagosa y dramática novela de amor.
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