El trabajo que vine a hacer

1387 Words
Esa noche Leonardo, decidió irse de aquel lugar y algo que no era habitual en él había ocurrido por primera vez en mucho tiempo, había desistido de llevarse a alguien a la cama, estaba de cierta manera cansado de pasar la noche solo en aquel ligar y el encuentro cok July parecia algo sin precedentes, pues sentía que aquella mujer no se había rendido ante sus encantos. La noche como cualquier otra, Leonardo se dedicó a ajustar los detalles de su viaje, tuvo una sesión de ejercicio, una ducha y durmió algunas horas, saldría desde muy temprano para Londres y necesita dejar todo en orden. … El vuelo no tuvo mayores inconvenientes y después de casi ocho horas Leonardo por fin arribó a la ciudad, después de recoger sus maletas. Se hospedó en un hotel muy cercano a su destino final y ahí comenzó a hacer algunas llamadas, sus contactos en el extranjero le habían facilitado todo para que montará una oficina, y así poder trabajar, está estaría lista en dos días, sin embargo Leonardo ya había tomado cierta ventaja. Durante toda su travesía Leonardo no había tenido tiempo de pensar en nada que no fuera el proyecto que traía entre manos y aunque para él no era nada nuevo, sabía la importancia que tenía el hacer un trabajo impecable, con la familia San Demetrio, pues sería su carta para que la empresa de él y de su hermano tuviera un foco internacional. Cuando todo estaba en orden y Leonardo ya se había puesto en contacto con los San Demetrio directamente, este se recostó sobre la cama de su habitación, y ahí en ese momento, la imagen de July se apareció en su cabeza y con una sonrisa, en su rostro, por un segundo pensó que aquella mujer era distinta a las demás y se lamentó, por no haber hecho nada más que decirle “Que no olvidará pagar su trago”. —”Leonardo, te comportaste como un novato” —se dijo a sí mismo. Después de algunos minutos, el cansancio invadió su cuerpo y poco a poco sus ojos se cerraron. El largo viaje y todo el trabajo que había realizado durante todo el día, al fin le cobraban factura, haciendo que Leonardo durmiera profundamente esperando, que llegara el siguiente día y así conocer a los San Demetrio. … Desde muy temprano Leonardo abrió los ojos, aún no era hora de ver a los San Demetrio, se levantó de la cama y miró que aún tenía los zapatos en sus pies. Pensó que en verdad había estado muy cansado para dormir con la ropa con la que había llegado del aeropuerto. Se quitó una a una las prendas de su cuerpo y se miró en el espejo dentro de la bañera, y observó con detalle cada músculo, la línea delgada de bello sobre su abdomen, que recorría desde su pecho hasta su pelvis, miró sus ingles y observó los pelos músculos que salían de sus caderas haciendo una figura perfecta. Se tocó el pecho a manera de asegurarse de que todo seguía en su lugar. De alguna manera Leonardo pensaba que tal vez estaba envejeciendo y que eso había provocado que aquella dulce rubia no se sintiera atraída por él, aunque él no lo sabía inconscientemente se sentía, con el ego herido. Observó un poco más su musculoso cuerpo, su brazos y piernas largas y poco a poco su autoestima volvió. Después de eso entró en la bañera que había estado esperando a que se llenara. Cubrió su cuerpo con el agua y la espuma blanca dejando solo su cabeza fuera del agua. Y ahí se quedó durante un largo rato, pensando en porque los San Demetrio querían buscar pareja a una mujer tan joven y no solo eso, pensaba en que si en la realeza era legal. También creía que probablemente se trataba de la búsqueda de un matrimonio arreglado, para el futuro. Todas estas preguntas le venían a la cabeza mientras el agua acariciaba su piel blanca apiñonada, esperando que todo el cansancio se quedará en la bañera. Para salir rebosante a su destino. … Leonardo salió de la ducha, y buscó unos de los trajes más elegantes de los que disponía, un traje de tres piezas en color azul marino, y una corbata roja habían Sido su elección, se cambió de ropa y ajusto algunos detalles en unas carpetas que había preparado, guardó su “laptop”, pidió un taxi y se dirigió a la mansión San Demetrio. El lugar más que una mansión parecía un palacio, de eso que Leonardo había tenido la oportunidad de visitar en algunos de sus viajes. Muros altos, jardines enormes, hectáreas verdes, y la fachada digna de una familia real, eran lo que sus ojos alcanzaban a ver, cuando el taxi lo dejó en la entrada de aquel hermoso lugar. Leonardo se presentó con los guardias de la entrada y después de algunos minutos le dieron el acceso, cuando al fin entró y las puertas se cerraron detrás de él, se lamentó por no haber alquilado un automóvil, pues supo en ese momento que tenía que caminar al menos cuatrocientos metros, para llegar hasta la entrada de aquel hermoso lugar. Leonardo llegó a la entrada y una mujer con uniforme, le dió la bienvenida, le pido que pasará al salón y le explicó que en unos minutos bajaría conocería a los San Demetrio. Leonardo estaba impactado, y no lo estaba por la opulencia o las enormes habitaciones que alcanzaba a ver. Tampoco porque aquel lugar pareciera un museo, estaba impactado, de saber que en verdad existía familias que vivían en lugares tan enormes como esos. Si bien Leonardo gozaba de una gran fortuna y de un renombre, en su ciudad, sentía que nada se comparaba con lo que estaba viendo, los detalles. Las decoraciones, los cuadros, los muebles y todo estaba en un perfecto orden que lo hacía sentir un tanto incómodo. Y en ese momento pensaba que él jamás podría vivir en un lugar así, rodeado de muros tan grandes y de habitaciones tan amplias, en espera de que alguien más hiciera algo por él. Leonardo era millonario pero estaba acostumbrado a la prudencia y a la privacidad. Este miraba un cuadro al óleo enorme, que estaba postrado en un muro del salón, la luz a través de tres ventanales iluminaban todo el corredor. Con las manos entrelazadas sobre la espalda, Leonardo admiraba con detalle, los rasgos más pequeños de aquel cuadro donde estaban retratados, Carlota, Carlos y su pequeña hija Julieta. —Buenas tardes señor Anders —dijo Carlos, con una voz imponente, que hizo que Leonardo volteara enseguida. —Principe Carlos —dijo Leonardo mientras se acercaba, levantando la mano, para estrechar la de Carlos. Por un instante pensó en hacer una reverencia pero en el proyecto no había información sobre ese tipo de formalidades. —Solo llámame Carlos. Mi título, no es importante. —Carlos San Demetrio, era un príncipe exiliado, en el pasado, se había negado a casarse con la princesa que sus padres había decidido para el. Y por si eso fuera poco. Si hermano. El que estaba destinado para ser el legítimo rey de la corona española, había muerto. Así su familia se había envuelto en tantos escándalos que la corona decidió relegar al apellido San Demetrio. Carlos se casó con la Duquesa Carlota, y ambos tomaron la decisión de salir de España, para vivir con tranquilidad en Inglaterra. Sin embargo, en ese momento, querían que las cosas fueran distintas para Julieta. —Disculpe…es la primera vez que estoy frente a una persona como usted —dijo Leonardo con una hermosa sonrisa. —Mi esposa vendrá en un momento —dijo Carlos. Cuando ambos desviaban su vista a la entrada del salón. —Buenas tardes —dijo Julieta. —Leonardo, te presento a mi hija, la Duquesa Julieta San Demetrio —dijo Carlos y Leonardo abrió los ojos, no sabía cómo actuar ni que expresión era la correcta. La mujer que entraba al salón era la misma mujer rubia que él había conocido dos días atrás en el bar, pero está vez no solo lucía hermosa, —”Julieta en verdad parece una reina” —pensó Leonardo al ver a aquella mujer de vestido largo.
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