Mucho gusto

1533 Words
La noche había llegado y tan solo unas horas atrás Leonardo, había aceptado ser parte del proyecto que Antonio le había confiado, su vuelo a Londres no sería sino hasta la tarde del día siguiente. Para Leonardo, el tiempo que aún tenía disponible era suficiente para celebrar su próximo viaje, este no tenía grandes amigos hombres, pues en su momento todos los que tuvo los había perdido. Con cada uno de una o de otra forma había tenido ciertas rencillas, pues las parejas de sus amigos, terminaban seducidas por la presencia de Leonardo y aunque este siempre había respetado la amistad, las circunstancias los habían hecho quedar como el villano. Leonardo era un hombre solitario y entre sus hobbies más importantes tenía muy presente la seducción, cada vez que Leonardo iba a algún lugar, o algún evento, tenía la fortuna de atrapar las miradas de varias mujeres. Leonardo se había cambiado de ropa por una chamarra de cuero, playera blanca y pantalón n***o eran parte del atuendo con el que Leonardo estaba dispuesto a despedirse de la ciudad, por un largo tiempo. Con mucho tiempo disponible, Leonardo buscó el mejor lugar que conocía para celebrar su última noche en la ciudad, un bar de élite, donde solo los hombres y las mujeres más adinerados, tenían acceso. Leonardo no era un hombre ostentoso, sin embargo sus trabajo le había permitido, conocer a mucha gente que se manejaba en las altas esferas de la ciudad, esto le permitía entrar casi a cualquier sitio con tan solo ponerse de frente en el lugar. Este estaba justo parado frente a uno de los lugares más exclusivos, el cadenero de la puerta lo saludaba, al reconocerlo. —Señor Anders es un placer tenerlo por aquí —Mike no soy un señor solo dime Leonardo —respondió Leonardo a las palabras del cadenero —Lo siento señor… perdón Leonardo —Esta bien Mike, solo estaré un rato, cuida mi motocicleta —replicó Leonardo, mientras le daba una palmada en el hombro a Mike el encargado del acceso. El lugar era exquisito, la música no era tan intensa, las mesas eran elegantes y de buen gusto, y la atención era impresionante. Sin duda Leonardo había escogido el mejor lugar para despedirse de la ciudad, o almenos eso creía él. —Disculpe tiene reservación —dijo una mujer en la recepción del lugar. —No preciosa, pero por favor dime qué tienes una mesa para mi —dijo Leonardo con una mueca sobre su mejilla. —Permítame un momento, veré que puedo hacer —dijo la mujer encargada de asignar lad mesas. Para Leonardo no era un secreto. En todo caso el sabía perfectamente el secreto de como cautivar a una mujer. Que palabras eran las adecuadas, sabía perfectamente cuando tenía que sonreír, sabía cuando tenía que mirar a los ojos, incluso sabía cuándo tenía que arrugar la frente y mostrarse vulnerable o si fuese el caso mostrarse imponente, para conseguir cualquier cosa que se propusiera. Y aunque en los negocios era de la misma forma. Donde en realidad, manejaba sus dones a la perfección era cuando se encontraba frente a las mujeres. La encargada regresó junto con un mesero y le pidió que acompañara a Leonardo. Esbozando una sonrisa a este, quien le agradeció tomando su manos con ambas suyas. Para después dejar a la mujer encargada, soñando, con ver a Leonardo desnudo sobre su cama. —Gracias preciosa te debo una —dijo Leonardo, mientras se alejaba de la mujer que se sonrojaba al escuchar las palabras de Leonardo. Leonardo se sentó sobre una mesa pidió un trago y con cierta habilidad, comenzó a notar a las mujeres en aquel lugar, inspeccionó cuáles estaban solas, cuales tenían pareja y cuáles otras tenían pareja y aún así podía llevarse a la cama. La noche continuó con normalidad y de alguna manera, Leonardo parecía cansado, sus ánimos habían disminuido y sentía que esa noche terminaría solo en su departamento. Pidió un trago más y solicitó pagar la cuenta, el mesero llevaba su trago en una charola, cuando estaba por entregárselo, una mujer de cabello rubio, chocó con el mesero derramando el trago sobre Leonardo. —Ay no puede ser cierto, discúlpame —dijo la mujer de cabello rubio aún sin mirar directamente los ojos de Leonardo. Este se levantó de prisa como si quisiera evitar que el líquido siguiera sobre sus ropas, el mesero avergonzado pidió disculpas y la rubia le indicó que, trajera algo con poder limpiar a Leonardo. —Esta noche no podría ponerse peor —sentenció Leonardo. El mesero llegó enseguida, con una servilleta negra, la rubia se la arrebató al mesero y trató de limpiar la ropa de Leonardo. Comenzó por el pecho de este y después bajó hasta su abdomen y sin darse cuenta, pasó su mano con la servilleta por su pelvis. Esto hizo que Leonardo tomara la mano de la rubia y le dijera que era suficiente que no necesitaba seguir haciéndolo, la rubia sonrojada por su acto miró por fin los ojos aceitunados de Leonardo. Y por un instante, tan solo por un instante, todo a su alrededor desapareció, como si pusiera en pausa el tiempo y espacio. La rubia pensó que jamás había visto unos ojos tan hermosos como los de Leonardo, este por el contrario estaba muy enfadado, y aunque vió los ojos azules de la rubia frente a él no le provocaron lo mismo que a ella. —Disculpame por favor… yo no quise que… —déjalo así, no es necesario que pidas disculpas, solo no me toques —replicó Leonardo ante las palabras de la mujer frente a él. —Déjame compensarte. Mesero dos tragos —dijo la rubia. —¿Qué quiere tomar exactamente? —cuestionó el mesero. —Lo que sea que estuviera tomando el caballero —ordenó la rubia de ojos azules. Leonardo por fin encontró la calma y aquella sonrisa ladina que lo caracterizaba comenzaba a dibujarse en su rostro. Por un instante se dió cuenta, de que estaba exagerando y que la rubia frente a él realmente estaba apenada por la situación. —¿Tomarás un trago conmigo? —cuestionó Leonardo finalmente con una sonrisa mirando fijamente a la rubia. —Si. —dijo ella con nerviosismo. —Mucho gustó mi nombre es Leonardo ¿Y el tuyo? —cuestionó Leonardo mientras levantaba su mano para estrechar la de la rubia. —Mi nombre… ah… mi nombre es July —dijo la rubia. Está miraba los ojos de Leonardo. Impactada, pensaba que aquel hombre frente a ella era un verdadero hombre, incluso pensaba que aquel hombre tenía todo lo que ella siempre había imaginado. Para ella Leonardo era muy atractivo, su bellos ojos verdes y su altura, la tenían “embobada”. —Hola July, no es la mejor forma de conocer a una mujer tan bella como tú, pero de verdad que es un gusto —agregó Leonardo, tomando una silla esperando a July se sentara. —¿Vienes sola? —cuestionó este al sentarse sobre la silla frente a July. —Unas amigas vienen conmigo… aunque se me han perdido —agregó July. Su voz mostraba que estaba inquieta, no estaba segura de seguir en aquella mesa, pues lo que Leonardo le generaba, la hacía dudar de su cordura. El mesero llegó con los dos tragos, Leonardo los tomó de la charola y le entregó uno a July. Levantó su copa e incitó a July a qué brindará junto con él, ella levantó la copa un tanto nerviosa, casi se podía percibir que su cuerpo temblaba. —Brindemos por el gusto de conocernos —dijo Leonardo. July bebió de su copa, y Leonardo hizo lo mismo, July tosió, nunca había probado el whisky y esto la hizo pensar en cómo alguien podía beber fuego líquido, sin siquiera hacer ningún tipo de mueca. —¿Todo bien July? —cuestionó Leonardo, en ese momento se daba cuenta de que la mujer frente a él, era hermosa, y que a pesar de que en ese momento trataba de recobrar el aire, parecía dulce intentándolo. —Debo buscar a mis amigas, fue un gusto conocerte Leonardo —dijo July, mientras dejaba el trago sobre la mesa. —Que pena que tengas que irte, pero si no las encuentras, aquí te esperaré —agregó Leonardo y se levantó como cortesía para que July hiciera lo mismo. En los años que llevaba Leonardo como casanova, sabía perfectamente cuando una situación estaba perdida, y en ese momento, supo que no tenía sentido tratar de cortejar a July, pues estaba convencido de que ella no era su tipo. Y que a pesar de su belleza no tenía tiempo para perderlo intentando cortejar a aquella rubia. —¡Oye! —gritó Leonardo mientras July se alejaba. —Si. —dijo July. —No olvides pagar mi trago —agregó Leonardo con una sonrisa. July hizo lo mismo, y sintió como una carga eléctrica en su pecho se extendía por todo su cuerpo. En ese momento pasó por su mente que había conocido al hombre más atractivo, que jamás hubiera imaginado. Y se lamentaba por tener que alejarse de Leonardo.
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