Capítulo 3 - Fiesta y alcohol

1848 Words
Capítulo 3 - Fiesta y alcohol Pasó una semana en la que Alex comenzó a pasar cada vez más tiempo con Lourdes, pero, aun así, no podía sacarse de la cabeza a la hermosa hermanastra de ella, la profesora Karol. Sin embargo, ahora, cada vez que ella lo veía en los pasillos o en su clase, parecía mirarlo mal, con una frialdad que no había estado presente allí antes. Alex no estaba del todo seguro, pero creía fervientemente que su actitud tenía algo que ver con aquel encuentro en la cafetería, donde lo vio muy cerca de Lourdes. Desde entonces, Karol parecía odiar sus huesos. Incluso en las otras oportunidades en la que él estuvo en sus clases, ella pasó la mayor parte de esas dos horas, ignorándolo totalmente y si él hacía alguna pregunta le contestaba de forma muy diferente a la que lo hacía con los demás; atrás quedaba su hermosa sonrisa y le hablaba con frialdad. Lourdes, por su parte, durante esa semana pasó de coqueta a depredadora. Siempre buscaba estar a su lado, encontrando cualquier excusa para verlo o tocarlo, como si estuviera decidida a conseguir que ellos estuvieran en una relación en un futuro próximo. Aunque a Alex no le molestaban del todo sus formas un tanto atosigadoras, sí lo hacía sentir en poco incómodo en algunas ocasiones, porque, después de todo, ella no era la persona que a él realmente le gustaba. De manera inesperada, el próximo lunes, varios de los compañeros y amigos de Alex, mientras él estaba en la cafetería almorzando, lo invitaron a salir el sábado a uno de los clubes a los que siempre asistían. La idea era pasar un agradable momento entre varios conocidos con los que él solía juntarse, por lo que aceptó de inmediato. Lourdes, quien estaba a su lado durante toda la conversación, también fue invitada por ellos y ella aceptó gustosa. Cuando quedaron ellos solos en la mesa, Lourdes se acercó a él, con una sonrisa en el rostro hasta quedar pegada nuevamente contra su brazo. Colocándole los senos contra esa fuerte y musculosa parte de su cuerpo, ella habló: —¿Te molesta que vaya contigo, Alex? —preguntó con aparente inocencia, activando la forma beboteo. Ella había notado cierta incomodidad en él cuando fue invitada por sus amigos al club. También la había notado en algunas otras ocasiones durante la semana, pero estaba contrariada, pues también veía que ella le gustaba. Él le estaba dando algunas señales confusas, pero veía el deseo en su mirada, así que se resistía a alejarse. Pensaba que él nada más estaba indeciso sobre empezar algo con ella, por miedo a las relaciones, pero no imaginaba que el conflicto de Alex se debía al interés que él tenía por Karol. —No, para nada, Lourdes —respondió él, sin querer sonar descortés, tratando de ser un caballero, pues ella no se merecía ese trato de su parte—. Si quieres, paso por ti en un taxi y luego te acompaño de vuelta a tu casa. —¿En un taxi? ¿Y tu auto? —preguntó ella, sorprendida, pero encantada por su propuesta. —Vamos a beber, así que no conduciré. Volveré en taxi. —Ok, me parece perfecto. Vamos a pasarla muy bien, guapo… Te lo prometo —dijo ella con voz suave y sugerente justo antes de inclinarse y depositar un pequeño beso en su mejilla, sin importarle quién en la cafetería pudiera verlos. Alex se la quedó viendo sorprendido cuando ella se alejó, pues este era el primer acercamiento que ellos tenían en este sentido y no se le hacía para nada desagradable. El beso le gustó y mucho. Incluso tuvo la breve intención de agarrarla por la nuca y devorarle la boca a besos, sin importarle donde estaban, pero antes de que pudiera hacer algún movimiento, ella ya se había levantado de su asiento con las mejillas encendidas de un rojo furioso y se alejaba, con una linda sonrisa estampada en los labios. A Lourdes le hubiera encantado darle un beso en los labios, pero todavía no había ni esa complicidad, ni esa clase de intimidad entre ellos. Tal vez después de este día, algo podría pasar entre ellos, pero hasta entonces ella tendría que esperar y ver que sucedía. Ese próximo fin de semana llegó bastante rápido y el sábado a la noche, tal y como Alex lo prometió, fue hasta la dirección que Lourdes le dio en un taxi para llevarla hasta el club. Nada más se estacionaron en la entrada del edificio, ella salió por la enorme puerta de vidrio. A leguas se notaba que era un lugar muy modesto, nada que ver con el propio departamento de Alex, pero a él eso no le molestaba en lo más mínimo. Inmediatamente, salió del vehículo, se acercó a ella y la saludó con un beso en la mejilla, diciéndole que estaba muy hermosa. Luego abrió la puerta del auto y siendo todo un caballero le permitió a ella subir al interior del vehículo, cosa que a Lourdes le hizo sentir como si fuera una princesa. Ella jamás había sido tratada así; todas sus anteriores citas habían sido más bien toscas. Se notaba que Alex estaba en otra liga, totalmente diferente, y eso le encantaba. No solo era guapo, sino que tenía unos modales y unas atenciones que la hacían sentir especial. Lourdes llevaba un pequeño vestido n***o que se ajustaba como un guante a su cuerpo. Ella era hermosa, pero ese vestido realzaba aún más su belleza, haciendo que él tuviera pensamientos indecorosos con ella durante todo el trayecto en auto. Por su parte, a ella le pasaba lo mismo que a Alex. El verlo tan guapo, con esa camisa negra que se pegaba a su musculoso pecho y sus pantalones de vestir a juego, le hacía resaltar todos los puntos fuertes de su apariencia, pareciendo que había un dios de la sexualidad ante ella. Alex era muy alto, y hoy, su vestimenta solo acentuaba su imponente figura, elevando altura de 1,80 metros, pareciendo de mucho más. Su cabello rubio, despeinado con un aire despreocupado, y la intensidad de la mirada de esos hermosos ojos azules, junto con su cuerpo trabajado y atlético, lo hacían lucir mucho más sexi de lo que ella lo había visto en estas dos semanas en las que se conocían. Si antes él ya le había parecido hermoso y único, hoy, viéndolo así, todo amable, coqueto y con ese encanto arrollador de un príncipe azul, comenzó a sentir cómo se derretía por completo. Desde que lo había visto bajarse del taxi para llegar a su encuentro, ella se había humedecido terriblemente. Un charco de humedad se formó en el centro de su ropa interior; sin embargo, al mirarlo a cada rato, estaba segura de que esta no hacía, sino agrandarse, pues había una cascada que no dejaba de soltar agua escondida en su v****a. Cuando entraron al club un rato después, las luces intermitentes danzaban sobre la multitud y el lugar vibraba con la música estridente que sonaba a todo volumen, haciendo que sus cuerpos sintieran el retumbar de los parlantes recorriendo sus cuerpos. Rápidamente, luego de encontrar a los demás en la zona vip, se pusieron a charlar mientras bebían y no tardaron mucho en ir a la pista para bailar todos juntos. Dos horas después, Alex y Lourdes, ya habían bebido varios tragos y estaban bastante alegres debido al alcohol, corriendo por sus venas. Se encontraban en la pista de baile, riendo y con sus cuerpos pegados uno al lado del otro; moviéndose al ritmo de la música, dando todo de ellos al bailar, al igual que las demás parejas a su alrededor que bailaban sin control. Lourdes, con su vestido ajustado y su larga melena dorada cayendo por su espalda al descubierto, atraía las miradas de todos a su al rededor, y esto solo por mover ligeramente su trasero de un lado hacia el otro de una forma muy sexy. Sin embargo, ella solo tenía ojos para Alex, por lo que no parecía percibir las miradas que algunos hombres y mujeres cerca de ellos le estaban dando. Ella la estaba pasando muy bien con él, disfrutando de cada roce de las manos de Alex en su piel y de como él parecía estarla devorando con la mirada, admirando su cuerpo con un deseo más que obvio para Lourdes. Ella solo estaba enfocada en él y en la mirada abrazadora que él tenía sobre ella; no había lugar para nadie más. —¡Eres un muy buen bailarín, no lo puedo creer! —exclamó ella, en medio del baile, acercándose más para llegar a su oído y poder hacerse oír entre todo el ruido—. No es posible que además de guapo, sepas bailar tan bien. ¡Me has sorprendido mucho! —Se rio ella, provocando que sus senos vibraran sobre su firme pecho en medio de su carcajada. Al escucharla, Alex también se rio con ella, aunque por dentro se moría de ganas de estrujarle esos pequeños pero firmes senos que parecían rebotar contra él. Estaba seguro de que si los tomaba con sus manos, estas los abarcarian perfectamente, siendo capaces de sacarle unos buenos gemidos de placer. Las fuertes carcajadas de ambos llamaron la atención de quienes estaban cerca de ellos, pero a ninguno le importó. Había algo en sus miradas que magicamente los hacía olvidar de cualquier rastro de vergüenza. —No me subestimes, preciosa. No soy solo una cara bonita —dijo Alex jugando con ella. Se rio sutilmente de como ella reaccionaba a sus palabras dichas al oído solo para luego sujetarla por la cintura con un poco más de fuerza y volver a hablar—. ¡Te voy a mostrar como se baila esto! Lourdes soltó nuevamente una fuerte carcajada, estando contenta por como él se estaba comportando, todo desinhibido y se dejó llevar por el ritmo de la música otra vez. Sintió un increíble y agotante calor, acompañado de un poco de dolor, más que bienvenido en sus músculos, al moverse sin parar con todos esos cuerpos sudorosos a su alrededor. Todo iba perfecto, justo como lo había imaginado durante días desde que los amigos de Alex la invitaron al club. El ambiente era ideal, la compañía alucinante, la música envolvente, y la noche transcurría sin contratiempos. Sin embargo, de pronto, un hombre completamente desconocido para ella, apareció a su lado entre la multitud. Tenía los ojos vidriosos, la mandíbula apretada y una expresión ausente, como si estuviera más perdido de lo que el alcohol, por sí solo, podía provocar. No obstante, había un pequeño brillo de deseo presente en sus ojos, que dejaba ver lo excitado que se encontraba. Tambaleándose y sin previo aviso, le agarró el brazo con bastante fuerza, haciéndola detenerse, justo en el instante en que la música cambiaba a una melodía más lenta. —Oyeee, nena —balbuceó el hombre con la voz pastosa y arrastrada—. ¡Ya bailaste mucho con él! Baila ahora conmigoo, amor.
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